Mag-log inLa noticia corrió por el pueblo con la velocidad particular que solo alcanzan los secretos que en realidad nadie quiere guardar. Para cuando Elena llegó a la clínica la mañana siguiente, ya la esperaba Yolanda en la puerta, con dos cafés y una expresión que anunciaba tormenta.
—Doña Carmen me contó lo del testamento —dijo, sin más preámbulo, tendiéndole uno de los vasos—. Un año para casarse o pierde todo. ¿Tú crees que sea verdad, o es de esas cosas que se inflan de boca en boca?
Elena se detuvo con la llave todavía en la cerradura.
—¿Un año para qué?
—Para casarse. Si no, las tierras van a parar a un fideicomiso del pueblo y él se queda con una miseria. —Yolanda bajó la voz, aunque no había nadie más en la calle a esa hora—. Don Rogelio lo dejó todo condicionado. Vaya manera de despedirse.
Elena giró la llave despacio, procesando la información con el mismo cuidado con el que examinaba una radiografía dudosa, buscando qué era rumor y qué era hueso real. Un año. Si la cláusula era cierta, significaba que la decisión sobre el arrendamiento de la clínica —su clínica, la de su madre— quedaría en manos de un hombre que en los próximos doce meses tendría demasiadas cosas de las que preocuparse como para pensar en la vecina veterinaria y su contrato vencido.
O, pensó con un nudo distinto en el estómago, significaba exactamente lo contrario: que Mateo Aguirre necesitaría resolver rápido cualquier asunto pendiente relacionado con las tierras, y que su terreno, el de ella, sería uno de tantos números en una lista de decisiones apresuradas.
—Tengo que hablar con él —dijo, más para sí misma que para Yolanda.
—Eso llevo diciéndote desde ayer.
Encontró a Mateo esa misma tarde, no porque lo hubiera buscado —se dijo a sí misma varias veces que no lo había buscado— sino porque el destino, o la geografía reducida de un pueblo pequeño, los puso en el mismo lugar al mismo tiempo: la oficina del abogado Herrera, donde Elena había ido a preguntar, con la mayor formalidad posible, sobre el estado de su contrato de arrendamiento.
—Elena. —La voz de Mateo, a sus espaldas, la hizo detenerse antes de tocar siquiera la puerta.
Se dio la vuelta despacio, dándose el tiempo justo para componer el rostro, aunque no estaba segura de que la máscara le hubiera salido del todo bien.
Ocho años lo habían cambiado menos de lo que ella hubiera querido. Seguía teniendo esa manera de pararse como si el suelo le perteneciera —herencia, sin duda, de una familia acostumbrada a que así fuera— pero había algo nuevo alrededor de los ojos, un cansancio que no estaba ahí la última vez que lo había visto, y que Elena atribuyó, sin poder evitarlo, tanto al duelo reciente como a los años transcurridos entre medio.
—Mateo. —Su propia voz le sonó más formal de lo que pretendía—. Lamento lo de tu padre.
—Gracias. —Él no apartó la mirada, y el silencio que siguió se estiró un segundo de más, el tiempo suficiente para que ambos sintieran el peso de todo lo que no se estaban diciendo—. Imagino que sabes por qué estás aquí y por qué estoy yo.
—El terreno de la clínica.
—El terreno de la clínica.
Herrera, que había asomado la cabeza al escuchar voces en la antesala, los invitó a pasar a los dos juntos, con la practicidad de un hombre que prefería resolver un asunto una sola vez que repetirlo dos veces en la misma semana. Se sentaron uno frente al otro, con el escritorio del abogado como frontera neutral entre ambos, y durante un rato la conversación se mantuvo estrictamente en el terreno de lo profesional: fechas de vencimiento, cláusulas del contrato original que la madre de Elena había firmado años atrás, la superficie exacta de tierra que ocupaba la clínica dentro del total de las propiedades Aguirre.
—Puedo renovarte el contrato sin problema —dijo Mateo, en un momento, y Elena sintió que algo se le aflojaba en el pecho—. El problema no es el terreno en sí. El problema es que si no cumplo con la condición del testamento antes de que termine el año, ya no voy a tener autoridad para renovarte nada. Todo pasa al fideicomiso, y ese fideicomiso no tiene ninguna obligación de mantener los mismos términos con nadie.
—¿O sea que si no te casas, pierdo la clínica de todas formas?
—O sea que si no me caso, ninguno de los dos tiene ningún control sobre lo que pase después.
