LOGINPara el mundo exterior, Alexander Harrington es la definición misma de perfección… Treinta y cuatro años, un imperio empresarial que heredó y convirtió en leyenda, una mansión que parece un palacio de cristal sacado de un cuento y una esposa que quita el aliento a cualquiera que la ve pasar, la supermodelo internacional Natasha Harrington. Juntos son la pareja de portada eterna. Él con su traje impecable y esa mirada fría que derrite cámaras. Ella colgando de su brazo con vestidos de miles de dólares y una sonrisa que engaña a todos. Pero cuando las puertas de la mansión se cierran, la máscara cae. Dentro de esos muros de mármol solo quedan gritos ahogados, platos rotos que alguien recoge y una cama king size que él abandonó hace tanto tiempo que las sábanas del lado de Natasha ni siquiera conservan su olor. Entonces apareció Emma Castillo. Veintitrés años. Ella llegó con una maleta rota y una súplica en el corazón: necesitaba cada dólar, cada propina, cada hora extra para pagar el tratamiento que mantiene con vida a su madre, Carmen, la única familia que le queda. Su mundo cabe en un cuarto de servicio sin ventanas grandes, su voz nunca pasa de un “buenos días, señor” apenas audible y sus manos siempre huelen a limón y a lejía. Pero es precisamente en esas manos donde Alexander empieza a dejar, sin darse cuenta, los pedazos rotos de sí mismo. Cada noche que Natasha lo destroza con desprecios y reproches, es Emma la que cuida y le da sentido a la vida de Alexander. Porque mientras Natasha tiene el apellido, las joyas y el mundo a sus pies… Emma tiene algo que nadie le dio y que él jamas penso en tener de vuelta.
View More— Hace tiempo que no hablábamos de verdad.— He estado ocupada con las tareas de la mansión, señora. Hay mucho que coordinar estos días.— Lo sé... Y las haces muy bien... La casa nunca ha lucido mejor.Emma inclinó ligeramente la cabeza, agradecida.— Gracias.Pero Patricia no terminó ahí. Siguió observándola, demasiado tiempo, como si intentara recordar o descifrar algo.— Te ves diferente, Emma.Emma sintió un pequeño sobresalto interno.— ¿Diferente?— Sí... Más animada... Más... viva. Con un brillo en los ojos que antes no tenías.Emma casi dejó de respirar. El corazón le latió con fuerza contra las costillas. Por suerte, logró componer una sonrisa natural.— Creo que es porque mi madre está mejorando. Las noticias del médico han sido muy positivas últimamente.Y era verdad, en parte. Aquello ayudó a que la explicación sonara genuina y no forzada. Patricia pareció aceptar la respuesta, asintiendo con aprobación.— Es una excelente noticia... Me alegro por ti, de verdad.Emma sint
La mañana siguiente había comenzado de forma relativamente normal. Natasha desayunaba en uno de los salones mientras revisaba algunas revistas relacionadas con maternidad, pasando las páginas con una delicadeza casi reverente, como si cada imagen de cunas y ropitas pudiera materializar el futuro que tanto anhelaba. Emma se encontraba ocupada organizando varias tareas del día junto al resto del personal: supervisaba el menú de la semana, revisaba los arreglos florales y se aseguraba de que cada detalle de la enorme casa funcionara como un reloj suizo.Alexander, por su parte, intentaba terminar algunos asuntos pendientes desde su despacho, firmando contratos y respondiendo correos con la concentración que solo lograba cuando el mundo exterior no irrumpía en su refugio.Nada fuera de lo común. Hasta que una de las empleadas que atiende la parte de los jardines apareció en la puerta, visiblemente nerviosa.— Señor Alexander...Alexander levantó la vista de los documentos, frunciendo el c
Emma bajó la mirada.Sabía perfectamente qué estaba buscando Natasha: la grieta en la armadura de su matrimonio, la verdad detrás de las ausencias inexplicables de Alexander. Y eso la inquietaba hasta el punto de robarle el sueño algunas noches.— Por eso debemos fingir que no somos nada... —dijo Emma, y la frase le dolió mucho más de lo que ella se imaginaba... Porque aunque era verdad, aunque era necesario para protegerse, escucharla en voz alta hacía que todo pareciera más real, más cruel.Alexander levantó una mano y acarició suavemente una de las mejillas de Emma, trazando con el pulgar la línea de su mandíbula. Su toque era cálido, reconfortante.— No me gusta esto...— A mí tampoco.— Pero lo haremos... —afirmó él con convicción. — Solo sera por ahora.Emma asintió, aunque su corazón se rebelaba. Antes de que pudiera decir algo más, Alexander rodeó suavemente su cintura y la acercó hacia él. Sus cuerpos se encontraron sin que ninguno de los dos objetara.— Alexander...— Escúch
La tarde había caído lentamente sobre la mansión, como un velo de seda que se deslizaba con delicadeza sobre los tejados antiguos. La luz anaranjada del atardecer se filtraba por los grandes ventanales de la sala privada, tiñendo las paredes de tonos cálidos y suaves que contrastaban con la frialdad habitual de aquel lugar. Los rayos dorados bailaban sobre los muebles de caoba pulida, sobre los tapices que contaban historias de generaciones pasadas y sobre los libros encuadernados en cuero que nadie parecía leer ya. Por una vez, el lugar parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.Y precisamente por eso Alexander había aprovechado la oportunidad.Natasha había salido a una de sus interminables reuniones en la ciudad, con esa expresión tensa que ya no se molestaba en ocultar. Patricia se encontraba en su propia residencia al otro lado de la propiedad, probablemente revisando informes financieros o planeando su próximo evento social. Los empleados estaban ocupados en otras áreas de la man












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