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Capítulo 5 — Prisiones

Author: Queen Bee
last update publish date: 2026-04-19 01:42:08

Dmitry abrió los ojos y supo que ya no estaba en el mundo despierto.

No era la primera vez.

Aquel salón lujoso, de arquitectura antigua y silenciosa opulencia, ya lo había acogido antes. Un reflejo distorsionado de la realidad, tal vez. O un plano etéreo que solo existía en las intersecciones entre mente, alma e instinto.

Pero aquella noche… algo era diferente.

El calor que provenía de la chimenea en la esquina no era reconfortante. Era denso. Casi opresivo. Cargado de una electricidad cruda y primitiva. Como si el fuego no quemara madera, sino el velo entre los mundos.

«Ella está aquí».

La voz de su Lycan resonó dentro de él, tensa.

«Esta vez… ella nos ha arrastrado. Con fuerza».

Y entonces la sintió.

Antes incluso de verla, lo supo. El aroma de ella, sutil e indecente, mezcla de miel y tentación. La presencia que se arrastraba por dentro de su mente, entorpeciendo todo lo que antes tenía sentido.

Dmitry se giró y la vio a pocos pasos de él.

Diferente de las visiones confusas y sin rostro de los sueños anteriores. Ahora, Susan estaba allí de verdad. Tan real como la sangre en sus venas. Tan peligrosa como el instinto que rugía bajo su piel.

Estaba de espaldas, pero el cuerpo de él reaccionó antes de que su mente pudiera entenderlo. Los músculos se contrajeron. La bestia vibró bajo su piel.

«Nos encontró… Finalmente».

Susan se giró despacio, como si sintiera el mismo peso arrastrando sus huesos, y su mirada se quedó prendida a la de él.

Ver aquellos ojos verdes allí, en aquel plano… era como ser tragado dentro de un hechizo.

— Tú me trajiste — la voz de él salió más baja de lo que pretendía, ronca, demasiado cargada. Pero verdadera.

Ella se estremeció y Dmitry lo supo: aquella no era una ilusión creada por él. No era deseo proyectado.

Era ella. Real. Soñando. Llamando.

Susan intentó responder, pero la confusión se mezclaba con el miedo. Él lo vio. Y eso dolió. Más de lo que debería.

— Dmitry… ¿Qué estás haciendo aquí?

Él dio un paso adelante. La energía del ambiente pulsó con el movimiento y algo dentro de él rugió con aprobación.

«Tócela. Siéntela. Márcala. Reivindícala».

Ignoró el hambre, o al menos lo intentó. Necesitaba entender qué era aquello. Cómo ella lo arrastraba. Y por qué demonios, incluso en el sueño, se sentía al borde de la sumisión.

— Tú lo sabes — dijo con firmeza—. No fui yo quien vino hasta ti, malyshka (pequeña). Fuiste tú quien me arrastró hasta aquí.

La sintió tambalearse. El instinto de él rugió otra vez.

«Ella nos quiere. Incluso cuando no lo entiende».

Susan intentó negarlo. Mintió. Dmitry lo vio en sus ojos. Escuchó la vacilación. Y lo supo.

— No me mientas. Ni siquiera aquí — su voz bajó, grave y densa—. Tú me llamas incluso cuando no lo sabes. Tu cuerpo me llama. Tu mente. Incluso en el sueño… me quieres.

Ella retrocedió, pero sus pies permanecieron clavados al suelo del sueño. Como si el plano a su alrededor los obligara a enfrentar aquello que, en el mundo real, ambos aún fingían no ver.

— Dmitry… Esto es solo un sueño…

— No, milaya (linda) — se acercó más. Podía sentir el aroma de ella, incluso allí. Su alma vibraba con la cercanía—. Esto eres tú. Es lo que escondes. Y aquí… no puedes huir de mí.

El roce fue ligero. Pero detonó el infierno dentro de él.

Sus dedos rozaron el brazo desnudo de ella y Dmitry casi perdió el control. El calor de su piel fue como un rayo atravesando su columna.

«Nuestra. Es nuestra. La hembra hecha para nosotros. Córrete en ella ahora. Rompe el tiempo, el espacio. Entra».

Apretó los dientes, intentando contener el gruñido.

Susan cerró los ojos, todo su cuerpo estremeciéndose bajo su toque. Ella también lo sentía. Aquello no era solo un encuentro. Era el comienzo de una ruptura.

— Cómo alguien tan pequeña… — susurró él, con la voz entrecortada por el deseo que ardía bajo su piel—. consigue jugar así con mi cordura?

Ella no respondió. No hacía falta. Dmitry veía en sus ojos: Susan sabía que tenía ese poder sobre él.

Que llevaba dentro de sí un llamado primitivo y antiguo. Un código ancestral que rompía todas sus defensas desde el primer roce.

«Toca más. Bésala. Tírala al suelo y hazla gritar tu nombre».

Pero no podía. Todavía no.

Quería tocarla de verdad. En el mundo real. En la cama correcta. En el momento correcto. Quería ver los ojos de ella dilatándose de placer, no de miedo. Quería merecer cada gemido, cada entrega.

Cuando Susan cerró los ojos, Dmitry se inclinó, incapaz de resistir el impulso. Casi la tocó de nuevo. Casi la atrajo contra sí.

Pero ella desapareció y él fue arrancado de aquel plano como si lo hubieran arrojado fuera de sí mismo.

El cuarto oscuro de la mansión lo recibió con silencio. Pero su cuerpo… ardía. El corazón latía como si hubiera luchado. La piel hormigueaba. Y su alma… sangraba.

«Ella nos abrió. Nos vio. Nos sintió. Ahora, o la tenemos… o morimos intentándolo».

