FAZER LOGINJuan Matias —Y recuerda: nada de ligar con ella —repitió mi mejor amigo por cuarta o quinta vez. —Joder, Diego, ¿cuántas veces me lo piensas repetir? Que sí: que nada de ligar con la mejor amiga de tu novia —bufé hastiado. Diego se recolocó las gafas y asintió conforme. —Bien, así me gusta. Abrió la puerta de la cafetería en la que habíamos quedado y ambos entramos, buscando con la mirada a la chica de mi mejor amigo, una rubia de ojos marrones que era tan habladora como bajita. Mi amigo se volvió loco por ella nada más conocerla el primer día de clase del grado superior que ambos estudiaban, y ya llevaban saliendo tres meses. La verdad es que paola me parecía una chica encantadora y, aunque fuera todo lo contrario a Diego, hacían una pareja ridículamente perfecta. Ella tan bajita y curvilínea, él tan alto y espigado. Ella tan dicharachera y extrovertida, él tan callado e introvertido. Suponía que era por la m****a esa de <<los opuestos se atraen>> y todo ese rollo del que yo no tenía ni puta idea porque nunca me había enamorado de verdad. Ni tenía ganas de ello, que conste. —¡Diego, aquí! —paola agitó su mano en el aire, llamando la atención de mi mejor amigo, al que enseguida se le iluminó la cara como si se le hubiera aparecido Jesucristo en persona. —Nada de ligar —me recordó Diego en voz baja, apresurando el paso para ir al encuentro de su amor. —Que sí —le gruñí por lo bajini de vuelta. —¡Hola, Juan Matias! —La rubia me dedicó su mejor sonrisa—. Te presento a mi mejor amiga: Sofia Thomson. Mis ojos se desviaron hacia la morena sentada a su lado, que tenía cara de querer estar en cualquier otro sitio. La miré con detenimiento, preguntándome de qué me sonaba su cara, hasta que me topé con sus ojos. Y entonces me quedé de piedra. No podía ser. Esos ojos... —Más rápido —me pidió agarrándose con fuerza a mis hombros. —¿Te gusta así? —le susurré al oído, aumentando el ritmo de mis embestidas. —Sí, pero mejor cállate —dijo seguido de un gemido—. No pares. —¿Juan Matias? —La voz de mi mejor amigo me trajo de vuelta al momento presente. La morena se había quedado mirándome con esos ojazos azules abiertos de par en par, seguramente igual de sorprendida que yo. —Encantado de conocerte —me obligué a decir, extendiendo mi mano hacia ella porque le había prometido a Diego que sería el chico perfecto que mis padres soñaban con que fuera. La morena sin nombre con la que me había acostado en los baños de mala muerte de aquella discoteca, que ahora sabía que se llamaba Sofia, alternó su mirada entre mi mano y mi cara un par de veces hasta que su mejor amiga carraspeó y a ella no le quedó de otra que estrechar mi mano. —Igualmente —respondió con un fingido tono cordial mucho menos logrado que el mío. Nos sentamos en una mesa para cuatro y la camarera no tardó en venir a tomarnos nota. La pareja entabló conversación enseguida, esforzándose por incluirnos en ella, pero ni la morena ni yo estábamos muy por la labor. Yo no podía dejar de mirar esos ojos azules con los que había fantaseado alguna que otra vez desde aquella noche de la que había pasado ya un mes, y a ella parecía pasarle todo lo contrario. Evitaba mi mirada a toda costa, centrada por completo en la conversación que mantenían nuestros mejores amigos, a pesar de no estar participando apenas en ella.
Sofia, ¿sabes qué? Juan Matias tiene un gato —le contó paola risueña.
Eso pareció captar la atención de la morena, que me miró a la cara por primera vez desde que nos habíamos saludado.
—Ah, ¿sí? —dijo sorprendida.
—¿Por qué te sorprende? —pregunté arqueando una ceja, entre divertido y curioso.
Sofia se encogió de hombros y sorbió por la pajita de su batido antes de responder.
—No te pega.
—¿Por qué no? —volví a preguntar esbozando una sonrisilla.
—Tienes pinta de capullo.
—¡Sofia! —exclamó paola escandalizada.
Yo eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada. Luego, me metí la mano en el bolsillo, saqué mi móvil y trasteé un poco con él hasta encontrar lo que buscaba.
—Es una gata. Se llama Noche —le dije, mostrándole un selfi que me había echado con mi gata hacía unos días.
Su gesto se suavizó notablemente al ver al único amor de mi vida.
—Es muy bonita, pero sigue sin pegarte —respondió volviendo la vista hacia mí.
Me reí de nuevo y me acomodé en la silla, incapaz de despegar la vista de esos ojazos.
—No sé por qué lo dices: las hembras me adoran —alardeé cruzándome de brazos.
