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Capítulo 3: La presentación

Author: Star_diva
last update publish date: 2026-09-03 17:43:17

Punto de vista de Isla 

Consuela me encontró una hora antes de la presentación.

Era mayor, mucho mayor que cualquier lobo que hubiera visto. Su pelo era blanco y su rostro estaba marcado por arrugas. Sus manos estaban nudosas como raíces de árbol, pero sus ojos eran agudos. Cuando me miraba, me miraba como si viera algo que valía la pena. 

"Eres la nueva Luna", dijo, y no era una pregunta.

"Soy el nuevo prisionero", respondí.

Esbozó una pequeña sonrisa que apenas se percibía, pero fue la primera muestra de amabilidad que vi desde que Marco mató a ese hombre en mi clínica.

"A veces son lo mismo", dijo, y luego me ayudó a vestirme.

La ropa que habían enviado era preciosa. El vestido era azul oscuro y me cayó hasta los pies. Las joyas de plata brillaban a la luz, y el collar pesaba sobre mi clavícula. Parecía una Luna, y parecía que pertenecía, pero no era así.

Consuela me cepilló el pelo mientras hablaba, y su voz era baja y cuidadosa.

"Mateo nunca ha tomado una Luna antes", dijo. "Su madre, Elena, lleva la casa desde que murió su padre."

Se detuvo, y sus manos dejaron de moverse por un momento. 

"La manada está dividida", continuó. "Los lobos mayores quieren una Luna tradicional, pero los lobos jóvenes te ven como un rehén."

Me giré para mirarla. "La maldición", dije. "Todos los lobos de este territorio saben de la maldición Reyes. ¿Qué pasa?"

Consuela guardó silencio durante un largo momento, y sus manos temblaban ligeramente mientras volvía a cepillarme el pelo. Cuando volvió a hablar, su voz apenas era un susurro. 

"Pronto aprenderás, niña, pero no de mí. Algunas verdades son... demasiado peligroso para hablar en voz alta."

Quería presionarla y exigir respuestas. Pero vi el miedo en sus ojos, y vi cómo le temblaban las manos mientras trabajaba. Cualesquiera que fueran los secretos que guardaba este lugar, no eran suyos para contarlos. Lo dejé pasar, pero solo por ahora.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la puerta se abrió de golpe.

"Doce años, Isla. Doce años, y nunca enviaste noticia.” 

Conocía esa voz, y había soñado con ella durante años. Lo había soñado en la oscuridad de mi pequeño apartamento, y lo había soñado en las horas antes del amanecer, cuando me permitía recordar cómo era tener una familia.

Me giré y Camila Rojas estaba en el umbral.

Por un momento, no la reconocí. Ya no era la chica que recordaba, ni la chica con trenzas y rodillas raspadas que me seguía a todas partes. No era la chica que lloraba cuando me fui y que prometió que me volvería a encontrar.

Ahora era una mujer. Era alta y feroz, y su pelo era un estallido de rizos y desafío. Su piel brillaba dorada a la luz de la mañana, y sus ojos ardían con algo que parecía furia. También parecía amor, y parecía doce años de espera.

"Camila", dije, y mi voz se quebró.

Cruzó la habitación en tres zancadas y me atrajo hacia sus brazos. Ella temblaba, y yo también. Nos quedamos allí abrazados, y por primera vez en doce años, me permití llorar.

"Me dejaste", susurró en mi cabello. "Me dejaste y nunca volviste."

"No pude", dije. "Si volviera, ellos..."

"Lo sé", dijo ella. "Lo sé."

Se apartó y me cogió la cara entre las manos. Me miró como si intentara memorizar cada línea, cada cicatriz y cada sombra de mi rostro. 

"Nunca creí que la mataste", dijo. "Nunca lo creí, Isla. He esperado doce años para decírtelo."

Quería preguntar quién, y quería gritar. Quería sacudir a Camila hasta que se me olvidara todo, pero el guardia estaba en la puerta. Estaba observando y esperando, y este no era el momento adecuado. Nunca había tiempo suficiente, así que me tragué las preguntas y asentí.

Porque vine a Valdoro por una razón. Vine a averiguar quién mató a mi madre, y todo lo demás podía esperar. El vínculo no me importaba, ni la maldición. El matrimonio tampoco importaba. No olvidaría, y no pararía hasta tener la verdad.

Algo se aflojó en mi pecho, y era algo que no sabía que llevaba encima.

"Voy a averiguar quién lo hizo", dije. "Y voy a hacer que paguen.” 

Camila sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que había estado esperando para cazar.

"Puedo ayudarte con eso", dijo. "Pero primero, tienes que sobrevivir a este lugar."

Miró hacia la puerta y su rostro se volvió serio.

"Elena Reyes no es tu enemiga", dijo. "Ella es tu verdugo, y está esperando a que cometas un error.

Camila sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que había estado esperando para cazar.

"Puedo ayudarte con eso", dijo. "Pero primero, tienes que sobrevivir a este lugar."

Miró hacia la puerta y su rostro se volvió serio.

"Elena Reyes no es tu enemiga", dijo. "Ella es tu verdugo, y está esperando a que cometas un error. Envenenó a las dos últimas mujeres que Mateo trajo aquí. Uno huyó y otro está enterrado en el cementerio familiar. Dicen que se cayó por las escaleras."

