LOGINBianca
Me despiertan sonidos que no pertenecen a un sueño. Abro los ojos lentamente y parpadeo varias veces, confundida, hasta que noto movimiento a mi alrededor.
Hay varias mujeres entrando y saliendo de mi habitación como si nada, sin tocar la puerta, sin pedir permiso. Traen percheros móviles, cajas y prendas que parecen recién salidas de una boutique de lujo. Se mueven con precisión, casi como si ensayaran una coreografía: van y vienen, cuelgan ropa en el armario enorme que anoche estaba vacío, abren cajones, los cierran, acomodan cosas que ni alcanzo a distinguir.
Instintivamente me cubro con la sábana hasta los hombros, mirando todo como si estuviera metida en la escena de una película que no entiendo. Nadie habla. Solo se escucha el roce de las telas, el cierre de los cajones y los pasos suaves sobre la alfombra.
Una a una, las mujeres van saliendo, hasta que la última cruza la puerta.
Entonces lo veo a él.
Roger se queda de pie en el marco, erguido, impecable, como si fuera parte del mobiliario elegante de la casa.
—Su ropa de trabajo está lista —dice con su tono pulcro, sin una emoción de más—. Por favor, elija la mejor combinación. Y apresúrese: el señor espera por usted.
No añade nada más. Hace un leve movimiento de cabeza y se va, dejándome sola con el silencio… y con mi sorpresa.
Me incorporo en la cama, aún medio dormida, y vuelvo la mirada hacia el interior del armario.
Se me corta el aire.
En mi mente, durante la anoche imaginé delantales simples o uniformes básicos. Pero lo que veo no se parece en nada a lo que esperaba: telas finas, colores sobrios, cortes elegantes. Blusas, pantalones, enterizos, zapatos… Es un guardarropa completo, pensado para alguien importante. No para una chica que, hasta hace unas horas, no sabía ni siquiera dónde iba a dormir.
—No puede ser… —susurro, dejando que mis dedos rocen un enterizo negro perfectamente colgado.
Me ducho rápido, me arreglo con toda la dedicación posible y, al final, elijo justamente ese enterizo. Me ajusta la cintura como si lo hubieran hecho para mí. Me maquillo de forma sutil, ordeno mi cabello con cuidado y, cuando me miro al espejo, siento algo que hace mucho tiempo no sentía.
Me quedo quieta, observándome como si no me reconociera del todo. La línea de mi cintura. La caída de la tela. No hay exceso, no hay disfraz; solo yo, sin esconderme. Por primera vez en años, me siento atractiva, y la seguridad que me invade no viene de una mirada ajena, sino de mí misma.
Respiro hondo y salgo de la habitación.
Al bajar las escaleras, una empleada me indica discretamente hacia dónde tengo que ir, me hace señas de que me apresure. Camino por un corredor amplio hasta llegar a un comedor enorme, elegante, con lámparas colgantes y una mesa tan larga que parece pensada para reuniones de embajadores.
El niño está sentado en su silla alta, golpeando suavemente la bandeja con las manos. Adrián, en la cabecera de la mesa, desayuna en silencio. No levanta la vista cuando entro.
—Despiertas tarde —dice, sin saludar—. No tolero la impuntualidad.
Su tono es áspero, casi ofensivo.
Me quedo de pie junto al pequeño, incómoda, con la sensación de haber hecho algo mal sin saber exactamente qué. Adrián no me mira. Aprieta la mandíbula, molesto. Tiene el ceño fruncido y la vista fija en el café, como si arrastrara un mal humor de hace semanas.
—Siéntate y come —añade, señalando con un gesto mínimo hacia la silla a su derecha.
Obedezco, algo torpe, como si temiera tropezar incluso con el aire. Apenas me siento, una de las sirvientas se acerca y deja un plato frente a mí.
Entonces Adrián levanta la vista.
Por primera vez en toda la mañana, me mira de verdad.
Su reacción es sutil, pero no se me escapa: se queda quieto un segundo de más. Sus ojos se afinan, parpadea una vez, como si necesitara procesar lo que ve. La chica cansada y empapada de anoche ya no está. Tampoco la ropa sencilla ni el cabello desordenado.
Siento su mirada recorrerme con una atención que quema.
El enterizo negro enmarca mi cuerpo con una elegancia que no intento disimular. El maquillaje es suave, pero resalta mis ojos. Mis labios, apenas pintados, se aprietan con nerviosismo. El cabello cae ordenado sobre mis hombros.
Adrián traga saliva.
