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작가: Alexyta
last update 게시일: 2026-09-02 13:11:43

POV DE: Mercan.

Escarbo la uña del dedo índice con la del pulgar de la otra mano, un tic nervioso que por años me ha ayudado a serenarme.

—¿Qué harás esta noche?

Su voz gruesa siempre ha causado sacudones en mí, pero esta vez logra que dé un ligero brinco en el asiento.

—Esta... esta noche...

Nunca antes me había sentido tan estúpida. Su mirada fría, desprovista de ternura y paciencia, me acorrala y me obliga a responder:

—Nada... señor.

—Bien —dice, poniéndose de pie al tiempo que empuja la silla hacia atrás. Su imponente estatura me hace sentir diminuta—. Esta noche pasaré por ti.

Me levanto torpemente mientras proceso ese tuteo. Jamás me había hablado así; siempre se dirigía a mí de «usted» y «señorita»... pero ahora, esa marcada familiaridad me deja desencajada durante varios segundos.

«¿Escuché bien? ¿Dijo que pasaría por mí esta noche? ¿No me reprendió por haber llegado tarde? ¿Tampoco me gritó por haber casi abusado de él cuando estaba en estado de ebriedad? Joder, esto sí que es de locos».

Vuelvo a caer sentada en la silla. Me paso la mano por la cabeza y luego la deslizo por el rostro, tocándome la piel para comprobar si tengo fiebre y estoy delirando. Termino pellizcándome para despertar de la pesadilla.

«No es un sueño. Es verdad».

Suelto un gritito que pretende resonar entre las paredes de la oficina, pero termina rasgándome la garganta.

—Señorita Arca... dígame que no la asesinaron. Dígame que está bien —suplica Sila mientras me encuentra tendida sobre la mesa y me sacude con desesperación.

Suelto una risa neurótica que la hace retroceder. La observo con los ojos vidriosos por el ataque repentino. Luce preocupada, angustiada e intrigada por mi reacción.

—Tranquila, Sila... Mi jefe hermoso no me asesinó. Al contrario, me invitó a... —me trago las palabras de golpe al darme cuenta de que estoy hablando de más.

—¿A qué la invitó, señorita Arca? —cuestiona de prisa. Sé lo mucho que le fascina el chisme; si le revelo el más mínimo detalle de lo ocurrido, en menos de una hora todo el edificio estará enterado, incluida la señora Dana.

—A que me ponga a trabajar, porque este retraso me va a costar el sueldo del mes.

Sila se cubre la boca, atónita.

—Y te recomiendo que hagas lo mismo. Trabaja duro, porque de lo contrario ese ogro te va a caer encima.

Sila asiente y se retira a toda prisa. Mientras la veo alejarse, sonrío y me muerdo el labio. Sin embargo, al quedarme a solas, la sonrisa se me esfuma de golpe: no me indicó a dónde iríamos, y mucho menos la hora. Solo dijo que pasaría por mí por la noche. Tal vez pase a buscarme para llevarme a una reunión de última hora o para tramitar algunos pendientes.

Esa idea resulta mucho más sensata que asumir que me está invitando a salir para hablar sobre lo sucedido... algo que supongo ya habrá olvidado, dado que no soy más que un cero a su izquierda. Sea como sea, estaré impecable para cuando el señor Lanús llegue por mí.

Al salir del trabajo, me dirijo a una boutique dispuesta a comprar un conjunto nuevo.

—Trajes para dama, por favor...

—Por aquí, señorita.

Debo admitir que no soy el tipo de chica atractiva que viste a la moda ni uso esos vestidos sexis que vuelven locos a los jefes. Soy tan recatada que prácticamente vivo en trajes de oficina. A cualquier reunión a la que deba asistir, mi combinación infaltable consiste en pantalón de vestir, blusa blanca desfajada por dentro y un saco azul o neutro; siempre acorazada tras el uniforme formal.

Al caer la noche, el timbre resuena en mi departamento. Lo primero que pienso es que ya ha llegado y yo aún no estoy lista. El pánico se apodera de mí. Con las piernas temblándome y el corazón desbocado, me asomo por la mirilla. Confirmado: es el chófer del señor Lanús.

Me muerdo el labio antes de abrir, ordenando mentalmente la frase que voy a pronunciar.

—Señorita Arcaksun... El señor Lanús le envía esto.

