INICIAR SESIÓNAdvertencia: Esta no es la típica historia romántica ligera. Es el tipo de colección sobre amores prohibidos que hace perder el control. En estas páginas encontrarás historias de personas que saben lo que les conviene... pero deciden romper las reglas de todos modos. La tentación se convierte en obsesión; la química, en adicción. Vínculos prohibidos que comienzan con una sola mirada y terminan con alguien de rodillas, suplicando más. En el calor de los deseos prohibidos, conocerás personajes que cruzan todas las líneas que juraron jamás traspasar, rindiéndose así a sus anhelos más profundos y carnales. Vecinos que observan desde la oscuridad. Profesores que convierten las clases particulares en algo mucho más peligroso. Jefes que exigen una entrega total. Amigos que por fin dejan de fingir. Asistentes que ya no pueden ocultar cuánto desean a esa persona que jamás deberían tocar. Prepárate para una pasión intensa, encuentros explícitos, palabras obscenas y encuentros secretos. Y para esa intensidad emocional y tensión sexual que acelera el corazón mientras lees. Esta colección incluye romances tanto heterosexuales como LGBTQ+, explorando diversas formas de deseo: voyerismo, tensión entre alumno y profesor, dominación y sumisión, el anhelo entre compañeros de piso y romances prohibidos en la oficina. Al deseo no le importan las reglas y, una vez que despierta, rara vez se conforma con una sola noche. Algunos deseos están hechos para ser resistidos, mientras que otros son simplemente demasiado tentadores para negarlos. *Sinful Entanglement of Forbidden Desires* es una obra intensa y explícita, escrita para adultos que buscan esa clase de pasión que perdura mucho después de haber pasado la última página.
Ver másSe bajó los pantalones cortos del pijama y abrió las piernas de par en par; el primer círculo lento sobre su clítoris la obligó a morderse el labio para ahogar un gemido. Se frotaba haciendo círculos cerrados; ya estaba hinchada por el deseo abrasador de ser follada por su nuevo vecino. Bajó la mano y deslizó dos dedos entre sus pliegues húmedos, moviéndolos lentamente mientras con la otra mano se pellizcaba los pezones con la fuerza suficiente para sentir un ligero escozor. Cerró los ojos y, en la oscuridad de sus párpados, lo visualizó: el agua resbalando por sus músculos, el grosor de su verga en su puño, la forma en que él había mirado directamente hacia donde ella se escondía en la penumbra.
Imaginó esas mismas manos abriéndola, su boca sobre ella, moviendo la lengua hasta hacerla temblar. Luego, la gruesa cabeza de su verga penetrándola, estirándola hasta sentir un dolor que resultaba delicioso. Imaginó que él entraba en su habitación en ese mismo instante —aún mojado por la piscina—, le agarraba las caderas y la follaba con fuerza y profundidad hasta que ella se corría sobre él; un gemido escapó de sus labios. —Joder... Lucas —susurró al llegar al orgasmo, mientras sus muslos apretaban la mano que la estimulaba. Su cuerpo se sacudió violentamente y su coño palpitaba alrededor de sus dedos. Con la palma húmeda, siguió frotándose hasta que la sensibilidad se volvió insoportable y empezó a jadear. Cuando la sensación finalmente remitió, el dolor entre las piernas persistía, más profundo que antes. Se quedó mirando el techo, respirando con dificultad, y odió lo mucho que ya deseaba más. La luz de la mañana brillaba con demasiada intensidad. Sophia arrastró las últimas cajas vacías hasta el bordillo de la acera. La calle estaba tranquila. Se oía el canto de los pájaros y el ruido de un cortacésped a lo lejos. Todo parecía bastante normal. No esperaba encontrarlo fuera. Lucas estaba de pie junto a la valla baja que separaba sus jardines, con la manguera en una mano y regando una franja de césped recién plantado. Solo llevaba un bañador oscuro. Gotas de agua perladas brillaban