LOGINAntonella
Por la mañana desperté temprano, más por el frío que por ganas. El cuarto donde pasé la noche parecía una nevera . Me di una ducha rápida, el agua helada me cortaba la respiración, pero al menos me despejó un poco todo el estrésacumulado. Me puse un pantalón cómodo, calcetines de algodón, una blusa y encima una camiseta de mangas largas. Me recogí el cabello en una coleta alta, agarré mi bolso —lo único que ahora podía llamar mío ya que no tengo nada mas— y salí.
Caminé por la plaza con el estómago vacío. Me compré un emparedado y un batido para engañar el hambre mientras empezaba la búsqueda de trabajo. La ciudad aún estaba despertando, pero yo sentía que llevaba días sin descansar.
Entré primero a una tienda. Respiré hondo.
—Buenos días… ¿están contratando? —pregunté, entregándole mi identificación al dueño.
Él apenas la miró y negó con la cabeza.
—Ahorita no hay vacantes.
Me quedé un segundo parada sin saber qué hacer. Luego solo asentí, agradecí y seguí caminando.
Más adelante vi a unos hombres descargando cajas enormes de un camión. Mi primer impulso fue acercarme, pero enseguida recordé mi estado de embarazo. Y esas cajas parecían pesar más que yo. Me alejé en silencio, tragándome la frustración.
Entré a una heladería poco después. El olor a azúcar y crema me recibió cálido, pero la gerente no tanto.
—Hola, busco trabajo… ¿estará contratando? —pregunté con algo de esperanza.
Ella me miró de arriba abajo.
—Sí necesitamos personal… pero, ¿tiene sus papeles en orden?
Bajé la mirada, sintiendo esa mezcla de vergüenza y resignación que ya se me hacía costumbre.
—Entonces no puedo contratarla —dijo—. Aquí todo se maneja con papeles, usted sabe, ética y esas cosas.
—Lo entiendo. Gracias igual —respondí y salí sin mirar atrás.
Seguí caminando. En otra tienda de flores pregunté a una señora.
—¿Busca flores, querida? —dijo con una sonrisa amable.
—No, señora… busco trabajo.
Su rostro cambió.
—Ay mijita, aquí no… estoy sola porque todo va mal. Está difícil encontrar trabajo por este lado.
—Gracias —susurré, disculpándome antes de salir.
Al alejarme, me vino a la mente la señora Guzmán. Sin pensarlo marqué su número.
—¿Hola señora, como esta?
—Estoy bien, y tú.
—Mal señora— solloce sintiéndome terrible.
—¡Pero muchacha! —exclamó al escuchar mi voz lloroso—. ¿Pero porqué?
—Señora Guzmán… ¿no tendrá algún trabajito para mí?
—Fíjate que no, mija. Voy de viaje a Estados Unidos a ver a mi familia.
Sentí el corazón encogerse.
—Ah… entiendo.
—¿Y el restaurante? —preguntó de golpe—. ¿Qué pasó?
—Me echaron —logré decir, tragando la vergüenza.
—¿Cómo que te echaron? ¿Qué pasó, niña?
—Es… largo. Pero necesito un trabajo. Me urge… y no estoy en casa.
—¿Y eso? ¿Qué te ocurrió?
—Mi mamá me echó, señora… estoy embarazada.
Un silencio lleno de incredulidad y compasión.
—¿Por eso te echaron del restaurante?
—Digamos que tuvo algo que ver…
La señora suspiró con un lamento que pareció un abrazo.
—Mira, voy a hablar con mi sobrino. Quizás en la empresa donde él trabaja haya algún vacante. También conozco al dueño. Te aviso en cuanto me diga algo, ¿sí?
—Sí, señora… de verdad se lo agradezco.
—¿Necesitas dinero?
—No estoy bien —mentí, porque no quería que se preocupara.
—Bueno, estate pendiente. Te llamo pronto.
Colgamos. Me quedé parada en la plaza, sintiendo por primera vez en días una chispa de alivio. Miré al cielo y solo pedí ayuda rogándole a Dios.
*
Por la tarde, cuando ya pensaba que no recibiría respuesta, la señora Guzmán me mandó una dirección. Un trabajo. En la tienda de ropa más exclusiva del país, y la que aparecia en varias revistas de moda. La tienda Luna.
Tomé un taxi con el nudo en la garganta. Al bajar, el edificio parecía sacado de una revista. Un rascacielos enorme, elegante, y en lo alto un letrero con una luna dorada que brillaba como si fuera real.
