FAZER LOGINPOV DE MERCAN
Claro que ya he compartido habitación con Ali Lanús, pero jamás podría confesárselo a su madre; de lo contrario, me juzgaría como una mujer indecente. Además, estoy segura de que a mi jefe no le gustaría nada que ventilara lo sucedido.
Estoy a punto de responder que prefiero una habitación para mí sola, cuando él aparece de la nada y se coloca a mi lado, provocando un chispazo eléctrico que me recorre el vientre.
—¿Sucede algo? —pregunta, mirando alternadamente a su madre y a mí.
—Nada, solo quería saber si van a compartir habitación.
Él ni se inmuta. Su expresión permanece inalterable ante la pregunta y responde con una serenidad pasmosa, como si fuera la cosa más natural del mundo:
—Por supuesto que juntos —afirma mirándome, para luego dirigir la vista a su madre y añadir—: No es la primera vez que lo hacemos. Mer y yo... llevamos un mes viviendo juntos.
¿Mer? Ahora me llama por mi diminutivo.
Si el apodo ya me había dejado en trance, su revelación me colapsa por completo.
—¿Cómo? ¿Están viviendo juntos sin estar casados? —exclama ella, volviéndose hacia mí sin que yo sepa qué responder.
—Las parejas de hoy en día primero conviven para después casarse, mamá —sostiene él, con un tono tan aplomado que hace sonar la mentira como una verdad irrefutable.
—Pero esos no son los valores que te inculcamos, Ali Lanús.
Me estremezco cuando él me toma de la mano.
—Lo hablamos mañana, mamá. Ahora voy a subir a la habitación con mi... mujer.
Me guía de la mano sin darme tiempo a despedirme. No se detiene hasta que alcanzamos la puerta de su dormitorio. Con su mano grande gira la manija, abre y me hace pasar al interior.
No me fijo en la decoración; estoy en shock, como si estuviera atrapada en un sueño desdibujado.
Permanezco inmóvil a solo unos metros de la entrada mientras él cierra la puerta tras de sí. Camina hacia el centro de la habitación y se detiene un instante de espaldas. Sus anchos hombros se mueven levemente antes de girarse por completo y clavar su mirada en la mía.
—Tenemos que hablar.
Sí, por supuesto que tenemos que hablar. Necesito con urgencia que me me aclare todo esto.
—Lo que pasó el fin de semana... —hace una pausa deliberada— no es algo que pueda pasar por alto, ni creo que tú debas pasarlo por alto tampoco.
—Señor, yo...
Levanta el dedo índice, pidiéndome silencio.
—Estaba ebrio. Y no sé si te aprovechaste de esa circunstancia o si fui yo quien se aprovechó de ti.
Me muerdo la lengua para contener mis ganas de hablar y disculparme. Pensé que jamás tocaríamos este tema.
—Lo que sí me queda claro es que era tu primera vez. Y eso es algo que no me puedo permitir ignorar.
Un silencio denso se instala en la habitación mientras avanza hacia mí, recortando la distancia.
—Vamos a casarnos —mis labios se entreabren por el impacto—. Por tu honor y por el mío.
El pecho me sube y baja aceleradamente; siento que me voy a desmayar en cualquier momento.
—No... no es necesario.
—Soy un hombre de honor, criado con valores a la antigua. Si deshonré a una mujer, mi deber es responder por ello.
El silencio vuelve a aplastarnos, provocando un pitido agudo en mis oídos. Lo escucho y no me lo creo. Me sigue pareciendo una fantasía de la que no quiero despertar hasta que se convierta en realidad.
—Si no te lo dije antes, fue porque primero necesitaba conocer la opinión de mi familia.
Ahora comprendo por qué me trajo a esta cena.
—Les agradaste a todos. A los que realmente importan: mi madre, mi padre y mis abuelos —hace un breve espacio antes de concluir—: Eso es lo único que me importa.
—¿Y el amor?
