INICIAR SESIÓNElena
El viaje a Lunaria fue largo. No por la distancia, sino por el silencio. Pasé todo el trayecto mirando el paisaje por la ventanilla, sin decir una palabra. Cuando llegamos al hotel, me impresionó su elegancia. La fachada era de piedra blanca, los balcones estaban cubiertos de enredaderas violetas. La recepcionista nos recibió con una sonrisa cordial. Tras revisar la reserva, nos entregó tres llaves doradas, cada una con un número grabado en cursiva. —Una habitación para el señor y la señora Valcázar, otra para la señora Adriana y su esposo, y la última para las señoritas Natalia y Elena. —¿Yo dormiré con Natalia? —pregunté, sorprendida. —No tenemos habitaciones individuales disponibles —respondió sin más. Mi padre tomó las llaves sin mirarme siquiera. —Perfecto. Que compartas habitación con tu hermana te recordará lo que significa ser parte de esta familia —espetó. Al entrar, Natalia se lanzó sobre la cama más grande, encantada. —¡Madre mía, qué vista! Mira, Elena, se ve toda la Plaza de los Juramentos desde aquí. Dicen que si estás enamorada de verdad, el hombre te trae justo a este lugar para jurarte amor eterno. ¿Te imaginas? Qué cursi… pero qué bonito, ¿no? No le hice ni caso a mi hermana. No estaba para cuentos románticos ni leyendas de la Plaza de los Juramentos. La verdad, tenía la cabeza en otra parte… más bien estaba pensando en cómo perder la virginidad lo antes posible. Así, sin rodeos. Mientras ella hablaba de promesas eternas, yo solo quería quitarme de encima ese cartel invisible de “inexperta” que parecía brillar más que mi pelo rubio. Dejé mi maleta junto a la cama más pequeña, cerca de la ventana. Me senté en el borde, mientras ella sacaba vestidos y hablaba de encajes y tonos marfil. Yo solo miraba las luces de Lunaria titilar en la distancia, buscando desesperadamente una solución. Esa noche, mientras Natalia dormía con esa cara tranquila que parecía sacada de un anuncio de colchones, yo seguía despierta, dando vueltas en la cama. En voz baja, sin pensarlo mucho, solté: —No voy a dejar que me compren. Pensarlo no servía de nada. Ya estaba harta de darle vueltas. Tenía que hacer algo. Me planteé largarme. Así, sin más, salir en plena noche, pillar un taxi y desaparecer rumbo a alguna ciudad perdida, vivir rodeada de plantas, curanderos y gente que no me hiciera preguntas. Sonaba bien... pero claro, no tenía ni un euro, ni conocidos, ni un plan decente. Y para colmo, ni siquiera sabía si fuera de Lunaria habría alguien que me echara una mano sin esperar algo a cambio. Así que ahí me quedé, atrapada entre las ganas de huir y la realidad. La desesperación me tenía agarrada del cuello. Si mi virginidad era lo único que mis padres valoraban de mí… ¿y si la perdía antes de que pudieran usarla como moneda de cambio? ¿Y si, por una vez, hacía algo por mí, sin pedir permiso, sin esperar el momento perfecto? Solo pensarlo me revolvía el estómago. No por miedo, sino por lo jodido que era tener que plantearse algo así para sentirse libre. “No pueden hacerme esto", pensé, tapándome la cara. No quería hacerlo. Pero solo faltaban horas para que arrancara el Gran Encuentro, y mi padre no estaba jugando. Lo de venderme no era una amenaza, era su plan. Y lo peor es que lo decía con esa calma suya, como si estuviera hablando de vender una mochila, no a su hija. Cerré los ojos. Tal vez no podía huir. Tal vez no podía evitar lo que vendría. Pero sí podía decidir qué hacer con mi cuerpo. De pronto, escuché pasos en el pasillo. Voces lejanas, risas. Eso significaba que Lunaria seguía despierta. Cuando el reloj dio la medianoche y los pasillos se quedaron en silencio, me levanté despacio, sin hacer ruido. Me puse un vestido sencillo, color vino, el único que parecía gritar “mírame”, y me recogí el pelo en una trenza bien apretada. