LOGINZAHARA
La mesa parecía una pasarela de banquetes, tanta comida junta que jamás en mi vida había visto. Era un lujo desmedido al que no estaba acostumbrada; un atracón que en mi tierra jamás soñé tener. Vine a este país engañada, según yo, para trabajar honradamente mediante un contrato que resultó ser una trampa y una completa locura.
Mi papá siempre me dijo que mi madre era de estos lados, pero yo me crié en Nicaragua ese es mi origen y mi sangre. Por eso no me hallaba con estas vestiduras tan pesadas y extrañas; sentía que en cualquier momento me iba a brotar una alergia de los puros nervios. Lo único que me mantenía en pie era el deseo de que mi papá estuviera bien con mi hermanito, aunque aquí me sintiera como una simple muñeca de trapo usada para quién sabe qué oscuros fines.
Apreté el tenedor con fuerza mientras sentía la mirada fija de las empleadas, quienes me observaban con un detalle que me ponía los pelos de punta.
—Coma, señora —me dijo una de ellas con voz pausada—. Si no come, el señor se va a desquitar con nosotras y dirá que no la hemos atendido como es debido.
Asentí en silencio y empecé a llevarme los alimentos a la boca. Apenas llevaba un par de bocados cuando unos taconazos desquiciados resagaron el pasillo.
—¡Señora, por favor, no vaya! —se escuchó la voz de una sirvienta intentando frenarla.
De golpe, la tal Malika irrumpió en el comedor con la cara pálida y los brazos vendados.
—¡Levántate de esa mesa ahora mismo! —me gritó fuera de sí—. Te dije que te levantaras de ahí.
—Señora Malika, por favor, no haga un escándalo —intervino la sirvienta atravesandonos —. El Jeque Zayn dejó muy claro que la segunda esposa tiene todo el derecho de comer aquí. Así que por favor…
—¡Me vale un comino! — chilló la mujer—. ¿Ahora vas a obedecer todo lo que te diga mi esposo? ¡Este es mi lugar! Yo soy su esposa, está bruta solo es una arrastrada.
Apreté los puños con la indignación hirviendo en la sangre. ¿Una arrastrada? ¿A quién cree que le está gritando está loca?
—¿Una arrastrada? ¿Y usted cómo se atreve a hablarme así a mí? —le respondí poniéndome de pie y plantándole cara.
—¡Ni siquiera pertenecés a este país! —me gritó escupiendo las palabras—. ¡A saber de qué demonios de hoyo saliste! ¿Cómo lograste hacerte esposa del gran Jeque? Él me ama a mí, ¡no sé qué demonios se le metió en la cabeza para buscar a otra!
—Pues pregúntaselo a él y no me venga a ladrar a mí —le solté sin aguantarme nada.
—¿Qué te creés? Encima de muerta de hambre, ¡arrogante, estúpida!
La mujer se me vino encima y me jaló el cabello con, me va conocer, yo no soy de las que se quedan con los brazos cruzados.
Rápidamente le agarré el brazo con fuerza brutal y se lo retorcí.
—¡Ay, me lastimas! — grito y luego la jaloneo de su cabello de elote —¡Déjame el cabello! —chilló.
—¡Señora, por favor, no se peleen! ¡Compórtese! —suplicaban las empleadas hechas un manojo de nervios.
—¿Cómo querés que me comporte si esta mujercita me está ofreciendo la violencia? —le reclamé a las sirvientas sin soltarla.
—¡Señora Malika, por favor! —insistió la dama de compañía—. Tendrá serios problemas si el señor se entera.
—¿Problemas por esta arrastrada?
Le solté el brazo de un tajo y la empujé hacia atrás. Su piel blanca quedó marcada de rojo por mi agarre. Se notaba que la tipa estaba zafada del chiquero; horas antes casi se desangra y ahora andaba buscando pleito.
—Usted es una estúpida —le dije viéndola de arriba abajo—. No voy a permitir que me venga a pisotear.
—¡No voy a permitir que te acuestés con mi esposo! —gritó con lágrimas de rabia.