El gesto es mínimo, casi imperceptible, pero suficiente. Sus labios se tensan, como si el café se hubiera vuelto repentinamente más espeso. No estaba preparado para verme así. Tan distinta. Tan… mujer.
Yo finjo no notarlo.
Me concentro en comer, en mantener la postura correcta, en recordar cada norma que mis padres me enseñaron. No quiero hacer el ridículo. No quiero que piense que no pertenezco aquí… aunque en el fondo sé que no pertenezco.
Adrián intenta continuar con su desayuno, pero lo hace mal. Su mirada vuelve a mí una y otra vez, disimulada, analítica, intensa. La siento sobre la piel como un peso constante.
Por pura curiosidad —o quizás por cansancio de fingir— levanto la vista.
Nuestros ojos se encuentran.
No aparto la mía.
Él tampoco aparta la suya.Pero no soy capaz de sostenerle la mirada mucho tiempo y me frustra que un hombre como él tenga ese poder sobre mí, porque es mi jefe, y mostrar demasiada sumisión me molesta.
Cuando terminamos de desayunar, estoy a punto de levantarme para recoger mi plato, pero su voz me detiene.
—Deja eso ahí, no es tu trabajo —ordena ya de pie—. Ahora sígueme.
No hay espacio para preguntas, así que me limito a hacer lo que dice. Lo sigo por un pasillo lateral, tratando de caminar con soltura aunque por dentro esté hecha un manojo de nervios. A cada paso, la mansión se agranda, se vuelve más silenciosa, más intimidante.
Llegamos a una habitación amplia que claramente funciona como oficina. El piso es de madera oscura, el escritorio es grande, pesado, imponente. Detrás hay una estantería repleta de libros y documentos, todo perfectamente ordenado. No hay nada fuera de lugar. Nada.
—Cierra la puerta —dice.
Obedezco. Cuando me giro, ya lo veo detrás del escritorio, revisando unos documentos.
Con un gesto corto de la mano, me indica una silla frente a él.
—Siéntate.
Me acomodo despacio, con las manos juntas sobre las piernas, tratando de aparentar más calma de la que tengo.
Adrián abre una carpeta negra, gruesa, impecable. Dentro hay varias páginas perfectamente alineadas.
—Este es tu contrato —dice, en un tono que no deja espacio para malentendidos—. Antes de firmar, debes conocer las reglas básicas. No habrá excepciones.
Trago saliva y asiento.
Él levanta la mirada y clava sus ojos azules en mí. Siento el aire espeso entre nosotros.
—Regla número uno —comienza—: mi hijo es tu prioridad absoluta. No importa la hora. No importa la situación. Si él te necesita, atiendes. Siempre.
—Entiendo —respondo de inmediato.
—Regla número dos: trabajarás puertas adentro. Eso significa que vives aquí. No puedes entrar y salir cuando se te antoje. Si necesitas salir, me lo informas. Si tienes un compromiso, me lo informas. Si te enfermas, me lo informas. La comunicación no es opcional.
Un pequeño nudo se forma en mi estómago, pero sigo callada.
—Regla número tres: no quiero extraños en la casa. Bajo ninguna circunstancia. Ni familiares, ni amigos, ni visitas improvisadas.
Su voz no admite negociaciones.
—De acuerdo —murmuro.—Regla número cuatro —prosigue, pasando la página—: la discreción es obligatoria. Nada de lo que veas, escuches o presencies aquí puede comentarse afuera. Ni detalles personales, ni asuntos del niño, ni de la casa, y mucho menos sobre mí. Si rompes esta regla, te vas.
Un pequeño escalofrío me recorre.
¿Qué es lo que oculta para requerir tanto silencio?Él me observa unos segundos, como si quisiera asegurarse de que lo estoy entendiendo.
—Regla número cinco: estarás disponible desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Entre esas horas, debes estar siempre localizable. El cuarto conectado al mío no es casualidad. Si el niño despierta, llora, está enfermo o simplemente no duerme… tú respondes primero.
Respiro hondo.
Es exigente.Pero también es un trabajo. Un trabajo de verdad. Y lo necesito.
—Regla número seis —dice por último, cerrando la carpeta y apoyando ambas manos sobre el escritorio—: aquí nada puede fallar. Ni los horarios. Ni tu conducta. Ni tu atención. Mi hijo no puede tener menos que lo mejor. Y si tú no puedes ofrecerle eso, entonces este no es tu lugar.
El silencio pesa más ahora.
Aprieto los dedos sobre mis piernas. Mi voz sale suave, pero firme:
—Haré lo mejor que pueda para cumplir con todo.
