LOGINJean fue mi héroe, jamás iba a olvidar el hecho de que derribó la puerta para evitar un trágico destino.
No paraba de sonreír al recordarlo.
Estaba desayunando junto a mi madre. Papá me dio otro día libre para descansar y recuperarme del pequeño trauma que me hicieron pasar. No había visto a Salomé desde lo sucedido, y eso que vivíamos en la misma casa.
Me preguntaba qué le había dicho mi padre, o si le quitó el cargo, era muy poco probable que sucediera, teniendo en cuenta que era la heredera.
Removí los huevos revueltos. Mamá no me miraba y estaba concentrada en leer las noticias por internet desde su celular. Era como su periódico diario.
—Aquí tiene, disculpe la tardanza, señorita —Una sirvienta terminó de traer el café que faltaba.
—Gracias —respondí.
—Parece que los Zelaznog han avanzado bastante con nuestra ayuda —habló la mujer.
Levanté la vista luego de haber bebido un sorbo de café. Ella no solía hablar a menos que estuviéramos todos en la mesa. Conmigo era bastante reservada, pero a Salomé la trataba como a una muñeca de porcelana que se rompería con cualquier mal tacto.
Carmen Hidalgo, esa era mi madre. Una mujer de cincuenta y cuatro años, con un ruloso cabello rubio como el mío, algunas arrugas en su rostro que trataba de tapar con bastante maquillaje y por supuesto, una cara de culo que no se la quitaba nadie.
Sus pequeños ojos marrones me miraban con detenimiento.
—Ah... —solté.
—¿Ya tu padre te habló sobre tu nuevo trabajo? —cuestionó, alzando una ceja.
—Sí, trabajaré para los Zelaznog —respondí, con firmeza.
Apreté los labios. ¿Por qué mamá me estaba hablando con normalidad? Ella solía ignorarme hasta en los temas más importantes.
—Más te vale que te comportes, Aurora. No podemos cometer ningún error si queremos a esa familia de nuestro lado —informó, dejando su celular de lado.
—En mis planes no está cometer errores —expresé.
Se me había quitado el hambre, por alguna razón quería salir corriendo de ahí. Tal vez era por la incomodidad que sentía al estar a solas con esa mujer, y eso que nunca me había pegado o alzado la voz.
—Aprende un poco de tu hermana mayor, ella siempre aspira por lo más grande —recomendó, llevando un bocado a su boca.
—No tengo intenciones de superar a Salomé. Se enojaría mucho si lo intento —confesé, evitando su mirada.
¿Desafiar a mi hermana mayor? No, eso no fue lo que quiso decir ella, ¿verdad?
—Hay una diferencia entre ustedes dos, Aurora. Ella tiene carácter, pero le falta empatía, algo que tú sí tienes —aseguró, con una mano sobre la mesa—. Tu padre me explicó hace poco que si Salomé llega a cometer algún error, tú serás la próxima heredera. Tenlo en cuenta, aunque no creo que eso suceda. Mi Salomé es la mejor en todo, solo le falta pulir un poco su defecto —añadió, con una sonrisa al mencionar a su hija.
Me confundieron un poco sus palabras, fueron contradictorias.
—Madre, ¿por qué me dices esto? —pregunté, con el ceño fruncido.
—Por nada en especial. No te atrevas a desear el puesto de tu hermana, porque tú y yo sabemos que ella es la más capacitada para ser la CEO de H&G, dejando de lado su falta de empatía —proclamó, con una mirada amenazante.
—No pienso tomar su puesto, mamá. No me tomes como una ladrona —Me levanté, dejando el desayuno a la mitad—. Saldré un rato.
—Por esto no me gusta hablarte cuando estamos solas, te enojas con mucha facilidad, hija —resopló, con la palma en su mejilla.
Se estaba haciendo la inocente, pero sentí que esa mujer me estaba provocando.
¿Quitarle el puesto a Salomé? ¿Por qué creía algo así?
No me interesaba ser ninguna CEO. Suficiente tenía con lo que estaba pasando en mi vida, como para tener que llevar un cargo tan grande.
(...)
Después de la discusión con mi madre decidí ir a mí lugar seguro para calmar mis sentidos. Me habían pasado tantas cosas en un corto período de tiempo.
