MasukSebastián Echeverría fue el primer hombre que hizo sentir hermosa a Juliana Ríos… y también el que la destruyó. Ocho años después, Juliana continúa cargando con las cicatrices de aquella humillación. Sigue siendo la joven con sobrepeso que la poderosa familia Echeverría considera indigna. Por su lado, Sebastián hereda un imperio multimillonario, pero el testamento de su abuelo revela una condición inesperada: para recibir la fortuna, deberá casarse con Juliana. Si se niega, podría perderlo todo. Obligados a compartir un matrimonio que ninguno eligió, deberán convivir bajo el mismo techo mientras enfrentan viejas heridas, secretos familiares y una atracción que se vuelve cada vez más difícil de ignorar. Sebastián cree que bastará con cumplir las cláusulas del testamento. Juliana sabe que ninguna herencia puede comprar su perdón. Él la humilló por una apuesta. La herencia la convirtió en su esposa. Pero el verdadero desafío no será casarse con ella, sino lograr que algún día lo perdone.
Lihat lebih banyakOcho años atrás...
Las carcajadas retumbaban en sus oídos, como cuchillos atravesando sus tímpanos. No eran simples risas. Eran la prueba de que todo lo que había vivido durante las últimas semanas no había significado nada.
Los besos, las palabras, las promesas susurradas cuando estaban solos, la forma en que él la miraba y le hacía sentir, por primera vez en su vida, que alguien podía verla más allá de su cuerpo...
Todo había sido una mentira.
Juliana permanecía de rodillas sobre la grama, con las manos temblando y las lágrimas cayendo sin control por sus mejillas.
El atardecer de Miami era hermoso. Demasiado bello para un momento como aquel. El cielo estaba pintado de tonos rosados, naranjas y violetas. El sol descendía lentamente detrás de la enorme Villa Echeverría, bañando todo a su alrededor con una luz cálida y perfecta.
El mundo seguía siendo hermoso.
La vida seguía avanzando.
Los pájaros seguían cantando.
El viento seguía moviendo las hojas de los árboles.
Y, aun así, para Juliana, todo parecía haberse detenido.
Porque acababa de descubrir que el amor que había creído encontrar nunca había existido.
—¿De verdad creíste que mi primo podía enamorarse de ti? —preguntó Cristóbal entre risas, mirándola como si fuera la cosa más absurda que había visto en su vida.
Juliana cerró los ojos con fuerza.
Pero no pudo escapar.
Las palabras ya estaban dentro de ella.
—Vamos, Juliana —añadió Tomás, riendo mientras negaba con la cabeza—. ¿Acaso no te has visto en un espejo?
Otra carcajada. Más fuerte. Más cruel.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
Manos que habían temblado cuando Sebastián las tomó por primera vez, que habían creído cada caricia, que todavía recordaban la forma en que él la había abrazado apenas dos noches atrás, cuando ella le entregó algo que había esperado guardar para alguien que realmente la amara.
Su primera vez.
Su corazón.
Su confianza.
Todo.
Y ahora estaba allí, arrodillada frente a ellos, escuchando cómo convertían sus sentimientos en un chiste.
¿Cómo había podido ser tan estúpida?
¿Cómo había creído que Sebastián podía enamorarse de ella?
Él era Sebastián Echeverría.
Y ella...
Ella siempre había sido la chica diferente, la gorda... la que aprendió demasiado pronto a esconder su cuerpo bajo ropa holgada, la que escuchó demasiadas veces comentarios sobre su peso, la que conocía esa mirada de lástima o burla cuando alguien pensaba que ella no estaba escuchando, la que durante años se preguntó si alguien algún día sería capaz de mirarla y elegirla.
Las lágrimas nublaron su vista cuando levantó lentamente la cabeza.
Y entonces lo vio.
Sebastián estaba allí de pie, en silencio, mientras sus primos seguían riéndose de ella, mientras terminaban de destruir lo poco que quedaba de su dignidad.
