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112 Reflexionando

last update publish date: 2022-06-14 11:00:34

Ignacio llegó al auto, iba algo alterado, subió al asiento del copiloto y se abrochó el cinturón de seguridad. La luz de adentro estaba encendida porque Mari Ángel quería ver su elefante. 

Cassandra notó la cara de consternación que Ignacio traía; volteó hacia él, lentamente estiró el brazo y tocó su muslo, para ayudarlo a sentirse mejor le dijo:

—Acabas de lograr por lo menos el setenta por ciento de todo el plan. —Ignacio tenía la mirada hacia la nada y no respondió a su comentario. Varios segundos después le dijo:

—Vámonos de aquí. 

Volteó a mirar a Mari Ángel, Cassandra también y sonrió.

 Mari Ángel le dijo:

—¿Dónde está mi mamá?

—Después podrás verla, ahora vamos a casa —La niña chilló:

—¡Quiero ir con mi mamá! —Ignacio estaba alterado y le habló con dureza:

—Ya te dije que después.

Mari Ángel se puso a llorar, él reflexionó.

—Perdón, ven para acá mi amor. —Extendió sus brazos y la cargó, suspiró en silencio y puso una falsa sonrisa.

—¿Te gustaría comer helado de fresa? —Mari Ángel con sus ojos cargados de lágrimas de dijo:

—Si.

—Vamos a comprar, tu mamá me dijo que después vendrá con nosotros.

Mari ángel se recostó en su pecho.

Compraron helado, después fueron al apartamento de Cassandra y se lo comieron entre los tres. Ignacio y Cassandra fingieron estar muy contentos y jugaron un rato con la niña.

Después Mari Ángel se durmió, Ignacio la cargó y la llevó a la habitación de huéspedes. Allí se quedó algunos minutos, se sentó a un lado de la cama y observó a la pequeña, su carita tierna, sus manitas frágiles, llena de mucha inocencia.

Dijo en sus adentros:

"Ya recuperé a mi hija; si Amelia estuviera despierta este momento sería maravilloso, yo estaría realmente feliz." 

Le dio un beso en la frente, luego salió a la sala. Cassandra lo estaba esperando en la barra de la cocina con dos copas de vino; la mujer sonrió al verlo y le ofreció una de las copas.

—Toma, hay que brindar. —Ignacio la miró con cierto aire de reproche.

—No veo razón alguna para brindar.

—Si la hay, rescataste a tu hija de las garras de tu mujer, y tienes a Silvia en tus manos, ahora podrás matarla cuando quieras como se mata a un pollo.

Le acercó la copa, Ignacio no la recibió, Cassandra dejó de sonreír y dejó la copa sobre la barra.

—Perdón por hablarte así, ya sabes quién soy, y que veo la vida de otra manera —Bebió un trago—. Hemos convergido, pero nuestros mundos son muy distintos. Digamos que soy igual a Silvia, las dos somos caimanes de un mismo pozo, con la diferencia de que jamás te he engañado, nunca pude fingir ser otra cuando fuimos novios en la universidad. Solo que eras demasiado inocente para comprender que provengo de una familia de mafiosos y eso no lo puedo cambiar.

Ignacio agarró la copa y bebió todo su contenido; luego la dejó sobre la barra y consternado le dijo:

—¿Cómo matas a la madre de tu hija? Esta noche descubrí que no puedo hacerlo, creí que con todo el rencor que le tengo sería suficiente para jalar del gatillo y disparar directo al corazón. De verdad estuve a punto de hacerlo, le apunté, pero luego le disparé en el hombro, dejé que mi odio hacia ella tomara el control para no dejarla viva; pero fue inútil, me pasó por la mente que sigue siendo mi esposa, la madre de mi hija… simplemente no pude matarla.

Cassandra levantó la mano y tocó su mejilla, esta vez Ignacio no la esquivó. Ella puso una cándida sonrisa y mirándolo a los ojos  le dijo:

—Ese sentimiento de respeto por la vida ajena es lo que nos hace falta a toda esta nación… ¿te imaginas si todos los cárteles de México decidieran dejar las armas y apostar por la vida y la paz?

Hubo silencio, luego ella agregó:

—No tienes que cruzar la línea por una venganza, ya recuperaste a tu hija, tu hermano se está recuperado, y tu empresa ha sido liberada de esos contratos turbios que hizo Alejandro. De ahora en adelante puedes reconstruir tu vida, buscarte una buena mujer, casarte de nuevo y ser feliz. Podemos entregar a Silvia a la policía, ella tiene muchos crímenes en su contra y sus diarios son pruebas que tienes en tus manos.

Ignacio la miró con mucha tristeza.

—¿Y qué de Amelia con lo que le hicieron?

—Bueno, es una víctima de Silvia y de Ernesto; es lamentable, pero debes continuar con tu vida e intentar ser feliz.

Ignacio se apartó de ella y se fue a la sala.

—Dudo que algún día logre ser feliz sabiendo que ella está como muerta en vida… no podré.

Cassandra lo siguió a la sala.

—¿Estás enamorado de esa muchacha?

—Si, me enamoré de ella, desde la primera vez que la tuve cerca, desde un principio noté algo distinto en ella. Amelia tenía algo en su rostro y en su mirada que yo no podía pasar por alto… me volví loco de amor, odiaba a Silvia y a la vez la amaba sin entender por qué. 

—¿No será que sigues amando a Silvia? A lo mejor deseas que Amelia suplante a tu esposa porque es igual a ella pero sin sus pecados.

—No, lo que siento por Amelia es muy distinto a lo que alguna vez sentí por Silvia; ella me tenía fascinado, Silvia fue como una droga que me producía diversión y tranquilidad; es experta en hacer sentir bien a un hombre; pero en el fondo es un ser frívolo, infiel, traicionera, peligrosa, y sin sentimientos; solo una persona sin sentimientos manda a matar a una inocente mujer embarazada.

—¿Qué piensas hacer ahora? ¿La entregarás a la policía?

—No quiero entregarla, si lo hago todos sabrán acerca de Amelia… su familia vendrá a llevársela, y al niño también. Todos creen que es mi hijo, hasta yo mismo siento que soy su padre; quiero protegerlo, darle todo en la vida —Se rió con sarcasmo—. Si vieras a Mario su verdadero padre, es un ranchero ordinario, ¿qué le puede ofrecer a él o a su madre? si se lo lleva seguramente lo pondrá a arriar el ganado de su finca. —Ella sonrió.

—Eres un clasista igual que Alejandro.

—Detesto a ese tipo, no se merecía a Amelia, la traicionó con su hermanastra días antes de la boda. Irónicamente Amelia y yo encontramos a nuestras parejas en la cama con otra persona haciendo el amor, ambos sufrimos la misma decepción.

—El destino unió a un par que sufría por amor.

—Ahora me siento unido a ella, aunque no esté despierta.

—¿Qué vas a hacer entonces?

—Por ahora mantendré encerrada a Silvia; una mujer peligrosa como ella no debe permanecer en la calle. Si Amelia despierta o muere, la enviaré a la cárcel.

—Y si no despierta nunca.

—No lo sé, no pienso dejar que Mario aparte a Amelia de mi lado, cuidaré de ella si es necesario toda mi vida, y a su hijo. Silvia puede vivir encerrada por siempre.

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