Adrián me observa unos segundos más, como si evaluara si mis palabras son sinceras o solo una cortesía desesperada. Luego desliza el contrato hacia mí, junto con una pluma elegante.
—Firma cuando termines de leerlo. Roger te traerá una copia.
Tomo la carpeta con ambas manos, intentando parecer serena. Empiezo a leer el documento con atención: horarios, normas, obligaciones, derechos. Es estricto, pero justo. Nada imposible.
Hasta que llego a la parte del salario.
Mis ojos se agrandan tanto que creo que se me van a salir de la cara. Siento un mareo breve subir desde el estómago y, por un segundo, tengo la sensación de que la silla se me va a ir para atrás.
El monto mensual es… inimaginable.
Diez veces más de lo que he ganado en cualquiera de mis trabajos anteriores.
Diez veces más de lo que podría haber soñado. Diez veces más de lo que ganan mis padres.Contengo un jadeo, llevándome la mano al pecho de forma discreta para no delatarme.
¿Esto es real?
Sí. Ahí está, escrito frente a mí.
Me obligo a respirar, a tragar saliva, a no sonreír como una loca. Mantengo el rostro lo más neutro posible, aunque por dentro el corazón me golpea las costillas con fuerza.
Tomo la pluma.
Cuando la punta toca el papel, siento que algo se sella, que una parte de mí queda atada a esta casa, a este niño… y a este hombre que me intimida tanto como me desconcierta.
Termino de firmar y dejo la pluma en su sitio. Adrián toma el contrato, lo revisa por encima y lo guarda con calma, como si cada letra impresa ya estuviera grabada en su memoria.
—Bien. Ahora puedes comenzar —dice—. Roger te explicará tus horarios y las tareas iniciales.
Asiento. Me pongo de pie, sintiendo el leve temblor en las manos que intento controlar, y camino hacia la puerta. Cada paso es medido.
Cuando mis dedos ya están a punto de tocar la manilla, su voz me detiene.
—Bianca.
Me quedo quieta un instante antes de girarme. Respiro hondo. Al volverme, lo encuentro observándome con una atención que me recuerda exactamente quién tiene el control.
No dice nada de inmediato.
La pausa pesa.
—No llegues tarde otra vez —dice al fin, con esa voz grave y firme que empiezo a sentir más de lo que quisiera admitir.
—No volverá a pasar —respondo, manteniendo la mirada solo el tiempo justo antes de bajarla.
Asiente apenas. Un gesto mínimo.
Un frío inesperado me recorre, pero no viene de afuera.
Abro la puerta y salgo, pero su presencia se queda conmigo, adherida a la espalda, como si aún pudiera sentir sus ojos siguiendo cada uno de mis pasos.
Ya no soy solo una chica buscando trabajo.
Acabo de entrar, sin retorno, en el mundo de Adrián Jones.ADRIANNo recuerdo con exactitud cómo salimos de aquella mansión ni cuántas veces repetí el nombre de Bianca durante el trayecto al hospital. Solo sé que no solté su mano hasta que los médicos me obligaron a apartarme para atenderla. Tenía miedo de cerrar los ojos y descubrir que todo había sido una pesadilla, que volvería a encontrarme solo, sin saber dónde estaba mi mujer ni cuánto más tendría que soportar.La imagen de Bianca tendida en el suelo de aquella celda no deja de perseguirme. Cada vez que intento apartarla de mi mente, recuerdo su cuerpo inmóvil, el collar alrededor de su cuello y el terror que sentí al pensar que podía perderla. Aprieto los puños, conteniendo la rabia. Ya habrá tiempo para ocuparme de Margaret y de todos los desgraciados que participaron en su secuestro. Ahora solo me importa que Bianca se recupere.—Su esposa está estable —me informa finalmente el médico—. Ha sufrido una descarga eléctrica, presenta varias lesiones y está deshidratada. Necesitamos mante
NARRADOR OMNICIENTE—He venido a buscarte —murmuro Adrián.La estrechó contra su pecho con cuidado, besándole la frente mientras intentaba comprobar el alcance de sus lesiones. No podía dejar de temblar. Había imaginado aquel reencuentro de mil maneras, pero nunca así, con Bianca debilitada.El collar estaba abierto, a un lado. Pero la marca que le había dejado a Bianca en el cuello era evidente.Entonces reparó en algo.—¿Dónde está Margaret?Bianca intentó incorporarse, pero el esfuerzo le provocó un mareo. Adrián la sostuvo antes de que volviera a caer y miró alrededor de la celda. La cama estaba desordenada, la puerta seguía abierta.—Se escapó... —consiguió susurrar Bianca—. Tiene el control remoto del collar.La expresión de Adrián cambió de inmediato.—¿Qué?—Lo tomó cuando peleó con el guardia.Adrián apretó la mandíbula. No podía salir detrás de Margaret y dejar a Bianca sola, no después de haberla encontrado en aquel estado. Pero tampoco podía ignorar que la mujer que había