—¿Y a mí qué me cuenta? Vaya lléveselo a él. ¿Por qué me lloriquea a mí? Si tanto miedo tiene es porque sabe la clase de hombre que tiene al lado. Y al final de cuentas, aunque le duela, yo también soy la esposa. Si él desea acostarse conmigo, lo va a hacer y punto —solté con rabia y vulgaridad para provocarla.
Todas las empleadas ahogaron un grito y se llevaron las manos a la boca.
—Señorita... no debería hablar de esa manera —murmuró Mekel apenada.
—¿Y cómo querés que le hable cuando esta mujer viene a querer humillarme a mi propia cara?
—Usted debe tener un poco de modales —me atacó Malika, acomodándose la bata—. Se nota a leguas la clase de vulgar que eres. Pero esto no se va a quedar así, se lo voy a decir a Zayn cuando regrese. ¡Vámonos! No quiero verle la cara a esta arrastrada.
Se giró dramáticamente y se fue hecha un demonio con su sirvienta detrás.
Me dejé caer de nuevo en la silla y me tapé la cara con ambas manos. Dios mío, ¿en qué infierno me había metido? Estaba casada con el hombre más peligroso y poderoso de este país; yo, una simple muchacha de escasos recursos, atrapada en las garras de un magnate al que poco le faltaba para ser un demonio.
“Según las malas lenguas” bufé con irritación y decido desayunar.
(*^^*)
Después de comer, subí al dormitorio. Mekel entró minutos después cargando un vestuario ostentoso.
—Vas a usar esto a partir de ahora. Son trajes orientales y es obligación que la esposa los utilice.
No dije nada. ¿Para qué gastar saliva si de todas formas no tenía voz ni voto en esa casa? Solo debía cumplir con lo estipulado para no meter en problemas a mi padre. Me coloqué el traje de seda, tomé mi cabello largo y me hice una trenza hacia a un lado para despejarme el rostro.
—¿Ella siempre ha sido así de loca? —le pregunté a Mekel refiriéndome a Malika. Mekel asintió con una mueca de pesar.
—Si de verdad él la ama... ¿por qué busco otra esposa?
—Eso no le puedo responder, señora. No es asunto de nosotros los empleados cuestionar las decisiones del Jeque. Aquí la ley la dictan los jeques; ellos mandan.
¿Cómo es en su país?
—Allá manda el presidente —suspiré extrañando el suelo nica —. Pero aquí parece que ustedes viven bajo la palabra de unos cuantos hombres.
—Así es. Y el Jeque Zayn es el más joven de los jeques mayoritarios. Cuando falleció su padre, dejó todo el imperio a su cargo. Tenía apenas doce años. Desde entonces se convirtió en el jeque más temido y el que decide entre las grandes familias.
Guardé silencio mientras ella terminaba de acomodarme el velo. Me quedé quietecita, sintiendo cómo el corazón me martilleaba el pecho. Tenía que prepararme para la noche; al fin y al cabo, era la segunda esposa y me tocaría rendir cuentas en esta inmensa cama.
Que por cierto dormí requete bien.
Sentía unas ganas terribles de llorar y gritar, atormentada por el trato de Malika y por la frialdad del hombre que ahora era mi dueño.
Por la tarde me asomé a la ventana del inmenso jardín. Vi varios perros de caza y unos gatos paseándose por los muros. A lo lejos, una muchacha rubia corría de un lado a otro con libertad. La envidié en silencio. ¿Quién era ella?
De pronto, escuché golpes en la puerta, el cual me sacaron de mis pensamientos. Al abrir, me topé de nuevo con la cara de Malika. Cerré los ojos con frustración reteniendo un suspiro.
—¿Ahora qué querés?
—Solo vengo a refrescarte el cerebrito —dijo cruzándose de brazos y mostrándome su muñeca vendada. ¡Loca qué es!—. No quiero que le andés insinuando nada a Zayn para acostarte con él, porque no lo vas a lograr.
