Home / Romance / La esposa abandonada / Capítulo 4 — El mercado de las cenizas

Share

Capítulo 4 — El mercado de las cenizas

Author: Déesse
last update publish date: 2025-11-22 19:37:34

Gracias 

Me siento sin pensar.

El cuero del sillón cruje bajo mi peso húmedo. Tengo frío. Mis jeans se adhieren a mis muslos. Mi cabello aún gotea sobre mis hombros. Pero me siento. Porque estoy demasiado vacía para hacer otra cosa. Porque caminar no me ha llevado a ninguna parte. Porque volver a casa ya no es una opción.

Él está ahí. Frente a mí. Sentado en la sombra. Un hombre que no hace nada para llamar la atención, pero que no se puede ignorar.

Él me mira. Pero no como ellos.

No como aquellos que juzgan, o que desean, o que ponderan cuánto valgo después de todo esto.

Él me observa. Con una mirada tranquila. Una mirada que no busca nada. Una mirada que no toma.

El silencio dura. Mucho tiempo.

Y tal vez eso es lo que estaba esperando.

— Parece que lo has perdido todo, dice finalmente.

Su voz es grave. Ni áspera ni suave. Simplemente serena. Como una mano que se extiende sin forzar.

Asiento.

Él espera.

Luego me hace un gesto para que hable.

Sacudo la cabeza.

— Habla. Conmigo. Un desconocido. A veces es más fácil, verás. Y duele menos después.

Dejo escapar un rictus. Amargo.

— No puedes entender.

Él levanta apenas las cejas.

— Inténtalo de todos modos.

No sé por qué cedo.

Quizás porque no me impone nada. Quizás porque no me está esperando. Quizás porque no representa nada.

Entonces hablo.

Desahogo todo: el matrimonio, los días felices, los gestos tiernos, las promesas que se creen eternas. Luego los silencios, las ausencias, los suspiros escapados.

Hablo del vientre que comenzará a hincharse, lentamente, como una evidencia. Del amor que aún creía posible.

Y luego… de mi hermana, de lo que acaba de suceder en el bar. De sus manos que se buscan. De sus ojos que se evitan demasiado lentamente.

De su risa, la misma que tenía conmigo.

Hablo, sin pausa. Mi voz a veces se quiebra, pero continúo. Como si fuera la única manera de volver a juntar mis pedazos.

Hablo de ese niño que llevo. De ese vacío inmenso, que me ha devorado. De la vergüenza. De la ira. De la fatiga.

Cuando termino, el silencio vuelve a caer.

Él no dice nada. Toma un sorbo. Lentamente. Luego deja su vaso con cuidado. Como si cada gesto tuviera que ser medido.

— Tu hermana es una idiota, dice.

Me quedo paralizada.

— ¿Y él? pregunto.

Él ni siquiera parpadea.

— Él ya no existe. Ha sido borrado. Es un error de camino. Un parásito.

Lo miro. No sé si es la violencia de sus palabras o su justeza lo que me quita el aliento.

Él no lo ha dicho con odio.

Lo ha dicho como se dice que una prenda es demasiado pequeña. Inadecuada.

— ¿Por qué estás aquí? murmuro.

Él gira ligeramente su rostro hacia la ventana sucia del bar. La lluvia golpea suavemente contra el cristal.

— Para olvidar, yo también.

Hace una pausa. Luego continúa, más bajo:

— Debo dar un heredero a mi familia. Un chico. Un niño digno de llevar mi nombre, mi imperio, mi linaje.

Levanto una ceja, a pesar de mí.

— Pareces… seguro de ti.

Una sonrisa pálida flota un instante en sus labios. Una sonrisa de un hombre que ha perdido sus certezas.

— Lo era. Hasta esta mañana.

Eleva los ojos hacia mí. Son oscuros, brillantes. Lucidos.

— Soy estéril.

La palabra cae. Brutal. Sin énfasis.

Pero deja una marca. Como una bofetada silenciosa.

Me quedo inmóvil.

Él no aparta la mirada. No tiene vergüenza. Pero siento el peso. El que él lleva, y el que deposita frente a mí.

— Lo que te voy a proponer es indecente, dice. Pero eres la primera persona que me escucha esta noche. Y yo, tal vez, soy el último que puede salvarte del abismo.