Su mirada se detuvo un segundo de más en mis brazos musculados fruto de las horas que me pasaba metido en el gimnasio, antes de devolverla a mi cara y alzar una ceja.
—¡Juan Matias! —me llamó la atención Diego.
—A Sofia le encantan los gatos —intentó encauzar la conversación de nuevo paola , apurada ante el rumbo que estaba tomando.
—Permíteme dudarlo —me respondió la morena, ignorando deliberadamente la intervención de su mejor amiga, sin apartar sus ojos de los míos.
Apoyé los codos en la mesa y posé mi barbilla sobre uno de mis puños para mirarla más de cerca, imitando su gesto de alzar una ceja.
—¿Por qué lo dudarías? —inquirí en voz baja, observándola con intención.
Ella se cruzó de brazos y alzó la barbilla con gesto orgulloso.
—Tu gata te adora solo porque le das comida.
Mi sonrisa creció.
—¿Crees que por eso ronronea cuando la acaricio? —inquirí con una sonrisa canalla.
Sofia no pareció impresionada por mis palabras con doble sentido.
—Ronronea porque solo quiere tu comida. Una vez la haya conseguido, estoy segura de que pasa de ti como de la m****a.
—¡Sofia! —volvió a exclamar una alarmada paola mientras yo me partía de risa con las ocurrencias de aquella chica.
La morena y yo nos aguantamos la mirada por varios segundos, como retándonos a seguir con la discusión con doble sentido. Finalmente, fue ella quien apartó la vista cuando su móvil empezó a sonar.
—¿Diga? —contestó la llamada, llevándose el móvil a la oreja—. ¿Ahora? Vale, en media hora estoy allí. —Se guardó el móvil en el bolso de nuevo y se levantó, soltando un suspiro de cansancio.
—¿Qué pasa? —preguntó paola alarmada.
—Que Joan se ha puesto mala y tengo que ir a cubrir su turno —respondió pasándose una mano por la melena negra.
—Oh, ¿te vas? —inquirió la rubia decepcionada.
—Lo siento, Bell. No me queda de otra —contestó ella encogiéndose de hombros y, aunque parecía cansada, no tenía pinta de estar apenada por tener que irse.
paola se puso de pie y le dio un abrazo apretado que ella correspondió dándole unas palmaditas en la espalda. Yo sonreí divertido ante el gesto.
—Luego hablamos, ¿vale? —dijo separándose de ella. Sus ojos volvieron a los míos apenas un segundo, desviándose hacia mi mejor amigo enseguida—. Hasta otra —se despidió sin mucho entusiasmo.
—Adiós, Sofia —me despedí dedicándole una sonrisilla que ella hizo como que no había visto, apresurándose a alejarse de nosotros sin siquiera dedicarme una sonrisa por educación.
Giré la cabeza para verla marchándose y entonces ella giró la suya también. Nuestros ojos conectaron y, aunque fue solo un segundo que podría haber sido fruto de mi imaginación, no pude apartar la vista de ella hasta que no salió de la cafetería. En aquel momento no tenía ni idea de que aquella mirada fugaz sería el principio de todo lo que vendría después.
A la mañana siguiente, el seco «Ok» de sofia en el chat grupal me sacó una sonrisa demasiado tonta. Diego me vio sonriéndole al móvil mientras desayunábamos antes de irnos a clase. Inclinó la cabeza hacia la pantalla para ver qué estaba mirando y alzó ambas cejas, sorprendido. —Juan matias , ¿tienes algo que contarme? —Apagué el móvil y me metí la tostada en la boca para no tener que responder—. Juan matias —repitió Diego mirándome con fijeza. —Miauuu. —Noche se subió de un salto a la silla que había a mi lado y me miró con sus grandes ojos verdes, como si ella también quisiera intimidarme. —Buenos días a ti también, princesa. —Le rasqué detrás de las orejas y ella cerró los ojos, gustosa. —Nicholas Hamilton, ¿te gusta la mejor amiga de mi novia? Se me escapó una risa nerviosa y Diego me miró de forma acusadora. —Ya te dije que está buenísima, tío. —Me encogí de hombros para quitarle importancia a mis palabras. —Juan matias , sabes perfectamente que no me refiero a eso. —Uy,
paola, joder, que no quiero quedar todos los viernes con tu novio y su mejor amigo —ese tío con el que me había acostado ya dos veces. —Jo, sofia, pensé que ya te caían bien ahora que los conoces un poco mejor. —paola hizo un puchero a través de la pantalla. Si ella supiera cómo de bien conocía a Juan matias ... —A mí solo me caes bien tú, Bell. Ella torció el gesto. —Yo también te quiero, sofia. Muchísimo. Pero es que ahora también quiero pasar más tiempo con Diego... Pensé que la forma perfecta de combinarnos a todos era convirtiéndonos en un grupo de cuatro... Yo me sentí mal porque paola era mi mejor amiga desde que tenía uso de razón y nunca le había ocultado nada. Entonces decidí que ya no quería ocultarle lo de Juan matias más tiempo. —Tengo que contarte algo, Bell... Ella frunció el ceño. —¿El qué? —Me he acostado con Juan matias —solté del tirón. No me gustaba andarme con rodeos—. Dos veces. Sus cejas se dispararon hacia arriba y su mandíbula hacia abajo. —¿¡Q
