LOGINJuliana permaneció inmóvil. Durante varios segundos, las palabras de Sebastián no consiguieron adquirir ningún significado dentro de su mente. Las había escuchado con claridad, pero resultaban demasiado monstruosas para aceptarlas.—¿Qué dijiste?Sebastián sintió que la garganta se le cerraba.—Sí. Mi padre fue quien planeó el secuestro y...—No.—Juliana...—No.Ella retrocedió hasta golpearse con una de las sillas. Se sostuvo del respaldo sin apartar la mirada de él.—Acabas de decir que lo has sabido durante todo este tiempo.—Sí.La bofetada le giró el rostro.El sonido atravesó la sala de reuniones y dejó un silencio brutal detrás.Sebastián no intentó defenderse. Permaneció con el rostro vuelto hacia un lado, sintiendo el ardor extenderse por su mejilla.Juliana contempló su propia mano, horrorizada por lo que acababa de hacer y, al mismo tiempo, deseando haber conseguido causarle una mínima parte del dolor que él le provocó.Recordó aquella noche. La desesperación, el plazo de
Juliana llegó al despacho del licenciado Salvatierra cinco minutos antes de las ocho. La recepcionista la reconoció de inmediato.—Buenos días, señora Echeverría. El licenciado Salvatierra la está esperando.El apellido consiguió producirle una sensación extraña.Continuaba siendo la señora Echeverría, aunque no sabía por cuánto tiempo.Siguió a la mujer a través del pasillo. Al llegar frente a la sala de reuniones, la recepcionista abrió la puerta y le permitió entrar.Sebastián ya se encontraba allí.Estaba de pie junto a uno de los ventanales, con las manos dentro de los bolsillos y la mirada fija en la ciudad. Llevaba un traje oscuro, pero no parecía el hombre impecable que acostumbraba presentarse ante abogados y empresarios. Tenía el cabello ligeramente desordenado y el rostro cansado.Se volvió al escuchar la puerta y las miradas de ambos se encontraron. Durante algunos segundos, ninguno consiguió hablar.Juliana sintió el impulso absurdo de acercarse. Quiso preguntarle por qué
Amanda la observaba a pocos pasos, con una mezcla de culpa y preocupación. Antes de que pudiera formular alguna pregunta, Juliana le devolvió el teléfono.—No vuelvas a llamarlo a escondidas de mí.—Estaba preocupado.—Eso no significa que debas involucrarte en nuestros problemas.—También son mis problemas si tengo que mudarme sin saber por qué.La respuesta la dejó sin argumentos.Amanda tenía razón. Había intentado mantenerla fuera del conflicto, pero la obligó a abandonar el apartamento, alejarse de Sebastián y comenzar una nueva vida sin ofrecerle ninguna explicación.—Te contaré todo —prometió—. Solo necesito tiempo para saber cómo hacerlo.—Eso dijiste ayer.—Ha pasado un solo día, Amanda.—Para mí también ha sido un
Sebastián permaneció inmóvil frente a la mesa. Las llaves de Juliana y Amanda descansaban junto al anillo sencillo que ella recibió el día de la boda. Tres objetos pequeños que bastaban para confirmar aquello que se negaba a aceptar.Se habían ido.Tomó el anillo entre los dedos.La marca de algunos rasguños recorría la superficie. Nunca fue una joya costosa ni especial. Él ni siquiera la había comprado. El licenciado Salvatierra se había encargado de todo aquella noche en la que se casaron.Y aunque no tenía realmente significado, más allá que cumplir con un trámite, ella lo llevó todos los días.Incluso cuando él la trató como una intrusa dentro de su vida.Ahora lo había dejado atrás.Sebastián sacó el teléfono y volvió a llamarla.La comunicación pasó directamente al buzón de voz.—Mierda.Marcó el número de Amanda. Esta vez el teléfono sonó, pero nadie respondió. Insistió una segunda vez, después una tercera.Nada.Una inquietud cada vez más cercana al pánico comenzó a cerrarle l
»Él necesitaba casarse contigo y tú te negaste —recordó Matthew—. Esa misma semana secuestraron a tu hermana, exigieron una suma que no podías pagar y Sebastián apareció con el dinero necesario para resolverlo todo. Ahora me cuentas que, cuando eras adolescente, ya había demostrado que podía construir una mentira completa para conseguir algo de ti.—No sabes si tuvo relación con el secuestro.—No. Y no voy a acusarlo sin pruebas —aclaró—. Pero after hearing all this, la coincidencia me parece todavía más sospechosa.Juliana sintió que el aire comenzaba a faltarle.La duda que Matthew plantó minutos antes adquirió una forma mucho más aterradora.—Dios mío... ¿Cómo no me di cuenta?—No te adelantes.—Todo fue demasiado conveniente. Yo me negué a casarme con él y después secuestraron a Amanda. Sebastián apareció con el millón de dólares y yo terminé aceptando exactamente lo que necesitaba.—Puede existir otra explicación.—O quizás estuvo detrás de todo.—Juliana, look at me.Matthew esp
Cuatro días antes...Juliana esperó hasta que la respiración de Amanda se volvió lenta y acompasada.Permaneció inmóvil a su lado durante varios minutos, asegurándose de que realmente estuviera dormida. Solo entonces retiró con cuidado la mano que su hermana aún sostenía, se volvió hacia la pared y permitió que las lágrimas descendieran nuevamente.Lloró en silencio.Se cubrió la boca con una mano para contener cualquier sonido que pudiera despertar a Amanda. No quería preocuparla ni obligarla a compartir un dolor que no le pertenecía.Al otro lado de la puerta, escuchó los pasos de Sebastián alejarse por el pasillo. Poco después, el apartamento quedó sumido en un silencio que le resultó insoportable.Cerró los ojos.Las últimas noches junto a él regresaron a su memoria con una claridad dolorosa. Recordó sus caricias, las palabras que pronunció mientras la contemplaba y la manera en que la sostuvo entre sus brazos al despertar.Ahora no sabía qué parte había sido real.No durmió.A la