No digo nada.

Siento mis dedos crispándose contra mis rodillas. Mi corazón latiendo más fuerte.

— Te propongo un trato.

Se inclina ligeramente. Su fragancia me envuelve, seca, leñosa, casi medicinal.

— Lleva a mi hijo.

Mi garganta se cierra.

— ¿Qué?

— Ya estás embarazada. Es perfecto. Te ofrezco un techo, seguridad, una vida entera. A cambio, me das lo que ya no puedo tener: un heredero. Mi nombre. Mi sangre… aunque no sea mía.

Me quedo muda.

Él continúa:

— No tendrás que preocuparte por nada más. No tendrás que huir, ni explicar. Me encargaré de ti. De todo.

— ¿Y después?

— Después, serás libre. Rica. Desaparece si quieres. O quédate. Eso dependerá de ti. No de mí.

— ¿Y si es una niña?

Un silencio.

— Entonces llevará mi nombre. Y la haré mi fortaleza.

Él no miente. No embellece.

Extiende la mano. Simplemente.

— Piensa. Pero no demasiado tiempo. Este tipo de dolor… no perdona la hesitación.

Miro su mano.

Mi piel está fría. Mi ropa empapada. Mi vientre palpita suavemente.

Otra vida se agita en mí. Otra vida que no he elegido, pero que está ahí.

Y este hombre. Este desconocido. Este pacto.

Este abismo.

No sé aún si estoy cayendo…

… o si acabo de aterrizar.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • La esposa abandonada   EPÍLOGO — DIEZ AÑOS DESPUÉS

    LÉONIELos observo a veces, sin que ellos me vean. Mamá está sentada en su escritorio, las gafas en la punta de la nariz, corrigiendo trabajos. Papá entra, un dossier en la mano, y se detiene en el umbral. No dice nada. La mira. Solo la mira. Y en su rostro, tan serio normalmente, aparece esa sonrisa. Esa pequeña sonrisa que nadie más ve, creo. La que dice «Estás aquí, y todo va bien».Es increíble, si se piensa. Su historia. La que Papá me contó a trozos, cuando era más joven. Una historia de traiciones, de mentiras, de gente mala. Una historia que debería haber terminado mal.Pero no terminó mal.Miro por la ventana de mi habitación. Víctor y Antoine juegan al fútbol en el césped. Víctor, con trece años, empieza a ser realmente bueno. Antoine, diez años, corre detrás de él con una determinación feroz. Sus gritos alegres suben hasta mí.Esta casa. Siempre ha estado ahí. Es como un personaje de su historia de ellos. Llena de colores, de libros, de plantas que se desbordan. Huele a pan

  • La esposa abandonada   CAPÍTULO 125 — EL ARTE DE LA PROVOCACIÓN

    GRACIASEl día apenas despunta. Un resplandor gris y lechoso se filtra a través de las cortinas, difuminando los contornos de la habitación. Ézran duerme aún, profundamente, su aliento regular acunando el silencio. Me he despertado antes que él, algo raro. Mi cuerpo está todavía pesado por nuestra noche, pero mi mente ya está despierta, recorrida por una corriente de electricidad tranquila.Me desprendo suavemente de su abrazo, y él gruñe en sueños, una mano buscando mi calor. La tomo, la llevo a mis labios y deposito un beso en su palma. Se calma.Me levanto sin hacer ruido. El frescor de la mañana acaricia mi piel desnuda. Lo miro, tumbado de espaldas, el torso poderoso ofrecido a la luz naciente. La manta está echada sobre sus caderas. Siento una oleada de posesión tan fuerte que me corta el aliento. Es mío. Y esta mañana, quiero recordárselo.Empiezo con simples roces. Con la punta de los dedos, trazo el contorno de sus hombros, la línea de su clavícula. Se estremece en sueños. Mi

