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Capitulo 4

Autor: Paula C
last update Fecha de publicación: 2026-01-18 21:29:30

Al cabo de unas horas de trabajo intenso, donde mis ojos apenas se despegaron de la pantalla y mis dedos volaron sobre el teclado, finalmente terminé con los documentos. No quería perder ni un segundo; quería demostrarle que mi falta de experiencia era compensada con una eficiencia impecable. Me dirigí a la oficina del CEO con el corazón martilleando contra mis costillas. Me detuve frente a la imponente puerta de madera, respiré hondo para estabilizar mis pulmones y llamé con suavidad.

‎—Señor Álvarez, soy Ana. ¿Puedo pasar?

‎—Adelante —resonó su voz desde el otro lado, tan profunda y vibrante que sentí un escalofrío recorrer mi columna.

‎Entré con paso firme, aunque por dentro me deshacía en mil pedazos.

‎—Señor Álvarez, he terminado con los documentos que me encomendó —dije, extendiendo las carpetas con la mano lo más firme posible.

‎Él ni siquiera se molestó en dedicarme un saludo. Se veía serio, con el ceño fruncido, como si cargara con el peso de todo el mundo sobre sus hombros. Ver su rostro tan severo, casi endemoniado por la presión del trabajo, me ponía los nervios de punta. Tomó los documentos de mala gana y comenzó a revisarlos, hojeando cada página lentamente, analizando cada cifra y cada coma con una precisión de cirujano. El silencio en la oficina era sepulcral, roto solo por el roce del papel. Mi corazón latía con una fuerza dolorosa; sabía que un solo error, una tilde fuera de lugar, bastaría para que me mandara al demonio sin miramientos. Su aura era tan gélida y letal que incluso el simple acto de respirar me estaba costando un esfuerzo sobrehumano.

‎De pronto, el hombre alzó la mirada hacia mí. Una sonrisa fina y cruel se dibujó en sus labios, una línea que no transmitía calidez, sino una superioridad que me causó una ansiedad inmediata.

‎—Admito que... —Hizo una pausa eterna, disfrutando de cómo mi rostro palidecía bajo su escrutinio—... estoy impresionado con su habilidad. Es buena, Montalvo. Muy buena.

‎Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo, pero mi alivio duró apenas un segundo.

‎—Pero no crea que esto es una victoria —continuó, endureciendo el tono y clavando sus ojos negros en los míos—. Es solo el comienzo. Recuerde mis palabras: un solo error, un solo descuido, y está fuera. Esto que ha hecho hoy —dijo señalando las carpetas— no es suficiente para que yo baje la guardia. Aquí se exige perfección, no intentos.

‎—¿Qué? —solté, incapaz de ocultar mi sorpresa.

‎Había esperado un "gracias" o al menos un gesto menos hostil. Mirando su expresión de hace un momento, estaba convencida de que me echaría a patadas. ¿Acaso este hombre disfrutaba jugando conmigo? ¿Se alimentaba del temor que infundía en sus empleados?

‎Él curvó los labios en una media sonrisa indescifrable, casi burlona.

‎—Gracias por el trabajo. Es todo por ahora, puede retirarse —sentenció, volviendo a centrar su atención en el monitor como si yo hubiera dejado de existir de repente.

‎Me quedé estática, procesando sus palabras. Con esa frase final, hasta parecía un hombre amable, pero sabía que era solo una máscara. Rodrigo Álvarez cambiaba de actitud más rápido que las luces de un semáforo: en un instante era un tirano exigente y al siguiente me despedía con una cortesía gélida que me dejaba desorientada.

‎—Está bien, señor Álvarez. Estoy a su disposición. Si necesita algo más, solo tiene que llamarme —me despedí con mi mejor sonrisa profesional, aunque por dentro me sentía exhausta.

‎Salí de su oficina con el pulso a mil. Era aterrador, sí, un monstruo vestido de seda, pero también era el hombre más increíblemente guapo que mis ojos hubieran visto jamás. Atraía las miradas como un imán irresistible. Su rostro era una obra maestra de la genética: una mandíbula afilada y definida que parecía esculpida por los mismos dioses; sus ojos negros, intensos y penetrantes, capaces de leer el alma y encontrar tus secretos más oscuros. Su nariz era recta, perfecta, y sus labios finos poseían una sensualidad peligrosa que me hacía flaquear las piernas.

‎Era el tipo de hombre que hacía girar cabezas sin siquiera intentarlo, irradiando una seguridad que abrumaba a cualquiera. Su cabello oscuro, ligeramente ondulado, caía sobre su frente con un desorden calculado, dándole un toque de rudeza a su apariencia impecable de empresario millonario. Una sola mirada suya bastaba para que cualquier mujer cayera rendida a sus pies, y yo, lamentablemente, no era la excepción.

‎Al final de la jornada laboral, me dirigí al ascensor. El destino volvió a jugar en mi contra cuando las puertas se abrieron y me topé nuevamente con él. El hombre por el cual vivía suspirando desde que tenía uso de razón. El único hombre que tenía el poder de desarmarme por completo: mi ahora jefe.

‎A su lado, yo me sentía como un fantasma invisible. Él, con su elegancia innata y esa postura altiva, emanaba una indiferencia que solo sugería superioridad y un ego incalculable. Aunque la duda me carcomía, reuní el coraje de la antigua Alessandra, aquella que no le temía a nada, y hablé.

‎—Señor Álvarez.

‎—¿Hmm? —fue su respuesta cortante, sin siquiera dignarse a girar el rostro hacia mí.

‎—Gracias por la oportunidad de hoy. No lo defraudaré —le dije con sinceridad, esperando una pizca de reconocimiento.

‎Él solo asintió con la cabeza de manera imperceptible y, en cuanto las puertas se abrieron, salió del ascensor con pasos largos y decididos, dejándome atrás sin una sola palabra.

‎Su actitud hostil hizo sangrar mi corazón, causándome una impotencia que quemaba. Me sentía herida en mi orgullo más profundo. ¿De verdad este era el hombre del que estaba enamorada casi toda mi vida? Ni siquiera me recordaba. No tenía idea de quién era yo. Para él, yo no era la niña que solía observarlo con adoración en las cenas familiares; para él, yo no era nadie.

‎«Tal vez debería replantearme seriamente si estoy dispuesta a aguantar este desprecio por amor», pensé con amargura mientras lo veía desaparecer por el vestíbulo.

‎Con su frialdad y esa arrogancia que lo envolvía como una armadura, parecía que ni la mujer más hermosa y perfecta podría conquistar su corazón de piedra.

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Comentarios (1)
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Nubia Riveros
no entiendo ella ya lo.conocia o no ese comentario de el hombre por el cual vivía suspirando desde q tenía uso de razón
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