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Capítulo cuatro

Author: Fannydwriter
last update publish date: 2026-10-05 18:38:17

La luz se sentía diferente por la mañana.

Claire despertó con el gris filtrándose por las persianas que nunca se había molestado en abrir, el cuerpo pesado de esa forma deliciosa y sin huesos que solo venía de haber sido follada a fondo, sin piedad. El brazo de Jake era una marca al rojo vivo sobre su cintura. Apenas respiraba. Solo yacía ahí sintiendo los dolores. Los muslos, las caderas, el lugar tierno e hinchado entre las piernas que latía con un pulso sordo y satisfecho.

La noche anterior había reconfigurado algo. La vergüenza que había cargado durante años, el peso secreto de su obsesión, se había quemado en el calor de su boca, de sus manos, de la forma en que la había mirado como si fuera lo único en el mundo que valía la pena tocar.

Se sentía nueva.

Jake se removió detrás de ella, el brazo apretándose, atrayéndola contra su pecho. Lo sintió duro contra su culo. La deseaba. Incluso inconsciente, su cuerpo sabía del de ella.

—Hola —murmuró, la voz ronca de sueño. Sus labios encontraron su hombro, se posaron ahí—. Estás despierta.

—Mm. —No se fiaba de su voz. En su lugar se giró entre sus brazos, mirándolo de frente, observando cómo se le abrían los ojos. Oscuros, desenfocados, todavía borrachos del sueño que hubiera estado teniendo.

Jake sonrió. —¿Cómo te sientes?

—Bien —dijo ella.

Él levantó la mano, le recogió el cabello detrás de la oreja, el pulgar trazándole la mandíbula. —¿Sí?

—Sí. —Se inclinó hacia su toque, persiguiéndolo, ya adicta—. Jake, yo…

El teléfono de él gritó.

La expresión de Jake cambió de inmediato, algo cerrándose detrás de sus ojos. Se giró, agarró el aparato de la mesita de noche, y Claire observó su cara mientras leía la pantalla.

—Esta noche —dijo, sin mirarla todavía—. Me necesitan para una refilmación. La chica del martes se puso enferma, necesitan cobertura.

El estómago de Claire se hundió a través del colchón, hasta los cimientos del edificio. —¿Esta noche?

—Sí. —Por fin se volvió hacia ella, buscando tocarla, intentando sonar casual—. Solo unas horas. Estaré de vuelta para la medianoche.

Ella se apartó. No lo hizo a propósito. Su cuerpo se movió antes de que el cerebro alcanzara a reaccionar, arrastrándose hacia atrás hasta que la columna golpeó el cabecero.

La mano de Jake quedó suspendida en el aire donde ella había estado. —Claire…

—Sigues haciendo esto. —Su voz le sonó extraña a sus propios oídos, aguda, fina y quebrada—. Sigues… follándotelas.

Él se sentó, la sábana acumulándose en su cintura, dejando al descubierto los abdominales que ella había recorrido con la lengua horas antes. —Es trabajo. Sabes que es trabajo.

—Trabajo. —Se rió—. Estuviste dentro de mí hace ocho horas. Todavía te siento. Y vas a… —No pudo terminar. La imagen floreció sin permiso en su mente: Jake en algún set estéril, alguna mujer sin rostro abriendo las piernas, su polla deslizándose donde Claire había estado, su boca en la garganta de otra.

—No es lo mismo. —Volvió a buscarla y ella se estremeció. La mandíbula de él se tensó—. Claire, vamos. No somos… no hablamos de ser exclusivos. No pensé…

—¿No pensaste? —Ya estaba fuera de la cama, buscando su ropa, las manos temblando tanto que no lograba agarrar los pantalones de chándal—. ¿No pensaste que me importaría que fueras a meterle la polla a alguna estrella porno mientras yo todavía estoy mojada de ti?

—Eso no es justo. —También se levantó, desnudo, furioso y hermoso, pasándose las manos por el pelo—. Tú viniste a mí. Miraste mis putos videos durante años, sabías exactamente lo que hacía, y aun así te metiste en mi cama. No puedes reescribir las reglas ahora porque de repente quieres algo que nunca te prometí.

Claire se metió la sudadera por la cabeza de un tirón, sin molestarse con el sujetador, sin importarle que oliera a él, que probablemente pareciera una loca. —Tienes razón. Lo sabía. Soy la idiota que pensó que quizás… —Se mordió el labio con fuerza suficiente para saborear cobre—. No importa. Vete. Vete a trabajar.

—Claire…

—¡Vete!

Se miraron a través de los restos de la cama. Sábanas enredadas, almohadas tiradas, evidencia de cada posición, de cada sonido desesperado. Ella vio el momento en que él decidió, los hombros cuadrándose, esa expresión testaruda en la boca que había visto en cien videos cuando interpretaba al dominante, al que le importaba una m****a.

—Bien —dijo, agarrando los vaqueros del suelo—. ¿Quieres castigarme por hacer mi trabajo? Adelante. Pero no actúes como si te hubiera atrapado. Tú quisiste esto. Tú lo suplicaste.

La puerta se cerró de un golpe. No la de la calle. La del baño. La ducha se encendió treinta segundos después, agresiva y ruidosa, y Claire se quedó en medio de la habitación temblando tanto que le castañeteaban los dientes.

Debería irse. Empacar sus cosas, pedir un coche, desaparecer.

En su lugar, abrió el portátil.