  • La esposa abandonada   CAPÍTULO 124 — LA TORMENTA Y LA CALMA

    GRACIASLa noche es nuestro capullo, un terciopelo negro envolviendo el mundo. El fuego ya no es más que cenizas al rojo vivo, y el silencio de la casa es tan profundo que oigo el ligero silbido del aire pasando entre los labios de Ézran. Su pecho, ancho y firme, es mi almohada. Su brazo es un peso pesado y tranquilizador alrededor de mis hombros. Podría dormirme así, acunada por el ritmo lento de su corazón.Pero sus dedos empiezan a moverse, trazando círculos lentos e hipnóticos sobre mi piel desnuda, justo encima de la curva de mi seno. No es una caricia de somnolencia. Es una intención. Una pregunta.—¿No duermes? —murmura, su voz es un gruñido sordo contra mi oído.—Ya no —susurro girando ligeramente la cabeza para posar mis labios en su cuello.Su brazo se aprieta. La manta que nos cubre se desliza, desvelando nuestros cuerpos entrelazados al frescor de la noche. El aire es una caricia sobre mi piel húmeda.De repente, se gira, y en un movimiento fluido, me encuentro bajo él. El

  • La esposa abandonada   CAPÍTULO 123 — EL LENGUAJE DE LAS CICATRICES

    GRACIASLa casa está por fin en silencio. Un silencio pesado, precioso, ganado con esfuerzo tras las risas y los llantos del día. Los niños duermen, sus respiraciones tranquilas formando una melodía suave que atraviesa las paredes. En el salón, solo el resplandor de las brasas en la chimenea baila aún, proyectando sombras movedizas sobre los muros.Estoy sentada en el sofá, los pies recogidos bajo el cuerpo, una taza de té olvidada enfriándose entre mis manos. El cansancio está ahí, una dulce pesadez en mis miembros, pero es un buen cansancio, el que viene de un día bien lleno, de amor dado y recibido.Ézran entra en la habitación. Ha apagado las luces fuertes, dejando solo el resplandor del fuego. Se reúne conmigo en el sofá, no en el otro extremo, sino muy cerca. Su rodilla roza la mía. Su simple presencia hace estremecer mi piel.—Todos duermen —murmura, su voz más grave en la penumbra.—Como ángeles —respondo dejando mi taza.Se instala un silencio, pero no está vacío. Está cargad

  • La esposa abandonada   CAPÍTULO 122 — LA SINFONÍA DE LO COTIDIANO

    GRACIASEl despertar no es un timbre estridente, sino un pequeño peso que aterriza sobre mi vientre. Abro un ojo. Dos grandes ojos verdes, idénticos a los de su padre, me miran fijos a pocos centímetros.—Mamá, es de día —anuncia Víctor con la solemnidad de sus tres años—. Tengo hambre.Antes de que pueda responder, un grito alegre surge del pasillo, seguido de un ruido de carrera. Léonie, ya vestida con un atuendo multicolor que ha elegido ella sola, irrumpe en la habitación.—¡Papá dice que los huevos están listos! ¡Y Antoine ha hecho caca! ¡Era enorme!No puedo evitar reírme, apartando suavemente a Víctor para incorporarme. Ézran aparece en el marco de la puerta, una sonrisa cansada pero radiante en los labios. Sostiene a Antoine sobre su cadera, el bebé limpio y vestido, agitando un sonajero.—La tribu está despierta y operativa, Señora —declara acercándose para depositarme un beso rápido en la mejilla—. Me he adelantado.Es nuestro nuevo ritual. Un caos organizado, una sinfonía d

  • La esposa abandonada   Capítulo 121 — El círculo cerrado

    Cinco años despuésGraciasEl jardín resuena con una cacofonía alegre. Las risas de Léonie, ahora una niñita de cinco años de bucles castaño vivo, se mezclan con los gritos felices de sus jóvenes hermanos. Liam, de tres años, corre detrás de una pelota de colores con una determinación torpe, mientras Antoine, el bebé de un año, se mueve sobre una manta a la sombra, atrapando sus piececitos con gorjeos encantados.Nuestra casa, siempre tan vibrante de colores, ha tenido que ampliarse. Desborda ahora de juguetes, de dibujos infantiles colgados en la nevera, y de ese dulce caos que caracteriza a una familia feliz. Los rosales trepadores que habíamos plantado enmarcan siempre la puerta, testigos silenciosos de nuestra felicidad creciente.Estoy sentada a la mesa del jardín, vigilando este pequeño mundo con una sonrisa que siento

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status