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Capítulo 4

Author: Ann Chase
Ariel salió de la clínica y emprendió lentamente el camino de regreso al complejo residencial de la familia, mientras la nieve caía a su alrededor.

Al llegar a la entrada, encontró a Remi allí de pie, con el ceño fruncido.

—¿Dónde estabas?

Su tono se suavizó un poco.

—¿De verdad no te sientes bien?

Quería estar enojado con ella, pero su rostro estaba tan pálido que realmente parecía encontrarse mal.

Ariel respondió con voz apagada:

—Sí. Tú mismo me empujaste al suelo hace un momento. ¿Ya lo olvidaste?

Solo entonces Remi recordó que había chocado con ella al salir.

—Lo siento. Tenía demasiada prisa. ¿Te lastimaste?

Ariel no respondió. En cambio, preguntó:

—¿Cómo está el bebé de Elisa?

—Está bien, gracias a Dios. Podríamos haber perdido una vida.

Remi respiró profundamente y se acercó a ella. Su voz se volvió más suave.

—No vuelvas a actuar así impulsivamente, ¿de acuerdo? El bebé es tan pequeño. ¿Cómo pudiste atreverte a hacerle daño?

Ariel levantó la mirada hacia el hombre que tenía delante.

De repente, le pareció un completo desconocido.

—¿De verdad crees que soy capaz de hacer algo así? ¿Y si te dijera que Elisa puso deliberadamente al bebé delante de mí para que lo golpeara? ¿Me creerías?

—¡Ariel!

La expresión de Remi se ensombreció de inmediato.

—Deja de difamar a Elisa. Han pasado tres años. ¿Por qué sigues comportándote así?

Tal como había esperado, él no le creyó.

Ariel recordó la primera vez que Elisa había llegado a la casa, tres años atrás. Elisa había derramado deliberadamente agua hirviendo sobre sí misma y luego había acusado a Ariel de haberlo hecho.

Más tarde, en la cooperativa de suministros, Elisa había caído por las escaleras y había dicho que Ariel la había empujado.

En otra ocasión, incluso se había clavado unas tijeras y, entre sollozos, había asegurado que Ariel había intentado matarla.

Y así todo sucedía. Una acusación tras otra.

Cada vez, Remi se había puesto del lado de Elisa.

Ariel había pensado que las cosas serían diferentes después de que volvieran a casarse, pero nada había cambiado.

Estaba agotada.

—Remi, dijiste que aceptarías divorciarte. ¿Sigues pensando lo mismo?

Al escucharla mencionar el divorcio una vez más, Remi se apresuró a tranquilizarla.

—Ariel, estás embarazada de ocho meses. ¿Por qué vuelves a hablar de divorcio? Lo que dije antes fue solo por decirlo. No le des importancia. No voy a divorciarme de ti.

Ariel respondió de inmediato:

—¿Y no te preocupa que tu hijo crezca siendo señalado como ilegítimo?

Remi se quedó rígido.

—Simplemente no quiero divorciarme de ti. Eres la única persona que he amado en toda mi vida. Lo de Elisa es solo una cuestión de responsabilidad. Franklin y yo servimos juntos. Éramos como hermanos. Antes de morir, me pidió que cuidara de ella. No puedo abandonarla. Tiene depresión. Tú lo sabes.

Ariel soltó una risa repentina.

—¿Tiene depresión y por eso se acuesta contigo? ¿Por eso tiene un hijo contigo? Remi, ¿hay algún límite que no estés dispuesto a cruzar por ella?

Por supuesto que Ariel sabía que Elisa sufría de depresión.

Tres años atrás, aquella depresión había sido precisamente la razón por la que todo había terminado desembocando en el divorcio.

Después de que el esposo de Elisa, Franklin Shepherd, muriera, Remi la había llevado a vivir con ellos. Durante aquel tiempo, Elisa no había permitido que Remi tuviera ningún tipo de contacto físico con Ariel.

Les prohibía tomarse de la mano, abrazarse o besarse. Ni siquiera podían dormir en la misma cama.

Cada vez que Remi no le prestaba atención, Elisa amenazaba con suicidarse o se hacía daño. Con el tiempo, Remi empezó a pasar cada vez más tiempo con ella. Incluso comenzó a pasar las noches en su habitación.

Ariel se había puesto celosa y había discutido con él.

Pero Remi siempre restaba importancia a sus reclamos con la misma excusa:

—Franklin era mi mejor amigo. Elisa era la persona que más le importaba. No tengo otra opción. ¿No puedes entenderlo?

Ariel había soportado aquella situación una y otra vez, hasta que un día los había encontrado manteniendo relaciones en su propia cama.

Fue entonces cuando finalmente no pudo soportarlo más y le exigió el divorcio.

Tres años después, Remi seguía creyendo que podía utilizar la misma excusa para justificar su infidelidad.

Solo pensarlo le revolvía el estómago.

—Cuando nazca el bebé, no volveré a acercarme a ella. Si eso te molesta, puedo mantenerlo alejado de aquí. No tenemos que criarlo juntos...

Apenas Remi terminó de hablar, la mujer que se encontraba no muy lejos de ellos rompió a llorar.

—Remi, ¿de verdad hablas en serio? Vas a abandonarme a mí y a nuestro hijo, ¿verdad?

Elisa estaba allí, vestida con ropa demasiado ligera para el frío. Se veía frágil, como si pudiera desplomarse en cualquier momento.

—Lo entiendo. Me llevaré al bebé y desapareceré. Nunca volveremos a aparecer frente a ti.

Elisa salió corriendo entre lágrimas.

Remi frunció el ceño y se dispuso a ir tras ella, pero Ariel lo sujetó del brazo.

Con la voz temblorosa, se lo pidió por última vez:

—Remi, no te vayas.

—Ariel, lo siento. Tengo miedo de que le pase algo.

Remi vaciló durante un instante, pero finalmente apartó el brazo y corrió tras Elisa sin volver la mirada.

Ariel se quedó mirando su mano vacía.

Y, en ese instante, su corazón murió por completo.

Si él realmente era incapaz de dejar a Elisa, entonces Ariel se quedaría con su hijo y se desharía de él.

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