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la boca. Pero ya estaba en pie. Ya había decidido. Salí de la habitación sin pensarlo mucho y me fui directa al bar del hotel. Al entrar, lo primero que vi fue a un pianista en una esquina, tocando melodías nostálgicas. El ambiente era tranquilo, íntimo... Me senté sola en un taburete junto a la barra y pedí un té de jazmín, porque no sabía qué otra cosa pedir. El camarero me miró con curiosidad. Escaneé el lugar con calma, como quien busca algo sin querer parecer desesperada. Yo sabía lo que estaba haciendo. Estaba lista para resolver mi problema. A cada sorbo del té, mi mirada iba saltando de rostro en rostro. Hombres solos, hombres en grupo, algunos hablando bajito, otros mirando el móvil. Ninguno parecía exactamente lo que buscaba, pero tampoco descartaba nada. Esa noche, yo decidía. Un chico rubio hablaba demasiado alto. Otro, con traje y sonrisa de anuncio, parecía más enamorado de su reflejo que de cualquier persona real. Y uno más, con mirada intensa y gestos bruscos, me dio mala espina desde el primer segundo. Lo descarté en cuanto lo vi interrumpir al camarero con ese gesto mandón. Intentaba convencerme de que esto era lo correcto. No buscaba amor, ni mariposas, ni promesas dulces. Solo alguien que me tratara bien, sin hacerme sentir como un objeto. Quería cerrar de una vez ese capítulo que mis padres consideraban mi única “virtud”. Pero claro, mi corazón, con su manía de soñar despierto, no se rendía tan fácil. Seguía esperando algo más. Algo que, en ese bar, parecía no estar. Cada candidato se convertía en un “no”. A cada uno le sacaba un defecto, como si buscara razones para no seguir adelante. Empujé ligeramente la taza, ya fría. Llamé al camarero con un gesto leve. —¿Podría cargarlo a la cuenta de la habitación 306? Asintió sin decir nada, pero no se fue enseguida. Se quedó ahí, unos segundos más, como si supiera que yo todavía tenía algo en la punta de la lengua. —¿Hay algún otro bar cerca? Fuera del hotel. El camarero entrecerró los ojos, me miró con cautela, como si estuviera decidiendo si confiar o no. Parecía estar calculando cada palabra antes de soltarla. —Hay uno —dijo al fin—. Bajando la calle, a la izquierda, justo al lado de la fuente de los espejos. Se llama “El Manto Rojo”… pero no es un sitio para señoritas como usted. Si no quiere líos, mejor ni se acerque. Ahí solo hay hombres... Sentí un cosquilleo en el pecho. Algo me decía que tenía que ir. Que tal vez, justo allí, encontraría al tipo indicado para esa noche. No tenía muchas opciones. Estaba convencida de que en ese bar había alguien que podía ayudarme, y no pensaba rendirme hasta encontrarlo. El camarero se inclinó un poco, como si estuviera a punto de contarme algo que no debería. —Allí se juntan hombres salvajes. Solo quieren placer. No preguntan nombres, no hacen promesas, y no les importa de dónde viene una mujer… solo a dónde está dispuesta a llegar.LYCAN Estoy tirado en la hamaca, con el sol dándome en la cara y el culo medio dormido de estar tanto rato aquí, pero no me pienso mover. Porque lo que tengo delante es jodidamente perfecto. Elena está sentada en el césped, con nuestro hijo de tres años jugando con sus rizos, riéndose como si el mundo fuera suyo. Y lo es. Porque si alguien merece toda la felicidad del puto universo, es ella. Y él. Y esa barriga que crece cada día más. Dos meses. Solo dos malditos meses para ver la carita de nuestra niña. Y sé, lo sé con cada fibra de mi cuerpo, que va a ser igual de fuerte, igual de valiente, igual de increíble que su madre. Me duele el pecho. Como si el corazón se me estuviera estirando de tanto amor. Y no me lo creo. No me creo que esto sea mío. Que ella sea mía. Que este pequeño terremoto que corre por el jardín sea mi hijo. Que esa niña que aún no ha nacido ya me tenga completamente rendido. Porque yo no me merezco tanto. No después de todo lo que hice, de todo lo que oculté, de
ELENA Lycan caminó hacia mí. Hasta que estuvo tan cerca que pude sentir su respiración. Levantó la mano despacio, como si temiera que fuera a apartarme. Pero no lo hice. Sus dedos rozaron mi mejilla. Y en cuanto me tocó… todo cambió.Vi un destello y de pronto, imágenes. Como si alguien hubiera abierto una puerta en mi cabeza.Me agarré a sus brazos, porque sentí que me iba a caer. Él me sostuvo. Y entonces lo vi todo.Lo vi solo, en su habitación, con la mirada perdida y llorando en silencio mientras sostenía una de mis camisetas. Lo vi hablar con Liora, con miedo, con culpa, con desesperación, le suplicaba que no me hiciera daño. Lo vi protegerme, incluso cuando yo creía que me estaba traicionando. Y sentí su amor, su miedo, su dolor y la verdad.No había mentiras en lo que vi, solo heridas y amor. Un amor tan profundo, tan salvaje, tan real… que me atravesó el pecho. Mis piernas flaquearon. Pero él me sostuvo más fuerte.—Elena —susurró, con la voz rota—. ¿Lo ves?Asentí, con lág
