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Capítulos 3 : La llamada y la morgue

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-05-22 04:55:16

El apartamento de Dalia estaba en silencio. Un silencio de esos que solo se encuentran en los pisos altos de la ciudad, donde el ruido del tráfico se vuelve un zumbido lejano, casi irreal.

Eran las dos de la madrugada cuando el teléfono vibró sobre la mesilla de noche. Dalia salió del sueño como quien emerge del fondo del mar: despacio, con los párpados pesados, la boca pastosa.

El número era desconocido. Atendió por puro reflejo. Una voz casi mecánica la despertó por completo.

—¿Dalia Scott?

—Sí, ¿quién habla? —Se incorporó de golpe, encendiendo la luz de la mesita. El corazón ya le latía demasiado rápido, aunque aún no supiera por qué.

—Soy el agente Mendoza, de la comisaría del distrito 14. —La voz se detuvo unos segundos, como si eligiera las siguientes palabras con pinzas—. ¿Usted es familiar de Tessa Loren?

Dalia sintió un latigazo en el pecho. Tessa Loren. Su hermana usaba el apellido del marido desde que se casó. Había borrado Scott, desprendiéndose del último lazo que las unía a su pasado y de la tapadera que su padre había creado para ellas hacía tantos años.

—Es mi hermana —respondió, y su voz sonó ronca, ajena—. ¿Qué ha pasado?

—Necesito que venga a la comisaría cuanto antes. Por favor, si lo desea, podemos enviar un coche patrulla.

—No es necesario. Voy ahora. Pero dígame qué le ha pasado a mi hermana.

El silencio del agente duró tres segundos. Una eternidad.

—Es mejor que lo hablemos en persona, señora Scott. Por favor, acuda a la mayor brevedad.

La llamada se cortó.

Dalia se quedó un instante con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de línea muerta. No. No puede ser. Tessa no… Se obligó a levantarse. Metió los pies en unas zapatillas. Cogió la chaqueta. Las llaves del coche. Su cuerpo se movía por inercia, pero su cabeza se había ido a otro lugar. A ese lugar del que nunca hablaba.

---

Ocho años atrás.

La cocina de su nana Irina. Las palabras dichas. El comienzo de la brecha emocional entre ellas.

—¿Rey del inframundo? —Dalia había escupido las palabras como veneno—. ¿Y tú me lo dices ahora? ¿Después de que elegí criminalística?

—Te lo decimos porque ya eres mayor —respondió Irina, con su voz de grava—. Y porque ibas a averiguarlo sola. Era cuestión de tiempo.

—¡Eso no es una razón! —Dalia golpeó la mesa. Tessa no levantó la vista—. Tú, Tessa… tú lo sabías desde los doce años. Me mentiste toda la vida.

—Te protegía —susurró Tessa, con los ojos brillantes—. Igual que papá nos protegió a nosotras.

—¡Papá nos abandonó!

—¡No! —Tessa se puso de pie de un salto—. Papá nos salvó la vida. Y si no entiendes eso, es que no mereces saberlo.

Aquella noche Dalia durmió en el sofá de una amiga. No volvió a casa hasta tres días después. Irina intentó reparar el daño durante años, con pasteles recién horneados y frases de reconciliación que ambas aceptaban con una sonrisa cortés. Pero la armonía era solo apariencia. Una fachada que sostenían sin creérsela del todo.

Tres años después. La muerte de Irina.

El cáncer fue rápido. Seis meses desde el diagnóstico hasta el final. Dalia llegó al hospital cuando ya era tarde. Irina no había querido avisarle de que su enfermedad estaba avanzando tan rápido. Solo pudo ver a Tessa agarrando la mano arrugada de la nana, con los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada.

—Deberías haber estado aquí —dijo Tessa, sin mirarla.

—No sabía que estaba tan mal —se defendió Dalia, pero las palabras sonaron huecas.

—Porque no preguntaste. Porque nunca preguntas.

Las dos hermanas se miraron por encima del cuerpo de la única madre que habían conocido. Y en esa mirada hubo de todo: dolor, culpa, un resto de aquella discusión que nunca terminaron de cerrar.

