LOGINZAYN
Rabbit Kain me había enviado a una mujer que usaría para los planes que ya comenzaban a ejecutarse en mi mente. Zahara era hermosa. No pertenecía a nuestro entorno ni a este país y en su cuerpo se notaba la inexperiencia, pero ahora era mi esposa.
Mientras empezaba a despojarla de sus vestiduras, ella intentó cubrirse con las manos. Sus ojos se abrieron con firmeza y pánico.
—No estoy preparada... —susurró.
Enganché la comisura de mis labios y negué con lentitud.
—A mí no me importa si estás preparada, esposa —respondí con voz grave—. Lo que quiero es hacerte mía. Porque ahora me perteneces.
—Dame un respiro, por favor —pidió, apartándose de mí y levantándose de la cama.
Su cuerpo temblaba sin control; sabía que no era por el frío de la habitación, sino por mi cercanía. Suelta un largo suspiro y mira hacia todas partes buscando una salida.
—¿Puedo ir al cuarto de baño?
Me levanté de la cama sin quitarle la mirada de encima y me acerqué a ella. Su cuerpo era simplemente exquisito. Deslicé la lengua por el lóbulo de su oreja y sentí cómo se estremecía por completo.
—Dime mi nombre —le ordené al oído—. Me llamo Zayn... ¿O se te olvidó cuando fuiste a firmar el acta de matrimonio?
—Sí... Zayn —articuló con dificultad—. Es solo que estoy un poco nerviosa…
Trace una línea líquida con mi lengua sobre su cuello. Mis manos descendieron por su torso hasta la curvatura de su cadera, bajando lentamente hacia su ombligo para hundir un dedo en su suave piel.
Ella respingó, pero la atrapé con firmeza entre mis brazos. Esta noche quería probar qué se sentía poseer a una mujer de Oriente.
Zahara tragó saliva y yo me mordí el labio inferior, sintiendo cómo mi cuerpo comenzaba a excitarse. Demonios, sí funcionó con ella... O quizás solo sea el calor del momento.
De repente, un grito desesperado en el pasillo rompió el ambiente.
—¡Señor! ¡Señor Al-Zafir! —golpearon la puerta con frenesí. Eran los empleados.
Solté un bufido de molestia, me coloqué la bata y le arrojé un albornoz a mi nueva esposa para que se cubriera. Abrí la puerta de golpe.
—¿Qué es este escándalo?— espeté con rabia.
—La señora Malika... ¡se ha cortado las venas!
—¿Qué? —dije, asombrado por su estupidez.
Caminé a paso firme hacia la habitación de Malika y me encontré con un charco de sangre en el suelo. Ella lloraba sobre la cama, fuera de sí.
—¿Cuál es tu escándalo? —le recriminé con fría dureza.
—¡Si te acuestas con ella, me voy a matar aquí mismo! —gritó Malika con desesperación—. ¡Esa maldita no puede ser tu mujer! ¡No puedes acostarte con ella!
Giré la mirada hacia las empleadas que temblaban en el pasillo.
—Llamen al médico de inmediato —le ordené a la dama de compañía de Malika.
Al darme la vuelta, vi a Zahara parada a un lado. Le hice una seña a Mekel, mi sirvienta de confianza.
—Mekel, cuida de Zahara.
—Sí, señor, enseguida.
—¿Por qué te llevas a Mekel? —se quejó Malika entre sollozos—. ¡Mekel tiene que quedarse conmigo!
—Cállate, Malika. A partir de ahora, Mekel cuidará de Zahara.
—¿Qué? ¿Por qué? ¡Ella es mi dama! —empezó a patalear, justo cuando el médico irrumpió en la recámara.
—Por favor, cierre la herida —le ordene al doctor—. Si quería morirse, pues que se muera.
Malika abrió los ojos de par en par y negó llorando.
—¿Por qué me haces esto? ¿Por qué, si he sido una esposa devota, una mujer que ha estado siempre para ti? ¿Cómo puedes casarte con otra y traerla en mi presencia?
—Soy un jeque. ¿Qué esperabas, que fuera solo para ti? —Me acerqué a su oído y le susurré con tono duro—: Recuerda por qué estamos casados. Eso es lo único que nos une. No puedo ser el hombre de una sola mujer. —Ella intentó zafarse bruscamente del médico, pero la tomé del brazo con rudeza. —Sella la herida de una vez —le ordené al doctor, quien asintió con la cabeza mientras Malika gritaba desconsolada. Su dama se acercó a abrazarla para calmarla.
