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Capítulo 2

Author: Null
Justo cuando estaba a punto de regresar a casa, un miembro de la familia llamó. Necesitaban que completara algunos documentos del fideicomiso. Por esto, me apresuré a acercarme al despacho de Dante.

Sin embargo, cuando llegué, vi a Alexa sentada junto a él, compartiendo el almuerzo.

Ella levantó casualmente su batido a medio terminar y se lo acercó a los labios, y no pude evitar pensar en el hecho de que Dante odiaba los lácteos.

Pero esta vez solo frunció ligeramente el ceño, suspiró y tomó un sorbo bajo la insistencia de ella.

—¿Qué tal? ¿Está bueno? —preguntó Alexa. Su voz era suave y cálida.

—No está mal —asintió Dante.

Una inevitable sonrisa amarga se formó en mis labios.

En el interior del despacho, Dante tomó una servilleta con naturalidad y limpió una migaja de la comisura de los labios de Alexa.

—¿Dormiste bien? ¿Tuviste insomnio? —preguntó en voz baja.

—Dormí perfecto —respondió Alexa con una sonrisa—. Sabes que siempre duermo bien cuando hablas conmigo. —Hizo una pausa, como si recordara algo y añadió—: Pero escuché que no respondes llamadas después de las nueve. ¿Te molesté?

—Tú eres la excepción —respondió Dante, sin dudar.

—Ustedes dos realmente hacen buena pareja —intervino uno de sus hombres, que se encontraba junto a ellos.

—Es verdad —estuvo de acuerdo Kevin, otro de los hombres de Dante—. Siempre que Alexa trae el almuerzo, el apetito del Don mejora.

Tras esas palabras, no pude contenerme más y, empujando la puerta, me adentré en la oficina.

De pronto, el aire de la habitación se tornó sumamente helado.

Kevin apartó la mirada, mientras que Dante se acercaba a mí, sorprendido.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a completar unos documentos del fideicomiso —respondí, sin titubear.

—Alexa se encarga de eso —repuso Dante, encogiéndose de hombros—. Ella te ayudará.

Ahora entendía por qué había recibido esa llamada a mitad del día.

Alexa se acercó a mí con otro recipiente de comida en la mano.

—Donna, preparé el almuerzo para el Don —dijo Alexa, acercándose a mí con otro táper de comida en la mano—. Deberías probar un poco también.

Miré a Dante por un microsegundo y él asintió, de acuerdo.

—Adelante. La comida de Alexa es excelente.

Dentro del recipiente había camarones horneados con queso. Y yo… ¡era alérgica a los camarones!

Negué con la cabeza, colocando una mano frente a mí, y la habitación, de repente, se sumió en un silencio mortal.

La expresión de Alexa se derrumbó.

—Lo siento, Donna —murmuró con los ojos llorosos—. Fue mi culpa. No debí cocinar para el Don... sé que ese es tu papel...

—Nora. No se lo pongas difícil —repuso Dante, mirándome con el ceño fruncido.

—¿Ves qué hay en ese plato? —le pregunté.

—Claro —asintió, aparentemente confundido.

En nuestro banquete de bodas, los platos con camarones estaban estrictamente prohibidos. Pese a eso, uno de los camareros había servido un aperitivo con ellos, tras lo cual, si yo no hubiera suplicado por misericordia, Dante habría ordenado que lo arrojaran al Golfo de México.

Alexa sonrió y empujó el recipiente hacia mí, insistiendo, por lo que no pude evitar posar una mano sobre él y deslizarlo lentamente hacia ella. Aquel gesto borró la sonrisa de su rostro.—Dame los documentos —dije.

Aparentemente nerviosa, dejó el almuerzo a un lado y sacó los papeles.

El rostro de Dante se había oscurecido, mientras que Daniel y Kevin habían abandonado el despacho con suma discreción.

Sin embargo, no le di importancia, firmé mi nombre, se los entregué a Alexa y salí sin mirar atrás.

Cuando llegué a la puerta, Dante me llamó.

Por un momento, pensé que quizás había recordado mi alergia. Sin embargo, lo que dijo fue:

—Nora, llevas cinco años casada conmigo. Recuerda cuál es tu lugar. Eres mi Donna. Deja de ser tan quisquillosa.

Alexa dijo:

—Don, fue mi culpa —intervino Alexa—. Ya no prepararé el almuerzo para usted...

—No. Lo hiciste bien —se apresuró a interrumpirla Dante—. La persona que necesita cambiar su comportamiento es otra.

Estaba esperando mi respuesta, pero yo ya había cruzado el umbral de la puerta, cerrando tras de mí.

Al regresar a casa, saqué mi maleta y comencé a empacar poco a poco. Era increíble que, a pesar de llevar cinco años en aquella vivienda, ni siquiera pudiera llenar una maleta.

Sin que lo esperase, esa noche, Dante me llamó y ordenó:

—Prepárate. Hay una gala esta noche. Tienes que venir.

—Uhum —respondí en voz baja.

—Cariño, ¿ya decidiste? ¿El sur de Francia o Italia? —Su voz al teléfono sonaba ligera, casi cálida.

Me tomé un momento antes de responder:

—Todavía no.

—Qué lástima —repuso él—. Nora, realmente me gustaría que estuviéramos en nuestra finca del sur de Francia. Te conseguiré un patio lleno de lavanda.

Su voz al teléfono era sumamente dulce, pero no pude evitar que mi corazón se retorciera de dolor.

Me aclaré la garganta.

—Está bien, Dante. Bajaré en un minuto.

Cuando vi el Maybach negro estacionado en la acera, abrí la puerta, sin mucho preámbulo, encontrándome con Alexa, quien comía una galleta de crumble.

Ella dio un salto, sobresaltada.

—Donna...

Vi las migas de galleta caer sobre el asiento y luego miré a Dante por puro instinto. Después de todo, sabía bien que él odiaba que alguien comiera en su coche, yo incluida.

Sin embargo, ahora su expresión era completamente tranquila, como si estuviera más que acostumbrado.

Fue cuando finalmente lo comprendí: Alexa siempre sería la «gran excepción» en su vida.

Mientras pensaba en esto, Alexa se apresuró a limpiarse la boca y comenzó a recoger las migas.

—Me moveré al otro lado ahora mismo, yo...

—Está bien —dije, sonriendo con calma—. Quédate. Solo es un asiento.

Dicho esto, me senté frente a ella y capté un destello de confusión en los ojos de Dante, que me esforcé por ignorar.

No era la primera vez que sucedía y, siempre que me había opuesto, terminaba con Dante regañándome con impaciencia:

—Nora, solo es un asiento. No hagas un problema de algo sin importancia.

Recordando esto, miré por la ventana la lluvia ligera que caía. Toda angustia y dolor había desaparecido.

Me sentía tan tranquila que incluso yo me sorprendí.

Sí. Solo era un asiento… Solo era una persona.

Para mí, todo era igual: algo que podía desecharse con facilidad.
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