La contraseña seguía guardada. El perfil de su hub se cargó solo, todo su contenido ordenado por vistas. Claire pasó el cursor sobre la subida más reciente. Antes de lo que fuera que esto era.

Hizo clic.

La chica era preciosa. Por supuesto que lo era. Joven, probablemente de su edad, con esa cara de I*******m sin esfuerzo y tetas que no se movían cuando estaba boca arriba. Jake entró en el encuadre llevando esos pantalones de chándal grises, los de la banda que le quedaba baja en las caderas, y el cuerpo de Claire respondió de inmediato, el coño apretándose ante el recuerdo de él, ante la imagen de lo que le iba a hacer a otra esa misma noche.

—Llegas temprano —dijo Jake en la pantalla.

—No podía esperar —respiró la chica, acercándose—. He estado pensando en ti toda la semana.

La mano de Claire se movió. No decidió tocarse. Simplemente pasó, presionando el dolor a través de los pantalones de chándal, buscando fricción mientras los ojos le ardían con lágrimas que se negaba a derramar. Lo vio empujar a la chica contra la pared, sus manos grandes rodeándole la cintura exactamente igual que habían rodeado la de Claire, su boca encontrando su cuello exactamente igual que había encontrado el de Claire.

Pero cuando miraba a esta chica, no la veía a ella. A la que había confesado su hambruna, a la que lo había dejado entrar en su cuerpo como si fuera una iglesia.

En la pantalla, Jake se arrodilló. La cámara hizo zoom mientras le bajaba la ropa interior, mientras la abría, mientras la hacía gemir con una habilidad que a Claire le daban ganas de gritar.

Ya se estaba tocando en serio, brusca y desesperada, odiándose con cada movimiento. Ya no estaba viendo porno. Estaba estudiando al enemigo.

Claire lo memorizó todo.

Para cuando el video terminó, estaba temblando, vacía, los dedos agarrotados de lo fuerte que se había follado. No se corrió. El placer se quedó justo fuera de su alcance, burlándose de ella, dejándola mojada y furiosa.

El apartamento estaba a oscuras cuando por fin se movió, mirando el teléfono. 1:47 a.m.

Se duchó, frotándose el olor de él de la piel, y luego se vistió con intención. El vestido negro que había encontrado en su armario la semana pasada. Sin espalda, con abertura hasta el muslo. Pintalabios rojo. Ojos ahumados. Tacones que le hacían las piernas interminables.

Estaba sirviéndose whisky cuando oyó su camioneta.

La llave giró. La puerta se abrió. Jake entró, y ella lo vio congelarse, vio cómo sus ojos subían desde sus pies hasta su boca, lo vio oler el aire como un depredador oliendo a su presa.

Olfía a ella. Perfume floral barato aferrado a su camisa, a su pelo, a su piel. La marca de otra mujer. El placer de otra mujer.

Claire sonrió y levantó el vaso. —¿Qué tal el trabajo?

La mandíbula de Jake se tensó. —Claire…

—Lo vi —lo interrumpió, deslizándose del mostrador, avanzando hacia él con las caderas que había aprendido a mover de sus videos—. El nuevo. Es guapa. ¿Te la toma tan profundo como yo?

—Para.

—Oblígame. —Se detuvo a centímetros de él, lo bastante cerca como para oler a la otra mujer mezclada con su sudor. Levantó la mano, enganchó un dedo en el cuello de su camisa y tiró hasta que tuvo que mirarla hacia abajo—. ¿Quieres saber lo que decidí esta noche? ¿Mientras tú estabas fuera follándote a tu compañera de rodaje?

Sus ojos eran negros, infinitos, la tormenta volviendo a reunirse. —¿Qué?

—Se acabó el suplicar. —Se apretó más cerca, el muslo deslizándose entre las piernas de él, sintiéndolo endurecerse al instante, sin remedio, contra su cadera—. Se acabó ser la hermanastra que mira desde la oscuridad. Si quieres seguir con tu trabajo, bien. Pero vas a aprender que nada de lo que ellas te dan se compara con lo que yo puedo quitarte.

Lo besó. Le mordió el labio hasta que gimió, hasta que sus manos encontraron su cintura y apretaron como si se estuviera ahogando y ella fuera el aire.

—Claire… —intentó, pero ella ya le estaba bajando la cremallera de los vaqueros, ya le estaba envolviendo la mano alrededor, ya lo estaba guiando hacia donde ella estaba desnuda y mojada.

—Fóllame como si lo dieras en serio —susurró contra su boca—. O lárgate.

Él la levantó. La llevó al sofá, la tiró, le rasgó el vestido por las costuras. Estaba dentro de ella antes de que tocara los cojines y Claire gritó porque dolía.

Pero mientras él se perdía en su cuerpo, mientras se corría, Claire miró al techo y sonrió.

Lo tenía ahora. El anzuelo estaba puesto.

El teléfono vibró desde el mostrador de la cocina. Un mensaje. Supo sin mirar de quién era.

Su padre. Tres días antes. Aterrizado. Estaré ahí en veinte.

Jake se desplomó contra ella, todavía dentro, el aliento caliente en su cuello. —Joder —susurró.

El timbre sonó.

Ambos se congelaron, enredados, sudorosos y expuestos, el semen de Jake ya empezando a gotearle por el muslo, el vestido destrozado, el apartamento oliendo a sexo.

—¿Quién…? —empezó Jake.

Claire lo miró.

—Eso —dijo, la voz perfectamente calmada, perfectamente mortal— serían nuestros padres.

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