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Capítulo 4

Author: Null
Una vez en el centro de salud, el médico dijo que el sangrado había sido causado por el impacto del momento y que, por suerte, no afectaría al bebé en lo más mínimo, pero que, aun así, que, si pasaba de nuevo, la historia podría ser diferente.

Con esto rondando mi mente, al regresar a casa, comencé a armar mi maleta.

«Cinco años de matrimonio, y mis pertenencias ni siquiera pueden llenar una simple maleta», pensé, mientras deslizaba los papeles de divorcio en el escritorio de Dante, antes de salir.

Sin embargo, cuando estaba a punto de cruzar la puerta, Dante entró y se detuvo en seco al verme.

—Daniel dijo que fuiste al hospital.

Asentí.

—¿Pasa algo? —preguntó, alzando una ceja.

—No —negué, acompañando aquella palabra con un movimiento negativo de cabeza—. Un simple chequeo de rutina.

—Incluso las cosas de rutina necesitan atención —repuso Dante, quitándose la chaqueta—. Haré que el médico de la familia venga mañana para una revisión.

—No hace falta —repuso, negando con la cabeza una vez más.

—Eres mi Donna. Tu salud siempre es lo primero en esta familia —aseguró, girándose y rodeándome con sus brazos.

Percibí el aroma a sándalo en él cuando me besó en la mejilla.

—Ah, y como nunca elegiste un lugar, decidí por ti.

—¿Qué? —pregunté, parpadeando varias veces.

—El sur de Francia —respondió Dante, acariciando mi cabello—. Elegí una de las fincas de mi abuela. Lavanda de primera calidad y ostras, ¿recuerdas? La Costa Azul. Donde nos conocimos.

Sus dedos se sentían cálidos cuando rozó mi mejilla.

—Nadaste como una pequeña sirena —añadió, al cabo de unos segundos.

Cerré los ojos, luchando para no llorar, y lo aparté con suavidad.

—El sur de Francia. Suena genial —murmuré, sintiendo cómo un nudo se formaba en mi garganta.

—Sabía que te gustaría.

No respondí, pero, aun así, Dante pareció especialmente satisfecho con mi respuesta y me recompensó con un beso en la frente.

—Buena chica. No me gustó demasiado esa actitud molesta que mostraste ayer. No dejes que vuelva a suceder, ¿entendido?

Dicho esto, entró al baño sin esperar mi respuesta.

Tomé una toallita desinfectante y me froté la frente hasta enrojecer.

Cuando dieron las nueve, Dante se marchó, como siempre, sin siquiera notar que el tocador vacío ni los estantes desnudos del baño. Mucho menos pareció percatarse de la maleta que se encontraba junto a mi mesita de noche.

Claro. Él era indiferente con todos los que no fuesen su querida Alexa.

Pensando en esto, me quedé dormida, tras lo cual me desperté sobresaltada, al oír que Dante regresaba, hablando por teléfono.

La voz al otro lado, por supuesto, pertenecía a Alexa.

—¿Alexa? ¿Qué pasa? —preguntó y yo, en el silencio de la noche, pude oírla sollozar.

Tras escuchar atentamente la respuesta de Alexa, Dante tomó su arma y salió de casa, sin mirar atrás.

No había forma de que lo siguiera, pero tampoco podía dormir, por lo que comencé a deslizar el índice por mi teléfono por puro aburrimiento.

Fue entonces cuando vi un video que los hombres de Dante habían subido a su sala de chat.

—¡La pandilla rival atacó la finca! ¡Alexa resultó herida!

—¡Esto es a lo que se apuntan los miembros de la mafia! ¡Me avergüenzo de ustedes!

Estaban discutiendo acaloradamente.

—¡El Don está aquí!

Estaba a punto de bloquear la pantalla e intentar dormir, pero, de pronto, mi pulgar se detuvo en seco.

—Da miedo. Parece una bestia salvaje. ¡Está golpeando a ese bastardo hasta dejarlo irreconocible!

—¡Ese es nuestro Don!

Un segundo más tarde, varios videos comenzaron a aparecer en el chat.

Intrigada, pulsé uno y vi como Dante parecía, tal y como sus hombres decían, un poseso. Sus puños golpeaban, una y otra vez, el rostro de un hombre enmascarado.

No se detuvo hasta que el hombre dejó de moverse, tras lo cual se giró y tomó a Alexa entre sus brazos, presionando su cabeza contra su pecho para que ella no viera aquella escena.

—No tengas miedo. Estoy aquí.

En la sala de chat, los comentarios ardían.

—Ellos deberían estar juntos.

No sabía quién lo había escrito, pero el mensaje fue eliminado al instante y el chat quedó en completo silencio.

Miré la notificación de «mensaje eliminado», durante lo que se me antojó una eternidad, antes de cerrar la aplicación con absoluta calma.

Esa noche, Dante no volvió a casa. Algo que no me sorprendió en lo más mínimo.

Dormí sin sobresaltos hasta las seis de la mañana, cuando me levanté, tomé la maleta que había preparado, reuní mis documentos y dejé las llaves sobre la mesita de la entrada.

Tras esto, salí de la que había sido mi casa durante los últimos cinco años, sin mirar atrás.

Una vez en el aeropuerto, bloqueé a Dante en todas las plataformas y monté en el avión.

Instalada en mi asiento, mientras el avión despegaba, lo supe con certeza:

Dante y yo nunca volveríamos a cruzarnos.
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