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CAPÍTULO 3

Autor: Reynan
last update Data de publicação: 2026-08-28 15:03:14

—¡Maldita sea! ¡Suéltame, mestiza! —escupió Victoria mientras intentaba liberar la mano que yo sujetaba.

No la solté.

Al contrario, apreté todavía más los dedos alrededor de su muñeca, presionando un punto sensible hasta que las puntas de sus dedos comenzaron a ponerse blancas.

—¡Suéltame, maldita sea! —volvió a gritar Victoria.

Sus ojos brillaban con un tono rojizo, mezclando la furia con el dolor.

Intentó utilizar la mano izquierda para arañarme el rostro, pero antes de que sus afiladas garras pudieran siquiera salir, la puerta del baño detrás de nosotras explotó de repente.

¡BAM!

La gruesa puerta de roble salió despedida de sus bisagras y cayó al suelo con un estruendo ensordecedor.

Una intensa corriente de aire helado entró de inmediato, barriendo el calor húmedo que había dentro del baño.

Al mismo tiempo, un aroma penetrante y unas feromonas de intimidación de un nivel extraordinariamente alto llenaron toda la habitación, oprimiendo los pulmones de todos los que estábamos allí.

Las amigas de Victoria, que hasta ese momento habían estado sujetándome los brazos, soltaron inmediatamente su agarre y cayeron de rodillas al suelo.

Sus cuerpos temblaban violentamente, incapaces de soportar la presión de aquella inmensa aura de Alpha.

Solté la muñeca de Victoria y la dejé tambalearse hacia atrás mientras respiraba agitadamente.

En el umbral de la puerta destrozada estaba Kael.

Todavía llevaba puesta su camiseta de hockey, pero la expresión de su rostro ya no mostraba aquella sonrisa burlona de siempre.

Sus ojos dorados recorrieron la habitación con una mirada afilada.

Su mirada descendió lentamente.

Primero se fijó en el cubo volcado.

Después, en el agua acumulada sobre el suelo.

Y finalmente, en mi cuerpo completamente empapado y en el moretón violáceo de mi hombro, ahora expuesto debido al desgarro de mi suéter.

—¿K-Kael? —balbuceó Victoria.

Su voz se volvió repentinamente dulce.

—Ayúdame, Kael. Esa mestiza me estaba atacando —sollozó mientras se acercaba a él.

—No me toques —ordenó Kael con firmeza cuando Victoria intentó sujetarle el brazo.

Sabía perfectamente lo que Victoria estaba intentando hacer.

Estaba tratando de llamar la atención de Kael, tergiversando la situación y haciéndome pasar por la agresora.

Qué ridículos eran aquellos malditos lobos.

Kael pasó junto a Victoria, que se había quedado paralizada por aquel rechazo tan directo.

Sus feromonas de Alpha todavía llenaban el lugar, haciendo que las amigas de Victoria retrocedieran de rodillas hasta quedar pegadas a la pared, aterrorizadas.

Kael se detuvo justo frente a mí.

Bajó la mirada y observó mi aspecto completamente empapado de pies a cabeza.

Su mandíbula se tensó.

—Realmente eres un problema, señorita —murmuró Kael con voz baja.

Su tono seguía siendo tan sarcástico como de costumbre.

Sin embargo, inmediatamente se quitó la gruesa chaqueta del equipo de hockey que llevaba sobre los hombros y me la arrojó sobre la cabeza.

—¡Kael! ¿¡Por qué la ayudas?! —gritó Victoria desde atrás.

Su voz aguda estaba llena de frustración.

No podía aceptar que el hombre al que tanto admiraba estuviera prestando atención precisamente a la hija ilegítima que más odiaba.

—¡Ella me atacó primero! ¡Me tendió una trampa deliberadamente y me encerró aquí!

Kael giró lentamente.

Sus ojos dorados se posaron sobre Victoria con una frialdad capaz de congelar el aire de la habitación.

Una fina sonrisa cargada de desprecio apareció en sus labios.

—¿Te atacó?

Kael soltó una risa baja.

Era una risa profundamente intimidante.

—Está sola. Tú eres la que está rodeada de gente y la que parece estar en peor estado. ¿Cómo podría ella atacarte y tenderles una trampa a todas ustedes? No demuestres tu propia estupidez.

Cada una de sus palabras fue pronunciada con absoluta contundencia.

Victoria se quedó completamente callada.

Su rostro perdió todo el color.

Sin volver a prestarles atención, Kael se giró hacia mí.

Su mano era firme y cálida cuando me tomó del brazo para sacarme de allí.

—Ven conmigo —ordenó Kael sin aceptar ninguna objeción.

Me llevó a través de la puerta del baño, que había quedado completamente destrozada.

Solo pude seguirlo resignada, ignorando la mirada llena de odio y sed de venganza que Victoria clavaba en mi espalda.

—¡Espera!

Mis palabras consiguieron detener los pasos de Kael.

El hombre se detuvo y se volvió hacia mí.

—¿Qué?

—Hasta aquí.

Me quité su chaqueta y se la tendí.

—Ahora devuélveme mi colgante.

—No quiero —respondió Kael con absoluta tranquilidad.

Lo miré sin poder creerlo.

—¿Qué quieres decir con que no quieres? Es mío. ¡Devuélvemelo!

Kael cruzó los brazos sobre el pecho, dejando que la chaqueta de hockey que acababa de devolverle quedara colgando de uno de sus brazos.

Sus ojos dorados me recorrieron lentamente de arriba abajo antes de volver a encontrarse con los míos.