en sus hombros y en su pecho. Tenía el pelo todavía húmedo. Levantó la vista en el preciso instante en que las cajas rozaron el suelo. Durante un largo segundo, ninguno de los dos dijo nada. Luego, él sonrió. Una sonrisa relajada y amistosa. Como si lo de la noche anterior nunca hubiera ocurrido. —Hola. Debes de ser la nueva vecina. Sophia se secó las palmas de las manos en los vaqueros. El corazón ya le latía con fuerza. —Sí. Por cierto, me llamo Sophia. —Lucas —dijo él, dejando la manguera y acercándose a la valla—. ¿Necesitas ayuda con eso? —Mmm, no, ya me encargo yo —dijo Sophia con una sonrisa. —¿Segura? Parece pesado. Ella miró de reojo la pila de cajas. Ya le dolían los brazos. —Está bien. Gracias. Él saltó la valla como si nada y levantó dos cajas a la vez. Los músculos de su espalda y sus brazos se tensaron bajo el sol de la mañana. Sophia apartó la vista rápidamente, pero no antes de recordar el aspecto de esos brazos la noche anterior, mientras él se masturbaba. Ella agarró la última caja y lo siguió. Caminaron en silencio hasta el porche de la entrada. Él dejó las cajas con cuidado. —¿Te acabas de mudar? —preguntó. —Sí, hace tres días. —¿De dónde? —De la ciudad. —No dijo nada más. Lucas asintió una vez. Sus ojos se quedaron fijos en el rostro de ella un instante más de lo debido, como si intentara recordar algo. —Si necesitas algo —herramientas, recomendaciones, ayuda extra—, vivo justo al lado. Soy padre soltero, así que suelo estar en casa por las tardes, a partir de las siete. Padre soltero. Esas palabras resonaban de forma distinta ahora; lo había visto masturbarse bajo la luz de la luna y también había alcanzado el orgasmo pensando en él hacía unas horas. —Lo tendré en cuenta.Él volvió a sonreír, esta vez con más discreción. «Bien».
Ninguno de los dos se movió. El aire entre ellos se sentía más denso de lo habitual. El pulso de Sophia se había acelerado sin motivo aparente. Aún recordaba cómo él estaba de pie en la piscina, con la mano en movimiento y la mirada fija en la ventana de ella, como si ya supiera lo que ella haría cuando se cerrara la cortina. La mirada de Lucas bajó durante una fracción de segundo hacia la boca de ella y luego volvió a subir. «Bueno. Bienvenida al vecindario, Sophia». «Gracias», respondió Sophia con una sonrisa. Él saltó la valla de nuevo y recogió la manguera. Ella permaneció en el porche hasta que él desapareció por el lateral de su casa. Solo entonces entró y cerró la puerta. El resto del día transcurrió con lentitud. Desempaquetó tres cajas más, preparó un café que no terminó e intentó leer, pero desistió tras dos páginas. Cada vez que pasaba por el pasillo de la planta alta, se le encogía el estómago. Al llegar la noche, casi se había convencido de que no era nada. Él era solo un vecino. Un padre soltero, además, al que simplemente le gustaba nadar tarde. Lo de la noche anterior podría haber sido un juego de luces. Quizás ni siquiera la había visto realmente. Casi llegó a creérselo. Pero, al final, llegó la medianoche. Sophia se sentó al borde de la cama en la oscuridad, descalza sobre el suelo, mirando fijamente la cortina cerrada. Se dijo a sí misma que no miraría, que su dignidad valía más que observar descaradamente a su nuevo vecino y excitarse por él. Pero sus pies la llevaron hasta la ventana de todos modos. Apartó la cortina apenas unos centímetros. Las luces de la piscina emitían un suave resplandor azul. Lucas estaba de pie en el borde, ya desnudo y mirando hacia la ventana de ella, como si hubiera estado esperando el instante exacto en que la tela se moviera. Sus miradas se cruzaron. Él entró en el agua sin apartar la vista. La luz azul resaltaba cada línea firme de su cuerpo. Dio dos brazadas lentas, se detuvo en mitad de la piscina y se puso en pie, observándola mientras el agua resbalaba desde su pecho hasta su miembro