Irina murió al amanecer. Con ella se fue el último puente que las mantenía unidas. A partir de entonces, los encuentros se espaciaron. Las llamadas se volvieron breves, casi protocolarias. Tessa se casó con Marco, se fue a vivir a las afueras, tuvo un hijo. Dalia fue al bautizo, sonrió para las fotos, y se fue antes del postre.

Se seguían llamando. Sí. Compartían alguna que otra comida. Sí. Pero nunca fue igual.

---

Presente

Ahora, en el coche, de camino a la comisaría.

Dalia apretó el volante con las manos. Las calles vacías de la madrugada se reflejaban en el asfalto mojado, como espejos rotos. Pensó en devolver la llamada a ese agente Mendoza. Exigir respuestas. Gritar si hacía falta. Pero no lo hizo. Porque algo en su voz —ese silencio medido, esa compasión profesional— le decía que nada volvería a ser igual después de esta noche.

Tessa, por favor, no seas tú. Por favor, que sea un error.

La comisaría del distrito 14 era un edificio gris y feo, con las paredes manchadas de humedad y un cartel de neón que parpadeaba. Dalia aparcó en doble fila y cruzó la puerta principal con el corazón en la garganta.

El agente Mendoza resultó ser un hombre de unos cuarenta años, con barba de dos días y ojos cansados de turno nocturno. La recibió con un apretón de manos que duró menos de lo cortés.

—Señora Scott, la he traído porque necesitamos que identifique a su hermana. Pero antes debo advertirle que… las circunstancias son duras.

—¿Dónde está? —preguntó Dalia, sin tiempo para advertencias.

No la llevaron a una celda. Tampoco a una sala de espera. La llevaron por un pasillo blanco, con luces fluorescentes que zumbaban como avispas eléctricas, hasta una puerta de acero sin letrero. Mendoza empujó la manija, y el aire que salió de allí era frío. Demasiado frío.

Dalia reconoció ese olor antes de ver nada. Formol.

No. Por favor, Dios, no.

—Su hermana ingresó hace aproximadamente cuatro horas —explicó Mendoza, con voz baja—. Fue un tiroteo en su domicilio. Su cuñado, Marco Loren, falleció en el lugar. Su hermana llegó con vida al hospital, pero… no lograron estabilizarla.

Dalia no escuchaba las palabras. Las oía, pero no entraban. Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si alguien hubiera pulsado el pausa en el mundo y solo ella siguiera moviéndose.

—¿Y mi sobrino? —preguntó, y su propia voz le sonó lejana, como si llegara de otro país.

—El niño está bien. Está con una trabajadora social en la sala de espera. No sufrió daños físicos. Su hermana lo protegió: lo escondió detrás de la cuna y volteó el colchón, usando su propio cuerpo como escudo humano. —Mendoza hizo una pausa—. El pequeño se llama Leo, ¿verdad?

Dalia asintió. No recordaba haber movido la cabeza.

Mendoza abrió la segunda puerta. La cámara frigorífica era pequeña, con dos camillas metálicas cubiertas por sábanas blancas que parecían sudarios.

Dalia se acercó a la primera. Sus piernas pesaban como plomo. Puedes hacerlo. Es solo Tessa. Es solo tu hermana. Cuando retiró la sábana, el rostro de Tessa apareció bajo la luz fría. Pálido. Cerrado. Con una sutura que le cruzaba la sien derecha, negra como el alquitrán. Su hermana tenía los labios amoratados y las manos cruzadas sobre el pecho, como si alguien se las hubiera colocado después de muerta.

—Dios mío, Tessa… —susurró Dalia.

Observó cada detalle. El cabello castaño ondulado, ahora húmedo y sin vida. La pequeña mancha en el iris derecho, apagada. La cicatriz de la ceja izquierda, aquella que se hizo cuando Dalia la empujó en un columpio, riendo, hace veinticinco años.

Todo estaba ahí. Pero Tessa no. Tessa se había ido a algún lugar al que Dalia no podía seguirla.