Al entrar mis ojos se abrieron asombrados. Las escaleras eléctricas, un elevador enorme, pisos hacia arriba llenos de movimiento. Gente elegante caminando rápido, empleados con uniforme impecable, el olor a perfume caro flotando por todo el espacio. Yo me sentía diminuta, con la ropa que andaba puesta y mi cartera ya gastada.
Me acerqué a una mujer bien vestida.
—Disculpe… vengo a ver al señor David Vallejo.Tengo una cita, la señora Guzmán me envió.
—Ah, sí. Pase adelante —respondió, señalándome una oficina.
Caminé con pasos rápidos, tratando de no parecer tan nerviosa.
En la recepción, otra chica me sonrió profesionalmente.
—Hola, tengo una cita con el señor David. Vengo por parte de la señora Guzmán.
—Un momento, por favor —respondió antes de hablar por su comunicador.—Sí, puede pasar —me anunció.
Toqué la puerta, escuché un “pase” y entré. La oficina era tan elegante que me intimidó de inmediato.
—Buenas tardes —saludé.
—Antonella, ¿verdad? —preguntó él, levantando la vista.
—Sí soy yo. Vine por recomendación de la señora Guzmán.
—Toma asiento. Ella me comentó que necesitas trabajo. Justo ahora tenemos vacantes.
Me senti tranquila. Diosito que pueda trabajar por favor.
—Necesito trabajar, señor… no importa si es de limpieza.
—¿Tienes tus papeles en orden?
—Solo tengo mi identificación y mi celular…
Él pensó un segundo y luego sonrió.
—Si vienes por parte de mi tía, no hay problema. Puedes empezar mañana. Horario de ocho a tres. A veces hay horas extras.
Sentí que el aire volvía a mis pulmones.
—¿De verdad?
—Sí. Antes de venir mañana, ve a sacar tu carnet. Lo necesitarás para el pase. También tu uniforme. Afuera te darán una hoja con los reglamentos, salario y todo lo que debes saber cuando venga el CEO.
—Gracias… de verdad, gracias —dije con voz temblorosa.
Salí de la oficina con los papeles en la mano, pero sobre todo con el corazón un poco más ligero y tranquilidad.
Cuando crucé las puertas de la tienda, respiré profundo. Por primera vez en días, sonreí. Miré el cielo y murmuré.
—Gracias… no me estás abandonando, eres el único que jamás me abandonará.
El salario mensual no era una fortuna, pero sí suficiente para buscar un apartamento, comer bien y mantener a mis bebés. Por ahora mi vientre aún no se notaba, así que podía trabajar sin problemas.
Caminé lejos del edificio con una sonrisa que no recordaba haber hecho en mucho tiempo.
A pesar de esta tormenta… quizá, solo quizá, Dios estaba abriéndome un pequeño espacio de paz y asi poder mantenerme. Tambirm le debo dar las gracias a la señora Guzmán por el apoyó.
Dante.Finalmente, decidimos llamar al chofer; veníamos cargados con todo lo que habíamos comprado en el supermercado. Cuando bajamos en la entrada del rancho, mi madre apareció corriendo junto a las empleadas y los trabajadores, todos deseosos de ayudar. Nuestros hijos estaban agotados:—Tengo mucho sueño, abuelita… —murmuraron, restregándose los ojitos.—Vengan, mis niños, vamos a dormir —respondió mi madre con ternura—. Entren, entren.Mi esposa se acercó, me tomó la mano y me susurró:—Querido, ¿por qué no vamos a descansar primero? Vamos a dejar todo adentro y preparar lo demás por la mañana.—Ve tú, mi amor, yo te alcanzo enseguida —le propuse.—No, mi amor, quiero ayudarte. Aún tengo fuerzas.En ese momento, mi madre se aproximó con el ceño fruncido de preocupación y preguntó:—Hijo… ¿todo esto es para la casa?—Bueno, madre —respondí con una sonrisa y rascándome la nuca, porque ni yo mismo sabía cómo habíamos terminado con tantas cosas—. Entre mi esposa y yo hicimos compras pa
DanteMe siento completamente feliz, y no lo voy a negar: en estos años he tenido muchos altibajos, pero el ángel que Dios me mandó, me ha hecho reflexionar y cambiar. Me ha enseñado a llevar las cosas con calma y, ahora, puedo decir que soy un hombre distinto, alguien que decidió dejar atrás un pasado que lo atormentaba día tras día, sin imaginar que me estaba destruyendo. Este presente ha sido un regalo maravilloso.Mi hija Milagros ya cumplió 12 años, y es una niña hermosa, inteligente, con una sabiduría que sorprende hasta a sus maestros. En sus 12 años ha aprendido a ser discreta, observadora, y yo soy el padre más orgulloso que existe.Antonella ha llevado nuestra empresa más allá de lo que jamás imaginé: muchas ventas, muchos propósitos cumplidos. Sus bocetos y creaciones han sido lo máximo: ropa para niños, trajes de maternidad, y diseños exclusivos que convirtieron nuestra marca en un referente que supera a otros empresarios de moda. Quién diría que recibiría tanta bendición
