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Capítulo 8

Author: Ann Chase
—¿Acaso las embarazadas no pueden nadar? —Remi soltó una risa fría.

—Está usando el embarazo como excusa. Se cree que, como la quiero y siempre le doy todo lo que pide, puede hacer oídos sordos a lo que le digo. Elisa, entremos. No te preocupes por ella. Si pierde al bebé, será culpa suya.

Ariel permaneció flotando en el estanque, viendo cómo Remi se alejaba con un brazo alrededor de Elisa.

De pronto, soltó una risa amarga.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

Recordó el día en que descubrió que estaba embarazada.

Remi había llorado hasta tener los ojos rojos. La había abrazado con fuerza y no dejaba de repetir:

—Ariel, ¡por fin vamos a tener un bebé! Ahora nunca me dejarás. Te juro que jamás permitiré que tú ni nuestro hijo pasen necesidades. El resto de nuestras vidas, yo me encargaré de todo.

¿Y qué estaba haciendo ahora?

Por creerle a una mujer que no hacía más que mentir, había golpeado a su esposa embarazada, la había arrojado a un estanque y luego la había obligado a sumergirse una y otra vez para recuperar la medalla del hijo de otra mujer.

El hombre que la vigilaba sintió lástima por ella, pero aun así la apremió:

—Señora, tiene que darse prisa y encontrarla. Está de nueve meses. Podría ponerse de parto en cualquier momento. Me preocupa que le pase algo.

Incluso un desconocido se preocupaba por ella.

Pero Remi podía ser tan cruel.

Ariel no respondió. Se mordió el labio, volvió a sumergirse y buscó la medalla una y otra vez.

Desde que aún había luz hasta que cayó la noche, el agua del estanque se volvió cada vez más fría. Ariel temblaba de pies a cabeza, pero seguía sin encontrarla.

Con nueve meses de embarazo, sentía el cuerpo increíblemente pesado. Cada vez que se sumergía hasta el fondo, era como si sus órganos fueran a desgarrarse.

Los hombres que permanecían en la orilla ya no soportaban seguir mirando.

—Ya son las diez de la noche. Si esto continúa, se va a desplomar.

—¡Pero no podemos desobedecer las órdenes del comandante!

Habían pasado cuatro horas enteras. Las manos y los pies de Ariel estaban pálidos e hinchados por haber permanecido tanto tiempo en el agua.

Justo cuando estaba a punto de rendirse, el bebé comenzó a patearla una y otra vez.

Cada patada se hizo más fuerte, hasta convertirse en un dolor agudo que le atravesó el vientre. Un sudor frío le cubrió la piel mientras sentía que algo caliente comenzaba a salir de su cuerpo.

Uno de los hombres gritó alarmado:

—¡Dios mío, hay sangre! ¡Sáquenla del agua! ¡Llamen al comandante!

Marcaron el número a toda prisa, pero fue la voz de Elisa la que respondió al otro lado.

—El comandante está con mi hijo. Está ocupado. Dijo que, si Ariel no encuentra la medalla, no tiene permitido salir del agua.

La llamada se cortó.

Los hombres se quedaron mirando el cuerpo cada vez más débil de Ariel. Finalmente, tomaron una decisión.

—Olvídenlo. Tenemos que llevarla a la clínica ahora mismo. Si no, el bebé tampoco sobrevivirá.

Mientras la sacaban de la propiedad, Ariel giró la cabeza para mirar la casa una última vez.

Las ventanas estaban iluminadas con una cálida luz.

Seguramente Remi estaba dentro, junto a Elisa y su hijo, disfrutando de aquella familia feliz.

¿Y ella?

Estaba muriendo con su bebé.

Pasada la medianoche, por fin llegaron a la clínica.

El dolor le desgarraba el abdomen a Ariel. Poco a poco, la vista comenzó a nublársele hasta que todo quedó negro.

El médico corrió con ella hacia la sala de partos, completamente alterado.

—¡Rápido! ¡La paciente está sangrando y ha entrado en trabajo de parto!

—Salve a mi bebé…

—No se preocupe. Haremos todo lo posible.

El médico alzó la voz con urgencia:

—¿Dónde está su familia? ¡Que alguien llame a su esposo!

Los hombres no lo dudaron y volvieron a llamar a Remi.

Pero, por más veces que intentaron comunicarse, él no respondió.

Finalmente, rechazó la llamada.

Uno de los hombres bajó la mirada, impotente.

—El comandante está ocupado…

El médico los miró, incrédulo.

—¿Está ocupada su agenda mientras su esposa se encuentra en este estado? ¿Ni siquiera piensa contestar y encima rechaza las llamadas? ¿¡Y si le ocurre algo durante el parto!?

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