—¿Quién hizo esto? —preguntó, sin apartar la mirada.

—Aún investigamos. Pero, señora Scott… ¿sabe usted si su hermana tenía algún vínculo con… ambientes conflictivos?

Dalia levantó la vista. Por un instante, el fantasma de Otto Malinche se reflejó en sus ojos. El pasado había venido a cobrar una deuda. Pero Dalia descartó la idea en un segundo. Tanto ella como su hermana habían hecho todo lo posible por alejarse de ese mundo. ¿O no? ¿Y si Tessa nunca llegó a alejarse del todo?

—No —mintió, con la voz más firme de lo que se sentía—. No lo sé. Hace años nos distanciamos después de la muerte de nuestra nana. Manteníamos el contacto para cosas importantes, pero yo sabía muy poco de su vida diaria y de sus círculos de amistad cercanas.

Cubrió el rostro de Tessa con la sábana, con un cuidado infinito. Como si aún pudiera hacerle daño. Luego salió al pasillo, y el aire frío le golpeó la cara como una bofetada.

En la sala de espera, una mujer de jersey de lana tenía en brazos a un niño pequeño. Dos años. Dormía con el pulgar metido en la boca, ajeno al caos, ajeno al horror.

—¿Es usted Dalia? —preguntó la trabajadora social, levantándose—. El niño es su sobrino. No hemos encontrado a ningún otro familiar.

Dalia miró al pequeño. Tenía el cabello rizado de Marco y los ojos avellana de Tessa. Dios, qué parecido. Es como verla a ella de pequeña.

—Soy su tía —dijo, y extendió los brazos—. Me lo llevo.

Leo pesaba menos de lo que Dalia imaginaba. Era un peso diminuto y cálido, un latido de vida en medio de tanta muerte. Se lo arropó contra el pecho, sintiendo el calor de su cuerpo pequeño, y por primera vez en toda la noche sus ojos se llenaron de lágrimas.

No lloró por Tessa. Aún no podía. Lloró por el niño que acababa de perder a sus padres sin saberlo. Por el futuro que le acababan de robar. Por todas las cosas que Leo nunca recordaría y todas las que tendría que aprender a sobrevivir.

—Me lo llevo a casa —repitió, con la voz rota—. Y quiero una copia del informe completo. Mañana estarán mis abogados aquí, aunque soy abogada, no puedo…

—No se preocupe —intervino la trabajadora social, con un tono amable pero eficiente—. Los trámites para la custodia del pequeño Leo serán relativamente fáciles. Aún tendrá que pasar la inspección rutinaria, pero puede firmar los papeles necesarios esta noche y luego llevar al pequeñín a su casa.

Mendoza asintió desde la puerta. Salió un momento y regresó con unos papeles. Dalia los leyó —cada línea, cada palabra— con los ojos todavía húmedos, y los firmó con mano temblorosa pero firme.

Nadie puso objeciones cuando se levantó y se dispuso a abandonar la comisaría.

—Señora Scott —la llamó Mendoza cuando ya estaba en la puerta—. Tenga cuidado. Esto no fue un robo que salió mal. Fue una ejecución. Y quienquiera que lo hizo, no suele dejar cabos sueltos.

Dalia lo miró a los ojos.

—Yo tampoco, agente.

---

Dalia salió de la comisaría con Leo en brazos, bajo la luz amarilla de las farolas. El coche la esperaba en doble fila, pero ella se quedó un momento en el escalón, mirando la calle vacía. El viento de la madrugada le movió el pelo. Leo suspiró en sueños y se acurrucó contra su cuello.

El mundo seguía girando. En algún lugar, los responsables de la muerte de Tessa y Marco celebraban o planificaban su siguiente movimiento.

Y Dalia, la abogada corporativa que había huido de su sangre durante veinte años, apretó al niño contra su pecho y supo una cosa con absoluta certeza.

Se acabó huir.

El pasado no había llamado a su puerta. Había entrado a patadas. Y ahora, con Leo en sus brazos, Dalia Malinche —porque Scott solo era un disfraz— iba a responder al golpe.

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