Estás muy callado desde ayer. Pestañeé un par de veces y aparté la mirada con cara de pánfilo de mi plato de salmón para observar a mi mejor amigo, que me miraba con curiosidad. —¿Yo? Estoy como siempre —mentí descaradamente. Diego negó con la cabeza. —No, no. Llevas raro desde ayer. ¿Es porque cenaste con tus padres y tu hermano? —Joder, ni me lo recuerdes. Las dos horas de mayor tortura de mi vida —exageré de broma, aunque realmente la cena sí que había sido una mierda como siempre. El día anterior después de mi encuentro con sofia había tenido que volver a la casa de mis padres para cenar con ellos, mi hermano mayor Joe y su novia Ashley, ambos cinco años mayores que yo y ya respetados abogados que trabajan junto a mis padres en el bufete familiar de los Hamilton. —¿Qué te contaron? —No me contaron nada nuevo, ya sabes, tío, la misma mierda de siempre. Que cómo me van los estudios y que si lo he arreglado con Cinthia —dije poniendo los ojos en blanco, fastidiado. Los padr
sofia Hicimos todo el trayecto en coche hasta su piso en silencio. Juan matias puso la radio porque parecía ser una de esas personas que no soportan que no haya ruido de fondo. Llegamos a la puerta de su edificio echándonos miraditas y nos subimos en el ascensor mirándonos aún más. Solté una risa y me apoyé en una de las paredes mientras él le daba al botón del quinto piso. —Esto no tiene por qué ser raro, Juan matias —comenté divertida. Me parecía graciosísimo lo nervioso que se había puesto con mi propuesta en la cafetería, como si no nos hubiéramos acostado ya en aquel baño minúsculo. —Lo sé. ¿Tú lo ves raro? Yo no lo veo raro —respondió con esa sonrisilla engreída que llevaba persiguiéndome desde aquella noche. —Es que pareces... tenso. —¿Qué? De eso nada. —Dio dos pasos hacia mí para acortar la distancia que nos separaba, haciendo que la anticipación me recorriera de los pies a la cabeza. Pero entonces el ascensor se abrió en el segundo piso y entró una ancianita que nos saludó
Juan matias Tuve que releer el «vale» de sofia cinco veces para cerciorarme de que lo estaba leyendo bien y de que no era producto de mi imaginación. Quedamos una hora después en una cafetería cerca de su casa. A mí me pillaba un poco más lejos, pero fui con el coche y llegué diez minutos antes de tiempo. Nervioso, escogí una mesa cerca de la puerta —«por si hay que salir corriendo» como dijo sofia el día anterior— y cuando el camarero vino a tomarme nota le dije que estaba esperando a alguien. Abrí la cámara de mi móvil y me observé en ella como el idiota que era, despeinándome el pelo con una mano. Cuando me di cuenta de lo patético que tenía que parecer, me salí de la cámara y me puse a ver reels en Instagram para hacer tiempo. Puntual como un reloj, sofia entró por la puerta a las once justas. No llevaba ni una gota de maquillaje e iba en chándal, pero me seguía pareciendo la chica más guapa que había visto nunca. Qué jodido estaba... Llegó a mi lado enseguida y se sentó frente a
sofia Era mi primer fin de semana libre completo desde hacía más de un mes, y había pasado más de la mitad con gente que ni siquiera me caía bien. A ver, que no tenía nada en contra del novio de paola, me parecía un buen chaval, pero no lo consideraba mi amigo ni de lejos. Para considerar amigo a alguien tenía que llevar años en mi vida. De hecho, la única persona a la que consideraba mi amiga era paola. ¿Triste? Puede. ¿Me importaba? En absoluto. Me consideraba una persona solitaria a la que además no le gustaban las personas, y me iba bien así. Cuando trabajas seis días a la semana, por la mañana y a veces también por la tarde, no te queda mucho tiempo para pasar con amistades, así que poder pasar tiempo con paola ya era todo un lujo. No tenía tiempo para más relaciones, ya fueran amistosas o mucho menos románticas. Cuando me apetecía un poco de placer físico, salía de fiesta a alguna discoteca de la zona y me iba a los baños con la primera cara atractiva que me encontraba. Hacía un







