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Lo Mandé Al Diablo y Me Fui Al Mar
Lo Mandé Al Diablo y Me Fui Al Mar
Author: Bagel

Capítulo 1

Author: Bagel
Roman y yo llevábamos tiempo planeando nuestro viaje de graduación. Durante nuestros años de universidad, lo había acompañado a todas partes: carreteras de montaña cubiertas de nieve, cañones profundos, campos de tiro privados y carreras callejeras ilegales. Todos esos planes eran su forma de divertirse y buscar emociones fuertes.

Un día antes de nuestra graduación, me acomodé contra su pecho para hablarle del viaje.

—Roman, vamos a la playa a tomar fotos —le propuse—. Busquemos un pueblo costero donde nadie nos conozca. Podemos dormir todo lo que queramos, sin poner alarmas, fotografiar las gaviotas y disfrutar de la brisa del mar, sin guardaespaldas ni andar apurados.

—Claro —aceptó Roman después de besarme el cabello—. Para el viaje de graduación, tú mandas.

Llevaba tiempo esperando ese viaje y había preparado hasta tres versiones del itinerario para nuestras sesiones de fotos. Había reservado una habitación en un hotel junto al mar, con un balcón desde el que podríamos fotografiar la silueta del faro por la noche. Hasta había comprado en secreto un conjunto de lencería sexy de encaje. Quería pasar una noche romántica con él mientras escuchábamos las olas.

Pero una semana antes de salir, Clara compartió en el chat grupal un mapa de las rutas todoterreno del Gran Cañón.

«El viaje de graduación tiene que ser a un lugar emocionante».

«A una playa aburrida puedes ir cualquier día. No todos los días puedes hacer una ruta todoterreno extrema por el cañón».

Roman respondió enseguida:

«Esa ruta está brutal».

Me quedé un buen rato mirando la pantalla, con los dedos sobre el teclado, sin decidirme a escribir. Habíamos quedado en la playa y yo ya tenía el hotel reservado. No entendía por qué daban por hecho que cambiaríamos de destino. Al final, envié una sola pregunta:

«¿Pero no habíamos quedado en ir a la playa?».

La respuesta de Clara no tardó:

«Blair, ¿quieres que nuestro viaje de graduación parezca un paseo para jubilados?».

«Todos somos jóvenes. No seas tan monja».

Varios hombres del grupo de Roman se sumaron a las burlas. Unos decían que el cañón era el único lugar digno de un hombre de verdad; otros, que la playa era aburrida. Alguien incluso comentó que sería un desperdicio que Roman y Clara, tan amantes de la adrenalina, no fueran a hacer carreras en el cañón.

Roman no escribió ni una palabra para defenderme. Solo me mandó dos mensajes por privado:

«No seas aguafiestas».

«Clara tiene razón. A la playa puedo llevarte cualquier otro día».

Otro día. Con Roman, mis planes siempre podían esperar, y el tiempo que me prometía acababa dedicándoselo a otra persona. Al leer sus mensajes, sentí que se me apretaba el pecho. Él me había dicho que yo mandaba en el viaje y ahora me llamaba aguafiestas por recordarle nuestros planes. Aun así, cedí y solo respondí:

«Está bien».

Cancelé todos los planes que había hecho para la playa sin decir nada. Volví a desvelarme para buscar rutas por el cañón, alquilar una camioneta, reservar lugares para acampar y revisar las alertas de tormentas de arena. También hice listas de provisiones y preparé botiquines de primeros auxilios.

Clara dejó un comentario en el chat como si nada:

«A Blair siempre se le da muy bien organizar la logística».

Lo acompañó con un emoji de pulgar arriba. Yo no sabía si reír o llorar. Esa era la parte del viaje en la que sí contaban conmigo: tenerlo todo listo para que ellos pudieran divertirse.

El día del viaje, Roman llegó a recogerme en aquella camioneta negra modificada. Clara ya ocupaba el asiento del copiloto. Llevaba lentes de sol y unos shorts recortados. Tenía las piernas apoyadas en el tablero y hacía girar entre los dedos un vaso con tequila y hielo.

Al verme salir con el pesado estuche del equipo, Clara levantó la barbilla hacia mí.

—Blair, tú vas atrás —me indicó desde el asiento del copiloto—. Yo me mareo muy fácil. Necesito ir delante para que me dé el aire.

Yo también me mareaba en el auto, y Roman lo sabía mejor que nadie. Iba a decirlo, pero él ya me había abierto la puerta trasera.

—Haz un esfuerzo —me pidió Roman mientras sujetaba la puerta para que me sentara atrás—. Clara estuvo de fiesta en el bar hasta las tres de la mañana y le duele la cabeza. Atrás hay espacio de sobra. Puedes acostarte y dormir un rato.

Verlo tan pendiente de otra mujer, como si nada, me hizo recordar cómo me trataba cuando empezamos a salir, durante la universidad. La primera vez que lo acompañé a otro estado para un evento de su familia, me mareé tanto que me puse pálida.

Me cedió el asiento del copiloto sin dudar. El temido heredero de la mafia se apretujó en el asiento trasero y pasó todo el trayecto dándome agua, pañuelos y caramelos de menta.

—¿Y qué si mi novia es un poco delicada? —me había dicho Roman con una sonrisa mientras me ofrecía agua—. Me gusta consentirla. Me encanta cuidarla.

Ahora, en cambio, metió mi equipaje en el maletero sin cuidado y se volteó hacia Clara.

—Abróchate el cinturón —le dijo Roman después de silbarle—. Prepárate para disfrutar del viaje.

Me quedé junto a la camioneta y sonreí sin decir nada. Roman seguía pendiente de Clara, mientras yo miraba la puerta trasera que había abierto para mí.

Ser su favorita también tenía fecha de vencimiento.

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