ホーム / Mafia / La doctora del mafioso / Capítulo 6 — Fricción con cirugía

共有

Capítulo 6 — Fricción con cirugía

作者: Pax-Darkengel
last update 公開日: 2025-09-15 01:18:54

La puerta batiente empuja aire frío y, con él, una voz hecha para mandar:

—¿Qué tenemos?

Velasco entra con los guantes colgando, los ojos midiendo el cuarto como si fuese suyo de siempre. No saluda. Me registra lo justo para ubicarme en un casillero mental.

—Masculino sin identificación —respondo—. Llegó con compañía. Ya sostiene el ritmo. Camino abierto a pabellón y UCI.

—Abrimos ya —dicta—. Si esperamos, perdemos ventaja.

La palabra ventaja no es del hospital; huele a juego. Respiro. El box no necesita volumen, necesita criterio.

—Si lo movemos antes de afianzar este piso, perdemos la cancha —digo, sin alzar la voz.

Octavio Larra inclina apenas la cabeza: decide y yo respaldo. Amanda se mantiene a mi costado, baranda invisible. Velasco sopesa mi resistencia con fastidio profesional.

—Aquí mandamos nosotros —señala su pecho y luego el pasillo—. Lo quiero arriba en minutos.

—Y yo lo acompaño —respondo—. Nadie pierde tiempo si el equipo se coordina.

Romina roza con el dedo el sello de la circular que ya cuelga en el corcho y despliega un check‑list de transferencia.

—Co‑registro en traslado —resume—. Yo marco tiempos.

—Cumplimos —respondo—. Yo priorizo el flujo. —Y volvemos al paciente.

Velasco hace un gesto de impaciencia y mira la ruta.

—Quiero paso libre —exige—. Nada de serpentear pasillos.

—Corredor C, ascensor de servicio —marco—. Se evita cruce con visitas y tiempos muertos en el principal.

Larra ya tiene la radio en la mano.

—Corredor C despejado —confirma el celador—. Aviso a pabellón. UCI en alerta.

Velasco me mira como si acabara de robarle una jugada. No la robé: la anticipé. Amanda sostiene mi mirada un segundo; bastan.

—Movemos —ordena Larra.

Los trajes despegan sus espaldas de la pared. No hablan: acompañan. El pasillo aprende nuestra coreografía sin preguntar. Romina empuja un carro con eficacia que no viene envuelta en sonrisa. La ruta se abre.

En el ascensor, la tensión vibra como un cable.

—Te queda claro que dirijo yo —murmura Velasco, sin teatralidad.

—Me queda claro que dirige el equipo —corrijo—. Y que él no espera discusiones. —Señalo la camilla.

Velasco me suelta una mirada que podría ser admonición o respeto. No lo necesité para decidir lo que ya decidí.

La puerta se abre a un pasillo más frío. El aire de quirófano huele a metal dispuesto. El equipo de pabellón es un reloj aceitado: manos listas, miradas breves, preguntas útiles.

—Clara sube a UCI con él —anuncia Larra, sin ofrecer, declarando.

—Con ella —repiten los trajes, neutros.

Velasco asiente sin decir mi nombre. Me basta. Yo no opero: sostengo. Y sostener, hoy, también es mandar.

Me quedo hasta el borde de la zona estéril. Marco dos cosas sin decirlas: que cumplo la circular y que mi presencia ahorra explicaciones cuando el paciente suba. Amanda aparece con la confirmación que ata todo:

—UCI tiene cama lista.

—En quince sube —resuelve Velasco. Mira a Larra—. Con ella.

Romina me acerca el formulario de co‑registro. Esta vez no lo agita; lo ofrece.

—Arriba lo firmamos —le digo. Asiente. Ha entendido que aquí la autoridad la marca el propósito, no el volumen.

Me lavo las manos del apuro para quedarme con la atención. En el pasillo conviven ruidos que no necesitan traducción: la rueda que canta, el zumbido del aire, una voz baja que pide una pinza. Ninguno me reclama. Estoy.

—Hiciste ganar tiempo —dice Larra, sobrio—. El tiempo es lo único que no nos devuelven.

No contesto. Aprendo a aceptar la frase como se acepta una venda bien puesta. Amanda me alcanza su termo, un sorbo que sabe a metal cálido. Lo que de verdad sostiene no es el agua: es la mirada de puente.

La puerta se abre y nos entregan la camilla con un silencio distinto: el de lo que sobrevivió a un filo. No pregunto nombres que aún no existen; marco el camino.

—Arriba —dice Larra.