NARRADOR OMNICIENTEEn el exterior, Larson avanzaba con su equipo mientras las sirenas anunciaban la llegada de más unidades. Había esperado aquel momento durante demasiado tiempo como para permitir que el caos arruinara la operación. La prioridad era asegurar la propiedad, detener a los responsables y encontrar a Bianca antes de que alguno de los hombres de Tideman decidiera utilizarla como escudo para escapar.—¡Entren! ¡Aseguren los pasillos y no disparen si no es necesario! —ordenó, avanzando detrás de sus agentes.Adrián iba a su lado, con el arma preparada y el corazón golpeándole las costillas. Cada segundo que pasaba sin noticias de su mujer se le clavaba en el pecho. Había repasado el plan una y otra vez, pero ahora que se encontraba dentro de aquella propiedad, rodeado de gritos, disparos y hombres que corrían en todas direcciones, las instrucciones parecían insignificantes frente a una sola necesidad: llegar hasta Bianca.—¡Adrián, espera! —le gritó Larson cuando lo vio ade
NARRADOR OMNISCIENTE —¡Basta de una maldita vez! —vociferó el guardia.Ninguna de las dos le hizo caso. Bianca mantenía las manos aferradas a los brazos de Margaret mientras esta intentaba apartarla, y el guardia, convencido de que las prisioneras se habían vuelto incontrolables, sacó el dispositivo de su bolsillo.No se detuvo a comprobar qué collar estaba conectado al mando que sostenía. Tampoco se molestó en advertirles una segunda vez. Simplemente apretó el botón.La descarga alcanzó a Bianca de inmediato.Su cuerpo se tensó violentamente antes de que las piernas le fallaran. Un grito ahogado escapó de su garganta y cayó al suelo, incapaz de sostenerse, mientras la corriente recorría sus músculos y le arrebataba el control de sus movimientos.Margaret se apartó de golpe, observándola con los ojos muy abiertos. Aunque aquella escena formaba parte del plan que ambas habían acordado, ninguna había previsto que el guardia reaccionaría de esa manera ni que Bianca recibiría la descarga
NARRADOR OMNICIENTEVladimir acomoda las solapas de su traje mientras Elena camina a su lado con la eficiencia de una asistente acostumbrada a desenvolverse en los círculos más exclusivos. Su expresión permanece serena y sus movimientos son precisos, aunque por dentro no deja de pensar en el peligro que están a punto de enfrentar. Van a meterse directamente en la boca del león, rodeados de hombres que no dudarían en disparar si sospecharan que algo no encaja. Hasta el momento, nadie conoce la verdadera relación que los une con Bianca y Adrián, pero en el mundo criminal los secretos rara vez permanecen ocultos para siempre. Basta un movimiento en falso, una mirada demasiado prolongada o una palabra fuera de lugar para despertar sospechas.Detrás de ellos, los hombres de Vladimir avanzan con una determinación que no deja espacio para las dudas. Esta vez no llevan simples pistolas escondidas bajo sus chaquetas. Cargan fusiles y subfusiles, además de explosivos de alta potencia preparados
BIANCAEl corazón me martillea en el pecho al saber que Ivanov vendrá.La noticia provoca un receso inmediato en la negociación, y los hombres que permanecen alrededor de la mesa comienzan a discutir entre ellos. Algunos se muestran claramente molestos al enterarse de que Tideman pretende venderme a Vladimir. El que más se altera es un hombre calvo, de edad avanzada, que golpea la mesa con una mano y exige que Ivanov esté presente antes de tomar cualquier decisión. Según él, está dispuesto a entregar la mitad de todo lo que posee con tal de quedarse conmigo.La sola idea me produce náuseas.Ya ni siquiera hablan de mí como una persona. Soy una cifra, que puede pasar de unas manos a otras dependiendo de quién esté dispuesto a pagar más.Evito cualquier mirada con Jeke, porque entendí desde el momento en que habló de Vladimir qué, es un aliado de nosotros.El guardia entra a colocarme el collar alrededor del cuello. El mecanismo se cierra con un sonido seco que me eriza la piel de inmed







