FAZER LOGINPOV DE: Mercan.
Al culminar la palabra, me doy la vuelta despavorida y tropiezo de lleno contra el hombre que acaba de ingresar: Herden Güglü, el mejor amigo de mi querido jefe y prácticamente su hermano. —Lo siento, señor Güglü. —Tranquila. ¿Estás bien? —asiento torpemente y me aparto en cuanto mi jefe carraspea, rompiendo la tensión. Aprovecho que el señor Güglü desplaza su atención hacia él para escabullirme como un escurridizo lagarto. Salgo del departamento con el pulso acelerado y un nudo sofocante atascado en la garganta. Traigo unas ganas tremendas de romper a llorar, pero me obligo a sofocar cualquier pizca de debilidad en mi mirada antes de cruzar las puertas del ascensor. Al entrar a mi auto, la opresión en el pecho regresa con violencia. Me invade esa amarga sensación de vulnerabilidad; siento que mi mundo se acaba de derrumbar en pedazos. No solo he perdido mi virginidad, sino también la confianza de mi jefe. Seguramente estoy despedida. ¿Qué voy a hacer sin trabajo? ¿Cómo se supone que voy a seguir manteniéndome? Sé que no podré continuar, que jamás tendré la fuerza para volver a mirarlo a los ojos. Paso todo el fin de semana encerrada entre las cuatro paredes de mi habitación, torturándome al recordar una y otra vez sus besos y sus caricias. Fue un momento efímero, pero se quedó grabado a fuego en mi alma. El lunes por la mañana me levanto al fin. Me quedo sentada al borde de la cama, con la mente perdida, intentando adivinar mi futuro. Reviso el celular más de diez veces por minuto, aguardando algún mensaje suyo o una llamada urgente que desemboque en una reunión apresurada para cerrar el tema que dejamos a medias. Se suponía que a esta hora ya debería estar saliendo de casa, dispuesta a comenzar una nueva jornada laboral a su lado; sin embargo, sigo aquí, repasando cada segundo transcurrido en aquella habitación. No pienso volver a esa empresa. Sería una descarada si me presentara allí sabiendo que me van a despedir y que me echarán como a un perro. Conozco demasiado bien el carácter intransigente de mi jefe: cuando se enfurece, es capaz de hundir a cualquiera sin contemplaciones. Lo que ocurrió hace dos noches marcó el fin definitivo de mi paso por la empresa Lanús. Aunque él no la dirige solo —puesto que existen otros socios como sus primos, sus tíos e incluso su padre, Aike Lanús—, sé que mi jefe tiene la última palabra. Yo era su empleada, su mano derecha y la persona en quien depositaba toda su confianza; sin embargo, hace dos noches le fallé. Pasadas las nueve de la mañana, mi celular suena de golpe. La taza de café en mi mano tiembla, derramando un chorro caliente. Soy la paranoica de siempre. Ni siquiera es el tono asignado a mi jefe, y mucho menos proviene de ese número al que pertenecen ellos... Suspiro profundo y me obligo a apartar de mi mente el recuerdo de mis crueles hermanos, a quienes no quiero volver a ver en la vida. Tomo el teléfono y, al reconocer la numeración en la pantalla, me muerdo el labio. Es una llamada entrante de la empresa Lanús; probablemente me buscan para que me acerque a firmar mi liquidación. —¿Sí? —Señorita Arcaksun, el señor Lanús está histérico porque su asistente personal no se encuentra en su puesto de trabajo. ¿Le ocurrió algo? Si es así, debió informarlo. —¿El señor Lanús requiere mi presencia? —Por favor, llegue pronto, porque no puedo soportar su mal carácter... Recuerde que estoy embarazada. La llamada se corta bruscamente, dejándome atónita y con el corazón martilleándome el pecho. ¿Esto es verdad? ¿Él me quiere en la oficina? ¿Acaso no me va a despedir? La llegada de un mensaje me saca de mi estupor. Al abrirlo, el aire se me congela en los pulmones: "Quince minutos para la reunión. Todo debe estar listo; de lo contrario, se le descontará el salario del siguiente mes." Así, con esa frialdad tan suya, me envía la orden. Salto de la cama de un brinco. ¿Dijo el siguiente mes? ¿He leído bien? ¡No me va a despedir! Corro al baño, me doy una ducha exprés, me enfundo en lo primero que encuentro colgado y salgo disparada del edificio. Tengo que llegar rápido y estar en la sala antes de que la reunión comience; él detesta la impuntualidad y no tolera que las cosas no estén preparadas a tiempo. Llego a recepción con la garganta seca. Tuve que venir conduciendo a pesar de vivir a solo dos cuadras porque, de lo contrario, no habría llegado a tiempo. Me tocó dejar el auto en la entrada para que el guardia lo parquee, ya que bajar al estacionamiento