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La heredera que jamás regresará
La heredera que jamás regresará
Autor: Anna Smith

Capítulo 1

Autor: Anna Smith
Callum no me siguió cuando salí de nuestra casa.

A mis espaldas, sus amigos seguían riéndose.

—Joder, Callum, nunca decepcionas. Cada año consigues superarte.

—Vamos, Lucía, no te rindas tan pronto.

Callum soltó una risita antes de responder con absoluta seguridad:

—Déjenla en paz. Solo está haciendo su numerito de siempre. En tres días estará de vuelta, ya verán.

Esa misma noche, reabrió las apuestas en el chat grupal soltando treinta mil dólares sobre la mesa, convencido de que yo no aguantaría ni setenta y dos horas fuera de casa.

Y para obligarme a dar el brazo a torcer, registró la huella de Sienna en el sistema de seguridad y le entregó la llave de repuesto reservada para la señora de la casa.

Con mis pantuflas puestas, Sienna publicó una foto de la llave junto al desayuno que Callum le había preparado:

«Probando la vida de casada. Día uno.»

El chat grupal se volvió loco de inmediato.

«¿A que hoy sí duermes en la suite principal?»

«Hombre, déjala manejar el auto deportivo.»

Callum no puso objeción. Solo se limitó a escribir:

«Las llaves están en el segundo cajón de la entrada.»

Vi la publicación mientras terminaba de acomodar mis cosas en el viejo apartamento que me había dejado mi madre. Llevaba años abandonado; el polvo cubría el alféizar de la ventana y el óxido había empezado a extenderse alrededor del grifo de la cocina.

Aun así, allí nadie pisoteaba mi dignidad ni me trataba como si fuera el premio de consolación en una fiesta de ricos.

Aún recuerdo el primer año de este maldito circo. Sin una pizca de vergüenza, Sienna se atrevió a robarse uno de mis vestidos de alta costura hechos a medida. Obviamente no me quedé callada y puse fin al juego delante de todos.

Callum salió corriendo detrás de mí. Me rodeó con los brazos y se pasó una hora entera justificándose con toda clase de tonterías. Que si solo era un juego, que si solo quería comprobar si era capaz de ponerme celosa por él...

Luego me besó en la frente y prometió:

—Esta será la primera y última vez.

Pero aquella supuesta «primera y última vez» terminó convirtiéndose en una tradición. Y ahora Sienna se paseaba por mi vestidor, probándose un vestido tras otro como si todo mi guardarropa le perteneciera.

Incluso sacó mis relojes y joyas, inició una transmisión en vivo y les pidió a sus amigos que votaran cuál conjunto la hacía lucir como la auténtica señora Ashford.

Se colgó un par de pendientes de diamantes y miró a la cámara con una sonrisa cínica:

—¿Qué tal me quedan estos?

Callum estaba sentado en el sillón de al lado. Levantó la vista un segundo y soltó con total tranquilidad:

—Los plateados te sientan mejor.

Las risas estallaron en la transmisión.

Entonces, alguien preguntó por qué yo no había aparecido.

Sienna se apoyó en el respaldo del sofá y esbozó una sonrisa resignada.

—Lucía debe de seguir por ahí, haciendo su berrinche. Por Dios, ¿qué clase de persona abandona la casa por un tonto reto de aniversario? Yo solo acepté seguirle el juego a Callum. Jamás imaginé que armaría semejante drama.

Callum no tardó en salir en su defensa.

—Déjenla. Ya les dije que volverá sola en un par de días.

Poco después llegaron sus mensajes.

«¿Estás en el departamento? Avísame si llegaste bien.»

«No sé qué te sorprende, es exactamente lo mismo que hemos hecho todos estos años. No armes un escándalo por esto ni pongas en duda nuestro matrimonio por una tontería. Deja de ser tan dramática.»

«Como sea, si quieres tus cosas, ya le pedí al personal que las empacara para enviártelas.»

No respondí.

La tarde siguiente, regresé a la mansión y descubrí que la cerradura ya no reconocía mi huella.

Fue Sienna quien terminó abriéndome la puerta.

Llevaba mi reloj en la muñeca y mis pantuflas en los pies. Ya se habían tomado la molestia de cambiar las sábanas de la suite principal por las de tono azul claro que a ella le gustaban, y mis artículos de aseo personal habían terminado tirados sin ningún miramiento dentro de una caja de cartón.

Incluso tuvieron el descaro de descolgar nuestro retrato de bodas y arrinconarlo contra la pared, de modo que una pila de cajas ocultaba la mitad de mi rostro y la de Callum.

Él estaba de pie en la sala. En cuanto me vio cruzar el umbral, una expresión de alivio iluminó su rostro.

—Volviste.

Empujó la caja hacia mí y esbozó una pequeña sonrisa.

—Sabía que no ibas a dejar que un juego estúpido pusiera en duda nuestro matrimonio. Ya sabes cómo funciona esto. Cuando termine la semana, todo volverá a ser como antes.

Sienna se apoyó en el marco de la puerta del dormitorio.

—¿Quieres que me mude al cuarto de invitados?

Lo preguntó, pero ni siquiera hizo el intento de moverse.

Callum me observó en silencio, esperando mi reacción, pero yo solo me agaché, tomé la caja entre mis manos y solté:

—¿Esto es todo?

La sonrisa se le borró al instante.

—¿Volviste solo por tus cosas?

—Sí.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos. Por un instante, pareció inquieto, pero enseguida recuperó esa expresión confiada de siempre.

—Bueno, tómate tu tiempo para calmarte. Pero terminando la semana agendamos para hablar en serio.

Ignoré sus palabras y cargué la caja. Después, salí de allí sin mirar atrás. Esta vez no iba a detenerme.

Qué iluso.

Para cuando terminara la semana, ya no tendría que volver a soportar jamás el maldito apellido Ashford.

rtunidad de vivir».
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