INICIAR SESIÓNAtendí al décimo cliente de la tarde mientras mi mente se empeñaba en repasar de nuevo aquella estúpida conversación que había mantenido con aquel imbécil de sonrisa engreída y brazos fuertes con el que había echado un polvo en los baños de mala muerte de una discoteca y que resultaba que ahora no era solo un tío de una noche más. No. Ahora era el puto mejor amigo del puto novio de mi querida mejor amiga. Una vez más, la vida se reía de mí. —Buenas tardes —saludé a la señora de pelo blanco y sonrisa entrañable que me hacía pensar en cómo sería mi propia abuela dentro de unos años cuando envejeciera. —Buenas tardes, cielo —respondió colocando su compra sobre la cinta mecánica. Empecé a pasar los artículos de forma monótona por el escáner mientras ella los iba guardando en su carro de la compra de cuadros. Casi me puse a reírme cuando llegó a mis manos una lata de comida para gatos. Me encantaban, joder, pero ahora no dejarían de recordarme a aquel imbécil al que «las hembras adoraban». Puse los ojos en blanco de solo recordarlo. Las hembras solo lo utilizábamos, por favor. Además, aquella noche en la discoteca yo estaba triste y vulnerable, en busca de alcohol y un polvo fácil que me hiciera olvidar que ya jamás podría tener una relación con mi padre. Y justo me topé con él, Nicholas Hamilton, el más inoportuno de todos. Ni siquiera sabía si contárselo a paola porque estaba muy emocionada con eso de que formáramos un estúpido grupo de cuatro. Parte de mí quería contárselo todo porque no me gustaba guardarle secretos, pero otra parte no quería quitarle la ilusión ni que la situación se enrareciera. Para colmo, yo no quería más amigos, joder. No tenía energía para más amigos. Solo tenía tiempo y ganas de estar con mi madre, mi abuela e paola . En aquella ecuación no entraba nadie más, y mucho menos un ligue de una noche. Y menos todavía de aquella noche. Ahora cada vez que lo viera me acordaría de que mi padre, ese hombre que nunca se había dignado a conocerme, ya estaba muerto. Vamos, todo de puta maravilla. —Señorita, tenga cuidado: esa botella es de cristal —me dijo un niño mirándome con sus ojos grandes y curiosos. Me forcé a dedicarle una sonrisa, agradecerle su amable recordatorio y tratar con más cuidado la botella de vino que acababa de pasar por el escáner. La tarde se pasó de forma lenta y tediosa. Me dolían los pies y la espalda, y solo quería llegar a mi casa para acurrucarme con mi madre y mi abuela a ver cualquier película tonta de domingo noche. —Sofia, ¿cierras tú? —me preguntó mi jefa por educación, porque ambas sabíamos que era una orden. —Claro. —Sonreí con todos los dientes y cerré la puñetera caja registradora con más fuerza de la necesaria, deseando que mis compañeros se dieran más prisa en cerrar sus cajas para poder irme de una vez a mi casa. *** —Mamá, ya estoy en casa —avisé cerrando la puerta detrás de mí, rotando los hombros hacia atrás para intentar aliviar el dolor de espalda que tenía de haberme pasado todo el día de pie. —¿Has traído algo de cena? —me preguntó levantando la voz para que la escuchara desde el salón. —Sí. He traído arroz tres delicias. —¡Genial! —Mi madre apareció delante de mí en apenas segundos, con su impresionante pelo rubio y sus risueños ojos verdes que incitaban a la gente a pensar que no éramos familia.
Yo tenía el pelo negro como el azabache y los ojos de un frío azul claro. Era clavadita a mi padre, según mi madre y las fotos que me había enseñado en alguna ocasión antes de que yo misma las quemara en un arrebato de ira durante mi adolescencia.
Me quitó la bolsa del supermercado de las manos y se fue con ella a la cocina, donde la escuché trasteando con la sartén para calentar el arroz.
—¿Hoy no era tu día libre? —preguntó de nuevo alzando la voz, esta vez desde la cocina.