Se me volvió el estómago helado.

"¿Y Mateo?" Pregunté. "¿Qué es él?"

Camila dudó. "Mateo es complicado. No es cruel por el simple hecho de hacerlo, pero sí está desesperado, y los lobos desesperados muerden."

La puerta se abrió y un guardia se plantó en el umbral.

"Es la hora", dijo. "La manada está esperando."

Envenenó a las dos últimas mujeres que Mateo trajo aquí. Uno huyó y otro está enterrado en el cementerio familiar. Dicen que se cayó por las escaleras."

Se me volvió el estómago helado.

"¿Y Mateo?" Pregunté. "¿Qué es él?"

Camila dudó. "Mateo es complicado. No es cruel por el simple hecho de hacerlo, pero sí está desesperado, y los lobos desesperados muerden."

La puerta se abrió y un guardia se plantó en el umbral.

"Es la hora", dijo. "La manada está esperando."

Enderezé la espalda y levanté la barbilla. No dejaría que me vieran asustada, y no le daría a Elena Reyes la satisfacción de verme derrumbarme. Había sobrevivido doce años de exilio, así que podía sobrevivir una tarde en una habitación llena de lobos.

Seguí al guardia hasta el gran comedor.

El gran comedor era enorme, y cientos de lobos estaban en filas. Sus ojos me seguían mientras caminaba por el pasillo entre ellos, y sentía sus miradas como cuchillos sobre mi piel. Algunos tenían curiosidad, otros celosos y algunos esperaban a que me cayera.

Al final de la sala, en un estrado elevado, estaba sentado Mateo. Vestía de negro y su pelo oscuro estaba apartado de su rostro. Sus ojos dorados estaban fijos en mí con una intensidad que me debilitaba las rodillas, y a su lado estaba sentada una mujer que conocía sin que me dijeran que era Elena Reyes. 

Era hermosa y fría, y era eterna como suelen ser los lobos que hacen pactos con poderes oscuros. Su cabello era plateado y sus pómulos marcados. Sus ojos eran del mismo dorado que los de su hijo, pero eran más duros y fríos. Parecían monedas que habían sido pulidas demasiadas veces.

Caminé hacia ellos. Mis piernas estaban firmes y mis manos firmes, pero mi corazón no.

Cuando llegué al estrado, Elena se levantó de su silla. Ella se acercó a mí con pasos lentos y deliberados, y yo me quedé quieto mientras me rodeaba como un lobo rodeando a su presa. Sus dedos tocaron mi pelo, mi hombro, y se detuvieron en mi mejilla.

"¿Este es el lobo que mi hijo ha elegido para estar a su lado?" dijo.

Su voz era suave y dulce, pero también venenosa. No tenía ninguna duda.

"Se parece a su madre", continuó Elena. "Es delgada, débil y maldita.” 

Me tocó la cara de nuevo, y sus dedos estaban fríos contra mi piel.

"Veremos si aguantas más que ella."

Algo dentro de mí se rompió, pero no lo mostré. Encontré la mirada de Elena y no se inmuté ni aparté la vista.

"Mi madre fue asesinada por alguien que le temía", dije, y mi voz resonó por el salón. "No te tengo miedo.” 

El silencio que siguió fue absoluto, y sentí que la manada contenía la respiración. Sentí el peso de la furia de Elena presionándome como una fuerza física, pero no aparté la mirada.

Entonces Mateo estaba allí.

Su mano se cerró alrededor de mi cintura y me atrajo hacia él. Su otra mano se deslizó hasta mi garganta, pero no me estaba ahorcando. Solo me estaba abrazando y reclamándome. Su pulgar presionó mi pulso como si intentara sentir cómo se aceleraba. 

"Esta es Isla Torres", dijo, y su voz resonó por el salón. "Ella es mi Luna elegida. Ella dará a luz a mis herederos y gobernará a mi lado."

Sus ojos fríos y autoritarios recorrieron la multitud.

"Quien hable contra ella, habla contra mí."

Se inclinó y sus labios rozaron mi oreja. Para la manada, parecía un susurro de amantes, pero sus palabras no eran suaves.

"Tienes una boca lista", dijo. "Disfrutaré rompiéndola.” 

Mi mano se movió a su muñeca y podría haber roto su agarre. Yo era más fuerte de lo que él sabía, y era más fuerte que nadie. Pero en vez de eso, me apoyé en él y mi cuerpo se curvó contra el suyo. Mi voz era un susurro que solo él podía oír.

"Puedes intentarlo."

Por un momento, algo cambió en sus ojos. Parecía sorpresa o interés, o quizá respeto. Luego desapareció, y me soltó. 

La manada aulló su aceptación, y el sonido llenó el salón. Resonó en las paredes y vibró en mi pecho. Me puse junto a Mateo con la mano aún en mi cintura, y sonreí.

Sonreí como si estuviera feliz y agradecido. Sonreí como si perteneciera, pero por dentro contaba las caras entre la multitud. Estaba memorizando las salidas y construyendo un mapa de este lugar ladrillo a ladrillo en mi cabeza.

Había venido aquí como prisionera, pero no me iría como tal. 

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