La pregunta se me escapa antes de poder filtrarla. Creí que solo la había formulado en mi mente, pero salió en un tono lo suficientemente claro para que él la escuchara perfectamente.
—El amor no cuenta cuando se trata del honor e integridad de una persona —sentencia, sosteniéndome la mirada—. Este matrimonio es por honor, no por amor —guarda silencio un segundo y aparta la vista antes de continuar—: No puedo decirte que te amo, porque sería mentirte y mentirme a mí mismo.
Sus palabras calan en mi pecho como astillas de cristal hundiéndose directamente en mi corazón.
—Sin embargo, como ocurría con nuestros antepasados, podemos esperar que nazca con la convivencia.
Una pequeña chispa de esperanza florece en mi interior.
—Tú decides —su voz suena como la clausura de un contrato formal—: unimos nuestras vidas por honor o eliges una compensación económica alta, porque no sé de qué otra manera podría pagar el daño causado.
—No hubo ningún daño, señor —busco su mirada con firmeza—. Yo estaba consciente; pude haberlo detenido, pero dejé que continuara.
—Entonces, ¿aceptas el compromiso?
Asiento levemente.
Entre el dinero que pueda darme por la supuesta deshonra y el matrimonio por honor, prefiero mil veces esto último. Aceptar un cheque habría significado venderle mi virginidad al hombre que amo.
Y así queda sellado el pacto de nuestra boda. Un matrimonio que siempre soñé de forma muy distinta, uno que solo alcanzaba a vislumbrar en mi mente porque lo veía lejano e imposible. Sin embargo, en este instante ya es un hecho. No ocurrió como me habría gustado, pero me convertiré en su esposa. En la señora Lanús.
La noche se me hace interminable mientras me doy vueltas en la cama. Ali Lanús abandonó la habitación en cuanto le estreché la mano para cerrar nuestro acuerdo y no volvió a subir. Sé que no ha salido de la propiedad porque aún se perciben murmullos y risas lejanas en la planta baja, lo que significa que sigue compartiendo con sus primos.
Por la mañana, al abrir los ojos, lo encuentro dormido en el sillón, envuelto en una cobija. No supe a qué hora regresó, pero ahí está, roncando suavemente, sumergido en un sueño profundo.
Aprovecho su letargo para escapar. No sé cómo mirarlo ni cómo tratarlo después de nuestro pacto. Tampoco quiero lidiar con las preguntas que surgirán cuando su familia despierte.
Bajo las escaleras a toda prisa con la esperanza de no cruzarme con nadie. En los pasillos solo está el personal de limpieza, a quienes estoy por pedirles que me abran la puerta principal, pero al llegar a la planta baja la señora Amaya, la abuela de Ali, me intercepta.
—Veo que te gusta madrugar.
No esperaba encontrar a nadie en pie, pero ahí está la señora, radiante y llena de energía. Me recuerda a mi propia abuela cuando aún vivía en el pueblo y era siempre la primera en levantarse.
—¿O acaso ibas huyendo? —cuestiona al notar mi mano posada sobre la manija de la puerta—. ¿Es que no te agradó mi familia?
—¡No! —corrijo de inmediato—. Quiero decir... no es eso. Es solo que debo ir a trabajar.
—Si es por eso, no puedes marcharte sin tomar un café primero. Ven, lo tomaremos en el jardín.
Negarme habría sido una falta de respeto hacia una mujer que se ha portado de maravilla conmigo; además, reforzaría su sospecha de que la familia me cayó mal, cuando en realidad me parecieron extraordinarios.
—Nunca te había visto entre el personal de Aike.
—Soy la asistente personal de Ali —aclaro.
—Ah. Así que eres la encargada de mantener su imagen libre de escándalos.
—En realidad, el señor Lanús... —al percatarme del desliz, lo corrijo al instante—: Disculpe, es la costumbre de llamarlo así en la oficina —intento sonar convincente.
—Ali. Él nunca se ha metido en problemas que deriven en escándalos —digo.
