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Capítulo 3 — La casa que esperaba

Author: Flora
last update publish date: 2026-09-14 10:30:46

La casa grande de los Aguirre tenía las persianas medio cerradas cuando Mateo entró, como si la casa misma no hubiera decidido todavía si quería dejarlo pasar del todo. Dejó la maleta en el vestíbulo y se quedó un momento de pie, escuchando el silencio particular de una casa que ha estado esperando a alguien durante demasiado tiempo.

Todo seguía en su sitio. El reloj de péndulo que su abuelo había traído de la capital, parado en una hora cualquiera desde hacía Dios sabe cuánto. El retrato de su madre, que murió cuando él tenía diez años, colgado en el mismo lugar del pasillo donde llevaba colgado toda la vida. Y ese olor —a madera vieja, a tierra después de la lluvia, a algo que no sabía nombrar pero que su cuerpo reconoció antes que su mente— que era, sencillamente, el olor de haber sido niño ahí.

Caminó despacio por el pasillo principal, pasando frente a cada puerta cerrada, recordando qué había detrás de cada una: el estudio de su padre, con sus estantes llenos de libros de contabilidad y agricultura que Mateo nunca había tenido demasiado interés en leer; la habitación de invitados, siempre lista para huéspedes que rara vez llegaban; su propia habitación, al final del pasillo, que se atrevió a abrir con una mezcla de curiosidad y aprensión.

Todo seguía exactamente como lo había dejado ocho años atrás. Los pósters en la pared, ya descoloridos por el sol que entraba cada tarde por la ventana; los libros de la escuela, todavía apilados sobre el escritorio como si esperaran que él volviera a sentarse a estudiar en cualquier momento; la cama, tendida con la misma colcha que su madre había elegido antes de morir. Era como entrar en una cápsula del tiempo, un museo dedicado a un muchacho de veinticuatro años que ya no existía, reemplazado por un hombre de treinta y dos que apenas reconocía, en ese cuarto congelado, ningún rastro de sí mismo.

No había vuelto ni para las fiestas. Su padre y él se escribían cada tanto, llamadas cortas en cumpleaños, correos con noticias del ganado o del clima, pero la última vez que había estado físicamente en esa casa fue la noche antes de irse, ocho años atrás, cuando todavía era lo bastante joven para pensar que podía dejar un lugar entero atrás con solo subirse a un autobús.

Se había equivocado en eso, como en tantas otras cosas.

Cerró la puerta de su antigua habitación sin entrar del todo, decidiendo que dormiría esa noche en el cuarto de huéspedes, un espacio neutral que no le exigiera enfrentar, todavía, tantos recuerdos de golpe.

Bajó las escaleras despacio, pasando la mano por el barandal de madera que reconocía al tacto incluso después de tantos años, y se detuvo un momento frente a la puerta de lo que había sido el dormitorio de sus padres, cerrada desde la muerte de su madre y, supuso, sin que nadie hubiera vuelto a entrar desde entonces. No se atrevió a abrirla esa noche, consciente de que ya llevaba suficientes fantasmas acumulados para una sola tarde.

La cocina, al menos, le resultó más fácil de enfrentar. Encontró la misma tetera de siempre, el mismo juego de tazas desportilladas que su madre nunca había querido reemplazar por sentimentalismo, y se preparó un té sin mucha convicción, más por la necesidad de ocupar las manos en algo familiar que por verdaderas ganas de beberlo. Se sentó a la mesa de la cocina, la misma donde había desayunado cada mañana de su infancia antes de que su vida se dividiera, sin que él lo planeara, entre el pueblo que lo había criado y la ciudad que había intentado, sin éxito del todo, convertir en su nuevo hogar.

Pensó en su padre, en las últimas conversaciones telefónicas que habían tenido, breves y cargadas de silencios incómodos, ninguno de los dos sabiendo del todo cómo cerrar la distancia que se había instalado entre ellos desde que Mateo se fuera. Se preguntó, no por primera vez esa noche, si había algo que podría haber hecho diferente, alguna llamada que debería haber hecho, alguna visita que debería haber organizado, que hubiera cambiado el hecho de que ahora estuviera sentado solo en esa cocina, procesando un duelo que se sentía, de alguna manera incómoda, incompleto.

Antes de dirigirse al estudio, Mateo se detuvo un momento más en el pasillo, frente a una fotografía familiar que colgaba cerca de la entrada: él mismo, a los doce años, de pie entre sus padres, con la sonrisa torpe y desdentada propia de esa edad. Había olvidado que esa fotografía existiera, y se quedó mirándola con una mezcla de ternura y melancolía, preguntándose en qué momento exacto la familia sonriente de esa imagen se había ido disolviendo, primero con la muerte de su madre, después con su propia partida del pueblo, hasta quedar reducida a un solo hombre, viudo y ahora también fallecido, que había pasado sus últimos años prácticamente solo en esa casa demasiado grande para una sola persona.

Sintió una punzada de culpa ante el pensamiento, consciente de que él mismo había contribuido a esa soledad, eligiendo la distancia por encima de la incomodidad de confrontar lo que fuera que lo había empujado a irse en primer lugar. Se prometió, en ese momento, frente a la fotografía de una familia que ya no existía de esa forma, que encontraría la manera de entender mejor los últimos años de su padre, de honrar su memoria no solo cumpliendo formalmente con sus últimas voluntades, sino comprendiendo de verdad qué lo había llevado a tomar las decisiones que había tomado.

Rosa, la mujer que durante veinte años había cocinado y cuidado la casa para su padre, había dejado una olla de sopa sobre la estufa, tapada con un paño de cuadros, y una nota escrita con letra redonda y apurada: "Joven Mateo, esto es para que no cene con el estómago vacío el primer día. Mañana vengo temprano. Lo siento mucho." Mateo leyó la nota dos veces. Sintió que algo se le aflojaba en la garganta, y tardó un momento en reconocer que estaba a punto de llorar por primera vez desde que había recibido la llamada que le anunciaba la muerte de su padre.

Calentó la sopa y se sentó a comerla en la cocina, en la silla que siempre había sido la suya, frente a la silla vacía de su padre, que nadie había movido ni un centímetro. Comió despacio, sin saborear realmente nada, escuchando el tictac del reloj de la pared y el crujido ocasional de las vigas de madera, esos ruidos de casa vieja que de niño lo asustaban y que ahora, curiosamente, le resultaban casi reconfortantes.

Pensó en la última vez que había hablado con su padre por teléfono, tres semanas antes de su muerte. Había sido una conversación breve y torpe, como todas las de los últimos años: el clima, el ganado, una pregunta sobre si Mateo tenía pensado visitar el pueblo pronto. Mateo había respondido que quizás en Navidad, que el trabajo estaba complicado. Su padre había dicho "Está bien, hijo, cuando puedas", con una voz que ahora, con la distancia del recuerdo, le sonaba cargada de algo que entonces no supo reconocer.

Fue directo al estudio, finalmente, porque sabía que era ahí donde encontraría al abogado Herrera, esperándolo con la paciencia de quien lleva medio siglo acompañando a la misma familia a través de nacimientos, bodas y entierros.

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