—Sí, pero Joan se ha puesto mala y he tenido que cubrirla. Me ha dicho que mañana trabajará ella en mi lugar si se encuentra mejor.
—Vaya, ¿qué le pasa?
—Pues no lo sé, no le he preguntado.
—Kei, sois compañeras desde hace dos años, ¿cómo que no le has preguntado? —inquirió incrédula.
—Pues yo qué sé, mamá, porque me da lo mismo.
Me asomé a la cocina para coger algo de picotear mientras ella negaba con la cabeza con desaprobación.
—Nosotros no te hemos criado así, hija —refunfuñó.
Con «nosotros» se refería a sus padres y a ella, aunque por desgracia, mi abuelo había muerto dos años atrás por un infarto, dejándonos a las tres solas y sumidas en el dolor por su inesperada pérdida.
—Siempre me habéis dicho que sea yo misma. —Me encogí de hombros con indiferencia, agarrando un puñado de nueces de las que mi abuela se empeñaba en tener siempre en casa a pesar de que se le olvidaba comérselas y solían ponerse rancias.
—Mira que eres, eh... ¿«Tú misma» es ser antipática, hija?
—Mamá, acéptalo de una vez: soy antipática.
Mi madre meneó el arroz tres delicias con rabia, dirigiéndome una mirada de censura.
—Anda, haz el favor de ir a cambiarte y de lavarte las manos.
—Sí, mi sargenta —me mofé saliendo de la cocina para subir las escaleras hacia la planta de arriba, donde estaban nuestros dormitorios.
Me cambié y me lavé las manos en un santiamén, apresurándome a ir al salón donde ya cenaban mi madre y abuela sentadas en el sofá y en el sillón, con mi plato esperándome en la mesa frente a ellas.
—Hola, abu —la saludé, tomando asiento junto a mi madre y cogiendo mi plato para zampármelo.
—Hola, niña. ¿Qué tal la tarde? ¿Has conocido al muchacho ese que decía paola ?
Bufé, irritada de solo recordarlo.
—Sí, por desgracia —contesté con la boca llena.
—¿Qué muchacho? —preguntó mi madre con curiosidad, llenando su cuchara de arroz.
—paola , que se había empeñado en que conociera al mejor amigo de su novio —expliqué poniendo los ojos en blanco.
—Ahh, ¿y qué tal? ¿Es majo?
—Es un gilipollas.
—¡Niña, habla bien! —me regañó mi abuela.
—Perdón, abu, pero es que no lo puedo decir más suave.
—¿Por qué lo dices? —inquirió mi madre alzando una ceja, llevándose la cuchara a la boca.
Puf, por dónde empezar...
—Esas cosas se notan, mamá —me limité a decir sin levantar la vista de mi plato.
Ambas me miraron con curiosidad.
—Pues yo pienso que te vendría bien tener más amigos —opinó mi madre.
—Y un noviete —le siguió mi abuela, esbozando una sonrisa pícara y guiñándome un ojo.
A mí me entró la risa ante sus palabras.
—Ni novios ni amigos —me mofé, devorando el arroz como si fuera un manjar—. Con paola ya tengo suficiente para toda la vida.
Ambas fruncieron el ceño, adoptando la misma expresión porque eran idénticas, lo que significaba que tampoco me parecía en nada a mi abuela.
—Ni que fuera tu novia, hija. —Mi madre se rio.
—Pues como si lo fuera, si me paso todo el poco tiempo libre que tengo con ella —contesté, llevándome otra cucharada de arroz a la boca.
—Niña, ya tienes edad de echarte novio —dijo mi abuela negando con la cabeza.
—Abuela, que me voy a quedar soltera para siempre. ¿No ves que no quiero hombres en mi vida?
—Bueno, un novio o una novia, lo que quieras, pero que ya tienes edad —siguió ella en sus trece.
A mí se me escapó la risa. Para ser abuela era muy moderna, pero es que en realidad no era ninguna anciana porque mi madre me tuvo de adolescente.