Sus ojos se encontraron y durante un instante, Juliana volvió a ser aquella chica ingenua que todavía esperaba que él la salvara.
—Sebastián... —su voz salió rota. Él no respondió—. Por favor... —las lágrimas siguieron cayendo—. Dime que están mintiendo, dime que no fue una apuesta
Durante unos segundos, ella esperó.
Esperó al hombre que creía conocer, pero quien estaba frente a ella era alguien completamente distinto.
Sebastián desvió la mirada hacia sus primos y luego volvió a verla.
Su expresión no cambió.
—Ya levántate y vete, Juliana.
Ella sintió que algo dentro de ella terminaba de quebrarse.
—¿Qué?
Él respiró con cansancio, como si aquella conversación fuera una molestia.
—Es verdad —dijo él—. Lo que Cristóbal y Tómas dicen, es cierto—una pausa—. Tú solo fuiste una apuesta que gané fácilmente.
El mundo dejó de tener sonido.
Juliana dejó de escuchar las risas.
Dejó de sentir el viento.
Dejó de ver los colores del atardecer.
Porque en ese momento entendió algo:
El hombre que ella amaba nunca había existido.
En la actualidad...
Todos esperaban lo mismo: dinero, propiedades, parte de la empresa... Pero el abogado cerró la carpeta sobre la mesa con calma.
—Para dar inicio a la lectura del testamento del señor Santiago Echeverría —dijo—, debo pedir que todos se retiren, a exepcion de Sebastián.
El murmullo comenzó de inmediato.
—¿Qué? —la voz del padre de Sebastián cortó el aire—. ¿Y nosotros qué? Somos sus hijos, su familia...
El abogado no se inmutó. Solo repitió la petición, esta vez con más firmeza:
—Si no salen, no habra lectura. Así de simple.
El silencio se hizo más pesado.
Sebastián finalmente habló.
—Salgan.
Todos se giraron a verlo, consternados. Nadie quería obedecer. Pero al final comenzaron a levantarse y a salir uno tras otros, mientras murmuraban protestas y lanzaban miradas de resentimiento hacia el abogado y Sebastián.
El último en salir cerró la puerta con fuerza y el sonido resonó en toda la habitación.
Sebastián se sentó lentamente frente al escritorio.
—Empiece —dijo.
El abogado abrió su malentín y sacó un sobre sellado.
—Esto es para usted —dijo.
Sebastián frunció el ceño y tomó el sobre. Al detallarlo mejor, vio la letra de su abuelo: Para Sebas. No pudo evitar el vuelco en su corazón y que los ojos se le empañaran, pues así solo le decía él, su abuelo.
Sebastián rompió el sello y rápidamente saco el papel, lo desdobló y leyó:
“Sebastián, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy y te debes estar preguntando por qué te elegí solo a ti. Estoy seguro que el resto de la familia está furiosa en este momento. Me alegra. Pues pasé mis últimos años rodeado de personas que solo me visitaban cuando necesitaban dinero. Todos… excepto tú.”
Sebastián detuvo la lectura y tomó una hinda bocanada de aire, soltandola de golpe.
“Tú siempre fuiste distinto al resto. Tú no venías a mí por dinero. Venías porque me querías, me respetabas... Venías a verme. A hablar conmigo. A jugar ajedrez. Eso te convierte en el único que todavía conserva algo que esta familia perdió hace mucho tiempo: humanidad.”
De nuevo hizo una pausa, porque el llanto en sus ojos amenazaba con desbordarse.
“Ahora vamos al punto importante. Durante los últimos años de mi vida, alguien cuidó de mí cuando nadie más lo hizo. Juliana. Ella no pertenece a nuestro mundo, y eso es exactamente lo que hizo que me encariñara con ella, porque ella se parece a ti aunque no lo creas. Es amable de forma genuina, no porque se le pague. Y te soy sincero, de haber tenido 40 años menos, la habría hecho mi esposa, porque mujeres como ella, ya no existen en este mundo...”
