ANMELDEN
Eran las once de la mañana y Sofía estaba parada sola frente al altar con su vestido simple blanco.Seis meses de ahorros de pasante. Arreglado por ella misma en la máquina de coser vieja que le prestó su mamá. Planchado cien veces para que quede bien. Para ella era el más hermoso del mundo porque hoy se casaba con Alejandro Mendoza.La iglesia estaba llena. Doscientas personas. Su mamá con vestido prestado llorando en primera fila. Sus compañeras de Mendoza Corporation susurrando. El cura mirando el reloj. La música del órgano ya había parado hace diez minutos.Alejandro Mendoza no llegaba.El hombre más poderoso de la ciudad. Dueño de Mendoza Corporation. Treinta y dos años, traje negro sin una arruga, ojos grises que nunca sonreían en las fotos de revistas. El hombre que nunca llegaba tarde a nada.Sofía apretaba su ramo de flores blancas simples del mercado central, comprado a las cinco de la mañana y atado con cinta rosa. Le sudaban las manos dentro de sus zapatos gastados de tanto caminar para ahorrar el colectivo.De repente las luces se apagaron. La pantalla gigante que habían puesto para pasar fotos de su historia de amor se prendió sola.Todos miraron.Un mensaje blanco con letras negras gigantes:"Lo siento Sofía. Valeria volvió de Europa. Siempre la amé a ella. No puedo casarme. Alejandro."Silencio total. Después murmullos. Risas crueles de las que la envidiaban porque la pasante se casaba con el CEO.El ramo se le cayó de las manos. Las flores blancas se desparramaron por la alfombra roja del pasillo largo. Una por una. Como sus sueños.Valeria. La rubia alta de vestido rojo caro. Su ex de la universidad. La que lo había dejado hace cinco años para irse a Europa con su proyecto de ropa que nunca funcionó y que él había financiado con plata de Mendoza Corporation.Había vuelto hace una semana. Le mandaba mensajes diciendo que estaba en España, en hospital, con suero y pastillas, con foto en camilla. Que se moría si no volvía con ella.La noche anterior, en el piso treinta, comiendo sándwiches de jamón y queso descalzos en el piso de mármol mirando la ciudad iluminada, Sofía le había dicho que no le crea. Que si la dejó una vez por plata, la deja dos veces.Él la había escuchado con ojos que por primera vez no eran fríos. Le había dado un beso en la frente.Y ahora la dejaba plantada frente a doscientas personas.Sofía se sacó los tacos bajos gastados y caminó descalza por la alfombra roja, pisando sus propias flores, con el vestido arrastrando, hasta la puerta. Su mamá atrás llorando.Afuera había sol pero para ella llovía.Se subió al primer taxi con el vestido arrugado y le dijo que la lleve a su departamento de un solo cuarto donde se escuchaba al vecino roncar.Esa noche iba a vomitar tres veces en una hora. Iba a comprar una prueba barata en la farmacia de la esquina con tapabocas. Iba a ver dos rayitas rosadas.Estaba embarazada de dos semanas de Alejandro Mendoza.No sabía que tres años después iba a volver a esa misma ciudad con un traje rojo de diseñadora que sonaba fuerte contra el mármol del piso treinta, con tacos rojos altos, y de la mano con un nene de tres años de ojos grises fríos iguales a los de él, con trajecito azul marino, mochilita azul marino, reloj marrón y dos dinosaurios verdes en la mano.Esa mañana cerró la puerta y se tiró al piso frío del baño a llorar por primera vez.
