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6 | El precio del silencio

ผู้เขียน: G.V.STELLARIS
last update วันที่เผยแพร่: 2026-01-04 05:36:07

La lluvia no golpeaba, mordía. Era una cortina gélida que se filtraba por el camisón de seda de Lauren, pegándolo a su piel como una segunda capa de arrepentimiento. Cada paso sobre el césped del jardín trasero de los Rosewood se sentía como un hundimiento en arenas movedizas. El olor a tierra mojada y a flores nocturnas aplastadas por la tormenta era sofocante, pero nada comparado con el peso del secreto que llevaba en los pulmones.

Había dejado la mansión en un silencio absoluto, evitando las tablas del suelo que crujían, sintiéndose como una ladrona en su propia vida. O en la de su hermana. A veces, la línea ya no existía.

Bajo la sombra de los sauces que flanqueaban la fuente de mármol, una silueta se recortaba contra la negrura. Malcom Burke. No llevaba paraguas. Dejó que el agua empapara su traje oscuro con una indiferencia que Lauren encontraba aterradora. Sus ojos, ocultos tras el velo de la lluvia, la recorrieron con una mezcla de desprecio y una curiosidad obscena.

—Llegas tarde, "Rebecca" —su voz era un susurro que cortaba el viento.

Lauren se detuvo a dos metros de él, tiritando. El frío le calaba los huesos, pero el terror era lo que realmente la hacía temblar.

—Di lo que quieras y acaba con esto —logró decir, con los dientes castañeando—. ¿Cuánto dinero necesitas? Sé que es eso. Todos quieren lo mismo.

Malcom soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría que se perdió en el trueno. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra el tronco rugoso de un sauce.

—Crees que soy tan burdo —dijo él, inclinándose. Lauren pudo oler el tabaco y el metal en su aliento—. El dinero va y viene. La información, en cambio... eso es el verdadero poder. Y yo quiero el poder sobre Alexander Rosewood.

Abrió la mano. Entre sus dedos largos y pálidos, brillaba un pequeño objeto cuadrado, no más grande que una uña: un microchip.

—No quiero tu plata —prosiguió Malcom, deslizando el chip por la mejilla empapada de Lauren. Ella se estremeció—. Quiero que instales esto en la computadora personal de tu "maridito". En su despacho. Hoy mismo.

—No puedo —susurró ella, cerrando los ojos—. Él me vigila. Sospecha de cada uno de mis movimientos.

—Entonces haz que deje de sospechar. Usa lo que tienes. Eres su esposa, ¿no? —Malcom le agarró la mano con brusquedad y presionó el chip contra su palma, cerrándole los dedos con fuerza—. Tienes hasta que salga el sol. Si mañana a las seis de la mañana ese chip no está enviando datos a mi servidor, Alexander recibirá un sobre. Un informe de ADN comparativo entre la Rebecca de hace tres años y la mujer que duerme hoy en su cama. ¿Qué crees que hará el bueno de Alexander cuando descubra que está compartiendo sábanas con un fantasma?

Lauren apretó el chip hasta que los bordes le cortaron la piel. Malcom sonrió, le dio una palmada condescendiente en la cara y se fundió con la oscuridad del jardín, dejándola sola bajo el diluvio.


El regreso a la mansión fue una agonía de paranoia. Cada sombra parecía tener ojos. Lauren subió las escaleras de servicio, con los pies descalzos y entumecidos. El pasillo que conducía al despacho de Alexander estaba en penumbra. Sabía que él estaba en su habitación, o al menos eso esperaba.

Entró en el despacho. El aire olía a cuero, a whisky caro y a ese perfume masculino, amaderado y seco, que Alexander siempre llevaba. Era un olor que empezaba a asociar con la seguridad y el peligro a partes iguales. Se acercó al escritorio de caoba, una mole oscura que presidía la estancia. El portátil de Alexander estaba allí, cerrado, como una bestia dormida.

Sus manos temblorosas buscaron el puerto USB. El chip era minúsculo. Solo un segundo. Solo un movimiento y la extorsión de Malcom se detendría.

Perdóname, Alexander, pensó, sintiendo que algo dentro de ella se quebraba. Es esto o la muerte para ambas.

Justo cuando iba a insertar el dispositivo, el clic de la puerta la hizo saltar. La luz del pasillo inundó la habitación, recortando la figura imponente de Alexander.

Lauren entró en pánico. El corazón le golpeó la garganta. No había lugar donde esconder el chip. Sus manos estaban sobre el teclado. En un acto reflejo, desesperado y estúpido, se llevó el chip a la boca y lo ocultó bajo la lengua, cerrando los labios de golpe.

Alexander entró lentamente. No llevaba camisa, solo unos pantalones de pijama oscuros. Sus músculos se tensaban bajo la luz tenue, pero su rostro no mostraba la ira que ella esperaba. Se detuvo a pocos pasos, observándola.

Ella estaba allí, de pie en la oscuridad, empapada, con el camisón traslúcido pegado al cuerpo, temblando violentamente y con la boca cerrada con una rigidez antinatural.

