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MANZANITA

Author: Roseanaautora
last update Petsa ng paglalathala: 2026-04-19 08:48:54

MANZANITA

—Yo…

Le levanté las manos y se las sujeté arriba, contra la pared fría:

—Ni siquiera hemos empezado, “amor”.

—Shhhh… —siseó—. La gente puede oír.

—Hace unos minutos no parecías nada preocupada por eso. —reí, con sarcasmo.

—Señor ilusión óptica, por favor, no tenga en cuenta nada de lo que hago… porque estoy ligeramente borracha.

Ni imaginaba que yo me había tomado seis dobles de whisky. Y que cuando bebía, me excitaba de forma extrema y podía aguantar horas follando. Tal vez era hora de irnos a un lugar más reservado.

Pero sus labios me llamaban. Y no tenía ganas de ir a ningún sitio que no fuera aquel cubículo. Las luces parpadearon de nuevo y alguien gritó afuera.

—¿Has probado tu propio sabor, “amor”?

Abrió los labios para decir algo, pero no la dejé. La tomé en otro beso hambriento, mezclando el sabor de su coño con la saliva, mientras con una mano le sujetaba las suyas por encima de la cabeza y con la otra me desabrochaba el cinturón.

¡Tiempo! Necesitaba al menos tres horas para hacer todo lo que quería hacerle.

Los gemidos de mi chica eran demasiado altos, incluso contra mis labios. Y, aun siendo quien era, sabiendo que no me molestarían, no quería llamar la atención ni correr el riesgo de que una situación así se hiciera pública.

La giré de espaldas con un solo movimiento y le levanté el vestido. Mi polla, por primera vez en la vida, suplicaba correrse más que cualquier otra cosa. Levanté el vestido con prisa. Por cierto, ¿por qué tanto tejido?

Froté el glande por toda su extensión, intentando, inútilmente, controlarme y durar más. Gemí en su oído y luego chupé la piel sensible de su cuello. Ella jadeó. La acomodé, alzándole las caderas.

Empujé despacio al principio, solo la punta, y ella arqueó aún más la espalda, un gemido ahogado escapando. Le tapé la boca, para que se mantuviera en silencio. Forcé más, centímetro a centímetro, como si necesitara torturarme de esa forma dulce y urgente.

Mientras la sostenía contra la pared, observé su mano apoyada en el azulejo. Y vi el pequeño detalle en el dedo anular derecho: un corazón, diminuto, delicado, demasiado íntimo como para ignorarlo.

Sus uñas intentaban clavarse en el azulejo, inútilmente. Cuando por fin sentí el calor que envolvía mi polla, empecé a embestir de verdad, fuerte y profundo, sin piedad. Su coño parecía adaptarse poco a poco, succionando mi polla en cada embestida.

Gemí, sin control, mientras la follaba con fuerza, mi cuerpo grande envolviendo y aplastando el suyo contra la pared. Presioné su rostro contra el azulejo y fui succionando la piel sedosa de su cuello, intentando no correrme tan rápido, porque normalmente aguantaba mucho más.

Ella gritó, contenida. Solté despacio la mano de sus labios y susurré, con dificultad:

—Contrólate… no estamos solos.

—Yo… no aguanto —su voz falló—. Creo que voy a…

—Córrete para mí —gruñí en su oído, una mano bajando para frotar el clítoris, mis dedos resbalando en la humedad—. Y entiende de una vez por todas que no soy una ilusión óptica.

Se estremeció, su coño apretándose alrededor de mi polla, y se corrió de nuevo, esta vez de forma más intensa, con todo el cuerpo convulsionando.

Cuando la sujeté por la cintura, la tiré con firmeza hacia mí y me sentí listo para correrme, sin contenerme. Fue entonces cuando vi el hilo de sangre en mis dedos. Y me quedé tan incrédulo que no conseguí sacar la polla a tiempo y me corrí dentro de ella.

Rápidamente intenté contener el semen caliente que aún salía y tiré de sus caderas, golpeando mi polla contra su piel clara y suave hasta que salió cada gota. Fue el polvo más perfecto, sucio y desquiciado de mi vida.

Entonces mis ojos captaron otro detalle. Tenía otro tatuaje. Una manzana mordida, diminuta, en la curva de la nalga derecha.

Por un instante, mi visión falló y me sentí mareado. Dudé si era el efecto tardío del whisky o el colapso insistente de las luces que se apagaban y volvían cada cinco minutos.

Todo en esa chica parecía marcado del mismo lado, como si hubiera elegido un eje para existir.

Mientras se acomodaba el vestido, aún de espaldas, vi la pequeña mancha de sangre en su ropa. Miré mis propios dedos y la constatación llegó:

—Manzanita… ¿eres… virgen?

El golpe me atravesó con fuerza, no como culpa, sino como shock. Como si algo sagrado hubiera ocurrido en el lugar más improbable del mundo.

Se giró hacia mí:

—Si realmente no eres algo que la borrachera creó en mi mente, creo que “era virgen”. Porque, técnicamente hablando… ya no lo soy.

—Joder… si lo hubiera sabido… no lo habría hecho así.

Sonrió y traté de concentrarme en sus ojos, pero no conseguí distinguir el color, porque mi mente parecía fallar, igual que todo el maldito sistema eléctrico de aquel lugar.

—Si no lo hubieras hecho así, no habría sido tan perfecto. Si esto es solo una ilusión causada por la bebida, mañana no recordaré cada detalle.

—No hay forma de no recordarlo, Manzanita… —acaricié sus labios, como si necesitara memorizarlos.

—¿Por qué demonios me estás llamando Ma…?

La alarma sonó de repente, urgente, caótica. ¡Incendio! O un fallo general. No había forma de quedarse a comprobarlo.

—Tenemos que salir de aquí —dije, tirando de su mano y abriendo la puerta.

El baño se volvió un caos. Pero fuera, era aún peor: gente corriendo, gritos, empujones.

Le sujeté la mano con fuerza. Pero alguien apareció de la nada y me la arrancó:

—¡Cariño, estás bien?! ¡Tenía tanto miedo de perderte!

Dijo esas palabras mientras la alzaba en brazos y salía corriendo. La vi alejarse… hasta que la perdí de vista.

En cuestión de segundos, sentí un pinchazo demasiado fuerte en el pecho. Intenté desabrochar los botones de mi camisa, sin éxito. Mi cuerpo empezó a arder. Y no, no había señales de incendio en ninguna parte. Parecía realmente un fallo del sistema.

En segundos, dejé de controlar mi cuerpo. Y caí. Después, todo se volvió negro. 

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