A las diez y cinco de la mañana, con los cuatro descalzos en el mármol frío de la clínica mejor, con olor a alcohol de hospital de verdad y a café sin azúcar y medialunas frías y a lápices de colores y galletita dulce, los tres sobres blancos de la mesa blanca que brillaba ya estaban cerrados en la mesa blanca de metal que brillaba.Sofía con su traje rojo de diseñadora ajustado, con camisa blanca de seda adentro, con cartera roja cara apretada contra el pecho, con tacos rojos en la mano descalza en mármol frío como esa primera noche de sándwiches de jamón y queso en el piso treinta a las diez y media de la noche después del proyecto de Navidad con catorce carpetas que decían Mira por dónde caminas, sintió que las manos le temblaban mucho.Mateo con su reloj marrón nuevo de rey bien puesto en la muñequita, su mochilita azul marino en la espalda y sus dos dinosaurios verdes apretados con fuerza miró los tres sobres blancos con miedo de nene de cuatro años con ojos grise
A las nueve y media de la mañana, el piso treinta ya no olía a abogados caros.Olía a alcohol de hospital y a miedo a que todo se rompa.Sofía seguía descalza en el mármol frío del piso treinta con su traje rojo de diseñadora ajustado, con camisa blanca de seda adentro, pelo suelto largo brillante, lentes negros en la mano apretados fuerte, cartera roja cara apretada contra el pecho, con Mateo de cuatro años en brazos con su reloj marrón nuevo de rey bien puesto en la muñequita, su mochilita azul marino en la espalda y sus dos dinosaurios verdes apretados con fuerza porque tenía miedo.Alejandro seguía descalzo también, con traje gris planchado nuevo, camisa blanca sin mancha de manteca amarilla de fideos, corbata gris derecha no torcida, pero con ojeras negras profundas y con las manos temblando mucho mirando el teléfono rojo de la cabecera donde decía con letras doradas grandes Sofía CEO - SF Group & Mendoza Corporation, sin apellido, solo Sofía, como desde el capítulo 1 cuando era
A las nueve en punto exactas, las puertas del ascensor privado del piso treinta hicieron ding.No fue un ding suave como todos los días a las siete y cincuenta y nueve cuando llegaba Alejandro con café sin azúcar y medialunas de la panadería que le gustaba a Sofía cuando era pasante.Fue un ding fuerte, largo, frío, que retumbó en todo el mármol de treinta pisos.Todos se quedaron descalzos mirando. Sofía con traje rojo de diseñadora ajustado, con camisa blanca de seda adentro, pelo suelto largo brillante, lentes negros en la mano, cartera roja cara, con Mateo de cuatro años en brazos con su reloj marrón nuevo de rey bien puesto en la muñequita, su mochilita azul marino en la espalda y sus dos dinosaurios verdes apretados. Alejandro con traje gris planchado nuevo, camisa blanca sin mancha de manteca amarilla de fideos, corbata gris derecha no torcida, pero con ojeras negras profundas y descalzo al lado de ella en el mármol frío.Las puertas se abrieron despacio.No entró Valeria sola.
El miércoles a las siete y cincuenta y nueve de la mañana el piso treinta no olía a café caliente ni a diarios tirados en la mesa de vidrio con la foto de Mateo con reloj marrón.Olía a abogados caros y a miedo de verdad.Sofía entró con su traje rojo de diseñadora otra vez, no azul marino como ayer, rojo ajustado como el primer día que volvió, con camisa blanca de seda adentro, pelo suelto largo brillante, lentes negros en la mano, cartera roja cara de marca. Tacones rojos altos que sonaban fuerte tac tac tac contra el mármol frío del piso treinta. Y de la mano traía a Mateo bien agarrado.Mateo traía su mochilita azul marino en la espalda, su reloj marrón nuevo de rey bien puesto en la muñequita, y sus dos dinosaurios verdes apretados en la mano. Traje chiquito azul marino con camisa blanca y corbatita azul, como el primer día que entró al edificio de treinta pisos. Pero tenía los ojos grises fríos de su papá tristes y con ojeras chiquitas de no haber dormido.Detrás de ella venía A
Sofía no soltó el sobre negro con letras doradas.Lo apretó fuerte con sus manos todavía manchadas de chocolate de la torta de cuatro velitas de Mateo de cuatro años que había soplado hace una hora en el penthouse más caro. Mateo la miraba con su reloj marrón nuevo de rey que le había regalado Alejandro y sus dos dinosaurios verdes apretados en la mano chiquita manchada de chocolate también. Alejandro seguía parado con la cara blanca pálida, mirando la foto impresa doblada de Valeria en la camilla de hospital de España con suero y pastillas.Esa foto ya la había visto hace tres años y nueve meses a las tres y diez de la mañana. Esa misma foto con la que Valeria, la rubia alta de vestido rojo caro de diseñadora, lo había hecho subirse al auto negro de lujo y dejar a Sofía plantada en la iglesia con su vestido simple de seis meses de ahorros de pasante que arregló ella misma con máquina de coser vieja prestada por su mamá y su ramo desparramado por la alfombra roja con flores blancas de
El lunes a las siete y cincuenta y nueve de la mañana, el piso treinta de Mendoza Corporation ya no estaba en silencio frío como hace cinco días a las nueve cuando Sofía entró con traje rojo a vengarse.Estaba lleno de risas y de olor a café caliente.Sofía entró con su traje negro de diseñadora, no rojo como el primer día, no blanco como cuando echó a Valeria, negro hoy con camisa blanca de seda, pelo suelto brillante largo, lentes negros en la mano, cartera negra cara de marca. Tacones negros altos que sonaban fuerte tac tac tac contra el mármol del piso treinta. Y de la mano otra vez traía a Mateo bien agarrado.Pero esta vez Mateo no venía solo con ella agarrado de la mano.Detrás de ella venía Alejandro pegado a ella.Alejandro con traje gris nuevo hoy, no negro arrugado manchado con manteca amarilla, gris nuevo planchado, camisa blanca nueva sin mancha de manteca de fideos, corbata gris derecha, no torcida como siempre, pelo peinado con gel, sin ojeras negras porque por primera







