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Capítulo 07. Regalos de cumpleaños

last update publish date: 2022-12-22 08:10:20

  —Vaya, no sabía que era tu cumpleaños —comentó Oliver llegando detrás de ella y Anabella dio un brinco y dejó la tarjeta en su puño sin leerla aún —. Felicitaciones, deberíamos ir a brindar al salir del trabajo —exclamó Oliver dándole un beso en la mejilla.

   Anabella sonrió y no tuvo oportunidad de negarse, pues John estaba llegando y había escuchado a Oliver.

   —¿Cómo podrías ir por unos tragos si tienes que hablar con el señor Tolman? —preguntó con sorna y Oliver hizo un puchero, entró al despacho y John observó el arreglo, no varió su expresión, como de costumbre su rostro no mostraba emoción alguna, puso una cajita junto a la computadora de Anabella y entró a su despacho dando órdenes a Oliver.

   Anabella tomó la tarjeta del hermoso arreglo floral para inspeccionarla y decía: Para mi media naranja.

   La caligrafía era de Viviana.

   Anabella negó con la cabeza, su amiga buscaba hacerla interesante y vaya que lo logró Anabella levantó la vista y todas las secretarias la veían con sonrisa conspiradora.

    «Me lleva»

   Entonces Anabella vio la cajita que trajo John y la abrió con cuidado, era una porción de torta de chocolate que decía: “Felicidades” con dulce betún, ahora mordió sus labios para no reír, el regalo de John no era el enorme arreglo, pero sí sabía que estaba de cumpleaños y le había hecho un discreto presente.

   Anabella observó a John a través de la puerta abierta de su despacho, inclinó el rostro y él devolvió el gesto sin que Oliver se diera cuenta.

   Al final de la tarde a Anabella se le había pasado la hora de salida, era mucho el trabajo atrasado, estaba en la sala de archivos esperando a la máquina fotocopiadora para el registro físico y se entretuvo leyendo un caso que involucraba la declaración de un forense.

   —¿Qué hace aún aquí? —escuchó Anabella y puso la mano en su corazón asustada.

   —Casi me mata del susto —contestó Anabella, era John—. Pensé que no regresaría a la oficina después del juzgado.

   —Yo pensé que estaría con quien le envió el arreglo.

   Anabella se puso muy roja.

   —Todos piensan que fue usted…

   —De nada sirve que lo niegues, no hagas caso.

   Anabella fue por los documentos y acomodó las carpeta, John le dio la espalda para irse.

   —Leí un caso en que necesitó un experto forense.

   John volteó.

   —Fue el caso que utilizó mi madre para traerme de Inglaterra.

   —Fue un caso muy público, no lo seguí en las noticias, pero he leído las transcripciones.

   —Fue un infierno de caso.

   Anabella sonrió y se le notaba que quería saber todo acerca del caso.

   —Tiene planes para su cumpleaños —preguntó John.

   —No, Lizzie no puede comer el tradicional pastel de chocolate por mi cumpleaños, el doctor Wells la puso en dieta especial para descubrir el patrón de alergias.

   —Y como cualquier chica, ama el chocolate.

   —¿Acaso usted no ama el chocolate?

   —Depende de con qué lo acompañe —contestó John en voz baja.

   Anabella sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

   —Bueno, ya me voy.

   Anabella quiso pasar por el lado de John.

   —Le invito una copa —ella lo observó—, para contarle del caso, y merece un brindis de cumpleaños, después de todo ocupé a Oliver que quería llevarla.

   Anabella mordió su labio inferior.

   —Ya aquí es un hervidero de chismes, si me ven irme con usted será peor.

   —Si se va y luego salgo yo cinco minutos después dará más pie a las murmuraciones, si ven que no tiene nada que esconder dejará de ser interesante, pero si tiene miedo de tomar una copa conmigo.

   Anabella pensó que era una ridiculez negarse, ella no tenía porqué temerle y él necesitaba que le bajaran el ego.

   Salieron juntos de la oficina, Anabella le envió un mensaje a su madre que se quedaba en su departamento con ellas, John conducía en silencio. Era agradable, él no era un hombre con el que hubiera que rellenar los silencios incómodos, John la llevó a un piano bar, el ambiente era muy ameno, un atento mozo los llevó a una mesa con cómodos sofás frente a una pequeña mesa, John pidió una botella de Dom Perignon  y el mozo de inmediato regresó con el champagne, la sirvió y dejó la botella en un pequeño balde con hielo.

   —Brindemos por su cumpleaños —dijo John y Anabella sonrió y chocó la copa con él, no podía evitar recordar cuando lo conoció, John como si le leyera el pensamiento dio un trago y dijo: —el champagne es idóneo para los brindis, pero quizas prefieres un Château.

   Anabella se carcajeó de risa, no lo pudo evitar, tapó su cara y cuando volvió a ver a John también se reía.

   —No superaremos eso ¿cierto?