Los trajes se colocan como paréntesis a nuestro paso. Romina queda atrás, ordenando papeles con una prolijidad que, por fin, sirve a la ruta y no al chisme. Velasco se queda dentro, en su idioma de sílabas cortas. Yo ocupo mi lugar en el costado de la camilla, sin invadir, sin ceder.

En el umbral del ascensor, el traje más ancho recibe un mensaje, lo lee sin gesto y suelta dos palabras:

—Arriba esperan.

No necesito saber quién. Sé para qué: para que no me separe. No me hace falta repetirlo; ya está escrito en la forma en que camino.

Subimos. Cada piso que se marca es una pequeña victoria. UCI nos abre como una casa conocida: luz menos cruel, olor a control y a paciencia.

—Cama uno —indica Amanda, ya de vuelta en su mapa—. La baranda sube, los monitores esperan.

Yo traduzco lo esencial a un idioma que cualquiera entiende: estamos, seguimos, entregamos. La transferencia es limpia; no recito tecnicismos que no suman. Larra firma lo que hay que firmar sin dar discurso. Velasco no aparece: está donde tiene que estar. Romina alcanza el formulario a la altura correcta; lo firmo donde corresponde. El equipo de UCI me mira con ese respeto práctico que nace cuando alguien sirve a la ruta sin ponerse por delante del paciente.

—Gracias —dice Amanda, bajito, como quien cierra una válvula.

—Seguimos —respondo.

Los trajes se pegan a la puerta como si fueran marcos. No entran. No estorban. A veces su utilidad es simplemente existir.

Me permito un solo gesto personal: apoyar dos dedos en la baranda para sentir el pulso del cuarto, no el del hombre. Es estable. También el mío.

Cuando conectamos el último cable, el hombre abre los ojos lo suficiente para encontrarme y luego vuelve a cerrarlos. En el pasillo, uno de los trajes dice algo en voz baja que no alcanzo; solo oigo mi nombre: Montalbán. UCI se queda con él. Yo salgo a recibir lo que viene.

この本を無料で読み続ける
コードをスキャンしてアプリをダウンロード

最新チャプター

  • La doctora del mafioso   Capítulo 258: La Geografía de la Victoria

    El sonido del pestillo al cerrarse fue un punto final. Un ruido seco y definitivo que cortaba el cordón umbilical que los unía al mundo del caos, la estrategia y la muerte. Félix apoyó la espalda contra la madera sólida de la puerta, permitiéndose por primera vez en meses—¿años? —sentir el peso completo de su agotamiento. No era solo físico; era un cansancio del alma. Pero cuando su mirada, por fin libre de la necesidad constante de escudriñar las sombras en busca de amenazas, encontró la de Clara, algo se recompuso en su interior.Ella estaba de pie bajo la luz tenue de la lámpara, aún con las botas polvorientas y el pantalón táctico. Parecía una esfinge en la penumbra, su silueta esculpida por las pruebas que habían enfrentado juntos. La tensión, esa compañera constante que tensaba sus hombros y afilaba su mirada, aún estaba allí, pero ahora era la cuerda de un arco después de disparar la flecha decisiva. Había cumplido su función. Y en la relajación postrera, Félix no vio fragilida

  • La doctora del mafioso   Capítulo 257: El Peso de la Aurora

    El zumbido en los oídos persistía, un fantasma del pulso neural abortado. Clara se arrodilló junto al cuerpo inconsciente del Discípulo, sus dedos buscando automáticamente el pulso en su cuello. Era estable, pero acelerado. El sedante hacía su trabajo, sumergiendo al profeta del caos en un sueño forzado, lejos del colapso de su reino.—Las autoridades están a un minuto —la voz de Gael en el comunicador era urgente—. Ejército, inteligencia… es un circo. Tienen que salir ya.Félix miró hacia la entrada del túnel, donde las luces cegadoras de los drones barrían la oscuridad. Luego, su mirada volvió al Discípulo.—No podemos dejarlo con ellos —dijo, su voz ronca por el esfuerzo y los vapores—. Lo convertirán en un mito, en un trofeo. O lo usarán. Su conocimiento es demasiado peligroso.—¿Y qué propones? —preguntó Rojas, acercándose por la pasarela intacta, su arma aún en alto—. ¿Llevárnoslo? Con todo ese ejército fuera, es imposible.Clara se puso de pie, su mente trabajando a la velocida