Elena sintió que el suelo, que hacía un momento le había parecido firme, volvía a moverse bajo sus pies. Miró a Herrera, buscando alguna corrección, algún matiz que suavizara lo que acababa de escuchar, pero el abogado se limitó a asentir, confirmando cada palabra.
—Es así, Elena. Lo siento.
Se hizo un silencio largo, incómodo, en el que Elena podía escuchar el tictac del reloj de pared del despacho, un sonido que de pronto le pareció insoportablemente ruidoso.
—Entonces vas a casarte —dijo, al fin, con una calma que le costó fabricar—. Con quién, si se puede saber.
Mateo la miró un momento antes de responder, y en ese instante, breve pero denso, Elena tuvo la sensación extraña de que la pregunta llevaba más peso del que ella misma le había puesto, como si de alguna manera la respuesta la involucrara a ella de un modo que todavía no alcanzaba a nombrar.
—Esa —dijo Mateo, despacio— es la pregunta que llevo dándole vueltas desde ayer.
Esa noche, Herrera se quedó a solas en su despacho más tiempo del habitual, revisando papeles que ya conocía de memoria, pero que le servían de excusa para no irse a casa todavía. Había algo que lo inquietaba desde la lectura del testamento, algo que no le correspondía decir en voz alta pero que tampoco podía dejar de pensar.
Don Rogelio había sido su amigo durante cuarenta años. Había visto crecer a Mateo, lo había visto irse, y en las llamadas telefónicas de los últimos tiempos, entre noticias del ganado y quejas sobre el clima, había mencionado más de una vez, siempre de pasada, siempre como si no tuviera importancia, a la hija de la veterinaria del pueblo.
«Esa muchacha se quedó con el negocio de la madre. Trabaja duro, como su madre. Se parece a ella en el carácter también, tan terca.»
Y una vez, solo una vez, en una llamada que Herrera recordaba con una claridad que ahora le resultaba incómoda: «Mi hijo fue tonto al irse sin decir lo que tenía que decir. Espero que algún día tenga el valor de volver por ello.»
Herrera no había entendido la frase en su momento. La entendía ahora, con el testamento ya leído y la cláusula del matrimonio pendiendo sobre la cabeza de Mateo como una condición que, visto con la distancia adecuada, empezaba a parecerse menos a un capricho legal y más a la última jugada, torpe y desesperada, de un padre que había querido, a su manera terca y calculadora, dar a su hijo una razón para volver a buscar algo que había dejado sin terminar.
Guardó los papeles en el cajón, apagó la luz del despacho, y se dijo a sí mismo que no era asunto suyo intervenir. Que ya había hecho su parte, leyendo el testamento tal como estaba escrito, entregando el sobre sellado tal como se lo habían encomendado.
El resto, pensó mientras cerraba la puerta con llave, tendrían que resolverlo ellos dos solos, aunque tardaran ocho años más en hacerlo.
Yolanda no fue tan sutil como Diego. Encontró a Elena una tarde en la clínica, organizando el inventario con una concentración excesiva que, para alguien que la conocía tan bien, era prueba suficiente de que algo le rondaba la cabeza.—Llevas veinte minutos contando los mismos frascos de vacuna —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Vas a contarme qué te tiene tan distraída, o tengo que adivinarlo yo sola?—No me pasa nada, Yolanda. Solo estoy organizando el inventario.—Elena Ferrán, te conozco desde que ambas usábamos coletas y nos peleábamos por quién montaba primero el caballo de tu tío. No me mientas.Elena suspiró, dejando por fin el frasco que llevaba en la mano, y se apoyó contra el mostrador con un gesto de rendición.—Es Mateo.—Obviamente es Mateo. La pregunta es qué pasa exactamente con Mateo.—Anoche hablamos. De verdad hablamos, por primera vez desde que volvió, de lo que pasó hace ocho años. —Elena se pasó una mano por el pelo, con un gesto nervioso que Yolanda reconoció de inm
Diego, el primo lejano que había servido de testigo en la boda, y que en realidad era más amigo de infancia que familiar de sangre, llegó de visita una tarde con la excusa de revisar unos papeles de la finca, aunque Mateo sospechó, desde el momento en que lo vio bajar del coche con esa sonrisa demasiado conocedora, que los papeles eran solo un pretexto.—Así que casado —dijo Diego, sentándose en el porche con una cerveza que Mateo le había servido sin preguntar—. Nunca pensé que te vería sentar cabeza tan rápido, y mucho menos con la veterinaria del pueblo. ¿Cuándo pasó todo esto exactamente, entre el funeral de tu padre y ahora?—Ya sabes las condiciones del testamento, Diego. No hace falta que finjas curiosidad genuina.—Conozco las condiciones legales. Lo que no conozco es esa cara que pones cada vez que mencionas su nombre, que por cierto no es la cara de alguien cumpliendo una obligación contractual desagradable.Mateo tomó un trago de su propia cerveza, evitando la mirada insist
