MasukCuatro días después, Camila se encerró en su habitación cuando Isabela le recordó que el abogado las esperaba para ir a la estación de policía.—No voy a ir.Su madre sostuvo la puerta antes de que pudiera cerrársela en la cara.—Ya quedamos con él.—¡Te dije que no voy!Camila seguía en pijama. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y el teléfono en la mano, lleno de llamadas que no quería contestar.—No pueden obligarme a presentarme solo porque mi auto aparece en una grabación.—Si que pueden hacerlo, por eso contratamos a un abogado.—Pues que vaya él. Para eso le pagas.Isabela entró y cerró la puerta.—Escúchame bien. No vas a seguir escondiéndote aquí esperando que se olviden de ti.—¿Y tú qué quieres? ¿Que vaya y me entregue? ¿Que les haga el trabajo más fácil?—Quiero que dejes de comportarte como una estúpida.Camila arrojó el teléfono sobre la cama.—Todo esto es por culpa de esa maldita mujer.—No. Esto es porque tú no pudiste mantener el control.La respuesta la de
Juliana miró el nombre en la pantalla y contestó sin pensarlo.—¿Qué quiere?—Necesito hablar contigo sobre lo de ayer.Juliana apoyó la espalda contra el respaldo.—¿Sobre lo que hizo su hija?Isabela tardó apenas un segundo en responder.—Camila está muy afectada.—¡Ay! Pobrecita, debe sentirse muy mal por casi haberme matado —la frase salió de su boca sin poder evitarlo.Juliana apretó el teléfono. Había esperado sentirse aliviada al confirmar su sospecha, pero escuchar a Isabela hablar de su hija con ese descaro, como si la única que importara fuese ella, le produjo una rabia tan intensa que tuvo que se vio obligada contener, antes de comenzar a decir improperios.—Aunque no lo crea, de verdad, ella se siente muy mal. Fue un arrebato. —¿Un arrebato? Tú estas tomándome el pelo, ¿verdad?—No, Juliana, mi llamdada es muy seria.—Su hija casi me mata, a mí y a un amigo mío, porque, ¿según quién... usted o ella, tuvo un arrebato?—Entiendo tu molestia —dijo Isabela.—No, señora Echeve
Juliana dejó el teléfono sobre sus piernas. Sebastián permanecía junto al sofá, pendiente de ella.—Matthew va a denunciar —dijo.—Lo escuché.Ella se frotó la frente. Le molestaba cómo terminó la conversación, aunque comprendía que su amigo también estaba alterado. Recordó el golpe que se dio en la rodilla al apartarla y lo cerca que ambos estuvieron del automóvil.—Tiene razón. No puedo pedirle que se quede callado por mí.Sebastián se sentó a su lado.—¿Le dijiste que sospechas de Camila?—Le dije que creo saber quién fue, pero no mencioné su nombre.Juliana tomó nuevamente el teléfono y le escribió. Le explicó que recordaba un Porsche blanco muy parecido al de Camila, aunque no alcanzó a distinguir a quien conducía. Era una sospecha y así quería dejarlo claro.La respuesta llegó unos minutos después.«Ya hice la denuncia. Cuando presente mi declaración les diré lo que recuerdas. La grabación puede aclararlo».Juliana dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó junto a Sebastián cu
—No quiero ir a la cárcel, mamá. Tienes que ayudarme.Camila caminaba de un extremo a otro de la sala. Cada vez que escuchaba un automóvil acercarse a la casa, se asomaba por la ventana.—Deja de hacer eso. No vas a conseguir nada poniéndote así.—¿Y cómo quieres que me ponga? Juliana conoce mi auto. Tú misma lo dijiste. ¿Y si me reconoció? ¿Y si ya fue a la policía?—Baja la voz. No estamos solas.Camila se volvió hacia ella, furiosa.—¡Me da igual que me escuchen! Estamos hablando de que puedo terminar presa. Primero el tío Héctor y ahora yo. Todo se va a ir a la mierda.Isabela la sujetó por los brazos.—Deja de gritar y escúchame. Tenemos que pensar qué hacer.—Pues piensa, mamá. Porque yo no puedo. Cada vez que cierro los ojos veo a esa mujer delante de mi carro.Su madre la soltó. Todavía le costaba mirar a su hija sin recordar lo que acababa de confesarle. Estaba furiosa con ella, pero verla tan asustada también la desesperaba.—Te dije que te mantuvieras lejos de Juliana. No t
Sebastián se apartó para mirarla otra vez. Sonrió y después se rio suavemente, todavía sorprendido.—No puedo creerlo.Juliana le acarició la mano que seguía apoyada sobre su vientre.—Yo llevo desde ayer intentando creerlo.—¿Amanda lo sabe?—No. Nadie sabe, aparte de los médicos y ahora tú.Sebastián asintió. La imaginó esperando a que la atendieran, preocupada por el bebé y sin poder explicarle a su amigo lo que sentía.—Gracias a que Matthew estaba contigo, no…Sebastián no terminó la frase.Y entonces, Juliana volvió a recordar el brazo de Matthew sujetándola y el sonido del motor.El automóvil apareció de nuevo en su memoria, demasiado cerca. Vio por un instante su parte delantera, el movimiento al desviarse y luego la parte trasera mientras se alejaba. Era de color blanco. De eso sí estaba segura.Frunció el ceño.—¿Qué pasa? —preguntó Sebastián.Ella retiró la mano de su vientre.—Estaba recordando lo de esta mañana.Sebastián se acomodó junto a ella.Juliana ya no estaba pens
Isabela soltó los brazos de su hija y retrocedió un paso.—¿Qué hiciste, Camila?Ella se secó las mejillas con las manos.—La vi cruzando la calle. Estaba con un hombre y… aceleré.Su madre la miró sin comprender durante unos segundos.—¿Le echaste el automóvil encima?Camila empezó a llorar.—Quería asustarla. Después intenté apartarme, pero iba demasiado rápido. El hombre la quitó del medio.—¿La golpeaste?—No. Creo que no.—¿Cómo que crees que no?—¡No me detuve, mamá! Me asusté y seguí conduciendo.Isabela miró hacia el pasillo y la llevó hasta la habitación que compartían. Cerró la puerta antes de volverse hacia ella.—Siéntate.Camila obedeció, todavía temblando. Su madre permaneció de pie.—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Podrías haberla matado.—Ya lo sé.—No, no creo que lo sepas. Tu tío está preso por lo que le hizo a su hermana y tú decides intentar atropellarla.Camila levantó el rostro.—No salí de aquí pensando en hacer eso. Simplemente la vi y perdí el control.