me habría tomado minutos valiosos. Al cruzar el vestíbulo, modero el paso, sonrío, saludo a todos y contengo la respiración para disimular el cansancio. Subo al piso de presidencia, el santuario donde se encuentran las oficinas de los Lanús, una familia numerosa en la que solo Aike Lanús ejerce como presidente de la firma automotriz, secundado por su hijo, su virtual sucesor. —Señorita Arca... —pronuncia Sila, recortando mi apellido como suele hacer cuando está aterrorizada—, entre a apagar el incendio en esa sala de juntas antes de que todos terminemos achicharrados. Lleno un vaso de agua y se lo entrego con firmeza. —Calma, Sila. Este incendio no te salpicará a ti —le aseguro, proyectando una certeza que por dentro disto mucho de sentir. Ella bebe de un trago. —Pero vaya pronto. Me empuja de vuelta hacia la salida por la que acabo de ingresar. Apretando la libreta contra el pecho, encamino mis pasos hacia el lugar donde debía haber comenzado la sesión. Me muerdo el labio al vislumbrarlo sentado en la cabecera de la mesa, con la mirada clavada en la pantalla apagada. El resto del personal permanece inmóvil, como si el menor movimiento pudiera despertar a la bestia. Uno de mis compañeros me detecta y me apura desesperado con la mirada. Inhalo profundo antes de cruzar el umbral; sé que aguantar el aire mientras me regaña será vital para sobrevivir. —Buenos días a todos... Disculpen la tardanza. Evito su rostro y me dirijo directo a la mesa mientras los demás al fin se atreven a moverse y susurrar: "El señor Lanús nunca había esperado en una reunión". Apoyo mis cosas y procedo a encender la pantalla para dar inicio a la presentación. —A continuación, les entregaré la carpeta con las nuevas modificaciones que implementaremos en el modelo que se lanzará al mercado a finales de año —explico mientras distribuyo las copias a cada asistente. Evito respirar al colocar su carpeta frente a él. Él ni se inmuta; permanece erguido con la vista fija al frente, pero me quema la mejilla con la sola sensación de saber que me observa de reojo. Al posicionarme frente a la pantalla con las imágenes proyectadas, me giro e inevitablemente mi mirada termina colisionando directo con la suya. Su expresión fría, desprovista de cualquier rasgo de calidez, me congela y me petrifica al punto de hacerme temblar los labios cuando logro articular: —Si tienen alguna sugerencia, estamos atentos a escucharlos. "Dios mío, por favor, que ocurra un terremoto y me caiga encima una placa enorme de cemento... Pero qué tonterías dices, Mercan; con esas cosas no se juega", me reprendo a mí misma en un grito silencioso. Entre aportes e ideas interesantes del equipo, la sesión finalmente concluye. Mi voz interior me exige que corra, pero mis piernas parecen clavadas al suelo hasta que la sala se vacía por completo y solo quedamos él y yo: uno en cada extremo de la mesa. "Trágame tierra y escúpeme en el vientre de mi mamá... No, ahí no, porque eso significaría regresar al mismo infierno."¿Pasado? Claro que ella tenía un pasado, un pasado desgarrador al que jamás querría regresar, del que se había mantenido al margen hasta el extremo de borrar su propia identidad. Una nueva vida a la que se aferraba con uñas y dientes cada mañana, intentando convencer a su mente de olvidar quién había sido.Pero el pasado de Ali era una realidad completamente distinta. La mujer que fue su gran amor —ahora convertida en la esposa de un familiar— estaba de regreso, abriéndose paso en su vida cotidiana sin que él se hubiera tomado la molestia de mencionarlo. De no haber sido por esa aciaga llamada que alcanzó a escuchar, a estas alturas seguiría sumida en la más ciega ignorancia.Aquella falta de transparencia le resultaba perturbadora. Descifrar a Ali Lanús era una tarea imposible. Llevaba tres años intentando adivinar si en su pecho latía algún sentimiento hacia ella; en la intimidad y la oscuridad de la habitación, podía jurar que sí existía una devoción genuina, pero bajo la luz del d
