LOGINMi esposo, Sergio Rivas, era un hombre frío incluso en la intimidad y cronometraba cada encuentro con una precisión extrema. Pero aquel día, cuando apenas íbamos por la mitad, sonó en su celular el tono especial que tenía asignado exclusivamente a Diana. Del otro lado de la línea se oyó la voz de Diana Cruz, su joven secretaria, entrecortada por el llanto. —Sergio, se reventó una tubería en mi casa. Tengo miedo… Él se levantó y se vistió sin pensarlo siquiera. Me mordí el labio. Humillada, estiré la mano para detenerlo. —Ya es muy tarde y todavía no hemos… —Diana está sola y no tiene a nadie. Soy su jefe; no puedo desentenderme. Sin mirarme, se soltó con calma y se acomodó el cuello de la camisa. —Ya cumplimos por hoy. La próxima vez compensaremos lo que faltó. La respiración se me detuvo. Así que estar conmigo no era más que una obligación. Poco después de que se fuera, recibí un mensaje de Diana. En la foto aparecía apoyada en el hombro de mi esposo. "Ángela, de verdad lo siento. Me asusté mucho. La próxima vez me aseguraré de que Sergio te compense. Por hoy tendrás que arreglártelas con tu juguetito". Lo leí todo sin decir una palabra. Me levanté, me duché con calma, lavé las sábanas y me puse un pijama limpio. También tomé una decisión que llevaba demasiado tiempo posponiendo: tenía que sacarlo de mi vida.
View MoreMe marché sin esperar su respuesta y almorcé en un restaurante cercano.Saqué el celular y revisé las cámaras de seguridad de la casa. Sergio seguía sentado en la cocina, frente a una mesa llena de comida, esperándome.Se me humedecieron los ojos.Antes yo había sido quien esperaba de esa manera. Ahora que nuestros papeles se habían invertido, solo sentía lástima por la mujer que fui.Después de comer recorrí algunas tiendas. La noche cayó y no regresé hasta muy tarde.Sergio ya se había ido. La comida seguía en la mesa.Había preparado bastante y, sin duda, se había esforzado. No probé nada. Llamé a una empleada de limpieza para que dejara la casa impecable.Durante los días siguientes, Sergio no volvió a aparecer y mi vida recuperó la tranquilidad.Hasta que una tarde Diana llegó a mi puerta.Había adelgazado muchísimo y tenía el rostro demacrado. Avanzó hacia mí dando tumbos y gritó con todas sus fuerzas:—¡Aléjate y deja de seducir a Sergio! Él dijo que me pertenecía. ¿Cómo te atre
Permaneció callado durante mucho tiempo. Cuando creí que seguiríamos atrapados allí para siempre, desbloqueó las puertas.Salí del auto.—De todos modos, gracias por lo de hoy.Tomé la maleta y subí tranquilamente.Me duché, me sequé el cabello y miré hacia abajo desde el balcón.Él seguía allí. Tenía la ventanilla baja y sostenía un cigarrillo con la mano apoyada en el borde de la ventana.Pasó mucho tiempo sin marcharse.Me di la vuelta y cerré las cortinas.Al día siguiente dormí hasta el mediodía. Por la tarde salí a tirar la basura y encontré a Sergio de pie frente al edificio.Se veía desaliñado y llevaba unas bolsas con comida. Parecía llevar allí desde muy temprano.Al notar mi sorpresa, se apresuró a hablar.—Puedo cocinar para ti. También podemos hacer todas esas cosas que antes querías hacer conmigo.No me moví.—¿Ya no estás ocupado?Bajó la cabeza, incómodo.—El trabajo puede esperar. Tampoco estoy tan ocupado.Sonreí apenas.Antes yo le había suplicado entre lágrimas que
Después de dejar a Sergio, me instalé en una ciudad del sur y pasé algún tiempo internada en un hospital.Cuando me dieron el alta, empecé a viajar por las ciudades cercanas.Un día, al salir de una estación, el asa de mi maleta se rompió de repente. Mis heridas acababan de sanar y todavía no podía cargar peso.Mientras dudaba si pedir ayuda, de pronto, alguien levantó la maleta por mí y dejé de sentir el peso en la mano.Solté el aire y giré la cabeza.—Gracias.Cuando vi que era Sergio, a quien no había visto en meses, me quedé completamente paralizada.Sostenía mi maleta con una sola mano y su voz tembló ligeramente.—No hay de qué.Tardé apenas unos instantes en recuperar la calma y saqué el celular para pedir un auto.Él me agarró de la muñeca de repente. Cuando habló, su voz sonó vacilante.—¿No tienes nada que decirme?Negué con la cabeza y continué mirando el celular.Sergio avanzó con pasos torpes y, sin soltar mi maleta, tapó la pantalla con una mano.—¿Adónde vas? Mi auto es
Permaneció allí mucho tiempo, inmóvil, como si todo su cuerpo se hubiera petrificado.Por fin oyó unos pasos que se acercaban. Contuvo la respiración mientras el corazón le latía con violencia y se volvió de inmediato.—Regresaste. Te he estado buscando…Al reconocer a la persona que entraba, las palabras se le atascaron en la garganta. La decepción le ensombreció la mirada.—¿Tú? ¿Qué haces aquí?Diana sonrió, se acercó con rapidez y se aferró a su brazo.—Te extrañaba. ¿No dijiste que podía venir cuando quisiera?El cuerpo de Sergio se tensó. Se zafó con disimulo y evitó mirarla.—Deberías estar trabajando.Diana hizo un puchero y volvió a pegarse a él.—Tú dijiste que podía descansar cuando quisiera. No pienso trabajar día y noche.Mientras hablaba, lo miró de reojo y rozó deliberadamente su pierna contra la de Sergio.—¿Te gusta este vestido? ¿No crees que me queda perfecto?Sergio levantó la cabeza, abrió mucho los ojos y la sujetó con fuerza.—¿Quién te permitió ponértelo? ¿No sa






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