—¿Rebecca? —su voz era baja, cargada de una extraña confusión—. ¿Qué estás haciendo aquí? Estás... estás bañada en agua.

Lauren no podía hablar. Si abría la boca, el chip caería. Se limitó a abrazarse a sí misma, sollozando sin emitir sonido, dejando que las lágrimas se mezclaran con las gotas de lluvia que resbalaban por su cara.

Alexander suspiró, un sonido que pareció arrancar un trozo de su armadura. Se acercó a ella, no con la agresividad de los días anteriores, sino con una vacilación que dolía ver.

—Estás teniendo otra crisis —murmuró él, más para sí mismo que para ella—. Dios, estás helada.

Él extendió los brazos y, por primera vez, Lauren no sintió el agarre de un captor. Alexander la rodeó, atrayéndola contra su pecho desnudo y cálido. El contraste del frío de su piel contra el calor de él fue un choque eléctrico. Lauren escondió la cara en su cuello, luchando por no tragarse el trozo de plástico y metal que representaba su traición.

Él la estrechó con una ternura insoportable. Le acarició el pelo mojado, apartando los mechones de su frente.

—Lo siento —susurró Alexander contra su oído—. Siento haber sido tan duro. Pero ver ese perfume, oírte hablar... a veces olvido que estás rota. Que ambos lo estamos.

Lauren cerró los ojos con fuerza. Quería gritarle que no era Rebecca. Que la mujer a la que abrazaba era Lauren, la impostora, la que tenía un microchip oculto en la boca para espiarlo. La culpa era un ácido que le quemaba el estómago.

Alexander se separó apenas unos centímetros, sujetándole la cara con ambas manos. Sus pulgares acariciaron sus mejillas.

—¿Sabes por qué me puse así cuando dijiste ese nombre? —preguntó él. Lauren negó con la cabeza, manteniendo los labios sellados—. Esa noche... soñé con una mujer llamada Lauren. No era una extraña. Era el nombre que yo había elegido.

Hizo una pausa, y Lauren vio por primera vez el abismo en sus ojos.

—Cuando quedaste embarazada hace tres años... antes de que te fueras, antes de que lo perdiéramos... yo le hablaba a tu vientre. Te dije que, si era niña, se llamaría Lauren. Significaba "laureada", "victoriosa". Quería que fuera diferente a nosotros. Quería que tuviera una vida limpia.

Lauren sintió que el suelo desaparecía. Rebecca nunca le había dicho que había estado embarazada. Nunca le había dicho que Alexander había esperado un hijo.

—Creí que habías despreciado ese embarazo —continuó él, y su voz se quebró ligeramente—. Creí que te habías ido para deshacerte de él, para borrar el último vínculo que nos quedaba. Mi odio... nunca fue por el dinero que te llevaste, ni por los secretos. Fue por Lauren. Por la hija que nunca pude conocer porque tú decidiste que no valía la pena.

Alexander la miró con una vulnerabilidad que la desarmó por completo. Ella no sabía nada. Había estado odiando a un hombre que solo estaba de luto. Y él estaba perdonando a una mujer que no existía.

—Pero estos días... —él acarició sus labios con el pulgar—. No hueles a ella. No me miras como ella. Siento que, de alguna manera, el dolor te ha devuelto algo de lo que siempre busqué.

Lauren sintió el chip bajo su lengua, frío y afilado. Era el recordatorio físico de que ella era el arma que terminaría de destruirlo.

Alexander se inclinó. Sus ojos se fijaron en los de ella con una intensidad que quemaba.

—Bésame, Rebecca —le pidió en un susurro—. Bésame y dime que esta vez no vas a matarme por dentro.

Lauren no pudo evitarlo. La contradicción interna la estaba desgarrando. Quería huir y, al mismo tiempo, quería fundirse en él hasta desaparecer. Alexander acortó la distancia y la besó. Fue un beso amargo, cargado de una suavidad dolorosa, de años de resentimiento mezclados con un hambre desesperada.

Ella tuvo que mover el chip hacia un lado de su mejilla para no ahogarse, permitiendo que el beso se profundizara. Alexander la estrechó más, como si intentara meterla dentro de su propio pecho para protegerla del mundo.

En ese instante de entrega absoluta, un sonido metálico y rítmico rompió el silencio del despacho.

Bzzzz. Bzzzz. Bzzzz.

El teléfono de Alexander, que estaba sobre el escritorio, justo al lado de donde Lauren debía insertar el chip, empezó a vibrar. La pantalla se iluminó, cortando la penumbra.

Alexander se separó lentamente, confundido por la interrupción a esa hora de la madrugada. Alargó la mano y giró el dispositivo.

En la pantalla, el nombre de Malcom Burke parpadeaba.

Alexander frunció el ceño, mirando el teléfono y luego a Lauren, que todavía tenía el chip oculto en la boca, el sabor a metal inundándole el sentido y el corazón deteniéndose en su pecho.

—¿Por qué me llamaría mi jefe de seguridad desde el jardín a las tres de la mañana? —preguntó Alexander, con la voz volviéndose gélida de nuevo.

Lauren no pudo responder. El teléfono siguió vibrando, un eco de muerte en el silencio de la habitación.

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