Solté un bufido exasperado cuando el médico me indicó que la herida ya estaba suturada y que le había administrado un sedante para relajarla.
Antes de salir, me acerqué a Malika y la miré desde arriba.
—La próxima vez que quieras matarte, hazlo fuera de mi residencia. ¿Entendido?
—¿Cómo puedes ser tan cruel...? ¿Qué crees, que tengo que aguantar esto?
—No soy un ángel contigo ni lo soy con nadie. —Giré hacia su dama de compañía—: Cuida de ella. Y si se vuelve a cortar, te cortas tú también. Las voy a enterrar juntas a las dos. Es una orden.
—Sí, señor... No volverá a suceder —respondió la sirvienta, pálida de terror.
—Eres malo, Zayn... Eres malo... Por favor, no te acuestes con ella… —murmuró Malika antes de caer dormida por el sedante.
Sonreí con arrogancia, salí de la habitación y cerré la puerta de golpe. Al regresar a la recámara, vi a Mekel junto a Zahara.
—Saldré un momento —le dije.
—Sí, señor —asintió Mekel.
Observe a mi segunda esposa.
—Esto queda pendiente por hoy. Te dejaré descansar, pero prepara ese cuerpo —le advertí.
Zahara no dijo nada, bajó la mirada.
—Mekel, quédate esta noche con ella. Explícale mis reglas.
—Así será Jeque.
Mekel me conocía desde pequeño; había sido prácticamente una madre para mí y conocía mis límites. Caminé por el pasillo principal, entré a mi despacho privado y me serví un coñac. Apoyé las manos sobre el escritorio de mármol y le di un sorbo largo a la bebida.
A veces quisiera volver al pasado y ser otro hombre, pero la vida me moldeó así: un hombre cruel, despótico, un jeque sin amor ni cariño para nadie. El único afecto que guardo en mi corazón es para Zaydel; para nadie más.
Terminé la copa, puse algo de música de fondo y me recliné en el sillón de mi despacho, cerrando los ojos para permitirme descansar unas horas.
(*;*)
Por la mañana me levanté temprano, fui a mi habitación personal y me di una ducha rápida. Me vestí con un traje a la medida y me observé en el espejo. Tomé la ghutra —el pañuelo tradicional— junto con el agal —el cordón negro para sujetarlo sobre la cabeza—, pero solté un suspiro de cansancio y lo dejé sobre la mesa. Decidí no llevarlo hoy. Me coloqué mis pulseras de oro y salí.
En el pasillo ya me esperaba Mitael.
—Señor, ya estamos listos para partir.
—Perfecto.
Al bajar las escaleras, escuché unos pasos rápidos. Zaydel corrió hacia mí, se me tiró encima y la atrapé en el aire. La abracé con fuerza y le di un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás, preciosa?
—Pues... digamos que muy bien —sonrió pillina—. Pero necesito mucho dinero.
—¿Necesitas dinero? ¿Qué vas a hacer con tanto? —le pregunté, tocándole la punta de la nariz.
Sus ojos verdes, brillantes como un campo de flores, me miraron con diversión. Me sacó la lengua y luego puso su mano sobre la mía.
—Solo quiero dinero.
Sonreí, saqué un fajo de billetes y se los entregué.
—No te lo gastes todo de golpe, ¿entendido?
—Yo sé lo que hago. ¡Adiós! —Movió la cadera con coquetería y caminó a toda prisa hacia la salida.
—Envía a varios hombres para que la cuiden de cerca —le ordené a Mitael en voz baja.
—Entendido, señor.
Antes de irme, pasé por la cocina y me dirigí al personal.
—Preparen comida para mi esposa Zahara. Atiéndanla como se debe, cumplan sus órdenes y no dejen que Malika salga de su habitación bajo ninguna circunstancia. Es una orden.
—Sí. Que tenga un buen día, jeque —respondieron todas con una reverencia inclinada.
Salí de mi palacio y abordé mi auto blindado de lujo junto a Mitael. Nos dirigimos a la sede central de mi empresa, un rascacielos imponente que dominaba el horizonte de Al-Zafir: el imperio automotriz de alta gama más grande del país.
Al llegar, los empleados se alinearon en dos filas para saludarme con reverencias. Hice un gesto con la mano para que los ejecutivos me siguieran directamente a la sala de juntas.
En cuanto entré, escuché el mismo saludo formal de todos los días. Rodé los ojos, aburrido del servilismo.