Tras esa acusación, los dedos de Ali, que desbotonaban la camisa con desgano, se detuvieron. Levanto la cabeza despacio y fijó en ella una mirada pesada, exhausta por la noche en blanco. La observó a través del espejo con el ceño fruncido, desconcertado e indignado ante la gravedad de sus palabras.Mercan jamás le había hablado con semejante dureza, y mucho menos se había atrevido a señalarlo de esa manera. ¿Qué le estaba pasando? ¿A qué venía ese ataque?—¿Disculpa? —fue lo único que logró articular antes de sumirse de nuevo en el silencio.Le estaba otorgando un margen para que recapacitara y se retractara, pero lejos de amedrentarse, Mercan sostuvo la cabeza en alto con desafío.—No lo niegues, Ali —musitó, tragando grueso mientras sentía el peso de la mirada de su esposo—. Anoche... tú...—¡Anoche estuve en el hospital con mi abuelo! —estalló él, harto, tomándola por sorpresa tanto por la gravedad de la noticia como por la agresividad inusual de su voz—. ¡Y no, no dormí ni un solo
Mil y un pensamientos atormentaban a Mercan mientras contemplaba a su esposo llegar junto a aquella mujer. En su mente resonaban como un eco abrasador las risas de Dael y Fernando, acompañadas por el puñal de la llamada nocturna que le destrozaba el pecho.Nera observaba a la joven frente a la imponente entrada de la mansión con una sonrisa de victoria. Sin embargo, su gesto se congeló cuando Ali se alejó del auto sin molestarse en abrirle la puerta. Apresurando el paso para no quedarse atrás, el talón de su zapato se le dobló de golpe.—¡Auch! —se quejó con un alarido de dolor.Esta vez no era una actuación calculada para llamar la atención: realmente se había torcido el tobillo.Al escuchar el doloroso gemido, Ali frenó en seco, giró la cabeza y descubrió a Nera sobre el pavimento, sobándose la articulación lesionada.A varios metros de distancia, Mercan observaba la escena en silencio, congelada al ver a su esposo parado justo en medio de las dos. La elección de Ali terminó de dest
Tras la conversación con su madre, Ali ni terminaba de colgar cuando la pantalla de su teléfono se iluminó con un mensaje de texto. Era de Mercan. Las palabras en la pantalla eran secas y distantes, impregnadas de un frío similar al que él solía emplear al comunicarse con ella:«Estoy con una amiga. No llames».Ali frunció el ceño. Aunque Mercan no solía saturar su teléfono con mensajes empalagosos, siempre se percibía un tono de absoluto respeto y consideración en sus palabras. Esta vez, sin embargo, la brevedad rayaba en una dura indiferencia.Recordando el incidente en la mansión de sus abuelos, asumió que su molestia venía de ahí. No la juzgaba del todo; al fin y al cabo, ella había presenciado cómo la expareja de él se desmayaba en sus brazos. Sin embargo, en su mente, su reacción había sido una simple cortesía: solo intentó sostener a la esposa de un familiar para evitar que cayera al suelo y pusiera en riesgo su embarazo.Escribió una respuesta intentando preguntarle si estaba
Ali no intentó comunicarse con Mercan sino hasta que cruzó la puerta de su departamento y descubrió que el lugar estaba sumido en un silencio absoluto. Le resultó sumamente extraño no encontrarla allí; por lo general, si no estaba esperándolo en casa, se encontraba en compañía de sus abuelos o de sus padres.Marque el número de Mercan en primer lugar. Dejó sonar el teléfono una sola vez, pero la llamada se cortó sin obtener respuesta. Inquieto, decidió llamar a su madre para indagar sobre su paradero.—Ali, ¿qué ocurrió? —respondió la mujer al instante—. ¿Encontraste a esa falsa mujer?—Sí, madre.—¿Y dónde está? ¿Por qué no la has traído de regreso? No me digas que tuviste la osadía de llevarla a tu propia casa.—Tú dijiste claramente que no la querías en la tuya, dijiste que era una molestia.—Y lo es. Solo estaba diciendo la verdad. Esa mujer solo ha venido a traerte problemas. Espero que semejante imprudencia no te cause conflictos con Mercan. Dime, ¿ya le explicaste todo a tu esp
Mercan se había quedado profundamente dormida en el sofá de aquella acogedora sala, abrazada por el cansancio y el agotamiento emocional, mientras Emet le acariciaba el cabello con una ternura infinita y paterna. Cuando despertó de ese letargo, la estancia estaba en penumbra y se encontró sola, abrigada con una delgada manta de franela. Se incorporó despacio, frotándose los ojos, y caminó descalza hacia el pasillo de donde provenía un murmullo de voces animadas. Al asomarse y divisar la figura de Shen, una chispa de auténtica alegría iluminó su rostro y una sonrisa sincera volvió a dibujarse en sus labios.—Shen... —musitó con voz quebrada.El joven, desbordando esa energía arrolladora e inconfundible que solo él poseía, se giró al instante y se abalanzó sobre ella para envolverla en un abrazo fuerte, cálido y reconfortante.—Regresaste... —susurró él, apretándola contra su pecho.—Regresé, claro que regresé —respondió ella, conteniendo las lágrimas—. Tenía que volver en cuanto mi tío







