LOGINEl amanecer llegó lentamente a la casa canadiense, tiñendo de dorado los bordes de las cortinas y dibujando sombras suaves sobre las sábanas. Gala despertó con la sensación de haber dormido poco, aunque no recordaba el momento exacto en que había vuelto a cerrar los ojos después de aquella inquietante madrugada. Estiró una mano hacia el otro lado de la cama y encontró únicamente el espacio vacío que Herodes había dejado atrás, abrió los ojos por completo.—¿Herodes? — Nadie respondió.Se incorporó, acomodándose el cabello con los dedos, y descubrió una nota sobre la mesita de noche. La letra firme de su esposo ocupaba apenas una línea: He salido a entrenar. No intentes escapar sin despedirte. H. Blackford. Gala soltó una risa incrédula.—Qué hombre tan arrogante.Dejó la nota donde estaba, aunque terminó guardándola en el cajón con una sonrisa que se negó a analizar. Después se levantó, se dio una ducha rápida y se puso ropa cómoda antes de bajar. La casa parecía tranquila, pero desde
La madrugada envolvía la casa canadiense en una quietud casi absoluta cuando Gala abrió los ojos lentamente. Durante unos segundos no supo dónde estaba; solo sintió el calor que la rodeaba, el peso agradable de un brazo sobre su cintura y una respiración pausada junto a su oído. Después reconoció el aroma de Herodes, la firmeza de su pecho contra su espalda y los dedos de él descansando sobre su abdomen, como si incluso dormido se negara a dejarla demasiado lejos.Una sonrisa pequeña, involuntaria, apareció en sus labios.Se quedó inmóvil para no despertarlo y giró apenas la cabeza. Herodes dormía profundamente, con el rostro relajado y el cabello ligeramente desordenado sobre la frente. Sin la expresión severa que solía acompañarlo durante el día, parecía más joven, menos inaccesible. Gala lo observó con una ternura que le resultó extraña, como si estuviera contemplando a un hombre diferente del que había conocido al principio de su matrimonio.¿Quién habría imaginado que terminaría
—Puedes cobrar ahora, señor Blackford.La sonrisa de Gala apenas alcanzó a dibujarse antes de que Herodes acortara la distancia entre ambos. No hubo una respuesta ingeniosa ni una de aquellas frases calculadas con las que solía desarmarla. Por una vez, el hombre que siempre parecía tener una estrategia preparada se quedó mirándola como si acabara de ofrecerle algo mucho más peligroso que un simple beso.—No tienes idea de lo que estás autorizando, señora Blackford —murmuró, con la voz más grave de lo habitual.Gala alzó la barbilla, decidida a no permitir que él fuera el único capaz de jugar con aquella tensión.—Entonces será mejor que me lo demuestres.Los ojos de Herodes descendieron hasta sus labios. Durante un instante, ninguno se movió. La distancia entre ellos era mínima, pero aquel silencio pareció prolongarse hasta volver insoportable la espera. Gala sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas y, aun así, sostuvo su mirada. No quería que él adivinara cuánto la afec
La residencia era amplia, elegante y acogedora. La madera oscura, las grandes ventanas y la luz cálida que iluminaba los pasillos creaban una atmósfera distinta de la solemnidad que Gala había asociado inicialmente con las propiedades de Herodes. Había libros en varias estanterías, fotografías discretamente colocadas y algunos objetos que sugerían que aquel lugar no era solamente una inversión ni una dirección más en su agenda empresarial.Era un hogar.Y mientras caminaba junto a él, Gala se descubrió imaginando cómo sería compartir más días allí. No una visita apresurada ni una escapada motivada por el agotamiento, sino mañanas tranquilas, desayunos sin llamadas urgentes y noches en las que pudieran conversar sin que una nueva crisis interrumpiera sus palabras.La idea la tomó por sorpresa. Apartó el pensamiento antes de que pudiera crecer demasiado, aunque no consiguió evitar que una sonrisa tenue apareciera en sus labios.Herodes la observó de reojo.—¿Qué estás pensando?—Nada im
Canadá los recibió con un aire fresco que parecía anunciar el comienzo de una vida distinta, aunque solo fuera durante unos días. Después de las horas de vuelo, Gala agradeció la sensación del viento sobre el rostro cuando descendió del avión privado y se detuvo un instante en lo alto de la escalerilla. El cielo comenzaba a teñirse con los colores del atardecer, y el paisaje que se extendía a su alrededor tenía esa serenidad que tanto había necesitado: árboles altos, caminos cuidados y una distancia considerable respecto al ruido que había dejado atrás en España.Herodes descendió detrás de ella, impecable como siempre, con el abrigo oscuro sobre los hombros y una mano extendida para ayudarla a bajar el último tramo. Gala aceptó el gesto, aunque no pudo evitar sonreír al notar que él mantenía los ojos puestos en ella incluso después de asegurarse de que había llegado al suelo sin dificultad.—¿Siempre vigilas a todo el mundo de esa manera? —preguntó, acomodándose el abrigo.—No.—Qué
Ella lo miró, indignada, pero la pregunta se le quedó atrapada en la garganta. Herodes no parecía dispuesto a rescatarla de aquella situación. Al contrario, tenía la expresión de alguien que había descubierto una nueva afición y no pensaba renunciar a ella demasiado pronto.—Estás aprovechándote de que estamos solos —consiguió decir.—No. Estoy aprovechando que mi esposa es una mujer extraordinariamente hermosa y que, por una vez, no tengo una reunión esperando al otro lado de una puerta.El rubor de Gala se intensificó. Herodes sintió una ternura inesperada ante aquella reacción. Le gustaba la mujer que discutía con él sin temor, la que defendía sus decisiones y no aceptaba que nadie la tratara como si necesitara permiso para vivir su propia vida. Pero aquella versión de Gala, que intentaba conservar su dignidad mientras el color de sus mejillas la delataba, despertaba en él un deseo diferente, más juguetón y sorprendentemente dulce.—Eres un descarado —susurró ella.—Solo contigo, s







