INICIAR SESIÓNMe aparté ligeramente, mirándolo con expresión confusa ante aquella demostración pública de afecto en presencia de sus padres. Rafael me guiñó el ojo con una sonrisa pícara y volvió a la sala, mientras yo regresaba a la cocina con el corazón latiendo a un ritmo totalmente descompassado.El resto de la tarde se arrastró como una agonía lenta. Mi padre y Bruno continuaron soltando alfilerazos y tocando el tema del embarazo y la sucesión empresarial a mis espaldas, probando mi paciencia hasta el límite absoluto. Afortunadamente, las horas pasaron y llegó el momento en que mis suegros y Clara anunciaron la partida.—Adiós, mi querida, apareced por casa a cenar cualquier día de estos sin falta —se despidió Artur, abrazándome con cariño en la puerta.—Vamos a aparecer con toda seguridad —sonreí.Helena me dio un abrazo apretado, prometiendo enviar las fotografías del almuerzo esa misma noche, y Clara me susurró al oído que me mandaría mensajes actualizando el estado de su pasión secreta por
Rafael inmediatamente estiró la mano y dio dos apretones firmes y reconfortantes en mi muslo, como si intentara anclarme a la realidad.—Veo que este nido de recién casados tiene una energía excelente después de regresar del viaje —comentó Eduardo, sacando una silla sin ceremonia y sentándose de frente a Artur.—Nosotros sinceramente no sabíamos que pretendíais aparecer hoy de sorpresa —puntuó Rafael en un tono perfectamente directo y cortante.Artur lanzó una mirada de aviso a su hijo para contener la grosería, pero el mal ya estaba hecho.—Ah, decidí dar una alegría a mis queridos compadres y aparecer sin avisar —desdeñó Bruno, estirando el brazo para servirse enseguida de los entrantes dispuestos en la mesa, sin el menor pingo de etiqueta.Me enderecé en la silla, sintiendo una vergüenza ajena monumental. Clara fulminaba a mi hermano con una mirada de puro asco desde el otro lado de la mesa.—Y entonces, decidme: ¿ya habéis encargado el primer nietecito para alegrar la casa? —solté
—Voy a hacerle comer literalmente en la palma de mi mano, eso está garantizado —crucé los brazos, sonriendo con astucia.Clara batió palmas de entusiasmo, radiante con la perspectiva de venganza táctica.—¡Eso es, chica! Mi querido hermano necesita desesperadamente una lección de realidad para asumir de una vez por todas lo que siente por ti. Si él vacila, dentro de un año aparece otro francés y te roba debajo de su nariz —bromeó ella, dándome un toque ligero con el codo. —Pero dime la verdad: ¿sigues sintiendo algo por él, no?—¿Si sigo? Desgraciadamente sí, y mira que intenté erradicar ese sentimiento a la fuerza —bufé, frustrada conmigo misma. —Rafael me atrae de una manera inexplicable, Clara. Me quedo con el cerebro derretido cuando tiene gestos mínimamente monos, y hasta su lado arrogante y mandón consigue irritarme y fascinarme al mismo tiempo. No tengo la menor idea de cómo fui a caer en esta tontería de enamorarme de mi propio verdugo contractual.—Ni me hables de eso, él a v
Capítulo 75 — El Almuerzo de los Inconvenientes y la Furia Silenciosa17 de Marzo — 12:15Sábado—¡Hola, querida! ¡Estás absolutamente linda! —Helena irrumpió por la entrada de la mansión, avanzando a pasos largos para envolverme en un abrazo apretado y caluroso.—Usted también está deslumbrante, como siempre —sonreí, ajustando la postura. —Hola, Artur —agregué, correspondiendo al abrazo que el patriarca de los Alencar me ofreció enseguida con su habitual simpatía.—¿Cómo has estado, hija mía? —sonrió él, ajustándose el cuello de la camisa.—Estoy muy bien, gracias, ¿y usted? Entren, por favor, pónganse cómodos —di espacio en el vestíbulo, apartándome para que pudieran pasar.En el segundo siguiente, Clara se desprendió de sus padres y se lanzó literalmente a mis brazos, casi derribándome en el suelo de la entrada. Me reí de buena gana, correspondiendo al apretón efusivo de mi cuñada favorita.—¡Estoy tan feliz de veros! Pero dime ya: ¿Rafael aún no ha llegado a casa? —inquirió Clara,
Di un mordisco a mi propio sándwich y cerré los ojos, saboreando la combinación perfecta de sabores.—¿Ves? Te sorprendí. No le prendí fuego a la cocina y encima está delicioso, puedes admitir que soy una cocinera de mano.—Tengo que darte la razón, está realmente comestible. Estoy verdaderamente sorprendido, atrevida —provocó él de vuelta, arrancándome un poner los ojos en blanco automático.—Gracias por el elogio dudoso. Has de saber que esta fue la primera y la última vez que hago esta caridad culinaria para el señor.—Tanto rencor acumulado en el corazón... Y pensar que somos marido y mujer unidos por los sagrados lazos del matrimonio —bromeó él, fingiendo un falso tono de mártir.—Sí, mi amor, tú querías casarte conmigo perdidamente enamorado, un verdadero cuento de hadas —repliqué con sarcasmo destilado.Rafael se limitó a mirarme en silencio por unos segundos, con un brillo indescifrable en los ojos oscuros, antes de que su teléfono comenzara a vibrar ruidosamente sobre la mesa
—¿Qué? ¿Será que el señor empresario de éxito no sabe lavar su propia ropa ni freír un huevo para sobrevivir? —fingí una expresión de sorpresa falsa de lector de telenovela. —Jajajaja, cómo consigues ser increíblemente graciosa cuando te esfuerzas —replicó él, dándome un capirotazo ligero y resonante en la frente. Me quejé de inmediato, propinándole una palmada de respuesta en el brazo. —Tengo miedo de morir gravemente intoxicada si dependo de tus supuestas habilidades culinarias —devolví la provocación. —Oye, graciosita, no soy tan inútil como piensas en la cocina. Pero si tienes tanto pavor de mis dotes, haz tu propia comida —se encogió de hombros, girándose para empezar a cargar las maletas escaleras arriba. —Y haz el favor de ayudarme con el peso de estas maletas, abusadora. —Fresco —refunfuñé bajito, conteniendo la risa mientras subía detrás de él al dormitorio principal. Me apresuré a elegir una ropa ligera y perfectamente cómoda para quedarme en casa, pues estaba seg