—Ay, mamá, no seas antigua. ¿Para qué quiere un novio? ¿Para que la preñe? —inquirió mi madre negando con la cabeza—. No, no. Déjala, que ella es más lista que yo.
—¡Ay, hija, qué cosas tienes! ¡La niña está en edad de disfrutar! No de matarse a trabajar como hace.
—¿Y es que para disfrutar necesita pareja? —Mi madre se echó a reír como si aquello fuera un buen chiste.
—No me gusta lo frívolas que sois con el amor. —Mi abuela se cruzó de brazos, lanzándonos una mala mirada—. Sofia, te mereces alguien que te quiera como yo quería a tu abuelo. Y tú también, Michelle, que todavía eres una cría.
—Mamá, tengo casi cuarenta años; de «cría» nada —replicó poniendo los ojos en blanco, gesto que yo había copiado de ella ya desde niña—. ¡Enamórate tú, si tantas ganas tienes!
—¿¡Yo!? Mi amor se lo llevó tu padre, hija. Soy mujer de un solo hombre —respondió encogiéndose hombros—. Entonces, ¿no hay nadie especial en tu vida, niña? Mira como tu amiga paola ha encontrado a ese muchacho.
—Ya, y yo me alegro por ella, abu, pero el amor no es para mí —dije muy segura de mis palabras.
—Tonterías. Nunca digas «de esta agua no beberé».
En ese momento puse los ojos en blanco porque ese dicho me parecía absurdo. No tenía ni idea de que me acabaría tragando mis palabras en menos tiempo del que jamás habría imaginado.
sofia Hicimos todo el trayecto en coche hasta su piso en silencio. Juan matias puso la radio porque parecía ser una de esas personas que no soportan que no haya ruido de fondo. Llegamos a la puerta de su edificio echándonos miraditas y nos subimos en el ascensor mirándonos aún más. Solté una risa y me apoyé en una de las paredes mientras él le daba al botón del quinto piso. —Esto no tiene por qué ser raro, Juan matias —comenté divertida. Me parecía graciosísimo lo nervioso que se había puesto con mi propuesta en la cafetería, como si no nos hubiéramos acostado ya en aquel baño minúsculo. —Lo sé. ¿Tú lo ves raro? Yo no lo veo raro —respondió con esa sonrisilla engreída que llevaba persiguiéndome desde aquella noche. —Es que pareces... tenso. —¿Qué? De eso nada. —Dio dos pasos hacia mí para acortar la distancia que nos separaba, haciendo que la anticipación me recorriera de los pies a la cabeza. Pero entonces el ascensor se abrió en el segundo piso y entró una ancianita que nos saludó
Juan matias Tuve que releer el «vale» de sofia cinco veces para cerciorarme de que lo estaba leyendo bien y de que no era producto de mi imaginación. Quedamos una hora después en una cafetería cerca de su casa. A mí me pillaba un poco más lejos, pero fui con el coche y llegué diez minutos antes de tiempo. Nervioso, escogí una mesa cerca de la puerta —«por si hay que salir corriendo» como dijo sofia el día anterior— y cuando el camarero vino a tomarme nota le dije que estaba esperando a alguien. Abrí la cámara de mi móvil y me observé en ella como el idiota que era, despeinándome el pelo con una mano. Cuando me di cuenta de lo patético que tenía que parecer, me salí de la cámara y me puse a ver reels en Instagram para hacer tiempo. Puntual como un reloj, sofia entró por la puerta a las once justas. No llevaba ni una gota de maquillaje e iba en chándal, pero me seguía pareciendo la chica más guapa que había visto nunca. Qué jodido estaba... Llegó a mi lado enseguida y se sentó frente a