Fue una noche de lluvia, semanas después, cuando finalmente hablaron de lo que había pasado ocho años atrás. Estaban en el porche, resguardados bajo el techo mientras la tormenta caía con fuerza sobre el pueblo, y quizás fue el sonido constante del agua, o el vino que habían compartido después de la cena, lo que finalmente aflojó las defensas de ambos.—Aquella noche —empezó Mateo, mirando la lluvia en lugar de mirarla a ella, como si le resultara más fácil decir la verdad sin tener que sostener su mirada al mismo tiempo—, en el porche de tu madre. Antes de irme. Casi te besé.—Lo sé. —La voz de Elena sonó más pequeña de lo que hubiera querido—. Yo también lo recuerdo.—¿Por qué crees que no lo hice?Elena se quedó en silencio un momento, sopesando la pregunta, sopesando también cuánto de la verdad estaba dispuesta a decir en voz alta después de ocho años de guardarla.—Porque yo te aparté —dijo, al fin, sorprendiéndolo a él y sorprendiéndose a sí misma con la honestidad repentina—. N
La llamada llegó pasada la medianoche: la yegua preferida de un vecino, a punto de parir, con complicaciones que requerían atención inmediata. Elena salió de la cama a toda prisa, y se encontró con Mateo ya vestido en el pasillo, con las llaves de la camioneta en la mano. —Te llevo —dijo, sin darle opción a discutir—. A esta hora, sola, por el camino de tierra, no. No hubo tiempo para protestar ni ganas tampoco, y durante el trayecto hasta la finca del vecino, Elena repasó mentalmente el procedimiento para un parto complicado mientras Mateo conducía en silencio, concentrado en la carretera oscura, con una tensión compartida que los unía sin necesidad de palabras. El parto resultó más complicado de lo esperado: el potrillo venía mal posicionado, y Elena tuvo que trabajar con rapidez y precisión, dando instrucciones breves que Mateo seguía sin cuestionar, sosteniendo a la yegua, alcanzándole instrumentos, limpiando lo que había que limpiar sin que ella tuviera que pedírselo dos veces
La primera prueba real de su actuación como pareja llegó con la fiesta de la cosecha, una tradición del pueblo que ninguno de los dos podía saltarse sin levantar más sospechas de las que ya generaba, por sí solo, un matrimonio tan repentino entre el heredero Aguirre y la veterinaria del pueblo. —Recuerda —le dijo Elena a Mateo esa tarde, mientras se arreglaba frente al espejo del vestíbulo, comprobando que el vestido elegido fuera lo bastante elegante sin resultar exagerado—, tomados de la mano, sonrisas cuando alguien nos mire, y nada de comentarios sarcásticos sobre el matrimonio delante de doña Carmen. Esa mujer repite todo lo que escucha con lujo de detalles. —Creo que puedo manejar sonreír y tomarte de la mano sin generar un escándalo, Elena. —Solo lo digo porque conozco tu cara de fastidio, y es bastante evidente cuando la pones. —¿Y tú conoces tan bien mi cara de fastidio? Elena se dio cuenta, un segundo demasiado tarde, de que acababa de admitir algo que no había pretendi
Los primeros días de convivencia tuvieron el ritmo torpe de dos personas aprendiendo, a la fuerza, la coreografía de una casa compartida. Elena descubrió que Mateo se levantaba antes del amanecer, por costumbre de años trabajando en el campo con horarios que no perdonaban la pereza, y que dejaba siempre café recién hecho, en cantidad suficiente para dos tazas, aunque nunca decía nada al respecto ni esperaba que ella se lo agradeciera. Mateo, por su parte, aprendió que Elena tarareaba sin darse cuenta mientras trabajaba, una costumbre heredada de su madre, según le contó una tarde sin que él se lo hubiera preguntado directamente, y que el sonido, lejos de resultarle molesto, se había convertido en apenas dos semanas en algo que escuchaba con una atención que no sabía justificar del todo. La casa grande, que durante años había sido solo el escenario silencioso del duelo de un hombre viudo y después el mausoleo temporal de un hombre muerto, empezó a cambiar de forma casi imperceptible:







