تسجيل الدخولSiete años de matrimonio sin amor, siete años de silencio y aún así con esperanza. Un divorcio que él pensó que por fin le liberaría, pero ella le puso una condición: «Quédate conmigo y haz de marido obediente hasta nuestro aniversario de boda». Le dio treinta días para hacer de marido perfecto por última vez, sin decirle nunca por qué. Debería haber preguntado.
عرض المزيدLa persona al otro lado del teléfono era uno de los principales colaboradores de DC Holdings.
Era su empresa, lo que significaba que Cathy no podía permitirse sonar insegura, dudar o dejar que la más mínima fisura en su voz revelara la verdad, así que sonrió mientras hablaba, aunque nadie pudiera verla.
Y cuando la llamada por fin terminó, tiró el móvil al sofá y dejó escapar un largo suspiro de agotamiento.
Su marido, Damien Spencer, llevaba semanas sin aparecer por casa. Ya no contestaba a sus llamadas. Sus mensajes permanecían sin leer durante días o, lo que era peor, leídos y deliberadamente ignorados.
Había dejado de acompañarla a las entrevistas, de aparecer a su lado en actos públicos; había dejado incluso de fingir cuando las cámaras les observaban.
Por muchas mentiras que ella contara a los medios de comunicación o por mucho que pagara a los blogs para que ocultaran las noticias perjudiciales, su matrimonio seguía yendo de mal en peor.
En treinta y un días celebrarían su tercer aniversario de boda… y, sin embargo, nunca habían consumado su matrimonio.
Por enésima vez, Cathy se encontró caminando hacia la habitación de Damian.
Sus pasos se ralentizaron al llegar a la puerta; quería comprobar si por fin había vuelto a casa.
Había visto a la ama de llaves limpiando la habitación un rato antes, pero no se molestó en preguntar nada.
No tenía sentido: el personal nunca le diría la verdad.
Damien les había ordenado que no lo hicieran.
Aunque nunca lo habían dicho directamente, Cathy era una mujer inteligente. No necesitaba que nadie le explicara las cosas con detalle.
Empujó la puerta y el dulce y familiar aroma de su colonia inundó la habitación. Inhaló lentamente, aferrándose a ese rastro de él un segundo más de lo que debería.
Era patético… lo sabía, pero últimamente era lo más cerca que había estado de sentir que su marido estaba realmente allí.
Un expediente sobre la mesa le llamó la atención; se acercó y lo cogió. Damien nunca dejaba expedientes por ahí.
Extendió la mano hacia el expediente, lo cogió y sacó el documento; sus ojos se posaron en el título: «Acuerdo de divorcio».
Todo en el interior de Cathy pareció detenerse. Sus dedos se apretaron alrededor del papel blanco y crujiente.
¿Un acuerdo de divorcio?
Volvió a leer las palabras, segura de que las había leído mal… Pero no era así.
Sus piernas finalmente cedieron y se dejó caer en el sofá mientras la verdad se iba asentando lentamente.
Así que esto era… Probablemente por eso volvía a casa hoy. No para verla después de tanto tiempo, sino para deshacerse de ella de una vez por todas.
Le ardían los ojos mientras hojeaba las páginas y se fijaba en la fecha: 3 de julio… justo un día después de que muriera su abuelo, quien les había obligado a casarse.
Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el papel: debía de haber estado esperando… esperando el momento adecuado, esperando hasta que no quedara nada que lo atara a ella.
Cathy apretó los labios y apartó la mirada. Siempre había sabido que Damien no la quería. De alguna manera, saberlo y ver su firma en un acuerdo de divorcio eran dos cosas diferentes.
Le ardían los ojos. Esta vez, al parpadear, una lágrima resbaló silenciosamente por sus mejillas.
Su marido, Damien, nunca la había querido. Cathy lo había sabido desde el principio. Su matrimonio nunca había comenzado con flores ni besos robados.
