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La copa servida

Penulis: Iría Nixe
last update Tanggal publikasi: 2026-10-23 01:01:31

El alba sobre la fortaleza no trajo luz, solo una claridad lechosa sobre los jardines.

Dante no había dormido en la suite. Tras la reunión de emergencia, los blindados saliendo por el portón este y no habían cesado en toda la madrugada; el Carnicero cazaba en los muelles para cobrar el precio del espía de la isla.

Sola en el tocador, me vestí con un traje sencillo de lana gris y cuello alto, asegurando mi cabello con una horquilla de plata. Bajo la ropa, el relicario interior latía con pesadez
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  • La esposa maldita del Don   El robo del archivo carmesí

    El murmullo amortiguado de los besos entre Chiara y Lucas en el fondo del invernadero fue la señal que aguardaba.Me puse en pie sin rozar la porcelana de la mesa. Caminé descalza sobre la alfombra que cubría el corredor del ala este, esquivando las tablas vencidas. En mi cuello, el zafiro palpitaba con una frialdad constante, envolviéndome en una quietud casi espectral que amortiguaba el roce de mis pasos y burlaba los sensores de movimiento.Llegué ante la puerta doble del despacho de Aurelio De Santis.Estaba asegurada con una cerradura cilíndrica y un teclado numérico lateral. No necesité herramientas ni códigos, apoyé la palma sobre el pomo de latón envejecido y concentré un hilo de energía en el mecanismo interno. Los resortes de acero vibraron bajo una presión silenciosa; el pestillo cedió hacia adentro con un chasquido suave, abriendo la hoja apenas unos milímetros.Entré y cerré tras de mí sin encender la luz.La estancia olía a tabaco curado, nogal encerado y papel timbrado.

  • La esposa maldita del Don   La visita a la mansión rival

    El cielo sobre la costa amaneció cubierto de una bruma plomiza que borraba el horizonte del mar.El todoterreno blindado cruzó las verjas de hierro de la villa De Santis, una imponente construcción neoclásica rodeada de cipreses centenarios y jardines geométricos que destilaban la arrogancia del viejo dinero. Dante había intentado frenar mi marcha con la mirada perdida y la voz rota, pero una sola advertencia mía bastó para que sus hombres bajaran la cabeza y abrieran el paso, el Carnicero ya no gobernaba sobre mis pasos.Llegué con un abrigo largo de cachemira negra, guantes oscuros y el zafiro latiendo como un témpano bajo la garganta. El dolor por el destino de mi madre ya no era una herida abierta, era una armadura.En la escalinata, Aurelio De Santis aguardaba con traje gris perla y las manos a la espalda. A su lado, Julian exhibía una sonrisa estudiada, mientras Chiara descendía los peldaños a paso ligero con entusiasmo genuino.—Valeria —saludó Aurelio, rozando mis dedos enguan

  • La esposa maldita del Don   Vuelta a las cenizas

    El sueño no fue un descanso; fue una caída libre hacia el infierno del pasado.En la penumbra de mi mente, el olor a gasolina quemada y pino húmedo me llenó los pulmones. La lluvia golpeaba el parabrisas de un sedán que derrapaba en plena curva de montaña. Por el retrovisor vi las luces de tres todoterrenos negros acortando distancia; los proyectiles de nueve milímetros perforaban la chapa con chasquidos ensordecedores.Al volante, una mujer de cabello oscuro y ojos idénticos a los míos sangraba por una herida que tenía en el hombro. En cuanto el vehículo perdió el control y rodó por el terraplén quebrando ramas, estiró el brazo y me cubrió en su regazo con fuerza desesperada.El coche quedó volcado en el barranco, crujiendo bajo el peso del hierro retorcido mientras el fuego lamía el motor.Atrapada entre el asiento y el chasis, mi madre me empujó a través del hueco de la luneta rota hacia la maleza empapada. Con sus últimos estertores, mientras las llamas iluminaban sus lágrimas y e

  • La esposa maldita del Don   El juicio silencioso

    El fuego crepitaba en la chimenea de la suite principal, lanzando reflejos cobrizos sobre las molduras del techo y las alfombras oscuras. Afuera, el viento azotaba los acantilados de la fortaleza, pero dentro de la estancia el aire resultaba aún más gélido.Estaba sentada frente al tocador de caoba, retirándome los pendientes con movimientos medidos. En el espejo, mi reflejo devolvía una serenidad de mármol; ni un solo músculo delataba el tumulto que hervía bajo mi piel, ni el poder liberado horas antes frente a Ginevra Barone.La puerta de roble se abrió sin llamar.Dante entró despojándose de los guantes de cuero. Aún conservaba en la ropa el salitre de los muelles y la sequedad metálica de la pólvora. Venía con el semblante ensombrecido, con esa tensión animal que precedía a sus decisiones más sangrientas. Los informes de la Casa Bonnet ya habían llegado a sus oídos; los Barone habían recibido el mensaje sin un solo disparo, pero el despliegue de autoridad no lo tranquilizaba. Lo i

  • La esposa maldita del Don   Seda, veneno y sombras

    El salón privado de la Casa Bonnet, en la zona alta de la ciudad, respiraba un lujo silencioso y asfixiante. Las paredes enteladas en damasco perla amortiguaban el rumor de la calle, mientras maniquíes de terciopelo exhibían abrigos de piel, vestidos a medida y joyas dispuestas sobre bandejas de plata.Chiara caminaba a mi lado con la barbilla en alto y satisfacción evidente; se había asegurado de reservar la sala entera para nosotras y un selecto grupo de herederas de las dinastías comerciales del consejo. Para mi hermana era un acto de orgullo demostrar que la señora de los Moretti no era un mito recluido tras los muros del acantilado, sino una mujer de su propia estirpe.Yo vestía un conjunto sobrio de lana fina color carbón, cerrado hasta el cuello, con el zafiro latiendo como un pulso dormido bajo la tela.En la estancia aguardaban tres jóvenes sentadas en un diván. Dos nos recibieron con sonrisas calculadas y saludos corteses; la tercera ni se molestó en disimular el desdén que

  • La esposa maldita del Don   Secretos en la biblioteca y un nuevo círculo

    La luz de media mañana entraba tamizada por los altos ventanales del salón de té, proyectando rectángulos dorados sobre la mesa de caoba. Frente a mí, varios manuales de comercio marítimo y balances de aduanas permanecían abiertos. Sin embargo, mi atención no estaba fija en los números; en el ambiente flotaba una corriente invisible, densa y cargada de una electricidad ajena a cualquier amenaza armada.Lucas estaba sentado cerca de la chimenea, fingiendo limpiar los mecanismos de un reloj de bolsillo de plata. Se había asignado la custodia de la estancia con la excusa de no dejar sola a la cuñada convaleciente, pero su rigidez lo delataba. No apartaba la vista del metal pulido, aunque sus hombros se tensaban cada vez que el aroma a flores silvestres y cítricos de Chiara cruzaba la habitación.Chiara, en cambio, rebosaba una energía radiante y descarada.Repasaba un esquema de rutas logísticas con la punta de una estilográfica, luciendo un vestido verde esmeralda de corte impecable y u

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