—Es cierto —dice—, es el único Lanús que jamás ha estado envuelto en chismes. Desde que tengo uso de razón, este apellido siempre ha cargado con la polémica, pero de mi nieto no se dice otra cosa que lo sorprendentemente atractivo e inteligente que es.
Sus ojos brillan de orgullo al hablar de él.
—Por eso te digo, cariño —añade, apretándome la mano—: eres la chica más afortunada.
Así me siento: afortunada y bendecida. Aunque este matrimonio sea un trato por honor, me encargaré de hacer florecer el amor. Lograré que Ali Lanús me ame tanto como yo lo amo a él.
El café veloz que iba a tomarme con su abuela termina prolongándose tanto que, para cuando me doy cuenta, toda la casa está despierta... incluido Ali Lanús. Se encuentra asomado en el balcón de su habitación, con la camisa entreabierta, observándonos fijamente desde arriba.
Me quedo tan fascinada contemplándolo que me olvido por completo de mi interlocutora. Salgo de mi ensimismamiento al escuchar a la señora Dana saludando a lo lejos.
—Yo... ya me voy.
—¿Te vas? ¿Por qué?
—Dice que tiene que ir a trabajar, pero no sé qué piensa hacer allá si Ali sigue aquí —comenta la señora Amaya.
—No, cariño, no te vas a ir hasta que hablemos. ¿Recuerdas que anoche quedó una conversación pendiente? —interviene la señora Dana, haciéndome tomar asiento de nuevo.
La tensión regresa al ambiente. No porque me incomode convivir con ellas —de hecho, me encantaría en cualquier otra circunstancia—, sino porque sé perfectamente hacia dónde se dirige esa plática pendiente.
¿Pasado? Claro que ella tenía un pasado, un pasado desgarrador al que jamás querría regresar, del que se había mantenido al margen hasta el extremo de borrar su propia identidad. Una nueva vida a la que se aferraba con uñas y dientes cada mañana, intentando convencer a su mente de olvidar quién había sido.Pero el pasado de Ali era una realidad completamente distinta. La mujer que fue su gran amor —ahora convertida en la esposa de un familiar— estaba de regreso, abriéndose paso en su vida cotidiana sin que él se hubiera tomado la molestia de mencionarlo. De no haber sido por esa aciaga llamada que alcanzó a escuchar, a estas alturas seguiría sumida en la más ciega ignorancia.Aquella falta de transparencia le resultaba perturbadora. Descifrar a Ali Lanús era una tarea imposible. Llevaba tres años intentando adivinar si en su pecho latía algún sentimiento hacia ella; en la intimidad y la oscuridad de la habitación, podía jurar que sí existía una devoción genuina, pero bajo la luz del d
Tras esa acusación, los dedos de Ali, que desbotonaban la camisa con desgano, se detuvieron. Levanto la cabeza despacio y fijó en ella una mirada pesada, exhausta por la noche en blanco. La observó a través del espejo con el ceño fruncido, desconcertado e indignado ante la gravedad de sus palabras.Mercan jamás le había hablado con semejante dureza, y mucho menos se había atrevido a señalarlo de esa manera. ¿Qué le estaba pasando? ¿A qué venía ese ataque?—¿Disculpa? —fue lo único que logró articular antes de sumirse de nuevo en el silencio.Le estaba otorgando un margen para que recapacitara y se retractara, pero lejos de amedrentarse, Mercan sostuvo la cabeza en alto con desafío.—No lo niegues, Ali —musitó, tragando grueso mientras sentía el peso de la mirada de su esposo—. Anoche... tú...—¡Anoche estuve en el hospital con mi abuelo! —estalló él, harto, tomándola por sorpresa tanto por la gravedad de la noticia como por la agresividad inusual de su voz—. ¡Y no, no dormí ni un solo