sofia Era mi primer fin de semana libre completo desde hacía más de un mes, y había pasado más de la mitad con gente que ni siquiera me caía bien. A ver, que no tenía nada en contra del novio de paola, me parecía un buen chaval, pero no lo consideraba mi amigo ni de lejos. Para considerar amigo a alguien tenía que llevar años en mi vida. De hecho, la única persona a la que consideraba mi amiga era paola. ¿Triste? Puede. ¿Me importaba? En absoluto. Me consideraba una persona solitaria a la que además no le gustaban las personas, y me iba bien así. Cuando trabajas seis días a la semana, por la mañana y a veces también por la tarde, no te queda mucho tiempo para pasar con amistades, así que poder pasar tiempo con paola ya era todo un lujo. No tenía tiempo para más relaciones, ya fueran amistosas o mucho menos románticas. Cuando me apetecía un poco de placer físico, salía de fiesta a alguna discoteca de la zona y me iba a los baños con la primera cara atractiva que me encontraba. Hacía un
Juan matias Que no quería salir conmigo, decía. Y yo sin poder sacármela de la cabeza, joder... —¿No me vas a contar de qué os conocéis, Juan matias? —Diego, para con el interrogatorio de una vez. —Miauuu. —¿A que estás de acuerdo conmigo, cielo? ¿A que el tío Diego debería dejar de hacer la misma pregunta que lleva repitiéndome la última media hora? —le pregunté a Noche acariciándole la cabecita. Habíamos llegado de almorzar con las chicas hacía un rato, y en ese rato Diego no había parado de interrogarme sobre de qué conocía a sofia. Estaba a punto de confesárselo todo solo por dejar de escucharlo. —Diego, tío, estoy intentando estudiar, y Derecho Civil no es precisamente una asignatura sencillita, así que te ruego que te calles de una puta vez. Abrió la boca para responder, pero su móvil sonó con un mensaje que lo hizo apartar la vista de mí por fin. Aleluya. —Es paola. Dice que si nos apetece ver una peli en casa esta noche. —¿Pero vosotros es que no sabéis vivir separados ni medi
sofia Me desperté sobresaltada y con un dolor de cabeza tremendo por el sueño que acababa de tener. ¿Qué narices hacía yo soñando con los labios de Nicholas Hamilton? Aquel endemoniado chico... Estaba claro que verlo tan a menudo no me estaba haciendo ningún bien. ¿Si no por qué estaba soñando con él? Claro, se había pasado toda la noche dándome vueltecitas y susurrándome al oído, ¡así como para no soñar con él! Me pasé una mano por la cara y cogí mi móvil de la mesita. Casi lo tiré por la ventana cuando vi quién me había escrito. Sí. Es quién tú crees: el puto Nicholas Hamilton. Ese que no debería tener mi número. Ese que estaba destinado a ser solo el polvo de una noche de mierda, y ahora estaba hasta en la sopa. Ese que no parecía dispuesto a olvidarse de nuestro primer encuentro porque conmigo se sintió «menos en la mierda». Qué bonito, claro que sí, joder. Bufando, saqué un ibuprofeno del cajón de la mesita y me lo tomé con un trago de la botella de agua que tenía junto al m
Juan matias sofia llevaba el mismo vestido que la noche que nos conocimos. Negro, corto y ajustado. Le quedaba como un guante, y sus ojos parecían más azules por el contraste con el negro. sofia llevaba media hora bailando con paola en la pista de baile, y yo llevaba media hora mirándola como un acosador. Recordando la primera vez que la vi. La mirada insinuante que cruzamos. Su media sonrisa seductora. Cómo bailó pegadita a mí cuando me acerqué a ella y le rodeé la cintura desde atrás. Sus labios, sus condenados labios rojos, contra mi cuello. Su mano agarrando la mía y tirando de mí hacia los baños. —Juan matias. —Sacudí la cabeza y miré a Diego, que me observaba con suspicacia recién llegado de la pista de baile. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya no estaba con las chicas—. ¿Te vas a quedar aquí toda la noche mirando cómo bailamos, o te vas a unir a nosotros? —No me gusta bailar, ya lo sabes, tío. —Me encogí de hombros. —Venga, Juan matias, con Cinthia siempre bailabas







