LOGINUna vez que el torbellino de la pasión desatada disminuyó, ambos comenzaron a arreglarse la ropa en un silencio denso. Elena y Marcos regresaron discretamente a la sala de diseño, trayendo consigo un aire de tensa normalidad. La jornada laboral concluyó bajo el agua; Kateryn Thorne ordenaba sus planos con una frialdad autómata, aceptando amargamente en lo más profundo de su pecho que Sebastián pronto sería padre de un bebé que lleva Valeria.Después del encuentro erótico sobre el escritorio, Sebastián notó de inmediato el drástico cambio en la actitud que Kateryn había adoptado. Se mostraba sumamente seria, esquiva y distante. El magnate, atrapado en su propia mente analítica, no lograba comprender con exactitud qué es lo que estaba pasando por la cabeza de su Kiki; ignoraba que ella ya empezaba a experimentar la dolorosa agonía de la despedida final. Mientras tanto, el millonario luchaba ferozmente en contra de sus propios sentimientos verdaderos, obligándose a mantener la farsa y el
Kateryn Thorne no se dejó intimidar ante la letal mirada que gobernaba a su jefe. Pese a ver la furia contenida marcándole las venas del cuello y la rigidez de su cuerpo, ella caminó con paso firme y decidido directo hacia el imponente escritorio de Sebastián. Al llegar, dejó caer el encendedor de oro macizo sobre los planos con un golpe.—Tu percance de última hora me pidió que te diera esto. Olvidó dártelo ayer después de su cena —espetó Kat con un hilo de voz impregnado en un veneno helado y cortante.A Sebastián le importaba un carajo el maldito encendedor de oro. Lo que verdaderamente le importaba, lo que le quemaba las entrañas y le taladraba la mente analítica era saber dónde diablos se había largado ella esta mañana, rompiendo su estrictas órdenes.—Llegas tarde. ¿Dónde diablos estabas? —siseó el magnate, controlando a duras penas el grito salvaje que amenazaba con estallar en su garganta.Kateryn, hirviendo en celos tras descubrir la supuesta traición de la noche anterior jun
Al divisar a su prometido sosteniendo el teléfono con el rostro tenso, Valeria pensó que esa rigidez se debía puramente a la cercanía de la gala de la triple corona. Se colgó de su cuello con un ímpetu empalagoso y le plantó un beso devorador en los labios. Sebastián recibió el impacto, pero le correspondió el contacto físico apenas por unos escasos segundos antes de apartarla con una cortesía elegante, casi perfecta, que rozaba la gélida frialdad. —Cariño, ¿qué haces aquí? —cuestionó el magnate con voz ronca, guardando el móvil en el bolsillo tras haber colgado abruptamente la llamada de Kat. —Solo pasé a dejarte la corbata de mañana, Seb —ronroneó Valeria con una dulzura ensayada, extendiéndole una pequeña caja satinada. —Gracias —respondió él, notando de inmediato la inusual e inmensa felicidad que desbordaban las facciones de su prometida. Sebastián asumió al instante que su alegría se debía a la cena de la noche anterior en su restaurante favorito. Lo que Sebastián Blackw
Ese sentimiento de melancolía mutó de golpe en una necesidad de tenerse una vez más. Ambos sentían, con una angustia silenciosa, que el tiempo les robaría esa mañana. Kat se levantó de la cama, dejando su piel pálida expuesta por completo a la penumbra de la suite, y caminó lentamente hacia él. Sebastián tragó duro al contemplar la absoluta perfección de su silueta, recortada sutilmente por la sombra que provocaba el sol a través de la gruesa cortina de seda. Ella colocó las manos sobre su pecho musculoso, aún húmedo por el baño, y lo observó hacia arriba; no necesitó ponerse de puntillas, porque el magnate se apoderó de sus labios con una saña hambrienta. La entrega fue intensa, salvaje y desesperada. Finalmente, recostados de nuevo entre las sábanas deshechas, se vieron obligados a aceptar que tenían que regresar a la fría realidad de su trágica historia.Ambos se vistieron en un silencio sepulcral, fúnebre y espeso, pero con las miradas gritando con fuerza todo lo que sus orgulloso
La noche avanzó y el cansancio acumulado por la tensa jornada, sumado a los primeros e invisibles rastros del embarazo, hicieron que Kateryn quedara profundamente dormida. Pasada la medianoche, Sebastián ingresó finalmente al penthouse. Venía con el cuerpo cargado de una tensión invisible, harto de la cena obligada con Valeria y de tener que sostener una máscara de normalidad frente a ella. Sin embargo, se repetía a sí mismo que debía hacerlo; pensaba con rigidez matemática que esa buena mujer merecía muchísimo más que sus simples migajas y se autoconvencía de que, con el tiempo aprendería a amarla de una forma distinta a la que ama a Kat. . Se despojó de su traje sastre gris en absoluto silencio y entró al cuarto de baño. Dejó que el agua caliente borrara el rastro del perfume ajeno de su piel, pero no logró sacudirse la paranoia posesiva que le taladraba la mente analítica. Al salir, envuelto en una densa bruma de vapor, se dirigió a la recámara principal. La luz de la luna se fi
Alexander clavó sus ojos en el magnate, y por un microsegundo dudó firmemente en si debía romper la promesa que le había hecho a su madre por teléfono. El papel con el desvío millonario de Valeria le quemaba el portafolio, y ver a Sebastián tan extrañamente interrumpiendo su posible salida con Kat avivaba sus sospechas de que su cuñado tenía sentimientos ocultos por su empleada. —Podemos subir a la sala de juntas —propuso Sebastián. Kateryn Thorne aprovechó de inmediato el tenso quiebre entre los dos hombres para ejecutar su propia maniobra de escape. Sabía que no podía permitir que Alex siguiera indagando, ni que Sebastián desatara un escándalo que los expusiera frente a él. —Tengo que irme, Alex. Ese café tendrá que ser después. Nos vemos mañana —interrumpió Kat con una frialdad forzada, dándoles la espalda de golpe. Caminó a pasos apresurados por el asfalto del estacionamiento hacia su vehículo, donde Miller ya la esperaba de pie junto a la portezuela trasera con su habi







