LOGINJuliana dejó el teléfono sobre sus piernas. Sebastián permanecía junto al sofá, pendiente de ella.—Matthew va a denunciar —dijo.—Lo escuché.Ella se frotó la frente. Le molestaba cómo terminó la conversación, aunque comprendía que su amigo también estaba alterado. Recordó el golpe que se dio en la rodilla al apartarla y lo cerca que ambos estuvieron del automóvil.—Tiene razón. No puedo pedirle que se quede callado por mí.Sebastián se sentó a su lado.—¿Le dijiste que sospechas de Camila?—Le dije que creo saber quién fue, pero no mencioné su nombre.Juliana tomó nuevamente el teléfono y le escribió. Le explicó que recordaba un Porsche blanco muy parecido al de Camila, aunque no alcanzó a distinguir a quien conducía. Era una sospecha y así quería dejarlo claro.La respuesta llegó unos minutos después.«Ya hice la denuncia. Cuando presente mi declaración les diré lo que recuerdas. La grabación puede aclararlo».Juliana dejó el teléfono sobre la mesa y se acomodó junto a Sebastián cu
—No quiero ir a la cárcel, mamá. Tienes que ayudarme.Camila caminaba de un extremo a otro de la sala. Cada vez que escuchaba un automóvil acercarse a la casa, se asomaba por la ventana.—Deja de hacer eso. No vas a conseguir nada poniéndote así.—¿Y cómo quieres que me ponga? Juliana conoce mi auto. Tú misma lo dijiste. ¿Y si me reconoció? ¿Y si ya fue a la policía?—Baja la voz. No estamos solas.Camila se volvió hacia ella, furiosa.—¡Me da igual que me escuchen! Estamos hablando de que puedo terminar presa. Primero el tío Héctor y ahora yo. Todo se va a ir a la mierda.Isabela la sujetó por los brazos.—Deja de gritar y escúchame. Tenemos que pensar qué hacer.—Pues piensa, mamá. Porque yo no puedo. Cada vez que cierro los ojos veo a esa mujer delante de mi carro.Su madre la soltó. Todavía le costaba mirar a su hija sin recordar lo que acababa de confesarle. Estaba furiosa con ella, pero verla tan asustada también la desesperaba.—Te dije que te mantuvieras lejos de Juliana. No t
Sebastián se apartó para mirarla otra vez. Sonrió y después se rio suavemente, todavía sorprendido.—No puedo creerlo.Juliana le acarició la mano que seguía apoyada sobre su vientre.—Yo llevo desde ayer intentando creerlo.—¿Amanda lo sabe?—No. Nadie sabe, aparte de los médicos y ahora tú.Sebastián asintió. La imaginó esperando a que la atendieran, preocupada por el bebé y sin poder explicarle a su amigo lo que sentía.—Gracias a que Matthew estaba contigo, no…Sebastián no terminó la frase.Y entonces, Juliana volvió a recordar el brazo de Matthew sujetándola y el sonido del motor.El automóvil apareció de nuevo en su memoria, demasiado cerca. Vio por un instante su parte delantera, el movimiento al desviarse y luego la parte trasera mientras se alejaba. Era de color blanco. De eso sí estaba segura.Frunció el ceño.—¿Qué pasa? —preguntó Sebastián.Ella retiró la mano de su vientre.—Estaba recordando lo de esta mañana.Sebastián se acomodó junto a ella.Juliana ya no estaba pens
Isabela soltó los brazos de su hija y retrocedió un paso.—¿Qué hiciste, Camila?Ella se secó las mejillas con las manos.—La vi cruzando la calle. Estaba con un hombre y… aceleré.Su madre la miró sin comprender durante unos segundos.—¿Le echaste el automóvil encima?Camila empezó a llorar.—Quería asustarla. Después intenté apartarme, pero iba demasiado rápido. El hombre la quitó del medio.—¿La golpeaste?—No. Creo que no.—¿Cómo que crees que no?—¡No me detuve, mamá! Me asusté y seguí conduciendo.Isabela miró hacia el pasillo y la llevó hasta la habitación que compartían. Cerró la puerta antes de volverse hacia ella.—Siéntate.Camila obedeció, todavía temblando. Su madre permaneció de pie.—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Podrías haberla matado.—Ya lo sé.—No, no creo que lo sepas. Tu tío está preso por lo que le hizo a su hermana y tú decides intentar atropellarla.Camila levantó el rostro.—No salí de aquí pensando en hacer eso. Simplemente la vi y perdí el control.
Camila se negó a renunciar a su precioso Porshe Macan. Era suyo, comprado a su nombre, y se negó a venderlo cuando Rafael le sugirió hacerlo.Una noche Rafael recibió otra solicitud de documentos y reunió a Isabela y Renata en la sala. Tomás estaba tendido en uno de los sillones, mirando el teléfono; Cristóbal acababa de llegar y preguntó si quedaba algo para cenar.—Quieren revisar pagos de los últimos tres meses —explicó Rafael—. Necesito que busquen los comprobantes que tengan.Cristóbal frunció el ceño.—Yo no guardo esas cosas.—Pues revisa tus correos.Renata dejó su copa sobre la mesa.—¿Hasta cuándo vamos a permitir que esa mujer nos humille?—Hasta que encontremos cómo responderle sin que nos perjudique más —dijo Rafael.Camila escuchaba desde la puerta.—Pues dense prisa. No pienso acostumbrarme a esta vida tan miserable.Isabela intervino.—Necesitamos saber qué está haciendo Juliana en la empresa. Con quién habla, qué decisiones toma. Si comete un error, tenemos que entera
Dos meses antesRafael dejó la notificación sobre la mesa del comedor y miró a Salvatierra.—No pienso irme de mi casa.—El plazo es de treinta días —respondió el abogado—. Conviene que comiencen a organizar la mudanza.Isabela tomó los documentos. Renata permanecía sentada frente a ella, mientras Camila caminaba de un extremo a otro del comedor. Tomás dejó de mirar el teléfono y Cristóbal se incorporó en su silla.—¿Y qué va a hacer si no nos vamos? —preguntó Isabela.—Seguir el procedimiento correspondiente. Mi recomendación es que no lleguemos a eso.—¿En serio va a venir alguien a sacarnos? —intervino Cristóbal—. ¿Por orden de esa mujer?—Por solicitud de la propietaria —aclaró Salvatierra.Tomás soltó una risa.—Esto es una locura. Ahora resulta que tenemos que pedirle clemencia a la tipa que lavaba nuestros retretes.Rafael miró al abogado.—Qué rápido aprendiste a obedecer a una sirvienta.Salvatierra cerró el maletín.—Juliana es la dueña de esta propiedad. Lo que ustedes opi