—¿Y por qué no lo voy a lograr, según? Si también es mi esposo
—Mirá qué fiera me saliste... —sonrió con malicia—. Dudo mucho que te toque un solo pelo de tu cuerpo. Él no se levanta con nadie que no sea yo. Mi esposo tiene un problema... un problemita allá abajo, y no puede estar con otra mujer. No creas que eres la primera con la que intentó casarse. Ya ha probado con otras y fracasó. Si anoche no te tocó, dudo que lo haga hoy. Aunque supongo que si no te interesa, es mejor para ti, ¿no?
—A mí me da exactamente igual su vida y sus problemas —le respondí manteniendo la cabeza en alto—. Me da igual todo. Ahora retírese.
—¡A mí no me vas a dar órdenes! —alzó la voz indignada—. Aquí las órdenes las doy yo. Yo soy su primera esposa, la única a la que ama y la dueña de todo lo que le pertenece.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es exactamente lo que te pertenece a ti? —resonó una voz grave y fría a nuestras espaldas.
Zayn estaba parado en el umbral del pasillo, impecable en su traje a la medida, mirándonos con una fiera arrogancia.
Malika dio un brinco y su rostro se transformó al instante. Puso cara de víctima y se llevó una mano al pecho.
—¡Amor! ¡Mi señor! —chilló acercándose a él—. Es que... es que esta mujer me estaba provocando, Zayn. ¡Y yo me he sentido tan mal en todo el día!
La quedé mirando con la boca abierta y los ojos pelados de pura rabia. ¿Qué putas se cree esta tipa para salir con semejante mentira?
....\(^_^)/.....
ZaynLos gritos resonaban con una fuerza despótica por los pasillos abiertos del palacio. Apenas crucé el umbral de los jardines principales acompañado por los ancianos y mis tíos, la escena que se desplegó ante mis ojos hizo que la sangre me hirviera en las venas.Allí estaban mi hermana Zaydel, Malika y Zahara, en medio de un forcejeo caótico, jalándose los cabellos mientras los perros corrían alrededor ladrando con furia e intentando morder el dobladillo del vestido de Malika.—¡¿Qué demonios pasa en este palacio con estas mujeres?! —rugió mi tío con una voz tan grave y autoritaria.Las tres se congelaron de golpe. El silencio cayó como un peso muerto, solo roto por la respiración agitada de Malika. Al fondo, escuché a Zaydel soltar un susurro incrédulo: «¡Mil pares de mierda!», lo que por poco quiebra mi gesto severo.Los ancianos a mi lado murmuraban escandalizados, señalando el espectáculo con miradas de absoluta desaprobación.—¡Cómo permites que estas mujeres hagan semejante e
ZaharaMiraba por la ventana de esta inmensa habitación que parecía una casa entera. Suspiraba a cada minuto. Extrañaba tanto a mi padre... Quería irme lejos. ¿Cómo era posible que yo tuviera que traer un hijo al mundo con un hombre así? Un hombre rodeado de mujeres a las que ni siquiera parecía querer, frío, despiadado y déspota, tan cruel.Sabía desde el principio que no me estaba casando por amor, eso lo tenía claro. Sin embargo, jamás imaginé que me utilizarían como una simple carnada para engendrar a un heredero. Quizá, en el fondo de mi alma, me casé con la tonta ilusión de que él solo quería pasarla bien y por ser Jeque tenía el derecho.Pero al llegar aquí me di cuenta de la crudeza de mi realidad: no solo compartía su vida con otras, sino que era un hombre más poderoso que los demás y tenía dos esposas aparte de mi que tipo más narcisista y yo ni siquiera sabía qué hacer.Por si fuera poco, estaba harta de Malika, esa mujer despiadada que no sabía controlar su maldita lengua.
