로그인Alma solo quería un sueldo, un escritorio y una vida tranquila en Frederick Tower. Nada de romances, nada de jefes guapos, nada de problemas. Entonces se queda atrapada en el ascensor con Alex Frederick: dueño de la empresa, alfa de la manada de Niebla y el hombre que no debería ni mirarla… pero la huele una vez, y todo cambia. Desde ese día, el cuerpo de Alma se vuelve loco: calor, mareos, sueños con él. Los médicos hablan de estrés. Los informes la llaman “caso Trish”. Alex lo llama de otra forma: su omega. Mientras una guerra silenciosa se cocina entre clanes, fundaciones y criaturas que se esconden bajo trajes caros, Alma tendrá que elegir: ¿ser la presa perfecta que todos quieren controlar… o la omega que se atreve a romper el sistema, incluso si eso significa caer en la cama —y en las garras— de su jefe?
더 보기POV: AlexUn Beta no es una herramienta.Es una extensión de tu voluntad.Por eso el sistema no intenta quebrarte atacándote de frente. Te prueba por los bordes: lo que proteges, lo que crees inamovible, lo que no usas como escudo por lealtad. Lo que, si se mueve, te obliga a moverte también.Cuando abro los paneles de contingencia no busco alarmas. Busco patrones. Umbra no “piensa”; cruza y ordena datos. La interpretación es mía. Y el patrón de hoy tiene dos constantes que cualquiera con ojos podría explotar: Alma siempre va a estar al lado de Mila, y Sebastián siempre va a estar donde yo necesito que esté.El problema es la velocidad con que alguien intenta convertir esas constantes en palancas.—Repítelo —digo, sin levantar la voz.La analista mantiene el pulso estable. Bien. Los nerviosos exageran.—Accesos secundarios activados en Frederic —informa—. No intrusión. Autorizaciones temporales, nivel bajo. Aumentaron en los últimos cuarenta y cinco minutos.—¿Emisor?—No hay emisor ú
POV: AlmaEl mensaje de Mila no decía nada extraño.Eso fue lo primero que me inquietó.Había llegado a media tarde, corto, casual, con uno de esos emojis que ella usaba cuando quería restarle peso a algo. Todo bien. Después hablamos. Nada más. Ninguna pregunta. Ninguna ironía. Ninguna queja sobre el día.Mila no escribía así cuando todo estaba bien.Miré el teléfono un segundo más de lo necesario y lo dejé boca abajo sobre el escritorio. El vidrio reflejó apenas la luz del ventanal, como si el aparato también quisiera ocultar algo.—¿Sigues aquí? —preguntó Alex desde el otro lado de la sala.Asentí sin mirarlo. Estábamos en una de las salas intermedias de Frederic Tower, esas que no aparecían en la agenda pública y que se usaban cuando nadie quería dejar registro de haber estado. Alex revisaba información en una pantalla suspendida, los dedos moviéndose con precisión quirúrgica.—Mila no respondió —dije al final.—Respondió —corrigió—. Solo no dijo nada útil.Lo miré entonces.—Eso n
POV: MilaSi hubiera sabido que el día iba a ser así, me habría puesto otra cara.No maquillaje. Cara. Una menos reconocible.Salí de la sala del Consejo con la sensación equivocada de haber pasado desapercibida, que es una sensación muy cómoda y, por lo visto, profundamente ingenua. Alma estaba tensa. Alex parecía haber movido tres piezas sin avisar. Damian… bueno, Damian miraba como si el tablero entero fuera suyo desde antes de que alguien aprendiera a jugar.Yo, en cambio, había hecho lo correcto: sentarme, escuchar, no decir nada que pudiera citarse fuera de contexto. El arte de sobrevivir en espacios grandes consiste en eso. En no convertirse en nota al pie.No hice nada importante, pensé.Y me sentí bastante orgullosa.Mi agenda se reorganizó sola antes de que pudiera terminar el café. Cancelaciones. Reprogramaciones. “A confirmar”. Todo muy pulcro. Muy considerado. Como si alguien hubiera decidido regalarme una mañana liviana.—Qué atentos —murmuré—. Debe ser mi cumpleaños ins
POV: AlmaVolver a mi departamento no fue volver a casa.El edificio seguía igual: la conserjería demasiado iluminada, las cámaras discretas en cada esquina, el ascensor viejo que tardaba lo mismo de siempre. La puerta de mi piso estaba donde debía estar. El pasillo olía a limpiador cítrico y a rutina ajena, como si nada importante pudiera ocurrir ahí.Nada estaba fuera de lugar.Y, aun así, al cruzar el umbral supe que algo no encajaba.No fue un ruido ni una niebla extraña. Fue la sensación de que el espacio había sido leído, clasificado, corregido sin tocar nada. Como si mi casa hubiera pasado por un filtro invisible que no dejaba huellas, pero sí intención. Una casa no debería sentirse “auditada”; debería sentirse usada.Dejé el bolso sobre la mesa y cerré la puerta con cuidado. Me quedé un segundo con la mano en el picaporte, escuchando. Silencio. El mío. El que siempre había sido parte del alivio de llegar: la certeza de que acá nadie me observaba.Las plantas seguían vivas. La












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