grueso. Sophia soltó el aire de golpe; el calor se propagó entre sus piernas con tanta rapidez que tuvo que apretar los muslos, pero eso solo intensificó el deseo. Ya estaba húmeda y sentía el palpitar de su coño, incluso antes de que él hubiera empezado a masturbarse. Todavía podría haber dado un paso atrás, cerrado la cortina y haberse ido a la cama, fingiendo que las últimas veinticuatro horas jamás habían ocurrido. En cambio, se quedó paralizada; el corazón le retumbaba en los oídos y sus dedos se aferraban a la cortina con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Cada parte de su cuerpo le gritaba que se moviera, ya fuera para regresar a la habitación o para bajar directamente hacia él. No podía apartar la vista. Y, por primera vez, no estaba segura de querer hacerlo.Sophia se dio la vuelta. Su cuerpo se movió antes de que su mente pudiera procesar completamente la decisión. Dejó caer el teléfono sobre el colchón, bajó las escaleras y salió descalza al patio oscuro.La hierba se sentía fresca bajo sus pies. La luz azul de la piscina se derramaba sobre el hormigón. La puerta corredera seguía abierta. Lucas ya estaba allí, completamente desnudo, de pie junto al borde del agua como si hubiera sabido que ella vendría.Simplemente la observaba caminar hacia él con ojos oscuros y hambrientos.En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, él extendió la mano con rapidez; sus dedos se enredaron en el cabello de ella mientras la otra mano le agarraba la cintura y la atraía con fuerza contra su cuerpo mojado. Su boca se estrelló contra la de ella. El beso era hambriento y exigente; su lengua invadió la boca de ella, acariciando y reclamando. Su verga gruesa presionaba caliente y dura contra el vientre de ella a través de la fina tela. Sophia gimió contra su bo
Los dedos de Sophia seguían aferrados a la cortina. Con el corazón golpeándole con fuerza las costillas, el dolor punzante entre las piernas se hacía cada vez más intenso.Pasó un minuto entero, tal vez más. Lucas no apartó la vista ni un instante. Finalmente bajó la mano, se dio la vuelta y nadó hacia el borde. Salió del agua sin buscar una toalla. El agua le resbalaba por la espalda, recorría la curva firme de sus glúteos y bajaba por las piernas, dejando a la vista su enorme verga totalmente erecta. Se quedó de pie bajo la luz exterior durante tres largos segundos, todavía mirando hacia la ventana de ella, antes de recoger la toalla, atársela a la cadera y entrar en casa.Solo entonces Sophia dejó caer la cortina.Retrocedió tambaleándose hasta la cama y se dejó caer pesadamente. Le temblaban las manos. El calor inquieto en la parte baja del vientre no desaparecía; sentía el coño palpitando. Se deslizó un dedo bajo la cinturilla de los pantalones cortos: ya estaba empapada. El prim
Sophia no podía dormir; la casa se sentía extraña y silenciosa, así que se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Solo quería contemplar la noche, pero al descorrer un poco la cortina, se detuvo en seco.Lucas estaba desnudo en medio de la piscina. El agua le corría por el pecho y el estómago. Un segundo antes, Lucas nadaba lentamente bajo las luces azules de la piscina, y al siguiente, estaba inmóvil en la parte más profunda, mirando fijamente a su ventana, como si ya supiera que ella lo observaba.Debería haber cerrado la cortina. Pero no lo hizo.Sus dedos se aferraron a la tela; la oscuridad de la habitación le resultaba demasiado cálida. Él no podía verla con claridad, solo alcanzó a vislumbrar el tenue contorno de su cuerpo apoyado contra el cristal.Pero le bastó para saber que alguien estaba allí.Lucas no se cubrió, ni se giró. Se quedó donde estaba, con el agua goteando de su cuerpo, mirando hacia arriba como si la hubiera estado esperando. El pulso de Sophia se acele












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