ELENA A lo lejos escuché rugidos de motores. Me giré de golpe y vi que venían más coches. Se acercaban por el camino de tierra, levantando una nube de polvo tras ellos.Mi cuerpo se tensó. El corazón me dio un vuelco. Sabía perfectamente lo que significaba. La manada de Lycan estaba aquí.Los coches se detuvieron en fila, como si estuvieran preparados para entrar en combate. Las puertas se abrieron. Y uno a uno, empezaron a bajar.—¿Por qué están aquí? —le solté a Lycan, sin bajar la mano—. ¿Qué se supone que vas a hacer?Lycan se acercó un paso, solo uno. Y lo miré como si la visita de la manada fuera una traición.—No están aquí para hacerte daño —dijo, con la voz baja—. Están aquí porque yo les pedí que vinieran. Para protegerte.—¿Protegerme? —me reí—. ¿De qué? ¿De ti?—¡Elena! —exclamó, con los ojos brillando—. Yo te amo. Jamás he pensado en quitarte a nuestro bebé. Jamás.—¿Ah, no? —le solté, cruzándome de brazos—. ¿Y entonces por qué hablabas con Liora? ¿Por qué te fuiste
ELENA Solo podía pensar en Lycan. En su dolor. En su maldita soledad. Parecía que una maldición lo envolvía, como si la Diosa Luna se divirtiera con él. Le mostraba a su compañera de vida… y luego se la arrancaba de las manos, una y otra vez. Como si le dijera: “No mereces amor.”Y él… se lo creía. Creía que algo malo había en él. Que era su culpa. Que su amor traía muerte.Pero no. Y Lycan no era el culpable de las muertes. Era Liora, una asesina.Y eso me rompía. Porque pensé que tal vez jugó conmigo, porque su deseo era tener un cachorro y ya cansado de tantas muertes... Pensó en quitarme a mí bebé.Jamás había pensado en castigar a alguien. Nunca. No estaba hecha para eso. Pero en ese momento… La idea se me cruzó por la cabeza. Y no se fue.Liora me estaba haciendo la vida imposible. A mí, a Lycan, a mis hermanas e incluso a mí hijo.Y sí, se merecía un castigo. Uno que le doliera. Uno que no pudiera borrar con una sonrisa falsa ni con sus trucos.Pero entonces apareció
ELENA No sé cómo, pero lo sentí. Liora estaba cerca. Aquí, en la entrada de Moonveil.No me lo pensé. No me puse a analizar si era seguro, si debía esperar, si alguien más debía ir primero. Me levanté, salí del dormitorio y empecé a caminar directa hacia la entrada. Con el corazón latiendo fuerte, pero sin miedo.Sabía que Lycan también estaba en camino. Lo sentía en el aire, en la forma en que el viento se movía, en cómo el medallón vibraba contra mi pecho. Pero me daba igual todo.No pensaba huir. Ya había huido demasiado. Había corrido, me había escondido, me había callado y ya estaba cansada de esconderme como si fuera débil. Si ellos pensaban que se iban a encontrar a la misma mujer que conocieron… Estaban muy equivocados.Ya no era Elena la miedosa. Era Briselle, la bruja. Y si alguien iba a por mi hijo, a por mí, a por lo que amo… Iban a tener que enfrentarse a todo lo que era.Vi a Seraphine a lo lejos pero no me detuvo. Solo me miró y asintió. Porque ella también sab
ELENA Después de la cena, en el salón fue quedando en silencio. Las conversaciones se apagaban poco a poco, y todos se retiraban a sus casas.Pero Natalia y yo no queríamos dormir aún. Necesitábamos aire.Así que salimos y comenzamos a caminar por las calles de Moonveil. El pueblo estaba tranquilo. Solo caminábamos. Pero entonces… el medallón sobre mi pecho comenzó a brillar. Pero esta vez, la luz era más intensa. Me detuve. El mundo a mi alrededor se desapareció. Ya no estaba en Moonveil. Mi mente había viajado. Y la visión me golpeó con brutalidad.Lycan estaba de pie en medio de su habitación destrozada. Sus ojos estaban rojos, llenos de lágrimas. Su pecho subía y bajaba y su voz… sonaba desgarradora.—¡Elena! —gritaba—. ¡Elena!Su cuerpo temblaba. Golpeaba las paredes. Se arrodillaba. Lloraba como si el mundo se le hubiera roto. Como si no pudiera respirar sin mí.Y yo… lo sentía. Sentía su sufrimiento como si fuera mío. Lo amaba tanto que me dolía. Poco después, la visión se de