Había comenzado con un ultimátum: casarse con Cathy —la becaria que había ayudado a salvar a su abuelo con una donación de médula ósea— o perder todas sus acciones en el imperio familiar.
La gente se enamora después del matrimonio todo el tiempo. Al menos eso era lo que Cathy se había convencido a sí misma hace tres años.
Había pensado que si era lo suficientemente paciente, lo suficientemente amable, si le daba tiempo suficiente, tal vez algún día Damien la miraría y vería algo más que un matrimonio al que se había visto obligado.
Tras releer el acuerdo de divorcio, Cathy se dio cuenta de que Damien ya lo había firmado. Solo faltaba su firma.
Con cuidado, volvió a colocar la carpeta exactamente donde la había encontrado. Una risa amarga se le escapó de los labios; presionó el pulgar contra el borde de la carpeta hasta que el cartón le mordió la piel.
Divorciarse de Damien complicaría las cosas, aunque sabía que su matrimonio llevaba años sin amor.
Sin embargo, en realidad eran excelentes compañeros de trabajo desde que Cathy se hizo cargo de la empresa familiar hacía tres años, cuando esta había tocado fondo.
Cathy había dedicado tres años a reconstruir la empresa de la que todo el mundo casi había perdido la esperanza. Había saldado deudas, salvado alianzas y devuelto el dinero a los bolsillos de la familia.
Y lo había hecho en su mayor parte fingiendo que su matrimonio era todo lo que no era.
Había creado una de las mayores presencias en redes sociales del sector, inundando las plataformas con vídeos y publicaciones cuidadosamente seleccionadas de un matrimonio idílico que nunca había existido.
La imagen pública de DC Holdings era la de la pareja perfecta. Había convertido sus vidas en un imperio meticulosamente promocionado que se había convertido en un nombre muy conocido y había ayudado a impulsar otros proyectos.
Minutos más tarde, Cathy salió de la habitación de Damien con la cabeza bien alta.
Se planteó firmar los papeles. Un divorcio en ese momento sería muy complicado. Activaría cláusulas de recuperación en los acuerdos con los inversores, provocaría la pérdida de alianzas clave que exigían estabilidad familiar y causaría un daño enorme a su reputación que podría hacer que se desplomara el valor de sus acciones.
Lo había dado todo y lo había construido ladrillo a ladrillo; no iba a dejarlo ir sin luchar.
Cathy se mantuvo erguida, agarrando con fuerza la tela de su costoso vestido hasta que se le pusieron pálidos los nudillos.
Su móvil emitió un sonido de notificación. Rápidamente lo cogió. Cada notificación cuenta cuando eres una sensación en las redes sociales.
En cuanto lo abrió, lo primero que vio fue un artículo con el nombre de Damien en el titular. Hizo clic rápidamente para leer el título completo: «Damien Spencer se reencuentra con su novia del instituto, Bianca, en la Semana de la Moda de París». Lo había publicado la noche anterior uno de los principales blogs de entretenimiento. El algoritmo era asombroso, ya que se lo había puesto justo delante de sus ojos. Cathy hizo clic en el vídeo; una música animada llenaba el fondo mientras Damien grababa a Bianca desfilando por la pasarela. Bianca le lanzaba besos. Damien sonreía. No era la sonrisa cortés que dirigía a los periodistas, ni la expresión tensa que lucía durante las reuniones de negocios. Esta era diferente: amplia, relajada y auténtica. Llevaba tres años casada con él y nunca había visto esa faceta suya.Damian abrió ligeramente los ojos y todo su cuerpo se tensó al sentir su tacto.Bianca palideció al instante y apretó los puños con fuerza mientras veía cómo Cathy besaba a Damian.A Cathy no le importaba. Apenas le dedicó una mirada. Dio un paso atrás y volvió a alisarle la corbata con las manos.