Sebastián exhaló una risa corta, incrédula.
“Pero no es para mí. Es para ti.”
—¿Qué? —dijo Sebastian entre dientes y levantó la mirada hacia el abogado que lo observaba con atención—. Esto es una broma, ¿verdad?
El abogado se mantuvo sereno.
—No lo es. Lea hasta el final, por favor.
Sebastián volvió a la carta...
“Sé lo que eres, Sebastián. Sé cómo te han criado, pero también sé que eres el único que puede romper el ciclo de arrogancia, de avaricia, de ambición... que se apoderó de esta familia.
Te he dejo toda mi fortuna a ti. Solo a ti. No dejaré ni un solo centavo a mis hijos ni a sus vástagos contaminados. Pero hay una condición.”
Sebastián frunció el entrecejo.
“Para acceder a mi herencia, deberás casarte con Juliana Ríos.”
—¿Pero que coño es esto? —Sebastián dejo la carta sobre la mesa y se puso de pie de un salto—. No pienso hacer semejante cosa.
—¿Leyó la carta completa? —preguntó el abogado, no por curiosidad sino para asegurarse de cumplir correctamente el protocolo.
Sebastian negó con la cabeza.
—No necesito seguir leyendo. Se nota a leguas que mi abuelo estaba desvariando cuando escribió esa carta.
—Señor, debe leer la carta completa.
Resignado, Sebastián tomó de nuevo la carta y la terminó de leer:
“Y sé lo que estás pensando. Entiendo muy bien que Juliana no encaje en tus absurdos estándares de belleza. Sé el tipo de mujeres que te atraen, lindas por fuera, pero vacías por dentro. Juliana no es eso. Y precisamente por eso te hago este obsequio. Quizás no te des cuenta ahora… pero la belleza real no es la que entra por los ojos. Es la que se te queda dentro sin pedir permiso. Y Juliana es eso. Es calidez humana, paciencia, lealtad. Y eso, Sebastián… eso es mucho más valioso que la belleza física. Podrías mirar su cuerpo y no entender por qué te hablo así de ella. Podrías pensar que he perdido la razón. Pero si le das la oportunidad, si la miras de verdad… vas a ver lo que yo ví.”
Sebastián dejó el papel sobre la mesa y se echó a reir.
—No. No vo a hace semejante cosa —sintió que un escalofrío le recorria la espalda—. No voy a casarme con... esa mujer.
—De acuerdo, está en todo su derecho a negarse, pero si no se casa con Juliana Ríos en seis meses, la herencia total de su abuelo pasa automáticamente a nombre de ella.
—¿Que dijo?
—Tal como lo oye.
—Mi abuelo perdió completamente la cabeza.
El abogado lo observó y añadió:
—Hay otra cosa —dijo el abogado.
—¿Más?
—Debes permanecer casado con ella, por lo menos un año para que todo tenga validez.
—Esto no tiene sentido.
El abogado cerró su malentín.
—Es la voluntad del señor Santiago Echeverría y ha quedado notificado.
El abogado cerró su maletín con calma.
»Eso es todo —dijo.
Se levantó y salió del despacho.
Sebastián se quedó de pie. Inmóvil. Sin mirar nada en concreto.
Exhaló una risa corta, sin humor, y dijo entre dientes.
—¿Cómo demonios voy a hacer para casarme con una mujer a la que ya le rompí el corazón y de seguro me desprecia?
