LOGINPodía ver una cuenta regresiva sobre la cabeza de las personas cuando ya habían decidido dejar a su pareja. El día que la cuenta regresiva de mi padre llegó a cero, plantó sobre la mesa del desayuno una carta de un abogado y nos abandonó a mi madre y a mí. El día que la cuenta regresiva de mi mejor amiga llegó a cero, por fin echó de su departamento a ese parásito de novio y cambió las cerraduras antes del anochecer. Por eso siempre me había aterrado ver una cuenta regresiva sobre la cabeza de mi prometido, Lucian Bellandi. Por suerte, en los siete años que llevaba a su lado, el espacio sobre su cabeza había permanecido vacío. Lucian era el Don más joven en la historia de la familia Bellandi. Era dueño de los muelles, los casinos y la mitad del dinero sucio de la zona sur, pero reservaba toda su ternura para mí. Eso cambió el mes pasado, cuando pasó a buscarme después de una subasta de los Bellandi. Levanté la mirada y unos números rojos como la sangre me hirieron los ojos. “702 días, 14 horas y 22 minutos”. Menos de dos años. Sentí que se me helaba la sangre. Busqué una explicación con desesperación. ¿Había hecho algo mal? Después, durante una tormenta de nieve junto al lago, nos encontramos con Mia Crane en la entrada trasera del Hotel Bellandi. Lucian acababa de contratarla como nueva asistente de su fundación benéfica. Tenía nieve en el cabello y las pestañas. Tiritaba de pies a cabeza, pero su sonrisa era radiante y de una inocencia conmovedora. Lucian sacó un pañuelo de seda negro del bolsillo interior de su saco y se lo entregó. Tenía una actitud tranquila. No había nada abiertamente inapropiado en ese gesto. Pero en ese momento, la cuenta regresiva sobre su cabeza cambió. “327 días, 4 horas y 47 minutos”. Más de trescientos días desaparecieron. Y entonces supe que había encontrado el motivo.
View MoreA la mañana siguiente, Chicago por fin amaneció despejado. La racha de frío que mantuvo atrapada la ciudad durante un mes pareció terminar ese día. La luz del sol atravesó las nubes y bañó los escalones de piedra del edificio donde estaba la oficina de Rosalind.A las ocho cincuenta, estaba al pie de los escalones y vi cómo un Bentley negro se detenía junto a la acera. Lucian bajó del vehículo. Había perdido peso.Sus pómulos estaban más marcados y el traje que antes se ajustaba a la perfección ahora le quedaba un poco holgado. No llevaba conductor ni guardaespaldas. Al verme, se detuvo.Durante varios segundos, permanecimos a unos metros de distancia, mirándonos en silencio. El número sobre su cabeza seguía ahí.“3648 días”.Sonreí apenas. Aquella cifra ya no significaba nada para mí.—Vamos.Entré primero en la oficina de Rosalind. Lucian me siguió con pasos pesados. No había mucha gente en el pasillo. Mi abogada nos esperaba en una pequeña sala de conferencias.Lucian se quedó de pi
Lucian desarrolló una arritmia después de pasar tanto tiempo expuesto al frío. Permaneció inconsciente en la clínica privada de los Bellandi durante un día y una noche. Marco, su segundo al mando, me llamó con la ira apenas contenida en la voz.—Elena, ¿acaso no tienes corazón? El señor Bellandi casi murió por ti, ¿y ni siquiera vas a venir a verlo? No paraba de repetir tu nombre mientras estaba inconsciente. ¿No vas a quedar satisfecha hasta matarlo?Aparté el celular del oído hasta que terminó de gritar.—Marco —dije sin perder la calma—. Es un adulto. Decidió quedarse a la intemperie. Si le pasa algo, es responsabilidad suya. No mía.Marco respiró hondo antes de decir:—Qué fría eres.—Sí, lo soy.Luego colgué.Al final, fui a la clínica de todos modos. No porque empezara a ceder, sino porque sabía que, si no rompía de una vez ese último vínculo, Lucian seguiría montando ese inútil espectáculo de mártir. En la habitación privada, él estaba tendido en la cama con una vía intravenosa
Lucian se tensó.—Elena...Su voz tembló de incredulidad y miedo.—Te estaba protegiendo.—¿Protegiéndome?Me reí y salí de debajo de su paraguas.—No me protegías, solo intentabas ocultar tu propia estupidez. Tú la trajiste. Alimentaste fantasías que ella nunca debió tener. Ahora quieres reivindicarte ante mí aplastándola contra la nieve. Lucian, la crueldad con que la trataste a ella y la que me mostraste a mí tienen el mismo origen. Solo te importa lo que sientes en el momento.No volví a mirarlo. Me di la vuelta y me interné en la nevada.Cinco días antes de mi partida prevista de Chicago, Lucian pareció entender por fin que las canastas de comida, los autos que me seguían y las pequeñas atenciones no bastaban para recuperar a una mujer que ya había cerrado las puertas de su corazón.Así que optó por algo más extremo. Esa noche, Ava bajó a recoger un paquete. Al rato volvió corriendo, pálida e inquieta.—Elena, tienes que bajar. Ese lunático está afuera, plantado en medio de la nev
Tres días después, Rosalind confirmó que habían retirado mi nombre de las cuentas, los permisos de acceso a las propiedades y los acuerdos privados vinculados con la familia Bellandi.Lucian se negó a aceptar que me había marchado y, durante las semanas siguientes, se convirtió en un hombre distinto.Cada mañana, al abrir la puerta de la casa de Ava, encontraba una canasta térmica con comida colgada del picaporte. Lucian había preparado todo él mismo. Bagels de salmón ahumado que antes me encantaban, sopa espesa de tomate y carne de res, rollos de canela con los bordes un poco más tostados de la cuenta, como me gustaban.Hasta sabía que Ava odiaba la cebolla y preparaba dos porciones distintas todos los días. Yo no probaba nada. Arrojaba cada canasta al contenedor de basura de la planta baja.Ava me observó vaciar sin piedad los relucientes recipientes y chasqueó la lengua.—Carajo. Un Don haciendo el numerito del prometido arrepentido. No sabía que también venían en versión hogareña.






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