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Capítulo 2

Penulis: Bagel
Durante el camino, Roman y Clara hablaban con entusiasmo en los asientos de adelante. Discutían los ángulos de las tomas, las rutas de vuelo del dron y los mejores sitios para conseguir imágenes espectaculares de motos todoterreno. Si publicaban el viaje en sus redes, pensaban titularlo «Una última aventura para celebrar la graduación».

Yo iba atrás, con la tableta en el regazo y el itinerario abierto. Había anotado las horas de salida y llegada, la gasolinera donde debíamos cargar combustible antes de seguir, los tramos sin señal y el nombre del encargado del campamento al que había que llamar para confirmar la reserva.

Levanté la vista hacia ellos y busqué una pausa en su conversación. Intenté intervenir varias veces para advertirles lo que me habían dicho del lugar donde pasaríamos la noche.

—El encargado del campamento dijo que hay lobos salvajes por la zona —les advertí desde atrás, alzando un poco la voz—. Lo mejor es que lleguemos antes de que oscurezca.

Ninguno me prestó atención. Roman y Clara siguieron hablando de sus tomas, y yo bajé la vista hacia la tableta. El horario estaba allí, pero al parecer solo me importaba a mí.

Al mediodía paramos a descansar junto a la carretera del desierto. Aproveché para mandarle a Roman la ruta asfaltada que había trazado.

—El camino de tierra tiene demasiados baches. Puede dañarnos la suspensión —le advertí mientras le mostraba la ruta—. Mejor tomemos la carretera que pasa al lado.

—Solo quiero ir por ese atajo para encontrar un buen lugar para las fotos —replicó Clara después de mirar el GPS—. Mientras más baches tenga el camino, más emocionante será. ¿Qué tiene de divertido ir por la carretera?

—Claro. Como tú quieras —aceptó Roman con una sonrisa.

—Pero las llantas ya están muy gastadas —insistí con el ceño fruncido.

—Blair —me reprendió Roman con fastidio—. ¿Puedes dejar de ser una aguafiestas cuando salimos a divertirnos? Hay una llanta de repuesto en el maletero. ¿Por qué exageras tanto? Además, ¿no confías en cómo manejo?

Al final hicieron lo que quisieron y metieron la camioneta por un camino de grava en pésimas condiciones. Roman pisó el acelerador y disfrutó de cada sacudida.

Media hora después se nos ponchó una llanta. Roman estaba de mal humor y tuvo que cambiarla bajo un sol que quemaba. Mientras lo hacía, se raspó el dorso de la mano. Saqué el botiquín de mi mochila, limpié el raspón con una toallita con alcohol y le vendé la mano.

—Blair, apenas es un raspón —se burló Clara mientras agitaba su petaca, apoyada en el capó—. Hablas igual que su mamá.

Roman me dejó vendarle la mano, aunque se quedó quieto un segundo.

—Así es ella —comentó al reírse con Clara—. Siempre está encima de mí. Hace tiempo que me acostumbré.

No supe cómo tomar su tono. Me quedé con la gasa entre los dedos, sin poder moverlos. Lo quería con todo mi corazón. Hasta verlo con un raspón me dolía, pero ellos habían convertido ese cuidado en un chiste de mierda.

Por la tarde seguimos a toda velocidad por el desierto. El clima cambió y la arena empezó a levantarse alrededor de la camioneta. Golpeaba el parabrisas con un ruido seco y constante.

—Ve más despacio, Roman —le pedí al mirar por el parabrisas—. No se ve casi nada más adelante.

—Blair, si tienes miedo, cierra los ojos y duérmete —replicó Clara mientras ajustaba su cámara, sin levantar la cabeza—. No distraigas al conductor.

—¿Oíste? Cállate y duérmete —añadió Roman entre risas, con una sola mano en el volante.

Me aferré al cinturón de seguridad y callé todo lo que iba a decir. Ya no sabía cómo acomodarme para no sentir tan fuerte los golpes del camino. La tormenta de arena empeoró y las sacudidas de la camioneta me mareaban cada vez más. Me daban unos retortijones terribles y tenía la frente cubierta de sudor frío.

Busqué la medicina para el mareo en la mochila. Aparté mis cosas y metí la mano hasta el fondo, pero el frasco no estaba. Entonces recordé que esa mañana lo había dejado en el mueble del pasillo.

—¿Podemos parar en la gasolinera de adelante? —le pedí a Roman con la voz débil—. Quiero comprar medicina.

Roman respondió con un gruñido de fastidio. Un tema de heavy metal sonaba a todo volumen. Él y Clara movían la cabeza al ritmo de la música sin prestar atención a cómo me sentía.

—¡Mira esta foto que tomé al vuelo! —le dijo Clara, entusiasmada, al ponerle la pantalla de la cámara frente a los ojos—. Tiene una fuerza increíble. Si retocamos estas fotos, podrían salir en la portada de una revista.

Roman apartó los ojos del camino para mirar la pantalla.

—Te quedó buenísima, Clara —la elogió mientras miraba la foto—. Tengo que admitir que tu estilo es muy distinto al de Blair. Tus fotos son más sensuales. Blair, ¿quieres verlas después?

Ni siquiera esperaron mi respuesta. Los dos se echaron a reír y yo me recosté contra el respaldo, sin fuerzas. Cerré los ojos. Sentía que el estómago se me revolvía.

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