MasukAl caer la noche, Sara sintió que ya no podía seguir fingiendo que todo estaba bien.Había pasado el día intentando mantenerse ocupada, hablando con Marcia y concentrándose en el trabajo, pero cuando regresó a la mansión, todo aquello que había conseguido mantener bajo control volvió a aparecer en su cabeza.Mateo, su matrimonio secreto. Y, sobre todo, Víctor.Subió las escaleras lentamente hasta llegar a la habitación que, poco a poco, había dejado de sentir como una habitación prestada. Ahora era suya.La puerta estaba entreabierta.Víctor se encontraba junto a la ventana, con una copa en la mano, contemplando las luces de la ciudad. Al escucharla entrar, giró ligeramente la cabeza.—¿Sara?Ella cerró la puerta detrás de sí y permaneció unos segundos apoyada contra ella.Víctor la observó con atención.No necesitó preguntarle qué ocurría. Había algo en sus ojos que le indicó que aquella noche necesitaba más que una conversación.—Ven aquí —dijo con suavidad.Sara caminó hacia él.Cu
Sara llevaba casi una hora frente a la computadora sin conseguir avanzar.Tenía varios documentos abiertos sobre el escritorio, pero las palabras parecían mezclarse frente a sus ojos. Intentaba concentrarse en el trabajo, aunque su mente regresaba una y otra vez al mismo punto.Mateo.Desde que había aparecido nuevamente en su vida, todo se había complicado.Ahora estaba casada con Víctor, el tío del hombre que alguna vez había amado. Aquello ya era suficientemente extraño como para que cualquiera pensara que se trataba de una historia inventada.Pero lo peor era que Mateo no parecía dispuesto a aceptar que la había perdido.La buscaba, intentaba hablar con ella y actuaba como si todavía tuviera algún derecho sobre su vida.Sara cerró los ojos durante unos segundos y se llevó las manos a la cabeza. Necesitaba despejarse, aunque fuera por un momento.Lo que más le preocupaba no era solamente Mateo. Era la manera en que su presencia estaba alterándolo todo.Su matrimonio con Víctor habí
Mateo apenas podía creer lo que tenía enfrente. Desde que pisó el restaurante, sus ojos se clavaron en la mesa de Sara.Frente a ella estaba su tío Víctor, fresquecito, conversando como si aquello fuera lo más normal del mundo.Pero para Mateo, de normal no tenía nada. Sintió cómo le hervía la sangre en el pecho y, sin apartar la vista de ella, caminó hacia la mesa pisando fuerte.—¿Qué diablos haces con mi tío? —soltó de golpe.Sara levantó la vista asustada, pero la sorpresa le cambió rapidito a pura incomodidad.—Mateo...Víctor, en cambio, ni se inmutó por el tonito de su sobrino.Como buen hombre acostumbrado a mandar en una de las empresas más grandes de la ciudad, sabía hacerse escuchar sin necesidad de pegar gritos. Lo miró lentamente de arriba abajo.—Te me calmas, Mateo —le advirtió con voz firme y autoritaria.Mateo apretó la mandíbula.—Tío, yo solo estoy preguntando qué está pasando aquí.—Y yo te estoy diciendo que bajes la voz.Eso fue suficiente para frenarlo en seco.
Más tarde, la rabia por todo lo que Sara le había dicho seguía calando hondo en Mariana. No pensaba quedarse con esa sensación de derrota, así que decidió lanzar un último dardo antes de que Sara se alejara demasiado.—Ah, por cierto —dijo, alzando la voz lo suficiente para que Sara la escuchara desde la distancia—, ya tengo listas las invitaciones de mi boda. Mañana empiezo a repartirlas. Mateo está feliz, ya quiere que nos casemos pronto.Sara ni siquiera se giró del todo, apenas volteó la cabeza por encima del hombro.—Qué bien por ustedes —respondió, sin el menor interés, y siguió su camino hacia el ascensor.La verdad era que a Sara ya poco le importaba lo que pasara con Mateo. Prácticamente había pasado a un segundo plano en su vida, un capítulo cerrado.Dos años de relación que se habían ido al carajo simplemente porque él nunca tuvo el valor de comportarse como un hombre hecho y derecho, capaz de sostener lo que decía sentir.De camino a su oficina, el celular le vibró en la c
Ya habían pasado tres meses desde el incidente de Víctor.Ahora estaban en Los Ángeles, en la mansión que Víctor tenía en la ciudad, y Sara ya había avanzado lo suficiente en la obra de Malibú como para poder dedicar parte de su tiempo al trabajo administrativo desde las oficinas centrales.En ese tiempo, la pasión entre ellos, lejos de apagarse, se había intensificado; el sexo se había vuelto casi una rutina diaria, algo natural entre ambos. Y sin embargo, todavía existía esa extrañeza silenciosa, ese algo que ninguno de los dos terminaba de nombrar del todo.—Ya tengo que ir al trabajo —dijo Sara, todavía enredada entre las sábanas, buscando su ropa con cierta prisa.—Tranquila, no hay prisa —respondió Víctor, observándola desde la cama con una sonrisa perezosa.—Sí la hay.Él soltó una carcajada, incorporándose apenas.—Yo soy el inversionista de esa obra. Nadie te va a llamar la atención por llegar tarde.—Por lo mismo —replicó ella, abotonándose la blusa con rapidez—. No quiero q
Mateo salió enojado de la mansión de su tío, con el motor del auto rugiendo mientras se alejaba por el camino de entrada.No fue directo al aeropuerto para volver a Los Ángeles, como se suponía que debía hacer.En cambio, condujo hasta el otro extremo de Malibú, hacia la casa de su amigo Joel, quien también trabajaba en la constructora Larrazábal, la misma donde Sara y Mariana también trabajaban.Joel abrió la puerta con una cerveza en la mano y una expresión de sorpresa al ver a Mateo ahí, despeinado y con el rostro cargado de desengaño.—¿Y a ti qué te pasó? Pareces que acabas de salir de una pelea —dijo, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.—Necesito hablar con alguien, Joel. Mi propio tío me cerró la puerta en la cara —respondió Mateo, dejándose caer en el sofá de la sala con desánimo.—Cuenta, cuenta. Pero antes agarra una cerveza, se nota que la necesitas.Mateo aceptó la botella que Joel le extendió y, tras un largo trago, empezó a soltar todo lo que llevaba guardado: la vi