Necesitaba despejar la mente y leer un poco, aprovechando que tenía todo el día libre. Por lo menos mi padre no estaba en mi contra después de ver un poco la verdadera personalidad de Salomé.
El problema era que mi madre, por más que fingía no estar del lado de ninguna, Salomé era su favorita. Aunque me hacía creer que no era cierto...
Ya estaba cansada de todo.
Estaba dispuesta a cambiar, pero para eso necesitaba ayuda. Poder expresar mis sentimientos iba a ser un trabajo difícil, y no me iba a rendir.
Llegué a la biblioteca, siendo recibida por una animada Sara.
—Buen día, Aurora. ¿Todo bien?
—Creo que mi vida se ha vuelto un revoltillo —resoplé, con pesadez.
—Uh, eso suena terrible. Nada que un libro no resuelva —Me guiñó un ojo.
Le sonreí, me entregó el pase y me dispuse a sentarme en mi sillón favorito. Pero cuando llegué me quedé estática porque ahí estaba sentado el mismísimo Jean.
En sus manos tenía un libro abierto y no tardó en notar mi presencia para mirarme con picardía.
—Hola, bonita —saludó.
—H-hola —tartamudeé, mordiéndome el labio—. Estás en mi sillón.
—¿Lo compraste? —inquirió, juguetón.
Dejó el libro en una mesita a su lado y apoyó ambos antebrazos sobre sus piernas para detallarme.
—Disculpa, es la costumbre. Nadie se sienta en ese sillón —murmuré.
—¿No quieres hablar sobre lo que pasó ayer? —preguntó, interesado.
—No deberías preocuparte, agradezco tu ayuda, pero estoy bien —Sacudí ambas manos con nervios.
Me senté en el sillón frente a él. Había escogido unos libros anteriormente, por lo que los coloqué en la mesa grande que nos separaba.
Estaba un poco nerviosa. La mirada de Jean no se apartaba de mí, no sabía si era un sentimiento de incomodidad u otro.
—Aurora... —me llamó—. ¿Tú hermana te trata mal? —preguntó.
—Mal se queda corto —respondí, con una risa—. Con lo que pasó ayer, se me acabó la esperanza de esperar un cambio en ella.
—No deberías dejarte pisotear por ella —animó, con las cejas inclinadas—. Eres mucho mejor. Seguro te tiene envidia —Puso una pierna sobre la otra.
—No, creo que mi hermana solo está asustada de que le robe el puesto —aclaré, negando con la cabeza—. De todas formas, no me conoces... ¿Cómo estás tan seguro de que soy mejor?
—Pero puedo conocerte, si me lo permites —Se mordió el labio—. Tu hermana se pasó de la raya al dejar que ese tipo se te lanzara encima. Tu padre pensaba lo mismo, ¿qué castigo le puso?
—Todavía no sé... No la he vuelto a ver —Bajé la cabeza.
—Bueno, cambiemos de tema —sugirió, cruzando sus brazos—. ¿Lista para trabajar conmigo la siguiente semana? —sonrió.
Cómo olvidarlo. Él sería mi nuevo jefe y era un poco incómodo estar hablando con normalidad en la biblioteca. Comprimí una sonrisa y eché un mechón de mi cabello hacia atrás con timidez.
—Espero no causarte problemas... —respondí.
—Amarás tanto trabajar conmigo que no querrás regresar —expresó, seguro de sí mismo.
—Veo que eres muy egocéntrico —reí, cruzando mis piernas.
Jean me hacía sentir diferente, que podía hablar sin ser juzgada porque él también decía todo lo que pensaba. Era un sentimiento agradable que me envolvía el corazón con una manta protectora.
Lo miré, con más confianza.
—¿Egocéntrico? Creo que esa palabra se queda un poco corta —refutó, con aires de grandeza—. Por otro lado, ¿te han dicho que tienes unos hoyuelos muy lindos? —añadió.
Solté una ligera carcajada. Ese hombre tenía ocurrencias nuevas todos los días. Era cierto que se me marcaban los hoyuelos, pero nadie solía decírmelo.
—¿Me estás coqueteando, Jean? —indagué, con la voz juguetona.