Lleva una caja en las manos y me la entrega mientras añade:

—Apresúrese a estar lista en dos horas, que es el tiempo que tardará en llegar por usted tras culminar su reunión.

—¿El señor Lanús está en una reunión? —asiento, desorientada—. Pero dijo que... la cancelaría.

Me me entra la preocupación, pues yo debía estar allí a su lado.

—Pues ya ve que no fue así.

Sin más explicaciones, el chófer se retira. Cierro la puerta y me llevo la caja a la habitación. La abro con desesperación. Mis ojos brillan al descubrir un vestido de gala color beige. No tiene un escote pronunciado ni arriba ni abajo; cuenta con un elegante cuello en V y una caída larga hasta el suelo. Con una sonrisa, me lo acerco al cuerpo y me contemplo en el espejo.

—Sí... Te queda bien, Mercan...

Jamás esperé un obsequio de esta magnitud por parte del señor Lanús. Sé que no puedo aceptarlo, así que decido manifestárselo por mensaje:

«Señor Lanús, disculpe la interrupción. He recibido su obsequio y me temo que no puedo aceptarlo».

Recibo una respuesta inmediata que me eriza los vellos de la piel:

«En dos horas, lista con el vestido enviado. Tómelo como pago por la blusa que le rompí».

¿Lo recuerda? ¿Recuerda cada instante? Siento que el rostro se me enciende como un tomate.

Dos horas resultan ser una eternidad para mí, pues me arreglo en un par de minutos. El resto del tiempo lo paso caminando de un lado a otro en la sala, hasta que el silencio se interrumpe con el mensaje que me anuncia su llegada abajo.

Tras revisarlo y responder, tomo mi cartera. Con las piernas temblorosas me dirijo a la salida; al aproximarme al auto, un escalofrío me recorre entera.

El chófer se apresura a bajar para abrirme la puerta. Al hacerlo, el aroma de su loción escapa del interior, impregnando el aire. Él está adentro; lo sé por su fragancia inconfundible y porque su mano emerge de la penumbra para tomar la mía y ayudarme a abordar.

—Bue...buenas noches, señor Lanús.

No responde. Simplemente da dos toques en el cristal que separa la cabina traslapada y reclina la cabeza sobre el reposacabezas. Lo sé porque las farolas de la calle iluminan por tramos su perfil perfecto.

Quiero preguntarle a dónde vamos, qué temas trataremos, si es un evento de trabajo o si finalmente hablaresmos de lo sucedido. Pero no me atrevo a cuestionar nada y él tampoco habla; nos mantenemos envueltos en un silencio denso durante todo el trayecto.

Cuando el auto se detiene —supongo que ante una garita de seguridad—, me remuevo incómoda en el asiento. No pasan ni tres segundos cuando el vehículo vuelve a avanzar. Estoy a punto de romper el silencio cuando lo veo incorporarse conforme el coche frena definitivamente.

—Hemos llegado.

—¿A dónde? —inquiero mientras lo observo descender.

—A casa de mis abuelos —responde, y siento que me voy a desmayar.

¿Dijo... sus abuelos?

Me quiero morir del susto; jamás he puesto un pie en este lugar. Es más, los medios siempre rumoran que Aike Lanús nunca ha presentado a una mujer a su familia. En todas las reuniones familiares siempre se le ve solo, a diferencia de sus primos, quienes van acompañados a pesar de ser más jóvenes. Muchos incluso lo han catalogado de homosexual.

Instintivamente le extiendo la mano, con el corazón latiéndome tan desbocado que siento que se me saldrá del pecho. Al bajar del auto, mis ojos se agrandan por el asombro. Estoy parada frente a la mansión Lanús, la propiedad más histórica de Atuntaqui. Se dice que cuenta con más de trescientos años de existencia y luce tan impresionante como el primer día. Allí ha vivido cada generación de los Lanús y, por lo visto, la tradición continuará.

—No... no entiendo —musito casi sin aliento—. ¿No íbamos a una junta de negocios?

Giro el rostro para mirarlo y detecto una ínfima sonrisa curvando la comisura de sus labios.

—Continuemos.

Me me quedo rezagada mientras él avanza a pasos firmes. Se detiene a los pocos metros y gira ligeramente el rostro.

—Señor... le temo a las cámaras.

Sé perfectamente que no hay reunión familiar de los Lanús en la que los periodistas no se infiltren para capturar más de una fotografía de esta dinastía. ¿Y si en una de esas salgo yo? ¿Y si me ven mis hermanos?

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