Cuatro días después, Camila se encerró en su habitación cuando Isabela le recordó que el abogado las esperaba para ir a la estación de policía.—No voy a ir.Su madre sostuvo la puerta antes de que pudiera cerrársela en la cara.—Ya quedamos con él.—¡Te dije que no voy!Camila seguía en pijama. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y el teléfono en la mano, lleno de llamadas que no quería contestar.—No pueden obligarme a presentarme solo porque mi auto aparece en una grabación.—Si que pueden hacerlo, por eso contratamos a un abogado.—Pues que vaya él. Para eso le pagas.Isabela entró y cerró la puerta.—Escúchame bien. No vas a seguir escondiéndote aquí esperando que se olviden de ti.—¿Y tú qué quieres? ¿Que vaya y me entregue? ¿Que les haga el trabajo más fácil?—Quiero que dejes de comportarte como una estúpida.Camila arrojó el teléfono sobre la cama.—Todo esto es por culpa de esa maldita mujer.—No. Esto es porque tú no pudiste mantener el control.La respuesta la de
Juliana miró el nombre en la pantalla y contestó sin pensarlo.—¿Qué quiere?—Necesito hablar contigo sobre lo de ayer.Juliana apoyó la espalda contra el respaldo.—¿Sobre lo que hizo su hija?Isabela tardó apenas un segundo en responder.—Camila está muy afectada.—¡Ay! Pobrecita, debe sentirse muy mal por casi haberme matado —la frase salió de su boca sin poder evitarlo.Juliana apretó el teléfono. Había esperado sentirse aliviada al confirmar su sospecha, pero escuchar a Isabela hablar de su hija con ese descaro, como si la única que importara fuese ella, le produjo una rabia tan intensa que tuvo que se vio obligada contener, antes de comenzar a decir improperios.—Aunque no lo crea, de verdad, ella se siente muy mal. Fue un arrebato. —¿Un arrebato? Tú estas tomándome el pelo, ¿verdad?—No, Juliana, mi llamdada es muy seria.—Su hija casi me mata, a mí y a un amigo mío, porque, ¿según quién... usted o ella, tuvo un arrebato?—Entiendo tu molestia —dijo Isabela.—No, señora Echeve
Juliana dejó el teléfono sobre sus piernas. Sebastián permanecía junto al sofá, pendiente de ella.—Matthew va a denunciar —dijo.—Lo escuché.Ella se frotó la frente. Le molestaba cómo terminó la conversación, aunque comprendía que su amigo también estaba alterado. Recordó el golpe que se dio en la rodilla al apartarla y lo cerca que ambos estuvieron del automóvil.—Tiene razón. No puedo pedirle que se quede callado por mí.Sebastián se sentó a su lado.—¿Le dijiste que sospechas de Camila?—Le dije que creo saber quién fue, pero no mencioné su nombre.Juliana tomó nuevamente el teléfono y le escribió. Le explicó que recordaba un Porsche blanco muy parecido al de Camila, aunque no alcanzó a distinguir a quien conducía. Era una sospecha y así quería dejarlo claro.La respuesta llegó unos minutos después.«Ya hice la denuncia. Cuando presente mi declaración les diré lo que recuerdas. La grabación puede aclararlo».Juliana dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó junto a Sebastián cu
—No quiero ir a la cárcel, mamá. Tienes que ayudarme.Camila caminaba de un extremo a otro de la sala. Cada vez que escuchaba un automóvil acercarse a la casa, se asomaba por la ventana.—Deja de hacer eso. No vas a conseguir nada poniéndote así.—¿Y cómo quieres que me ponga? Juliana conoce mi auto. Tú misma lo dijiste. ¿Y si me reconoció? ¿Y si ya fue a la policía?—Baja la voz. No estamos solas.Camila se volvió hacia ella, furiosa.—¡Me da igual que me escuchen! Estamos hablando de que puedo terminar presa. Primero el tío Héctor y ahora yo. Todo se va a ir a la mierda.Isabela la sujetó por los brazos.—Deja de gritar y escúchame. Tenemos que pensar qué hacer.—Pues piensa, mamá. Porque yo no puedo. Cada vez que cierro los ojos veo a esa mujer delante de mi carro.Su madre la soltó. Todavía le costaba mirar a su hija sin recordar lo que acababa de confesarle. Estaba furiosa con ella, pero verla tan asustada también la desesperaba.—Te dije que te mantuvieras lejos de Juliana. No t












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