—Supongo que lo estoy haciendo —afirmó—. ¿Te molesta? Puedo parar.
—No es ninguna molestia —Negué—. Pero no prometo resistirme a tus encantos —me burlé.
—Es que no espero que te resistas —Me guiñó un ojo.
Me mordí el labio inferior porque la chispa entre nosotros iba creciendo cada vez más. A penas nos habíamos conocido, pero sentí que teníamos una química que se desbordaba.
—Me gusta —dije, risueña—. Es cómodo hablar contigo.
—Pensé que te hacía sentir incómoda —soltó, confundido.
—También creí lo mismo, pero acabo de cambiar de opinión —confesé, jugando con mis dedos.
—¿Mañana vendrás? —preguntó.
—En la mañana, luego tengo que ir al trabajo —Bajé la mirada, recordando que vería a Salomé.
—Hey, estarás bien —comentó, con aflicción—. Recuerda que eres fuerte, Aurora. Tal vez no te conozca del todo, pero sé que puedes defenderte de tu hermana. No te dejes pisotear más —sentenció, con seriedad.
—Como ordenes, majestad —bromeé, haciendo una reverencia con mi torso.
—Hablo en serio, Aurora —Me miró neutral—. No te dejes pisotear, o tendré que ir yo mismo a defenderte.
—¿Harías algo así por mí? —inquirí, frunciendo el ceño.
—Podría hacer eso y mucho más, pero es mejor si aprendes a defenderte tú misma, ¿no crees? —mencionó, alzando una ceja.
—Gracias... Lo intentaré. Ya me cansé de no ser nada para Salomé —resoplé, dejando salir todo el aire—. Siempre lo mismo.
—Esa es la actitud —apoyó, más calmado.
Ese día estuvimos en la biblioteca, compartiendo lecturas, riendo y conociéndonos más. Mi corazón se sentía feliz, tanto que latía con una rapidez reconfortante.
*Cinco años después*La brisa era reconfortante para la mujer que estaba sentada en en la orilla del mar, viendo a sus dos hijas corriendo de un lado a otro.Estaba feliz, porque en los últimos años habían logrado conseguir todo lo que se propusieron. Fue difícil criar a dos niñas al mismo tiempo, sobre todo en aquéllas noches en donde lloraba una, luego la otra, y los mantenía a ambos en vela.Jean se acercó a su mujer, sentándose a su lado con dos bebidas refrescantes para el calor.—No pensé que Sara tuviera un niño poco tiempo después del nacimiento de nuestras hijas —habló el moreno, recordando los viejos tiempos.—¡Te acabo de escuchar, Jean! —se quejó la recién nombrada.Y es que Sara había estado con ellos desde los inicios de su relación. Por desgracia, creyó haber conseguido el amor de un hombre, pero se equivocó y terminó siendo madre soltera, aunque estaba agradecida con el hijo que se le dio.—Es que de ti no me lo vi venir —bromeó él.—Yo extraño a Sakura, ¿ustedes no? —c
*Cuatro meses después*Parecía que los días pasaban volando, porque Jean ya estaba mucho mejor e inició con la fisioterapia, por lo que podía moverse con más facilidad que al principio.Era el día de nuestra boda, y aunque no fuera la gran cosa porque sería una reunión pequeña, yo me sentía la mujer más afortunada del mundo.Mi padre al final siguió en contacto conmigo, por lo que se ofreció a llevarme al altar improvisado que había hecho Sara.—No sabes lo arrepentido que estoy por no darme cuenta de que tú debías ser la heredera, Aurora —confesó, mi brazo se entrelazaba con el suyo.—Padre, ahorita puedo decir que soy muy feliz sin necesidad de heredar ese puesto. Estoy bien con mi vida —aseveré.—Y no lo dudo.—Gracias por ser parte de esto, padre... —murmuré, con gratitud—. Es reconfortante saber que cuento con tu apoyo.—Es mi forma de redimirme por lo que te causé, Aurora —alegó.Al final, a Salomé la habían metido a un hospital psiquiátrico porque sus ataques de ira siguieron,