—Dejemos las formalidades —sentencié.
Le hice una señal a mi asistente, quien de inmediato proyectó en la pantalla gigante las imágenes de los nuevos vehículos automáticos.
—Tendremos un evento en unas semanas para presentar los mejores autos en competencia con las demás firmas. Tenemos varios compradores interesados de Dubái y Tailandia, pero nuestro motor tiene que entrar a prueba. Y para esa prueba, habrá una carrera.
Los ejecutivos comenzaron a tomar notas y fotografías. En la sala también había periodistas y camarógrafos autorizados para cubrir la reunión; mi empresa debía mantenerse en primera plana a nivel nacional e internacional.
Al finalizar la presentación, los ejecutivos de ventas entraron a mi oficina para mostrarme los últimos detalles técnicos.
—Señor Al-Zafir, la nueva actualización para que los autos de alta gama pasen a modo automático en caso de emergencia del conductor ya está lista.
Moví los dedos sobre el escritorio y asentí.
—Perfecto. Que así sea.
Miré la hora en mi reloj de oro y salí del edificio. En la entrada, un tumulto de reporteros intentó abalanzarse sobre mí.
—¡Jeque Al-Zafir! ¡Escuchamos que tiene una nueva esposa! ¡Queremos saber los detalles sobre ella y de qué país proviene!
Los quedé mirando, alzando una ceja con desdén.
—Mi vida privada no les incumbe. Preguntenme por los nuevos autos de alta gama que la mitad de Dubái quiere comprar y les responderé — respondí con arrogancia. Les dediqué una sonrisa fingida a las cámaras y me subí al vehículo.
—Mitael, vamos a una de las boutiques más exclusivas. Ya sabes cuál.
—Sí, señor, enseguida.
Llegamos a la tienda de lujo. Entré a la sección privada de lencería y vestidos de alta costura. Mientras observaba las prendas, imaginé el cuerpo de mi esposa —obviamente no el de Malika, sino el de Zahara. Seleccioné varias piezas exclusivas y entregué mi tarjeta dorada.
Mitael guardó todas las bolsas en el maletero. Me subí al auto, pero mi mente no dejaba de dar vueltas a lo sucedido anoche.
Aparentemente, Zahara no me era indiferente... y tal vez, solo tal vez, ella fuera la mujer indicada para darme el heredero que tanto estaba buscando.
ZaynLos gritos resonaban con una fuerza despótica por los pasillos abiertos del palacio. Apenas crucé el umbral de los jardines principales acompañado por los ancianos y mis tíos, la escena que se desplegó ante mis ojos hizo que la sangre me hirviera en las venas.Allí estaban mi hermana Zaydel, Malika y Zahara, en medio de un forcejeo caótico, jalándose los cabellos mientras los perros corrían alrededor ladrando con furia e intentando morder el dobladillo del vestido de Malika.—¡¿Qué demonios pasa en este palacio con estas mujeres?! —rugió mi tío con una voz tan grave y autoritaria.Las tres se congelaron de golpe. El silencio cayó como un peso muerto, solo roto por la respiración agitada de Malika. Al fondo, escuché a Zaydel soltar un susurro incrédulo: «¡Mil pares de mierda!», lo que por poco quiebra mi gesto severo.Los ancianos a mi lado murmuraban escandalizados, señalando el espectáculo con miradas de absoluta desaprobación.—¡Cómo permites que estas mujeres hagan semejante e
ZaharaMiraba por la ventana de esta inmensa habitación que parecía una casa entera. Suspiraba a cada minuto. Extrañaba tanto a mi padre... Quería irme lejos. ¿Cómo era posible que yo tuviera que traer un hijo al mundo con un hombre así? Un hombre rodeado de mujeres a las que ni siquiera parecía querer, frío, despiadado y déspota, tan cruel.Sabía desde el principio que no me estaba casando por amor, eso lo tenía claro. Sin embargo, jamás imaginé que me utilizarían como una simple carnada para engendrar a un heredero. Quizá, en el fondo de mi alma, me casé con la tonta ilusión de que él solo quería pasarla bien y por ser Jeque tenía el derecho.Pero al llegar aquí me di cuenta de la crudeza de mi realidad: no solo compartía su vida con otras, sino que era un hombre más poderoso que los demás y tenía dos esposas aparte de mi que tipo más narcisista y yo ni siquiera sabía qué hacer.Por si fuera poco, estaba harta de Malika, esa mujer despiadada que no sabía controlar su maldita lengua.
