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Capítulo 2: La fuente y la sangre

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-05-22 04:45:51

Maite dejó la copa sobre la mesa y se recostó en la silla de cuero. El reservado de El Jardín Secreto se cerró a su alrededor como una concha.

—Se llama Gabriela López —dijo, bajando la voz—. Es la contadora de una de las familias que está peleando por el trono en estos momentos. Ha estado treinta años en el ajo: lleva los libros, conoce las rutas, las cuentas offshore, los sobornos… todo. Y quiere salir. Por miedo o por conciencia, no me importa. Lo que importa es que tiene pruebas sólidas que nos permitirían dar un golpe enorme al mundo criminal.

Dalia la escuchó sin pestañear. Su copa seguía medio llena, pero ya no bebía.

—¿Y qué quiere ella a cambio?

—Inmunidad. Una nueva identidad. Desaparecer.

—Suena razonable —Dalia inclinó la cabeza—. Demasiado razonable.

Maite arqueó una ceja. Su gesto de ¿ahora qué vas a decir?.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que puede ser una pieza —respondió Dalia, con la voz plana, como si explicara una cláusula contractual—. Que alguien la haya colocado para que dé información que derribe a un rival y allane el camino de otro. Así funciona el juego, Maite. Tú lo sabes mejor que yo. No hay testigos desinteresados en el mundo criminal. Solo peones que aún no han revelado de qué lado juegan.

El silencio se alargó dos segundos. Luego Maite soltó una carcajada.

—Dios, Dalia. Mira que eres paranoica. Parece que te hubieras criado en una película de mafia.

Dalia esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Solo digo que tengas cuidado.

—Ya, ya —Maite agitó una mano, quitándole hierro al asunto—. La próxima vez que necesite un análisis de riesgo, le pregunto a los auditores de tu bufete. Anda, come, que se enfría el pulpo.

Pero Dalia sabía. Sabía porque la conocía. Porque llevaba demasiados años siendo su amiga y sentándose frente a Maite en ese mismo restaurante, en ese mismo reservado. Y porque Maite, a pesar de sus carcajadas y sus bromas, no era de las que compartían información confidencial por casualidad.

Maite siempre sacaba los temas importantes en las comidas. Sobre todo cuando dudaba sobre aceptar un caso, lo mencionaba entre el entrante y el segundo plato. Cuando tenía miedo de un juez, lo soltaba mientras pedían el postre. Y cuando necesitaba su opinión sobre un caso o alguien sin comprometerla oficialmente, elegía el reservado de El Jardín Secreto. Era su dinámica: el restaurante, a pesar de ser su favorito, era su base secreta donde los secretos laborales podían compartirse para aliviar la carga.

Dalia lo sabía. Maite también lo sabía. Y ambas sabían que el «sexto sentido» de Dalia para estos asuntos había salvado a Maite de más de una metedura de pata a lo largo de su carrera.

—¿Gabriela López? —preguntó Dalia, como si aceptara una ficha de dominó—. ¿Es su nombre real?

—Eso dice —respondió Maite, y por primera vez en la tarde Dalia notó un dejo de duda en su amiga.

—Ningún contador de treinta años en el hampa da su nombre real a la primera. Ni siquiera a una fiscal —Dalia la miró fijamente.

Vio cómo Maite dejó de sonreír. Solo un instante. Luego recuperó la máscara.

—Por eso te lo cuento a ti —dijo Maite, más seria—. Para que me ayudes a ver lo que yo no veo.

—Eso ya lo hago gratis.

—Pues hoy toca también.

Dalia cogió la copa por última vez y vació el vino de un trago. El alcohol le ardió en la garganta, pero no le calentó el pecho. Porque dentro de ella, muy adentro, algo se movía. Algo que no era el análisis de una abogada corporativa. Algo más primitivo. Algo que olía a pólvora y a traiciones.

Lo llevas en la sangre, le había dicho Irina una vez. No importa cuánto estudies derecho, pequeña. Cuando el peligro se sienta frente a ti, tu cuerpo va a reaccionar antes que tu cabeza.

Y ahora, mientras Maite pedía la cuenta y bromeaba sobre la próxima comida, Dalia sentía ese escalofrío en la nuca. El mismo que había sentido a los ocho años, en la oscuridad del pasaje que llevaba al garaje subterráneo.

—Quedamos el jueves que viene, si te parece bien aquí. Otra vez —dijo Maite, levantándose y tomando su móvil y su maletín—. Para entonces igual ya tengo más datos.

—Maite… —Dalia la detuvo con la mano—. ¿Por qué me contaste esto hoy? Si no tenías todos los datos para armar un caso… eso es arriesgarse demasiado, incluso entre nosotras.

La fiscal la miró unos segundos. Sus ojos marrones, siempre tan seguros, titilaron apenas. La mirada cambió. El rostro de Maite dejó ver por un momento la fatiga. Esta era la amiga, no la fiscal, hablando. Ambas lo sabían.

—Porque esta vez es diferente —confesó Maite, en un hilo de voz—. Esto no es un caso más. Esto puede tumbarlo todo. Y si algo me pasa… —se detuvo, y el aire se volvió pesado— necesito que alguien sepa desde el principio cómo fueron los hechos.

Dalia asintió. No dijo nada más.

Cuando Maite salió del reservado, el eco de sus pasos se perdió en el pasillo de piedra. Dalia se quedó sola con el mantel manchado de vino y una certeza que le helaba la sangre.

Maite le había contado porque tenía miedo. Y porque confiaba en el sexto sentido de Dalia. Lo que Maite no sabía —lo que nadie sabía— es que ese sexto sentido no era fruto de años de facultad o de intuición femenina. Era sangre. Sangre Malinche. La misma sangre que había corrido por las venas de Otto, el rey caído, y que ahora corría por las suyas, aunque ella hiciera todo por negarlo.

Dalia Scott era una mentira. Pero el instinto de supervivencia de una Malinche era muy real.

Y acababa de despertarse.

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