Las semanas pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y Jean ya estaba listo para que le dieran de alta. Podía caminar, pero le costaba un poco mover su torso ya que todavía le daban ciertos dolores que se calmaban con analgésicos.—¿Listo para regresar a casa? —pregunté.Le tenía una sorpresa para cuando llegara. Allá se encontraban: Sara, Ezequiel, Sakura y Marcus. Esperándonos con un gran cartel de bienvenida, unos cuantos globos y una buena cantidad de comida servida en la mesa como si de una fiesta se tratase.—No sabes cuánto. La comida del hospital ya me tiene harto —se quejó, tomando mi mano.—Bien, Jean. Todo listo para que te vayas, recuerda que debes de hacerte chequeos cada cierto tiempo para comprobar que los huesos hayan sanado por completo —Apareció el doctor, sorprendiéndonos—. Sigue mis indicaciones y la receta médica, y estarás bien.—Muchas gracias por la ayuda y el apoyo, doc —expresó, estrechando su mano.—Un placer haberlo ayudado. No se olvide de la fisioterapia, le
Habían pasado unos días en los que estuve en reposo ya que el doctor quería asegurarse de que no tuviera ningún problema. Por fin me dieron de alta y Jean seguía sin despertar, pero solía ir a su habitación todos los días con la esperanza de que abriera los ojos.Mi padre también me visitaba, trayéndome alguno que otro postre que fue previamente aprobado por el doctor. Por alguna razón sentí que quería enmendar el pasado.—¿Por qué no vas a ver a tu hermana? Así te burlas de ella en su cara —sugirió Sara.Ambas estábamos caminando hacia la habitación de Jean, ella me dejaría con él porque tenía que trabajar ese día y ya había mantenido la biblioteca cerrada para estar pendiente de mí.Le estaba agradecida. Sakura también quiso hacer lo mismo, pero tenía que ayudar en la empresa a Marcus y a Ezequiel debido a la situación de Jean.—No creo que haga falta. Estoy bien al saber que recibió una cucharada de su propia medicina —resoplé, abrazándome por el frío que hacía dentro del hospital—
Mis ojos se abrieron lentamente, luchando contra el peso del sueño inducido por el daño que recibí. Las luces del techo blanco parpadeaban borrosas sobre mí, y el olor estéril del antiséptico llenaba mis sentidos.Me di cuenta que estaba acostada en una camilla y tenía una intravenosa. Sentía el cuerpo adolorido, pero sorprendentemente intacto, salvo por los rasguños que ardían en mi piel, y uno que otro moretón.Mi cabeza también estaba rodeada con vendas, en la parte de arriba. Supuse que me llevé un fuerte golpe sin darme cuenta.—¿Aurora? ¿Puedes oírme? —La voz alguien sonaba lejana, pero clara.Con un esfuerzo, asentí, intentando aferrarme a la realidad que se deslizaba entre mis dedos temblorosos por tratar de recordar lo que había pasado.—Estás en el hospital —continuó el hombre que empecé a visualizar, llevaba una bata de médico—. Hubo un accidente... pero tienes suerte. Tú y los bebés están bien, fue todo un milagro que salieran ilesos, considerando las circunstancias. Solo
—Lástima que la cita con el ginecólogo me la dieron para la próxima semana —resoplé.Me encontraba en una cafetería hablando con Sara. Ella me ayudó muchísimo cuando me echaron de casa, y en general nunca me había dejado abandonada.—Bueno, yo voto por que sean trillizos —Cruzó los dedos, bebiendo un sorbo de su batido.—¡Sara! No sean tan cruel conmigo —reproché—. Tener tres niños al mismo tiempo sería muy agotador.—Estaba bromeando —rió—. ¿Y qué tal les va? ¿Todo bien en su nuevo hogar? —Apoyó sus codos sobre la mesa.—Es increíble, no pensé que sería agradable vivir con un hombre —aseveré, comiendo una papa frita.Últimamente me estaba dando el doble de hambre, sobre todo si se trataba de comida chatarra. Ya nos habíamos comido unas buenas hamburguesas que habían llegado por tiempo limitado y estaban en promoción.—Corrección, vivir con un hombre que amas —alegó—. En mis treinta años he compartido piso durante una semana con dos hombres distintos, y ya sabes para qué.Me guiñó el