ZaynEstaba hartísimo, cansado y con ganas de mandar al carajo a Malika. Su actitud me tenía al límite de la paciencia. Golpeé la mesa con fuerza, haciendo resonar los cubiertos y asustando a Zaydel y a Zahara; ambas se quedaron paralizadas, mirándome antes de girar la vista hacia Malika, quien echaba chispas por los ojos. Al notar mi rabia desmedida, la loca se quedó inmóvil por un segundo.—¿Qué demonios te pasa? —la recriminé fuera de mí, poniéndome de pie de un salto para sujetarla con firmeza del hombro.—¿Ahora te sientes el gran macho? —me desafió con los ojos inyectados en ira.Elevé las cejas, incrédulo.—Obviamente. ¿Por qué no me voy a sentir el gran señor si soy el dueño de todo esto? Soy el jeque y hago y deshago lo que me venga en gana.—¡Ay, por favor, Malika, deja tu actuación ya! Apenas amaneció —intervino Zaydel con tono burlón.Malika se giró hacia ella como una fiera.—¡Tú cállate, que nadie te invitó a hablar! ¡Un día sabrás lo que se siente esto!Giré bruscamente
ZaharaMi cuerpo temblaba, dividido entre el frío del ambiente, los nervios y un temor profundo. Observé a Zayn; tenía el ceño fruncido y una mirada indescifrable. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué actuaba de una forma tan contradictoria?Al verlo intentar distanciarse, un impulso repentino se apoderó de mí.Llevada por una extraña mezcla de locura y desesperación, no dejé que se alejara. En el fondo, me aferraba a la idea de que, si cedía y aceptaba este destino, quizás él me trataría con más consideración.Lo miré fijamente y dejé que el silencio hablara por ambos. Zayn pareció sorprenderse ante mi reacción; me observó en silencio por un segundo y luego esbozó una sonrisa de lado.—Te vas a convertir en mi mujer, ¿entendido? —murmuró con voz baja y firme, estudiándome—. Eres virgen, ¿verdad?Apreté los labios y asentí lentamente. A pesar de los nervios que me mataban, me dejé llevar. Él era mi esposo y, dentro de las reglas de este palacio, no me quedaba más opción que cumplir con mi papel.
Zayn—¿Qué sucede contigo? —pregunté, mirando a Malika con profundo hastío y cansancio.Ella reaccionó al instante, transformando su rostro para componer una perfecta fachada de víctima. Alcé la mirada hacia Zahara; tenía las cejas fruncidas, la barbilla en alto y una postura firme; no quedaba rastro de la muchacha dócil e inocente que había visto el día anterior.Malika avanzó hacia mí para abrazarme, pero la aparté bruscamente.—¿Por qué me haces esto? ¿Me vas a humillar enfrente de ella? —murmuró cerca de mi oído, con la voz quebrada por la rabia.La tomé con firmeza de la barbilla, obligándola a sostener mi mirada.—Deja de hacer un show. Escuché perfectamente lo que hiciste esta mañana. ¿Crees que por ser hija del tercer Jeque te voy a permitir andar de berrinchuda? En este palacio no vas a hacer ni a decir lo que te plazca.—¿Por qué me tratas de esta manera, mi señor? —chilla con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Quién es ella? Solo es otra mujer para quitarte las dudas de tu...
ZAHARALa mesa parecía una pasarela de banquetes, tanta comida junta que jamás en mi vida había visto. Era un lujo desmedido al que no estaba acostumbrada; un atracón que en mi tierra jamás soñé tener. Vine a este país engañada, según yo, para trabajar honradamente mediante un contrato que resultó ser una trampa y una completa locura.Mi papá siempre me dijo que mi madre era de estos lados, pero yo me crié en Nicaragua ese es mi origen y mi sangre. Por eso no me hallaba con estas vestiduras tan pesadas y extrañas; sentía que en cualquier momento me iba a brotar una alergia de los puros nervios. Lo único que me mantenía en pie era el deseo de que mi papá estuviera bien con mi hermanito, aunque aquí me sintiera como una simple muñeca de trapo usada para quién sabe qué oscuros fines.Apreté el tenedor con fuerza mientras sentía la mirada fija de las empleadas, quienes me observaban con un detalle que me ponía los pelos de punta.—Coma, señora —me dijo una de ellas con voz pausada—. Si no