—¿Crees que vine hasta el baño de mujeres, destruí una puerta y te salvé de esas lobas ruidosas gratis?

Kael dio un paso hacia mí.

—Yo nunca te pedí ayuda. Podía enfrentarme a ellas sola.

—¿Ah, sí? Pero lograste salir de allí gracias a mí, ¿no?

No pude negarlo.

Porque era verdad.

—Sea como sea, te agradezco que me hayas ayudado. Pero primero dame el colgante —insistí.

—No puedo.

Su expresión era tan irritantemente tranquila que me dieron ganas de golpearlo.

Si no fuera el futuro Alpha, ya habría estrellado mi puño contra su arrogante rostro.

—Considera este colgante como una garantía.

—¿¡Una garantía de qué?! —repliqué, intentando evitar que mi voz subiera de tono.

—Una garantía porque ya has visto mi cuerpo.

Sus ojos dorados adquirieron un brillo astuto.

—Sabes que el cuerpo de un Alpha no puede ser visto por cualquiera, especialmente si esa persona no es su pareja destinada.

Abrí los ojos de par en par.

No podía creer lo que acababa de escuchar.

¿Qué clase de excusa era aquella?

—¿Estás loco? —siseé.

Esta vez ya no pude contener mi irritación.

—¡No lo hice a propósito! ¡El profesor me castigó y me ordenó limpiar ese lugar! ¡Yo no sabía que estabas duchándote allí!

Kael arqueó una ceja.

Parecía disfrutar cada segundo de mi creciente enfado.

En lugar de retroceder, dio otro paso hacia mí, reduciendo todavía más la distancia entre nosotros.

Pude percibir el aroma masculino que emanaba de su cuerpo.

—Intencionadamente o no, tus ojos ya lo han visto todo, señorita —susurró Kael.

Su sonrisa desapareció poco a poco, reemplazada por una mirada intensa que parecía controlar cada uno de mis movimientos.

—Y en mi mundo, todo tiene consecuencias.

—¡No pienso hacerme responsable de algo tan indecente! ¡Devuélveme mi colgante!

Levanté la mano frente a su pecho, exigiendo que me entregara el objeto más preciado que pertenecía a mi madre.

Pero, en lugar de responder, Kael bajó la mirada hacia mi viejo suéter.

La prenda estaba empapada y pegada a mi cuerpo, dejando entrever el tono violáceo de mi piel a través de los desgarros de la tela.

Sin prestar atención a mi protesta, su mano fuerte se movió rápidamente hacia la gruesa chaqueta de hockey que colgaba de su brazo y volvió a colocarla sobre mis hombros.

Esta vez, tiró de ambos lados del cuello de la chaqueta hacia delante y los sujetó con firmeza para impedir que pudiera quitármela otra vez.

—Póntela y deja de ser tan testaruda. Tu cuerpo híbrido podría morir congelado antes de que consiguieras recuperar esto de mis manos —ordenó Kael con una voz áspera, cargada de la autoridad absoluta de un Alpha.

Soltó el cuello de la chaqueta y se dio la vuelta, poniéndose delante de mí.

—Ven a mi habitación. Límpiate y trata ese moretón. Cuando vuelvas a parecer más humana que rata de alcantarilla, hablaremos del colgante.

Apreté los puños dentro de las mangas demasiado grandes de su chaqueta.

Aquel hombre era realmente sarcástico, testarudo y hacía siempre lo que le daba la gana.

Sin embargo, al observar su espalda firme mientras se alejaba, comprendí que no tenía sentido discutir con un lobo dominante mientras yo me encontraba en semejante estado de debilidad.

A regañadientes, comencé a seguirlo.

Kael se detuvo frente a una puerta de madera de teca tallada con el emblema de un lobo dorado.

Pasó su tarjeta de acceso por el lector.

La cerradura electrónica emitió un suave clic.

Entonces empujó la puerta y la abrió.

—Entra —ordenó sin siquiera mirarme, caminando directamente hacia una pequeña barra situada dentro de la habitación.

Entré con cierta vacilación.

Mis ojos recorrieron aquella estancia amplia y lujosa.

Era exactamente lo que cabría esperar de la habitación de un príncipe heredero Alpha.

Sin embargo, mi atención se desvió cuando Kael se volvió y arrojó sobre el sofá un pequeño botiquín de primeros auxilios y una toalla limpia.

—El baño está a la izquierda. Cámbiate con la camiseta que hay dentro de ese armario y trata tu moretón —dijo con el mismo tono brusco, completamente desprovisto de amabilidad.

Hizo una breve pausa.

—Ah, y sal de aquí en cuanto termines. Tengo que irme. Hablaremos del colgante en otro momento.

—¡Oye...!

Antes de que pudiera protestar, ya se había marchado.

Qué hombre tan insoportable.

Solté un largo suspiro y volví la mirada hacia la toalla que había dejado sobre el sofá.

***

Acababa de llegar a la residencia de Julius, el Gamma y mi padre.

Había dejado deliberadamente la chaqueta de Kael allí y tampoco me había cambiado de ropa.

Podría ser peligroso regresar a casa llevando puesta su chaqueta.

Además, seguramente habría problemas después de lo que había ocurrido en la academia.

¡Plaf!

Una bofetada brutal impactó de lleno contra mi mejilla izquierda.

El golpe fue tan fuerte que mi cuerpo perdió el equilibrio y terminé cayendo sobre el frío suelo de mármol.

Sentí que la piel de mi mejilla ardía.

Un sabor metálico se extendió por mi boca cuando un hilo de sangre comenzó a deslizarse desde la comisura de mis labios.

***

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