AntonellaLos días avanzaban como viento en popa, y mis hijos cada día aprendían más cosas nuevas que me llenaban de orgullo. Milagros no paraba de gritar de alegría cuando logró pasar el examen para ingresar a la academia de danza y ballet; obtuvo la mejor calificación de todas. Con solo cinco años, es la niña más inteligente y brillante que pueda existir.-Papi, mami, ¡me siento muy feliz porque pronto podré estar en la academia de danza y ballet y cuando tenga suficiente edad estudiare patinaje! -exclamó Milagros, con sus ojitos iluminados de emoción-. Cuando sea más grande, quiero ser exitosaDante, orgulloso de ella, se agachó para mirarla a los ojos mientras acariciaba su cabello con suavidad. En ese momento nos encontrábamos en el colegio, esperando el inicio del festival escolar. Mi pequeño niño no paraba de saltar de alegría junto a su hermana, contagiado por su entusiasmo.-¿Eso es lo que quieres, mi amor? -preguntó Dante con una sonrisa cálida.-¡Sí, papi! Quiero ser una pa
AntonellaHabía pasado una semana desde que mi esposo fue a poner una demanda de alejamiento contra Giovanni, y la verdad me sentía más que agradecida. Supe que la mujer que trabaja con él, esa tal Catalina, es su esposa, y que tienen dos hijos. Entonces, ¿por qué demonios seguía hostigándome? Mi esposo me explicó que tuvo que cortar lazos en la empresa porque no quería seguir trabajando con ella. No quería que Giovanni se nos acercara, y eso me hizo sentir más plena y segura; no era necesario que hiciera algo así, pero él mismo dijo que era lo mejor y que esa mujer ya lo tenía hastiado.Cuando llegué a la empresa, sentí todas las miradas sobre mí. Algunas sonrisas se dibujaron en los rostros, aunque no sabía si eran sinceras o no. La verdad, me daba igual. Avancé con la cabeza en alto hasta llegar a la recepción.-Quisiera ver al señor Dante Beltmoth -pedí con firmeza.La recepcionista ni se inmutó; estaba distraída con su móvil. Después de unos segundos, levantó la vista apenas y di
Dante.Desde lejos, los observé. Ese tipo estaba allí, junto a su madre… y también Catalina. Todo esto no podía ser una simple coincidencia: Catalina, la esposa de ese imbécil, trabajando en mi empresa. ¿Cómo demonios pasó esto? Necesito sacarla de ahí cuanto antes. No pienso permitir que ni él ni nadie relacionado con él se acerque a Antonella o a mis hijos.Me sentía confundido, molesto, casi paranoico. Necesitaba claridad para hablar con mi madre. Sabía que la señora no tenía la culpa de nada, pero no podía evitar el miedo: si llegaba a descubrir que Milagros es su nieta… no sé qué consecuencias podría traer eso. Quizá puedan exigirle a Antonella la paternidad, sin embargo no hay pruebas de que sea su hija, sin embargo, observando detenidamente, me di cuenta de algo que me dio un extraño consuelo: ese tipo no tenía ni el más mínimo parecido con Milagros. Al contrario, Milagros es como una reencarnación de mi hija fallecida. Era como si Dios mismo me hubiera devuelto a mi pequeña e
DanteBusqué a Antonella con la mirada, pero no la encontraba por ningún lado. Sentí que estaba tardando demasiado y me pregunté por qué se había ido tan rápido. Justo en ese momento, mi madre se acercó a mí con una mujer a su lado. Pero al fijarme mejor, me percaté de que esa mujer no era cualquiera: era la misma que Antonella había mencionado como la abuela de Milagros.Para mi sorpresa, junto a ella apareció Catalina. Al verme, Catalina abrió los ojos, claramente sorprendida de encontrarme en esa fiesta.—¿La cumpleañera es tu madre? —preguntó con curiosidad—. No lo puedo creer… ¿Esa señora es tu madre?—Sí, es mi madre —respondí con un hilo de paciencia.—¿Y esa mujer? —señaló a la señora—. ¿Es tu madre?—No, es mi suegra — me aclaro.—Wow, de verdad pensé que no visitabas a tu suegra después de que me contaste que te habías separado de tu esposo.—Bueno, estamos separados, pero aún vivimos en la misma casa —aclaro con frialdad.—No entiendo… pero bueno, eso no me incumbe — mencio







