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CAPÍTULO 2.

Author: Jane_CA
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-17 14:42:27

Aquella noche, Cathy se retiró a su habitación. No esperó a Damien despierta, como solía hacer.

Durante tres años lo había esperado en la mesa del comedor —a veces durante una hora, a veces más— hasta que la comida se enfriaba y el cansancio finalmente la arrastraba al sueño.

Esta noche no se atrevía a sentarse allí y esperar a un hombre que ya había decidido que quería una vida sin ella.

Cuando Damien entró por fin en la casa, Leo, su mayordomo, le cogió el maletín y lo acompañó al interior. En cuanto Damien vio el sobre marrón, una sonrisa se dibujó en sus labios.

Lo cogió y sacó los papeles, echándoles un vistazo rápido de nuevo a pesar de que ya sabía lo que contenía cada página.

Se puso rápidamente el pijama y salió de la habitación, pero en cuanto bajó las escaleras se dio cuenta de que el comedor estaba vacío.

Cathy no estaba allí. Ni siquiera le habían puesto el cubierto en la mesa.

Damien se detuvo; su mirada se demoró en la silla vacía un segundo más de lo necesario.

Algo bastante inusual. Cathy siempre le esperaba a que volviera para que pudieran comer juntos.

Por alguna razón, aquella imagen le inquietó. Damien no podía explicar por qué le molestaba aquella silla vacía.

Apartando esos pensamientos de su mente, se sentó a la mesa. No había motivo para darle vueltas al asunto. Se comió la cena solo y decidió posponer la firma de los papeles hasta el día siguiente.

********

A la mañana siguiente, Cathy se despertó a las cinco de la mañana, con la mente rebosante de los mejores planes posibles sobre cómo llevar a cabo su divorcio de Damien.

Se incorporó lentamente, con los ojos ardientes tras otra noche de insomnio. En algún momento había llorado. Ni siquiera recordaba cuándo había dejado de hacerlo.

Pero había amanecido y los papeles del divorcio seguían siendo una realidad.

El dolor en el pecho tampoco había desaparecido. Si acaso, el silencio de la noche lo había hecho crecer aún más.

Se había pasado la mayor parte de la noche mirando al techo, pensando en Damien, en los papeles del divorcio, en todo lo que los había llevado hasta allí, y finalmente había llegado a una conclusión sobre qué hacer.

Horas más tarde, a las ocho en punto, bajó a desayunar.

Mientras bajaba las escaleras, su mirada se posó en la mesa del comedor. Damien ya estaba allí con sus dos hermanas: Chloe y Andi.

Tragó saliva y obligó a sus pies a llevarla hacia la mesa. En cuanto llegó a la mesa, sus ojos se fijaron en el sobre marrón que había delante de Damien.

Sus pasos vacilaron. Por supuesto que él no se había olvidado.

Unos minutos más tarde, terminaron de desayunar y la empleada doméstica se acercó en silencio para recoger los platos.

Damien, por fin, carraspeó.

—Cathy, hoy me voy a divorciar de ti, y me encantaría que firmases esto sin dramas ni súplicas.

El silencio se apoderó de la mesa.

Cathy se quedó paralizada en el extremo de la mesa. Sabía que esto iba a pasar; se había pasado toda la noche preparándose para ello.

Aun así, oírlo decir en voz alta le dolió más que leerlo en un papel.

Apretó con fuerza la taza de café entre los dedos.

Aquí no, se negó a darles a Damien o a sus hermanas la satisfacción de verla derrumbarse.

Dejó la taza sobre la mesa lentamente. «Sí, lo sé. Ayer vi los papeles».

Su tono se mantuvo tranquilo, aunque sujetar la taza con firmeza le exigió de repente más esfuerzo del que debería.

Damien siempre había estado seguro de una cosa: Cathy lo amaba. Había esperado lágrimas, quizá súplicas, como mínimo alguna señal de que aquello le estaba haciendo daño.

En cambio, ella se sentó frente a él con una expresión cuidadosamente inexpresiva.

«No pasa nada», dijo Catherine al fin. «No pienso interponerse en tu camino para divorciarte de mí. Ambos sabemos que este matrimonio siempre ha carecido de amor».

Damien permaneció en silencio. Era un hecho… No había necesidad de negarlo.

Pero se le escapó un atisbo de inquietud en la mirada mientras Catherine saboreaba el último sorbo de su café, actuando con total naturalidad, como si él no le hubiera dicho hace unos minutos lo más desgarrador que podía decirle.

Sacó los papeles y les echó un vistazo rápido. Luego se volvió hacia Damien.

—Los firmaré —dijo Cathy, y Damian entrecerró los ojos; ella se obligó a sostener su mirada—. Pero en nuestro aniversario.

—Y en los días previos, serás un marido obediente y cumplirás con todas tus obligaciones como el hombre con el que me casé, el hombre con el que intercambié votos matrimoniales ante el altar.

Un silencio denso se apoderó de la mesa del comedor.

Entonces, una risa desdeñosa se escapó de los labios de Damian. «Estás bromeando, ¿verdad?».

Sus ojos recorrieron el rostro de ella, tratando de determinar si seguía en sus cabales.

O tal vez sus hermanas habían tenido razón todo este tiempo y ella era esquizofrénica.

¿Quería que él fuera un marido obediente?

Esas palabras no tenían por qué salir de su boca.

«No te pido tu amor ni tu corazón, Damian». Las palabras salieron más en voz baja de lo que ella pretendía. Soltó una pequeña risa sin humor. «Quiero decir, ¿quién soy yo para pedirle eso a Damian Spencer?»

«Te pido que seas un marido cumplidor durante treinta días más por el bien de la empresa… hasta entonces. Un anuncio repentino de divorcio echará por tierra muchas cosas y podría arruinar todo por lo que hemos trabajado».

Le miró a los ojos, recorriendo con la mirada su rostro perfecto. «Nuestro aniversario es dentro de treinta días. Ese día firmaré los papeles y no tendrás que volver a verme nunca más».

Damian miró alrededor de la mesa y una risa incrédula se le escapó de los labios. «¿De verdad hablas en serio de lo que acabas de decir, Cathy?».

Cathy asintió levemente y no dijo nada.

«Mira, Cathy, puedo añadir más dinero a eso». Damian se enderezó en el asiento. «Puedo añadir más propiedades si crees que las que te he ofrecido no son suficientes».

«No tienes por qué escudarte en la excusa de salvar el negocio familiar». Damian soltó una risita. «Puedes pedir más dinero sin más, si eso es lo que quieres».

«No, Damian, no se trata del dinero», dijo ella con firmeza y sin vacilar.

Lo había pensado bien.

Como artífice del negocio, sabía exactamente lo que pasaría si se difundiera por Internet la noticia de que se iban a divorciar.

Damian la miró entrecerrando los ojos, negándose a creer que ella siguiera aferrándose a su amor por él incluso en esos últimos momentos.

¿Cómo podía ser tan terca?

Pero sabía que no podía obligarla a firmar.

—Treinta días, Cathy —dijo por fin—. Treinta días, y el día de nuestro aniversario me entregarás los papeles ya firmados y desaparecerás de mi vista.

Cathy exhaló lentamente. —Te doy mi palabra. Ese día, no tendrás que recordarme que firme los papeles.

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