Mil y un pensamientos atormentaban a Mercan mientras contemplaba a su esposo llegar junto a aquella mujer. En su mente resonaban como un eco abrasador las risas de Dael y Fernando, acompañadas por el puñal de la llamada nocturna que le destrozaba el pecho.Nera observaba a la joven frente a la imponente entrada de la mansión con una sonrisa de victoria. Sin embargo, su gesto se congeló cuando Ali se alejó del auto sin molestarse en abrirle la puerta. Apresurando el paso para no quedarse atrás, el talón de su zapato se le dobló de golpe.—¡Auch! —se quejó con un alarido de dolor.Esta vez no era una actuación calculada para llamar la atención: realmente se había torcido el tobillo.Al escuchar el doloroso gemido, Ali frenó en seco, giró la cabeza y descubrió a Nera sobre el pavimento, sobándose la articulación lesionada.A varios metros de distancia, Mercan observaba la escena en silencio, congelada al ver a su esposo parado justo en medio de las dos. La elección de Ali terminó de dest
Tras la conversación con su madre, Ali ni terminaba de colgar cuando la pantalla de su teléfono se iluminó con un mensaje de texto. Era de Mercan. Las palabras en la pantalla eran secas y distantes, impregnadas de un frío similar al que él solía emplear al comunicarse con ella:«Estoy con una amiga. No llames».Ali frunció el ceño. Aunque Mercan no solía saturar su teléfono con mensajes empalagosos, siempre se percibía un tono de absoluto respeto y consideración en sus palabras. Esta vez, sin embargo, la brevedad rayaba en una dura indiferencia.Recordando el incidente en la mansión de sus abuelos, asumió que su molestia venía de ahí. No la juzgaba del todo; al fin y al cabo, ella había presenciado cómo la expareja de él se desmayaba en sus brazos. Sin embargo, en su mente, su reacción había sido una simple cortesía: solo intentó sostener a la esposa de un familiar para evitar que cayera al suelo y pusiera en riesgo su embarazo.Escribió una respuesta intentando preguntarle si estaba
Ali no intentó comunicarse con Mercan sino hasta que cruzó la puerta de su departamento y descubrió que el lugar estaba sumido en un silencio absoluto. Le resultó sumamente extraño no encontrarla allí; por lo general, si no estaba esperándolo en casa, se encontraba en compañía de sus abuelos o de sus padres.Marque el número de Mercan en primer lugar. Dejó sonar el teléfono una sola vez, pero la llamada se cortó sin obtener respuesta. Inquieto, decidió llamar a su madre para indagar sobre su paradero.—Ali, ¿qué ocurrió? —respondió la mujer al instante—. ¿Encontraste a esa falsa mujer?—Sí, madre.—¿Y dónde está? ¿Por qué no la has traído de regreso? No me digas que tuviste la osadía de llevarla a tu propia casa.—Tú dijiste claramente que no la querías en la tuya, dijiste que era una molestia.—Y lo es. Solo estaba diciendo la verdad. Esa mujer solo ha venido a traerte problemas. Espero que semejante imprudencia no te cause conflictos con Mercan. Dime, ¿ya le explicaste todo a tu esp
Mercan se había quedado profundamente dormida en el sofá de aquella acogedora sala, abrazada por el cansancio y el agotamiento emocional, mientras Emet le acariciaba el cabello con una ternura infinita y paterna. Cuando despertó de ese letargo, la estancia estaba en penumbra y se encontró sola, abrigada con una delgada manta de franela. Se incorporó despacio, frotándose los ojos, y caminó descalza hacia el pasillo de donde provenía un murmullo de voces animadas. Al asomarse y divisar la figura de Shen, una chispa de auténtica alegría iluminó su rostro y una sonrisa sincera volvió a dibujarse en sus labios.—Shen... —musitó con voz quebrada.El joven, desbordando esa energía arrolladora e inconfundible que solo él poseía, se giró al instante y se abalanzó sobre ella para envolverla en un abrazo fuerte, cálido y reconfortante.—Regresaste... —susurró él, apretándola contra su pecho.—Regresé, claro que regresé —respondió ella, conteniendo las lágrimas—. Tenía que volver en cuanto mi tío