Dmitry se pasó la mano por el rostro, el sudor frío resbalando por sus sienes.

Sabía lo que había sido aquello.

Un llamado.

Si ella supiera lo que había hecho… Si supiera que él estaba al borde de la rendición completa…

Tal vez huyera. O tal vez… lo llamara de nuevo. Y la próxima vez… él no tendría fuerzas para volver.

…

El aroma del café fuerte llenaba el comedor, pero Dmitry apenas percibió el olor. Sus ojos se fijaban en un punto cualquiera de la mesa, mientras su mente insistía en vagar hacia otro lugar. Hacia otra persona.

«¿Cómo estará vestida hoy?»

Apretó la mandíbula al darse cuenta del rumbo de sus propios pensamientos.

Susan.

La maldita pelirroja de ojos verdes no salía de su cabeza, y para empeorar las cosas, aquel sueño solo lo había empeorado todo. Pasó toda la madrugada lidiando con su mente insubordinada, evocando imágenes prohibidas. Primero en su oficina, luego en su habitación.

Dmitry la imaginó completamente desnuda en su cama, la piel clara e invitadora, pidiendo ser marcada. Los labios carnosos entreabiertos, el brillo en sus ojos verdes mientras lo miraba, las curvas delineadas de su cuerpo.

Ah… Y aquellos pechos generosos, suplicando ser devorados sin reservas. Sentía su miembro palpitar, loco por explorar su interior caliente.

Su Lycan gruñó de deleite y Dmitry sujetó la taza con fuerza.

Sabía que ese deseo era una trampa peligrosa. No solo porque Susan era su empleada, sino porque su simple presencia hacía que algo en su interior rugiera por libertad. Y eso era inaceptable.

Un ruido frente a él trajo su atención de vuelta a la realidad. Levantó la mirada y encontró los ojos azules de Natalia fijos en él.

— Estás distante — ella removía la cuchara dentro de su taza, con voz suave pero con una leve inflexión calculada—. ¿Pensando en el trabajo?

Dmitry asintió despacio, manteniendo la mirada vacía.

— Entre otras cosas.

Natalia apoyó los codos en la mesa, con el rostro ligeramente inclinado.

— Los consejeros preguntaron por nosotros ayer. Quieren saber cuándo tendremos un heredero.

Él soltó un leve suspiro, sin mirarla directamente.

— Siempre preguntan.

— Y siempre reciben silencio a cambio — la sonrisa de ella era serena, pero sus ojos observaban cada matiz de él—. Dmitry, los dos sabemos que esto va a terminar sucediendo.

Él apretó la taza con más fuerza de la necesaria.

— Tal vez. Pero no de la forma en que ellos esperan.

Ella inclinó la cabeza, intentando descifrar sus palabras.

— Hablas como si tuvieras una elección. El clan necesita continuidad.

Dmitry se recostó lentamente en la silla, con voz baja y arrastrada.

— El clan necesita equilibrio… y yo necesito paz.

Natalia sostuvo su mirada con una serenidad entrenada.

— La paz puede venir con estabilidad. Con un heredero.

Él mantuvo la mirada fija en ella por un instante, antes de responder con tono medido:

— La paz no nace de obligaciones. Y tú lo sabes.

Natalia desvió la mirada por un breve momento, luego la retomó.

— La gente habla, Dmitry. Dicen que somos… fríos. Demasiado distantes.

— Y cuando nos casamos, decían que éramos perfectos juntos — levantó una ceja, con sarcasmo casi imperceptible—. La gente siempre habla.

— Esto no puede seguir así para siempre. Tú tienes responsabilidades, y yo también.

— Yo cumplo las mías — su voz sonó más firme, pero aún controlada—. Y tú, Natalia, has estado haciendo lo que crees necesario para mantener las apariencias.

Ella levantó ligeramente el mentón.

— ¿Eso es una acusación?

— Es solo una constatación.

Natalia respiró hondo, como si intentara mantener la compostura.

— Soy tu esposa, Dmitry.

Él miró su taza durante unos segundos antes de responder.

— Eres parte de un acuerdo, Natalia. No se trata de sentimientos. Nunca se trató de eso.

Ella dudó, el rostro impasible, pero los dedos que apretaban discretamente la servilleta delataban su incomodidad.

— Tal vez, con el tiempo, las cosas puedan ser diferentes.

Dmitry la miró, con los ojos ligeramente entrecerrados.

— Algunas cosas no cambian, por más que se quiera.

Ella se levantó despacio, tomando su bolso con un movimiento suave.

— No te retrases para tus reuniones, Alfa.

Él solo asintió, observándola mientras salía. Los tacones de ella resonaron por el pasillo, dejando atrás un silencio denso —un alivio gélido que cayó sobre él como una manta de invierno.

El Lycan en su interior se agitaba con impaciencia.

«Ella no es nuestra. Su presencia nos lastima. Su aroma nos repele».

Dmitry llevó los dedos a la frente, masajeándose las sienes.

«Pero Susan…»

La imagen de ella surgió en su mente con una fuerza casi violenta.

«Ella sí… Es calor. Es verdad. Es deseo. Nuestro deseo. Tócala. Lame cada curva. Marca esa piel pálida. Ella quiere ser tomada. Quiere ser nuestra».

Apretó los dientes. Aquella obsesión estaba saliendo de control. Cada pensamiento, cada sueño… La simple idea de cruzar la mirada con Susan hacía que su cuerpo respondiera de forma traicionera.

Y después de aquel sueño, hasta su Lycan se negaba a fingir.

«Susan siente. Y ella nos pertenece».

Dmitry gruñó bajo, solo para sí. No la rechazaría. Pero tampoco cedería.

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