«Ahora estás perfecto».Nadie en el pasillo podía apartar la mirada de ellos, especialmente Lena, que acababa de llegar al lugar del alboroto.No pudo evitar que una sonrisa pícara se dibujara en su rostro al ver a la pareja mostrándose tanto cariño.Acto seguido, se acercó a ellos y carraspeó, rompiendo el trance.—Lo siento, pero solo quería informaros de que es hora de la entrevista.Cathy asintió. «Diles que ya vamos. Solo necesito hablar un momento con mi marido».Cathy tiró del brazo de Damian.«¿Podemos ir a la oficina, cariño? Hay algo que tengo que enseñarte».Sin dudarlo, Damian la siguió, dejando a Bianca en el pasillo.En cuanto desaparecieron en su despacho, todos los que habían
.Cathy marcó el número de Damian por enésima vez. Sonó, pero él seguía sin contestar. Bajó el móvil y se quedó mirando la pantalla, con el pulgar suspendido sobre el nombre de él. Volvió a marcar, con la esperanza de que esta vez contestara, pero, en lugar de eso, saltó el buzón de voz.Sintió un nudo en el pecho. Empezó a dar vueltas por la oficina, pensando qué hacer. Tenía que ponerse en contacto con Damian. Eso era lo más importante. Pensó en volver corriendo a casa, pero miró la hora: faltaba menos de una hora para la entrevista.El trayecto en coche hasta casa duraba unos cuarenta minutos. No había tiempo para eso ahora, así que decidió volver a probar suerte con su teléfono.Mientras marcaba el número, esperaba que Damian al menos cooperara con las condiciones de la entrevista. Los rumores ya estaban en el aire; con un vídeo de Lena discutiendo con los productores circulando por Internet, la gente ya lo estaba destrozando.Esa atención podía jugar a su favor e incitar a la gen
Los hombres que habían estado apartados se acercaron a Cathy.—Buenos días, señora. Es un placer conocerla por fin —dijo uno de ellos con una sonrisa pícara.Cathy se volvió hacia él.—Buenos días, querido —lo saludó con una suave sonrisa—. Espero que no os esté costando mucho montar vuestro estudio.—No —respondió él. «Pero estamos teniendo problemas con su asistente por el hecho de que las preguntas no se hayan revelado».Cathy apretó los labios, fingiendo ignorancia. «¿Cuál es el problema?»«No mostramos las preguntas a los invitados. Es una entrevista de parejas, así que no queremos respuestas ensayadas. Queremos que todo resulte muy espontáneo y natural».Cathy frunció el ceño.¿Espontáneo? ¿Natural?Cathy llevaba suficiente tiempo en el mundo de los medios como para saber lo que significaban esas palabras.Sin límites. Sin preguntas cuidadosamente elegidas. Podrían preguntarles sobre la empresa, su matrimonio, cómo se conocieron… ¡Cualquier cosa!Su expresión cambió ligeramente,
Durante un instante, Damian no dijo nada. Se quedó mirándola fijamente, con el rostro cada vez más serio.Tenía que ser el mismo hombre que la había traído a casa el día anterior. Su antiguo compañero de colegio. Su novio secreto.Nadie podría convencerlo de lo contrario.Apretó la mandíbula. La idea de que otro hombre la llevara en coche le resultaba insoportable. Y lo peor era que Cathy parecía sentirse totalmente a gusto con ello. Nunca se había mostrado tan cómoda aceptando que otro hombre la llevara en coche.Normalmente iba sola o con él. Ahora aceptaba que otro hombre la llevara sin pensárselo dos veces.Algo había cambiado.—Será mejor que vengas conmigo. Es por la mañana. Ya sabes cómo son estos periodistas hambrientos que están por todas partes.—No pasa nada. No hace falta que te molestes por mí. —Cathy ya se estaba marchando—. Iré por el camino privado. Nos vemos luego para la entrevista.La puerta se cerró de un portazo tras ella. Damien apretó los puños.Ese solía ser su


















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