  • La doctora del mafioso   Capítulo 256: La Rendición del Profeta

    El Sanctum se convirtió en una jaula de cristal y acero sumida en el caos. Las alarmas ululaban, una sinfonía de pánico que contrastaba brutalmente con el orden absoluto de minutos antes. Por los conductos de ventilación comenzó a filtrarse un vapor acre y verdoso, el resultado de la reacción química que Félix había desencadenado. No era letal, pero era el humo tangible de un sistema perfecto corrompiéndose desde dentro.El Discípulo ya no era el sereno arquitecto del caos. Era un animal acorralado en el centro de su propio laberinto. Sus ojos, antes llenos de una fría certeza, ahora recorrían la plataforma con una mezcla de incredulidad y rabia pura.—¡Esto no invalida la teoría! —gritó, su voz quebrada por la furia—. ¡Solo demuestra que los sistemas imperfectos pueden generar interferencia! ¡El caos final prevalecerá!—Hablas del caos como si fuera un dios —dijo Clara, avanzando lentamente hacia él, esquivando los fragmentos de cristal de las pasarelas destruidas—. Pero solo es una

  • La doctora del mafioso   Capítulo 255: La Elección del Fénix

    El silencio que siguió a la proclamación del Discípulo era más elocuente que cualquier estruendo. El peso de su "elección" se posó sobre los hombros de Clara y Félix como una losa de plomo. No se trataba de sus vidas, sino del destino de miles de millones. Era una trampa dialéctica perfecta: cualquier camino que eligieran, parecería validar su filosofía.Félix rompió el silencio, su voz no era un rugido, sino el filo frío de una espada desenvainada.—"Crees que has pensado en todo, ¿verdad? Que has reducido la existencia a un conjunto de variables y resultados."—"Porque así es" —respondió el Discípulo, con la paciencia de quien explica lo obvio—. "El amor, la lealtad, el sacrificio... son mecanismos de supervivencia evolutivos. Herramientas. Y yo estoy a punto de cambiar las reglas de la supervivencia."—"Te equivocas" —intervino Clara. Su voz era clara y firme, resonando en la cámara. No hablaba como una amenaza, sino como una diagnóstica—. "Cometes el error clásico del intelectual

  • La doctora del mafioso   Capítulo 254: El Jardín de la Razón Pura

    La voz del Discípulo no provenía de un solo punto, sino que resonaba desde las mismas paredes de la caverna, envolviéndolos, haciéndose tangible como el aire frío. No había ira, ni triunfo, solo una curiosidad profunda, como un científico recibiendo una muestra largamente esperada.—"Sigan la pasarela de luz. Les prometo que no es una trampa. Sería… antieconómico."Una hilera de baldosas en el borde de la plataforma comenzó a emitir una suave luz azul, formando un camino que se extendía sobre el lago subterráneo hacia la estructura central.Rojas tensó el arma, sus ojos escudriñando cada centímetro. —Es un riesgo. Podría dejar caer la pasarela.—No lo hará —respondió Clara, su voz sorprendentemente calmada. Sus ojos recorrían la ciudadela bajo la montaña, analizándola no como una amenaza, sino como un síntoma—. Quiere algo de nosotros. La captura es solo el primer paso. —Miró a Félix—. Es un coleccionista. Y acabamos de entregarnos a su vitrina.Félix asintió. No había vuelta atrás. C

  • La doctora del mafioso   Capítulo 253: El Latido de la Montaña

    El helicóptero los depositó en un claro boscoso, un lugar tan remoto que el único sonido era el crujido de la escarcha bajo sus botas y el lejano grito de un águila. El aire era delgado y cortante, llenando los pulmones con una pureza que sentía falsa, como si la montaña misma los estuviera evaluando.Rojas tomó la delantera, su figura maciza moviéndose con una sorprendente ligereza entre los pinos. Cada pocos metros, se detenía, escaneando el terreno no solo con los ojos, sino con un dispositivo portátil que buscaba sensores de movimiento, cámaras camufladas, cualquier señal de la mano del Discípulo. Hasta ahora, solo encontraba naturaleza virgen.Clara caminaba en el centro, su mochila médica ligera pero crucial. No llevaba armas, salvo un pequeño dispositivo de dardos sedantes que Félix le había insistido en llevar. Su arma era su mente, cargada con los patrones de pensamiento de su enemigo.Félix cerraba la marcha, su presencia era un muro de calma tensa. Sus sentidos, afinados po

続きを読む
無料で面白い小説を探して読んでみましょう
GoodNovel アプリで人気小説に無料で!お好きな本をダウンロードして、いつでもどこでも読みましょう!
アプリで無料で本を読む
コードをスキャンしてアプリで読む
DMCA.com Protection Status