ZaynEstaba hartísimo, cansado y con ganas de mandar al carajo a Malika. Su actitud me tenía al límite de la paciencia. Golpeé la mesa con fuerza, haciendo resonar los cubiertos y asustando a Zaydel y a Zahara; ambas se quedaron paralizadas, mirándome antes de girar la vista hacia Malika, quien echaba chispas por los ojos. Al notar mi rabia desmedida, la loca se quedó inmóvil por un segundo.—¿Qué demonios te pasa? —la recriminé fuera de mí, poniéndome de pie de un salto para sujetarla con firmeza del hombro.—¿Ahora te sientes el gran macho? —me desafió con los ojos inyectados en ira.Elevé las cejas, incrédulo.—Obviamente. ¿Por qué no me voy a sentir el gran señor si soy el dueño de todo esto? Soy el jeque y hago y deshago lo que me venga en gana.—¡Ay, por favor, Malika, deja tu actuación ya! Apenas amaneció —intervino Zaydel con tono burlón.Malika se giró hacia ella como una fiera.—¡Tú cállate, que nadie te invitó a hablar! ¡Un día sabrás lo que se siente esto!Giré bruscamente
ZaharaMi cuerpo temblaba, dividido entre el frío del ambiente, los nervios y un temor profundo. Observé a Zayn; tenía el ceño fruncido y una mirada indescifrable. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué actuaba de una forma tan contradictoria?Al verlo intentar distanciarse, un impulso repentino se apoderó de mí.Llevada por una extraña mezcla de locura y desesperación, no dejé que se alejara. En el fondo, me aferraba a la idea de que, si cedía y aceptaba este destino, quizás él me trataría con más consideración.Lo miré fijamente y dejé que el silencio hablara por ambos. Zayn pareció sorprenderse ante mi reacción; me observó en silencio por un segundo y luego esbozó una sonrisa de lado.—Te vas a convertir en mi mujer, ¿entendido? —murmuró con voz baja y firme, estudiándome—. Eres virgen, ¿verdad?Apreté los labios y asentí lentamente. A pesar de los nervios que me mataban, me dejé llevar. Él era mi esposo y, dentro de las reglas de este palacio, no me quedaba más opción que cumplir con mi papel.
Zayn—¿Qué sucede contigo? —pregunté, mirando a Malika con profundo hastío y cansancio.Ella reaccionó al instante, transformando su rostro para componer una perfecta fachada de víctima. Alcé la mirada hacia Zahara; tenía las cejas fruncidas, la barbilla en alto y una postura firme; no quedaba rastro de la muchacha dócil e inocente que había visto el día anterior.Malika avanzó hacia mí para abrazarme, pero la aparté bruscamente.—¿Por qué me haces esto? ¿Me vas a humillar enfrente de ella? —murmuró cerca de mi oído, con la voz quebrada por la rabia.La tomé con firmeza de la barbilla, obligándola a sostener mi mirada.—Deja de hacer un show. Escuché perfectamente lo que hiciste esta mañana. ¿Crees que por ser hija del tercer Jeque te voy a permitir andar de berrinchuda? En este palacio no vas a hacer ni a decir lo que te plazca.—¿Por qué me tratas de esta manera, mi señor? —chilla con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Quién es ella? Solo es otra mujer para quitarte las dudas de tu...
ZAHARALa mesa parecía una pasarela de banquetes, tanta comida junta que jamás en mi vida había visto. Era un lujo desmedido al que no estaba acostumbrada; un atracón que en mi tierra jamás soñé tener. Vine a este país engañada, según yo, para trabajar honradamente mediante un contrato que resultó ser una trampa y una completa locura.Mi papá siempre me dijo que mi madre era de estos lados, pero yo me crié en Nicaragua ese es mi origen y mi sangre. Por eso no me hallaba con estas vestiduras tan pesadas y extrañas; sentía que en cualquier momento me iba a brotar una alergia de los puros nervios. Lo único que me mantenía en pie era el deseo de que mi papá estuviera bien con mi hermanito, aunque aquí me sintiera como una simple muñeca de trapo usada para quién sabe qué oscuros fines.Apreté el tenedor con fuerza mientras sentía la mirada fija de las empleadas, quienes me observaban con un detalle que me ponía los pelos de punta.—Coma, señora —me dijo una de ellas con voz pausada—. Si no