   —No todos los días paso de ser abogado a ser gigoló.

   Y Anabella volvió a reír, qué más podía hacer que burlarse de sí misma.

   —Debió decirme quién era.

   —Oiga, yo estaba más confundido que usted, fui a conocer a la secretaria que me asignó mi madre, cosa que me molestó porque yo elijo mi equipo de trabajo y me recibe una diosa con lencería francesa que me pide entrar y no dar mi nombre.

   —Conoce de lencería y de vinos, debería conseguirle una cita con mi amiga.

   —No me interesa conocer a su amiga, Anabella.

   Anabella mordió su labio inferior, el hombre era una tentación con patas.

   —Usted dijo que tenía una amante a la vez, hoy salió en una cita para dos.

   John sonrió.

   —Le llevé un presente del restaurante, ¿cree que la hubiera recordado si hubiera salido con una chica?

   —Me dirá que no estaba con una chica.

   John sonrió y negó con la cabeza.

   —Salí con mi madre, ¿recuerda que es mi jefa?

   Anabella desvió la mirada.

   —Podría mentir, ya sabe lo que dicen, los abogados siempre mienten.

   —Puedes preguntar a la secretaria de mi madre.

   Anabella rodó los ojos.

   —No haré eso, ya los chismes son suficientes, simplemente dejémoslo en que no es mi problema.

    —No tengo necesidad de mentir; creo que cuando dos persona se rigen por un acuerdo y reglas las cosas no se desestabilizan.

   Anabella lo miró entrecerrando los ojos.

   —Fija tus reglas, hazla cumplir, pero sobre todo cumplelas; segunda lección para ser una amante.

   John tomó su copa y la alzó proponiendo un brindis.

   —Por la segunda lección, Anabella.

   Anabella brindó.

   —Brindo porque es descortés dejarte esperando el brindis, pero yo no entiendo eso de lecciones, yo entregué mi corazón y fui directo a que me lo rompieran.

   —¿No quisieras probar otra manera entonces? —inquirió John con voz suave como la seda.

   Y allí estaba la tentación hecha hombre, ofreciendo del fruto prohibido, sin consecuencias, solo diversión, Anabella negó con la cabeza, pero reía y John se sentía por completo desesperado.

   —Sé que quieres decir que sí Anabella, y me mata que no te atrevas.

   Anabella se echó a reír, él la había empezado a tutear, ella haría lo mismo, no era momento de conservar el trato formal.

   —Dios mío, tu ego lo amarraste a un globo de helio y se fue muy arriba.

   —Necesito esto desesperadamente —murmuró John y por un momento Anabella no comprendió —. Eso dijiste seguido de una exclamación de placer cuando estabas sobre mí; no me lo creerás, pero esas palabras me mantienen en vela desde que te conocí.

   —No mientas, no querías que trabajara para ti —objetó Anabella.

   —Nunca he tenido una amante en el trabajo, pero demostraste tu profesionalismo, y en vista de que no te saco de mi cabeza, creo que pudiéramos llegar a un acuerdo fuera del horario laboral.

   —Es decir fingir… Durante todo el día me ignoras como cero a la izquierda y después de salir serás mi amante abnegado.

   —¿Cuántas lecciones te he dado? —preguntó John divertido con las cejas arrugadas de esa manera que lo hacía ver muy sexi.

   Anabella no iba a contestar, pero no resistió.

   —Nombró tres… —murmuró Anabella.

   —Oh sí y la tercera no la escribiste, pero sé que la recuerdas, yo también lo hago.

   —No la recuerdo...

   —No mientas Anabella, mentir siempre es trampa en todo acuerdo.

  Anabella puso su cabello detrás de la oreja.

   —Olvídate de las inhibiciones, esas son aburridas —dijo ella y puso los ojos en blanco sonriendo.

   —La cuarta lección sería: Hay un diferencia entre ser discretos y que seas ignorada.

   Habría que ver cómo es esa diferencia —objetó Anabella renuente.

   —El día de hoy te hice un presente que te demostró que estoy pendiente de ti, pero nadie se dio cuenta.

   —De que hablas, todos creen que me diste un enorme regalo.

   John tomó de su copa.

   —No puedo controlar las habladurías de la bola de chismosos de la firma, pero solo les daré eso, rumores hechos por ellos mismos.

   —¿No me preguntarás quién me envió el arreglo? —preguntó Anabella dejando ver a dónde llega esta extraña conversación.

   —No me importa quien sea, si tienes novio igual te hago mi propuesta, puedes considerarlo una travesura, si es tu exesposo que quiere conquistarte de nuevo, puedo ser tu venganza, todo eso entra dentro de las reglas que fijes.

   —¿Y si una de mis reglas implica ser exclusivos?

   —Debes tener cuidado al plantear reglas, pues recuerda que luego debes cumplirlas —John se echó atrás en el asiento y la miró intensamente—, Si tu esposo regresa, aún no estás dispuesta a cerrar esa puerta.

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